jueves, 21 de mayo de 2009

Marxismo y teoría revolucionaria: comunismo, partido, proletariado.

Pese a la lectura “esteticista” que ha predominado con fuerza (la Internacional Situacionista como “última vanguardia”, como grupo artístico, como arquitectura/urbanismo unitario, como padrinos del “punk” y/o baluartes de la contracultura, etc.), la I.S. fue en realidad una de las expresiones más eficaces y serias de “partido comunista” en el siglo XX. Para poder entender eso, lamentablemente, es todavía necesario insistir en una serie de aclaraciones terminológicas y de sentido. Pues la lucha contra la ideología se da muy fuertemente en el ámbito de las palabras, y en esa época -uno de los momentos más reaccionarios del siglo XX-, era difícil usar varias palabras fundamentales en su sentido originario.

3 ejemplos:

Comunismo: Para Marx, y la IS, el comunismo no es un aparato de estado, tampoco un mini-estado o “partido político” o “comité central” de representantes oficiales de la clase, sino que “el movimiento real que suprime las condiciones existentes”. En otro sentido –complementario- “comunismo” es la teoría revolucionaria del proletariado como última clase histórica: aquella que puede realizar la abolición de las separaciones, mediante la abolición del Estado, el mercado, el trabajo y las clases.

Partido: En el siglo XX, “partido” es un Estado en miniatura, y el “partido comunista” una organización burocrática que pretende administrar el capitalismo desde el Estado.

En el siglo XIX, partido es ni más ni menos que cualquier bando organizado, surgido de y definido desde un antagonismo social, desde el conflicto de clase. Hasta Bakunin y después de él otros anarquistas hablaban sin mayor problema de un “partido anarquista”, del “partido proletario”. Por ejemplo, en su panfleto en ruso “Alianza Internacional de la Democracia Socialista”, Bakunin distinguía dos partidos principales, el de la reacción y el de la revolución social, y entre los socialistas hacía a su vez una nueva distinción: “el partido de los socialistas pacíficos o burgueses (que en rigor pertenecen al partido de la reacción), y el partido de los revolucionarios sociales. Estos últimos se subdividen a su vez en socialistas estatales revolucionarios, y en anarco-socialistas revolucionarios, enemigos de todo Estado y de todo principio estatal” (Bakunin, 1978, p. 33).

La posición de Marx sobre el partido se vislumbra claramente de estas partes de su carta a Freiligrath del 29 de febrero de 1860: “Después de que, a partir de mi petición, la Liga fue disuelta en noviembre de 1852, no he pertenecido (ni pertenezco) a ninguna organización secreta o pública; por tanto el partido, en ese sentido absolutamente efímero, para mí ha dejado de existir desde hace ocho años. (…) La Liga (…) no fue más que un episodio en la historia del partido, que nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna (…) Al hablar de partido, doy a este término su sentido eminentemente histórico”. El camarada Rubel, en “El partido proletario en Marx” (1961, de donde hemos tomado la cita anterior) propone la distinción entre partido en sentido “sociológico” (o institucional) y en sentido “ético”. La definición de “comunista” en Marx calza con este segundo sentido: “Nuestro mandato de representación del partido proletario, lo sostenemos nosotros mismos, pero es refrendado por el odio exclusivo y general que nos han dedicado todas las fracciones del viejo mundo y todos los partidos” (Marx a Engels, 18 de mayo de 1859, citado por Rubel, 1961).

Proletariado: Mientras el grueso del marxismo regurgitaba viejas fórmulas con convicción cuasi-religiosa, las que incluían la idealización del proletariado industrial masculino como sujeto revolucionario –con el subsiguiente llanto y lamentaciones cuando les parecía que éste dejaba de existir-, y el “neomarxismo” a su vez proclamaba la muerte del proletariado y centraba sus esperanzas en los estudiantes o el campesinado del “Tercer Mundo”, la IS saltaba por encima de ambas opciones, pues entendía que la vieja lucha de clases se manifestaba de nuevas formas, y el proletariado también debía ser entendido de una manera dinámica.

Usando estas palabras correctamente, se comprende bien a Tronti cuando dice que “la clase obrera no puede hacerse partido dentro de la sociedad capitalista sin impedir a ésta la continuación de su funcionamiento. Cuando ésta funciona, ese no es el partido obrero”.

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La concepción no sólo dinámica sino que negativa del proletariado es otro de los aportes más consistentes de la IS. Dinámica pues lo concibe como un producto histórico flexible de un modo e producción que también lo es. Negativa pues lo esencial no viene dado por tal o cual función “económica” sino por su capacidad de desarrollar un antagonismo que rechaza la totalidad del capitalismo.

Curiosamente, alguien con tan poca fama de revolucionario proletario como Adorno, destacaba este dinamismo cuando a principios de los 40 defendía la necesidad de “contemplar el concepto de clase mismo tan de cerca que se lo fije y modifique a la vez”:

Que se lo fije, “porque su fundamento, la división de la sociedad en explotadores y explotados, no sólo pervive sin menoscabo alguno, sino que gana en violencia y solidez”.

Y que se lo modifique, “porque los oprimidos, hoy, de acuerdo con la predicción de la Teoría, la inmensa mayoría de los seres humanos, no se pueden experimentar a sí mismos como clase” (Theodor Adorno, Reflexiones sobre la teoría de las clases, 1942).


Los situacionistas sabían, como Adorno, que “objetivamente” el proletariado no ha hecho sino crecer, al contrario de lo que afirmaban los sociólogos modernistas y otros especialistas alienados obsesionados con las “clases medias” y la “sociedad de consumo”. Pero no se conforman con el diagnóstico pesimista (tan asociado a los frankfurtorianos y al grueso del marxismo y “postmarxismo” de academia) de que ya no es posible que estas masas de gente se experimenten “subjetivamente” como clase: apuestan a que la fuerza negativa del nuevo proletariado se manifestará otra vez, al tomar consciencia de la “pérdida de poder sobre la vida”, al rechazar las representaciones y su “fuerza exteriorizada”, y al salir de nuevo al escenario histórico de la lucha de clases debía ser capaz de articular una contestación total del capitalismo. Ese nuevo asalto se produjo, en el período 1967/1977 (aunque es el año 1968 ha quedado instalado más fuerte en el imaginario) y dejó heridos de muerte al estalinismo y otras representaciones alienadas de la clase, dando inicio a un período de agitaciones y autonomía obrera que se verificaron a nivel mundial, aunque para los periodistas y sociólogos oficiales dicho período sea visto exclusivamente como una revuelta cultural, estudiantil y tercermundista, como representaciones espectaculares de la revolución.

Posteriormente, con lo que se suele denominar como “crisis ecológica”, la consciencia de clase del proletariado como la clase que expresa los intereses de toda la humanidad, se hace aún una cuestión más urgente y universal. Para Debord (1971), el optimismo científico propio del siglo XIX se había desmoronado en tres puntos: “En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego”. Por eso, la consigna “¡Revolución o muerte!” ya no sólo es “la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo”. Pues “no hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma”.

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"En este desarrollo complejo y terrible que ha arrastrado la época de las luchas de clases hacia nuevas condiciones el proletariado de los países industriales ha perdido completamente la afirmación de su perspectiva autónoma y, en último análisis, sus ilusiones, pero no su ser. No ha sido suprimido. Mora irreductiblemente existiendo en la alienación intensificada del capitalismo moderno: es la inmensa mayoría de trabajadores que han perdido todo el poder sobre el empleo de sus vidas y que, los que lo saben, se redefinen como proletariado, el negativo del obrero en esta sociedad. Este proletariado es reforzado objetivamente por el movimiento de desaparición del campesinado así como por la extensión de la lógica del trabajo en la fábrica que se aplica a gran parte de los "servicios" y de las profesiones intelectuales. Este proletariado se halla todavía subjetivamente alejado de su conciencia práctica de clase, no sólo entre los empleados sino también entre los obreros que todavía no han descubierto más que la impotencia y la mistificación de la vieja política. Sin embargo, cuando el proletariado descubre que su propia fuerza exteriorizada contribuye al fortalecimiento permanente de la sociedad capitalista, ya no solamente bajo la forma de su trabajo, sino también bajo la forma de los sindicatos, los partidos o el poder estatal que él había construido para emanciparse, descubre también por la experiencia histórica concreta que él es la clase totalmente enemiga de toda exteriorización fijada y de toda especialización del poder"
(Debord, Tesis 114 de La Sociedad del Espectáculo).

(Fragmentos de un texto en elaboración. Julio Cortés).

domingo, 10 de mayo de 2009

Dominique Moisi: Estamos ante una rebelión de las masas

En occidente, la furia ya no está limitada a fuerzas anticapitalistas y de antiglobalización extremas. Existe profundo malestar por la inequidad.

La crisis económica actual está uniendo al mundo democrático en la ira tanto como en el miedo? En Francia, frente al cierre de muchas fábricas, una ola de toma de rehenes ejecutivos está sacudiendo las salas de directorio y a la policía en todo el país. En Estados Unidos, las grandes compensaciones que obtienen los ejecutivos de manos de empresas que reciben miles de millones de dólares en rescates con dinero de los contribuyentes -en especial, la gigantesca aseguradora AIG- han enfurecido a la opinión pública. De la misma manera, en Gran Bretaña, un público cada vez más inquisitivo y crítico hoy está aglutinando a banqueros y miembros del Parlamento en un clima común de sospecha.

¿La actual crisis está creando o revelando una creciente división entre gobernantes y gobernados? La furia popular es una de las consecuencias más predecibles, y ciertamente inevitables, de la actual crisis financiera y económica. El factor de unión detrás de esta creciente furia es el rechazo de la desigualdad tanto real como percibida -la desigualdad tanto en el trato como en las condiciones económicas.

Parece obvio que una mayor desigualdad económica en Estados Unidos y, de hecho, en toda la OCDE, ha cebado la percepción de injusticia y de creciente furia. En Estados Unidos, a medida que remontó vuelo el sector financiero, la base industrial se contrajo marcadamente. Resulta evidente que en todo el mundo occidental, particularmente en los últimos 20 años, a quienes estaban en la cima de la escala salarial les ha ido mucho mejor que a aquellos en el medio o en la parte inferior. Mientras los ricos se enriquecían, los pobres no se empobrecían, pero la brecha entre ricos y pobres se expandió significativamente.

La actual crisis puede haber erosionado seriamente la riqueza de muchos de los muy ricos, destruyendo sus activos de una manera sin precedentes. Pero el miedo, si no la desesperación, de los pobres y de los no tan pobres ha aumentado de forma tremenda. Por supuesto, las desigualdades entre los países son una cosa, y las desigualdades dentro de los países, otra muy diferente. Pero hoy los dos procesos se están produciendo simultáneamente y a un ritmo acelerado.

La furia ya no está limitada a fuerzas anticapitalistas y de antiglobalizació n extremas. Un profundo sentimiento de injusticia se está propagando en grandes segmentos de la sociedad. Esta sensación de injusticia es contenida sólo en parte por consideraciones políticas en Estados Unidos, gracias al "factor Obama", un fenómeno raro que se puede describir como el restablecimiento de la confianza en los líderes políticos propios.

Pero cuanto más se desconfíe de la política, mayor será la furia que se manifieste, especialmente si el país está impregnado de una tradición y cultura "revolucionaria" romántica. Es el caso de Francia, donde contrariamente a lo que pensaba el historiador François Furet en el colapso del comunismo hace 20 años, la Revolución Francesa ni terminó ni es un capítulo cerrado de la historia.

http://www.kaosenlared.net/noticia/estamos-ante-rebelion-masas

Fabien Perrier: Cinco años después, los países del Este pagan cara su entrada en la Unión Europea

Obligados a adaptarse a marchas forzadas a los parámetros liberales, la crisis les azota de lleno...

Diez nuevos países, ocho de la Europa del Este, se integraron en la Unión Europea (UE) el 1º de mayo de 2004. Obligados a adaptarse a marchas forzadas a los parámetros liberales, la crisis les azota de lleno.

El 1º de mayo de 2004, lágrimas de felicidad humedecían las mejillas de numerosos europeos: ¡ver diez Estados miembros integrarse en la UE! Para ocho de ellos (1), antiguos países del bloque soviético, ese día marcaba la última etapa de su transición democrática, 15 años después de la caída del muro. De repente, el territorio de la UE aumentaba un 34% y un 26% su población, hasta alcanzar los 500 millones de habitantes. En 2007, Rumania y Bulgaria se unían al grupo de “nuevos miembros”.

Cinco años después, la felicidad ha dejado paso a la amargura. Sin duda, su entrada a la UE representó una garantía democrática: uno de los principios fundadores inscritos en los tratados. Pero si los países han conocido un crecimiento económico más fuerte antes de su entrada, ahora, las situaciones varían de unos a otros.

Así, en la República Checa, el crecimiento del 6% en 2007, ha pasado al 1,7 % en 2009. Más brutal ha sido la caída, en 2008, para Estonia (-3,6%), Letonia (-4,6%), Lituania (3% frente al 9% de 2007). Según el FMI, la recesión se anuncia más marcada en los países bálticos (-10,6% en 2009 y -2,3 en 2010) que en los de la Europa central (-1,3 % en 2009, +0,9 en 2010). En realidad, la adopción a marchas forzadas de los parámetros liberales ha acentuado la fragilidad estructural de los nuevos Estados miembros. Los que ya estaban, antes de hundimiento del bloque de Este, los más avanzados, resisten mejor la crisis.

En temas de empleo, los países bálticos sobrepasaron la tasa del 10 % de paro en febrero de 2009 (14,4 % en Letonia), mientras que Polonia (7,4%) y Rumania (5,8 %) conservaban las tasas estables. Sin embargo, con una fuerte inflación, las diferencias entres las distintas clases sociales han aumentado y el empobrecimiento se extiende. El 16% de los europeos corren el riesgo de pobreza, una tasa que alcanzaría al 20 % en algunos países del Este.

Algunas reivindicaciones se dejan oír. Gisèle Halimi (2) propone la introducción de la “cláusula de la europea más favorable”: se adoptaría la mejor legislación para mejorar realmente las condiciones de las mujeres. ¿Por qué no adoptar sistemáticamente, las mejores legislaciones para todo? Cinco años después de la ampliación, los combates sociales quedan pendientes.

(1) Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, las dos islas mediterráneas Malta y Chipre se adhirieron también el mismo día a la UE. El 28 de abril de 2009, Albania ha presentado oficialmente su candidatura a la UE.

(2) Para leer: “No os resignéis nunca” Ediciones Plon

http://www.humanite-en-espanol.com/

domingo, 3 de mayo de 2009

Marxismo y teoría revolucionaria: el punto de vista de la totalidad (*)

Si bien la influencia de Marx en la Internacional Situacionista es fuerte, directa y permanente (y nunca se cansaron de publicar recomendaciones como la siguiente:

“IMBÉCILES: PODÉIS DEJAR DE SERLO ¡LEED A MARX!"),

su relación con el “marxismo” es más compleja, y pasa de un primer momento en que podríamos decir que se reivindica un “marxismo revolucionario” (1) a una posición mucho más crítica del marxismo propiamente tal (considerado como una deformación de Marx).

Al respecto, resulta muy elocuente el hecho de que al responder un cuestionario publicado en el número 9 de la revista Internationale Situationniste, la pregunta sobre si los situacionistas son marxistas es respondida de la siguiente forma:

“Tanto como Marx cuando dice: ‘yo no soy marxista’” (2).

Decíamos que el lugar donde más ordenada y sistemáticamente se expone la posición situacionista en relación al marxismo es en el ya mencionado texto de Debord sobre “El proletariado como sujeto y como representación”, que es el capítulo más largo de La sociedad del espectáculo. En él, Debord realiza una especie de “balance” de las luchas de clases del movimiento obrero clásico. El lugar de Marx en esta historia es analizado cuidadosamente. En su generación, tal como muestran también los casos de Bakunin y Stirner, entre otros, en los inicios del desarrollo de este “pensamiento de la historia”, la teoría comunista bebió de la fuente filosófica de Hegel, en el momento en que casi por fuerza se llegaba a una confrontación crítica con ese oscuro maestro, pensador (y justificador) de las revoluciones burguesas del siglo XVII y XVIII (procesos en que lucharon juntos, la burguesía progresista y los trabajadores, en contra del Antiguo Régimen, con resultados desconcertantes, y de cuyos “momentos de verdad” el proletariado es –ahora- el único heredero legítimo). Una de las pocas citas reconocidas en el libro de Debord (pues en la IS se defendía la creación colectiva y el uso libre de las fuentes literarias) es la siguiente: “Del mismo modo como filosofía de la revolución burguesa no expresa todo el proceso de esta revolución, sino solamente su concusión última. En este sentido, ésta no es una filosofía de la revolución, sino de la restauración (Karl Korsch, Tesis sobre Hegel y la revolución)".

Según Debord (en este aspecto, bastante hegeliano y lukacsiano en su “marxismo”), “el carácter inseparable de la teoría de Marx y del método hegeliano es a su vez inseparable del carácter revolucionario de esta teoría, es decir, de su verdad”. Esta primera relación es precisamente la que “ha sido generalmente ignorada o mal comprendida, o incluso denunciada como el punto débil de lo que devenía engañosamente en una doctrina marxista” (Tesis 79).

“El aspecto determinista-científico en el pensamiento de Marx fue precisamente la brecha por la cual penetró el proceso de ‘ideologización’, todavía vivo él, y en mayor medida en la herencia teórica legada al movimiento obrero. La llegada del sujeto de la historia es retrasada todavía para más tarde, y es la ciencia histórica por excelencia, la economía, quien tiende cada vez en mayor medida a garantizar la necesidad de su propia negación futura. Pero con ello se rechaza fuera del campo de la visión teórica la práctica revolucionaria que es la única verdad de esta negación (…)“Toda su vida Marx ha mantenido el punto de vista unitario de su teoría, pero la exposición de su teoría fue planteada sobre el terreno del pensamiento dominante precisándose bajo la forma de críticas de disciplinas particulares, principalmente la crítica a la ciencia fundamental de la sociedad burguesa, la economía política. Esta mutilación, ulteriormente aceptada como definitiva, es la que ha constituido el ‘marxismo’”. (Tesis 84. El subrayado es mío).

Al igual que los camaradas de Socialisme ou Barbarie hacia 1965, Debord y la IS ven que la degeneración del marxismo se produce mediante un proceso de ideologización, donde el componente revolucionario queda totalmente aplastado bajo el aspecto positivista-científico de esta teoría. Este talón de Aquiles “cientificista” por donde penetró la ideología era tal vez inevitable si se toma en cuenta el contexto, la cosmovisión productivista que dominaba toda esa época: “el defecto de la teoría de Marx es naturalmente el defecto de la lucha revolucionaria del proletariado de su época”.

Pero si bien hay una conexión estrecha entre Marx y el pensamiento científico de su época, el pensamiento de Marx se situa “más allá” de la ciencia: no sólo comprensión racional de las fuerzas que operan en el mundo, sino su transformación activa, inacabada. Su proyecto, el de una historia consciente, requiere “una comprensión de la lucha, y en modo alguno de la ley” (Tesis 81).

Por esto, en la teoría marxiana, tanto la toma de partido por el proletariado (“la clase revolucionaria misma”), como el punto de vista de la totalidad constituyeron - también desde el comienzo- el antídoto vital contra las tendencias a la mecanización, fragmentación y positivización, que en la constitución del marxismo oficial resultaron vencedoras.

En esta lectura, el propio Marx difícilmente podría ser considerado como “fundador” del “marxismo”, o de una “doctrina marxista”, y en caso de serlo, lo sería más bien en contra de su propia voluntad, y dejándonos algunos ejemplos –y advertencias- en vez de reglas (3). Si es cierto que la mejor discípula de Marx hasta ahora fue Rosa Luxemburgo, podemos apreciar que efectivamente, en ella el aspecto “político” y el “metodológico” son inseparables, y definen en cierta forma lo que tiene el “marxismo” -o como sea que queramos llamar a aquella teoría proletaria, autónoma, unitaria, y orientada a la práctica-, de único y valioso, su aporte teórico y práctico como tradición emancipatoria. Lukács lo explica cuando se refiere en enero de 1921 al marxismo de Rosa:

“No es la preponderancia de los motivos económicos en la explicación de la historia lo que distingue de manera decisiva al marxismo de la ciencia burguesa, sino el punto de vista de la totalidad”. “El punto de vista de la totalidad no determina solamente al objeto, también determina al sujeto del conocimiento. La ciencia burguesa –de manera consciente o inconsciente, ingenua o sublimada- considera siempre los fenómenos sociales desde el punto de vista del individuo. Y el punto de vista del individuo no puede llevar a ninguna totalidad; todo lo más puede llevar a aspectos de un dominio parcial, las más de las veces a algo solamente fragmentario: a ‘hechos’ sin vinculación recíproca o a leyes parciales abstractas”. Según Lukács, al comentar “La acumulación del capital” –la obra principal de Rosa Luxemburgo-, no es casual, como dice ella, que la trivialización del marxismo se expresara en Bernstein en un sentido científico burgués, como tampoco es por azar que éste acusara a Marx de “blanquista”: “No es un azar, porque desde el momento en que se abandona el punto de vista de la totalidad, punto de partida y término, condición y exigencia del método dialéctico, desde el instante en que la revolución ya no se considera como momento del proceso, sino como acto aislado, separado de la evolución de conjunto, lo que hay de revolucionario en Marx tiene que aparecer necesariamente como una recaída en el período primitivo del movimiento obrero, en el blanquismo. Y al derrumbarse el principio de la revolución, como consecuencia de la dominación categorial de la totalidad, todo el sistema del marxismo se derrumba” (Lukács, Rosa Luxemburgo, marxista, en Historia y Consciencia de Clase).

*: Este texto de Julio Cortés M. es un fragmento de un escrito en preparación sobre Marxismo y teoría revolucionaria, que analiza la posición de la Internacional Situacionista en dicha materia, y sus vínculos con las posturas de Lukacs, Korsch y Castoriadis entre otros revolucionarios del siglo XX.

NOTAS:

1 Incluso en un momento más “maduro” de la acción situacionista, el movimiento de las ocupaciones en Mayo de 1968 en Francia, en los telegramas enviados por situacionistas y “enragés” a los Partidos “Comunistas” chino y ruso, junto con la amenaza de un inminente movimiento de consejos obreros que barrería con esas burocracias, se incluye la consigna de “¡Larga vida al marxismo revolucionario!”. No obstante, la redacción del comunicado tal vez deba ser atribuida a algún miembro del núcleo de simpatizantes de la IS conocido como “enragés”.
2 Se trata del “cuestionario” publicado en el número 9 de la revista Internationale Situationniste (1964). Muy interesante resulta también la respuesta sobre el “tamaño” de la organización: -¿Cuantos sois? –Algunos más que el núcleo inicial de la guerrilla de Sierra Maestra pero con menos armas. Algunos menos que los delegados que estuvieron en Londres en 1864 para fundar la AIT, pero con un programa más coherente…”.
3 En esto Debord se diferencia del Lukács de Historia y consciencia de clase, en que el punto de vista de la totalidad es precisamente lo que diferencia al “marxismo ortodoxo” de todo lo demás (idealismo, materialismo y marxismo vulgares…). “Esta concepción dialéctica de la totalidad, que se aleja en apariencia de la realidad inmediata y que construye esa realidad de una manera en apariencia ‘no científica’, es, de hecho, el único método que puede captar y reproducir la realidad en el plano del pensamiento. La totalidad concreta es, pues, la categoría auténtica de la realidad”. Para Lukács, es ese método lo que define al marxismo ortodoxo, que “implica la convicción científica de que con el marxismo dialéctico se ha encontrado el método de investigación justo, de que este método sólo puede desarrollarse, perfeccionarse; porque todas las tentativas de superarlo o de mejorarlo tuvieron y no pueden dejar de tener otro efecto que hacerlo superficial, banal, ecléctico”. Para Lukàcs, entonces, el marxismo ortodoxo no significa “una adhesión sin crítica a los resultados de la investigación de Marx, no significa un acto de ‘fe’ en tal o cual tesis”. El marxista ortodoxo podría tranquilamente seguir siéndolo aunque rechazara totalmente algunas tesis de Marx a la luz de nuevos resultados de la investigación (Lukács, “Qué es marxismo ortodoxo”, en Historia y consciencia de clase). Curiosamente, esta definición de marxismo ortodoxo podría calzar con lo que desde otro punto de vista es definido como “revisionismo”. Veamos, por ejemplo, la definición suministrada en el Diccionario del Militante Obrero, elaborado en los medios obreros autónomos de Cataluña a inicios de los años 70: “Hoy se llama “revisionista” a todo aquel marxista que no acepta la teoría de Marx en bloque. Así, el revisionista sería el antitético del dogmático. Se usa impropiamente como sinónimo de reformista” . El propio Marx no tuvo problemas en “revisarse” a sí mismo de vez en cuando, tal como lo demuestra, por ejemplo, el Prólogo escrito junto a Engels para una edición alemana del Manifiesto Comunista en 1872: “Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos 25 años, con los consiguientes progresos ocurridos en cuanto a la organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el poder político en sus manos por espacio de dos meses. La Comuna ha demostrado, principalmente que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”.

Walden Bello: La crisis capitalista y la respuesta política de la izquierda


Global Focus on the South, 23 abril 2009
Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss


Reproducimos a continuación el texto de una conferencia dictada por Walden Bello en la Conferencia sobre la Crisis Global organizada el pasado 21 de marzo en Berlín por el Partido de la Izquierda alemán, partido del que Bello es miembro honorario.

Semana tras semana, asistimos a la contracción de la economía global a un ritmo peor que el pronosticado por el más agorero de los economistas. Es claro: no nos hallamos en una recesión común y corriente, sino que estamos aproados a una depresión global que podría durar muchos años.

Lo que haré hoy aquí es, primero, discutir brevemente los orígenes y la dinámica de esta crisis; y segundo, explorar las posibilidades de una estrategia para la izquierda global capaz de responder a la presente crisis en el contexto de los desafíos procedentes tanto del centro capitalista tecnocrático como de la derecha capitalista populista..

La crisis fundamental es de sobreacumulación

La teoría económica ortodoxa dejó hace mucho de ser útil para comprender la crisis. La teoría económica no-ortodoxa, en cambio, puede ahora arrojar potentísimos vislumbres de las causas y de la dinámica de la actual crisis. Desde una perspectiva progresista, lo que estamos observando es la intensificación de una de las crisis centrales –o “contradicciones”— del capitalismo global: la crisis de sobreproducción, también conocida como crisis de sobreacumulación o de sobrecapacidad. Se trata de la tendencia del capitalismo a generar, en el contexto de una aguda competición intercapitalista, una tremenda capacidad productiva, la cual rebasa holgadamente la capacidad de consumo de la población debido a las desigualdades de ingreso que limitan el poder adquisitivo popular. Lo que trae consigo una erosión de la rentabilidad y conduce a una espiral económica bajista.

Para entender el presente colapso, tenemos que retrotraernos a la llamada Edad de Oro del capitalismo contemporáneo, el período entre 1945 y 1975. Fue un período de rápido crecimiento, tanto en las economías centrales como en las economías subdesarrolladas: un crecimiento disparado, en parte, por la masiva reconstrucción de Europa y del Este asiático luego de la devastación de la II Guerra Mundial, y en parte también por los nuevos dispositivos y los nuevos instrumentos resultantes de un histórico compromiso de clase entre el capital y el trabajo que se institucionalizó bajo el nuevo Estado keynesiano.

Pero ese período de elevado crecimiento llegó a su fin a mediados de los 70, cuando las economías centrales fueron presa de la estanflación, es decir de la coexistencia de bajo crecimiento y elevada inflación, una amalgama supuestamente imposible para la teoría económica neoclásica.

La estanflación, sin embargo, no era sino el síntoma de una causa más profunda: la reconstrucción de Alemania y de Japón, y el rápido crecimiento de economías en vías de industrialización, como Brasil, Taiwán y Corea del Sur, vino a añadir un tremendo volumen de nueva capacidad productiva e incrementó la presión competitiva global, mientras que, en cambio, las desigualdades dentro de los países y entre países limitaban el crecimiento del poder adquisitivo y de la demanda, erosionando así la rentabilidad. Eso se agravó con los drásticos incrementos del precio del petróleo experimentados en los 70.

La expresión más dañina de la crisis de sobreproducción fue la recesión global de comienzos de los 80, que fue la más grave que se abatió sobre la economía internacional desde los tiempos de la Gran Depresión, es decir, antes de la crisis presente.

El capitalismo ensayó tres vías de escape para zafarse de la sobreproducción: la reestructuración neoliberal, la globalización y la financiarización.

Primera vía de escape: la reestructuración neoliberal

La reestructuración neoliberal cobró la forma del reaganismo y del thatcherismo en el Norte y del Ajuste Estructural en el Sur. Objetivo: revigorizar la acumulación de capital, y eso de dos maneras: 1) la remoción de las restricciones estatales al crecimiento, al uso y a los flujos de capital y riqueza; y 2) la redistribución del ingreso de los pobres y de las clases medias hacia los ricos, en la idea de que eso daría incentivos a los ricos para invertir y relanzar el crecimiento económico.

El problema con esa fórmula era que con la redistribución del ingreso hacia los ricos lo que haces es yugular los ingresos de los pobres y de las clases medias, reduciendo así la demanda, sin necesariamente inducir a los ricos a invertir más en producción. Lo cierto es que podría ser más rentable invertir en especulación. Además, y aun teniendo éxito, esa estrategia, a largo plazo, no haría sino agravar el problema básico, puesto que la inversión en producción habría de traer consigo volúmenes todavía mayores de capacidad productiva instalada.

Ello es que la reestructuración neoliberal, que se generalizó en el Norte y en el Sur en los 80 y 90, tuvo un paupérrimo registro en materia de crecimiento: el promedio del crecimiento global en los 90 fue del 1,1%, y de 1,4% en los 80. En cambio, cuando imperaban las políticas de intervención pública fue muy superior: en los 60 fue del 3,5% y en los 70, del 2,4%. La reestructuración neoliberal no podía superar el estancamiento.

Segunda vía de escape: la globalización

La segunda vía de escape que ensayó el capital global para contrarrestar el estancamiento fue la “acumulación extensiva” o globalización, es decir, la rápida integración de áreas semicapitalistas, no-capitalistas o precapitalistas en la economía global de mercado. Rosa Luxemburgo, que no sólo fue una gran dirigente política de la izquierda radical, sino también una gran economista, observó hace mucho tiempo en su gran clásico La acumulación de capital que ese fenómeno resultaba necesario para levantar la tasa de beneficio en las economías metropolitanas.

¿Cómo? Pues ganando acceso a trabajo barato, ganando nuevos y prácticamente ilimitados mercados, ganando nuevas fuentes de productos agrícolas baratos y de materias primas baratas, y dando origen a nuevas áreas de inversión en infraestructura. La integración se consigue a través de la liberalización del comercio, removiendo obstáculos a la movilidad del capital global y aboliendo fronteras para la inversión extranjera.

China es, ni que decir tiene, el ejemplo más destacado de un área no-capitalista integrada en la economía global a lo largo de los pasados 25 años.

A mediados de la primera década del siglo XXI, entre un 40 y un 50 por ciento de los beneficios de las corporaciones estadounidenses procedían de sus operaciones y ventas en el extranjero, especialmente en China.

El problema con esta forma de escapar al estancamiento es que exacerba el problema de la sobreproducción, porque lo que hace es añadir capacidad productiva. Un imponente volumen de capacidad manufacturera es lo que ha venido a añadirse en China en los últimos 25 años, lo que ha tenido un efecto depresor sobre precios y beneficios. No es por casualidad que, desde 1997, los beneficios de las corporaciones estadounidenses dejaran de crecer. De acuerdo con una estimación, la tasa de beneficios de las 500 primeras corporaciones de la lista de Fortune pasó de un 7,15% en 1960-69 a un 5,30% en 1980-90, luego a un 2,29% en 1990-99 y a un 1,32% en 2000-2002. A fines de los 90, con un exceso de capacidad industrial en prácticamente todas las industrias, el hiato entre capacidad productiva y ventas era ya el más grande desde los tiempos de la Gran Depresión. Vistas así las cosas, desde la perspectiva de la sobreproducción, la globalización no ha sido, contrariamente a lo sostenido por muchos de sus apologetas y por muchos de sus críticos, una etapa superior del capitalismo, sino un esfuerzo a la desesperada para salir del pantano de la sobreproducción. La globalización no tuvo elemento alguno de progreso.

Tercera vía de escape: la financiarización

Dados los limitados beneficios arrojados por la reestructuración neoliberal y la globalización en punto a contrarrestar el impacto depresivo de la sobreproducción, la tercera vía de escape –la financiarización— resultaba crucial para mantener y elevar la rentabilidad y las tasas de beneficio.

Con unas inversiones industriales y agrícolas que arrojaban magros beneficios por causa de la sobreproducción, andaban en circulación ingentes volúmenes de fondos excedentes, o se invertían y reinvertían en el sector financiero. Es decir: el sector financiero giraba sobre sí mismo.

Resultante de ello fue un incremento de la bifurcación entre una economía financiera hiperactiva y una economía real estancada. Como observara una ejecutivo financiero en las páginas del Financial Times, “en estos últimos años, hemos asistido a una creciente desconexión entre las economías real y financiera. La economía ha crecido (…) pero de ninguna manera como la economía financiera, hasta que estalló”. Lo que no nos dijo este observador fue que la desconexión entre la economía real y la financiera no se dio por casualidad; que la economía financiera estalló precisamente porque terminó abriéndose camino el estancamiento generado por la sobreproducción de la economía real.

Un indicador de la archirrentabilidad del sector financiero es que mientras los beneficios del sector manufacturero llegaron a representar el 1% del PIB de los EEUU, los del sector financiero llegaron a representar el 2%. Otro es el hecho de que el 40% del total de los beneficios de las corporaciones estadounidenses financieras y no financieras llegó a quedar a disposición del sector financiero, aun cuando éste sólo representaba el 5% del PIB de los EEUU (y aun este último porcentaje está probablemente sobrestimado).

El problema de invertir en operaciones del sector financiero es que monta tanto como exprimir valor de valor ya creado. Puede crear beneficio, desde luego, pero no crea valor nuevo: sólo la industria, la agricultura, el comercio y los servicios crean valor nuevo. Puesto que el beneficio no se basa en valor creado, las operaciones de inversión terminan siendo harto volátiles, y los precios de las acciones, de las obligaciones y de otras formas de inversión pueden llegar a desviarse radicalmente de su valor real. (Por ejemplo: las acciones de empresas de innovación en Internet pueden llegar a alcanzar precios astronómicos, empujadas únicamente por estimaciones financieras que provocan alzas en espiral).

Los beneficios, así pues, dependen de la oportunidad de empezar cobrando ventaja con unos precios al alza despegados del valor del producto, para luego vender antes de que la realidad fuerce una “corrección” que los retrotraerá drásticamente a los valores reales. La radical subida de los precios de un activo, mucho más allá de los valores reales, es lo que se llama formación de una burbuja.

Al depender la rentabilidad de golpes de fortuna especulativos, no resulta sorprendente que el sector financiero vaya de burbuja en burbuja, de una manía especulativa a otra.

Puesto que está activado por la manía especulativa, el capitalismo financieramente activado ha experimentado ya cerca de 100 crisis financieras desde que los mercados de capitales fueron desregulados y liberalizados en los 80, siendo la crisis más grave, antes de la presente, la crisis financiera asiática de 1997.

La dinámica de la implosión subprime

No entraré en detalle en la dinámica de la actual crisis, originada en el colapso del mercado inmobiliario estadounidense, fenómeno conocido también como “implosión subprime”. Algunas dimensiones clave de esa implosión (como el estímulo que Alan Grrenspan proporcionó a la burbuja financiera al recortar en junio de 2003 los tipos de interés hasta un 1% —los más bajos en 45 años— y mantenerlos a ese nivel durante todo un año, a fin de contrarrestar los efectos recesivos del estallido de la burbuja tecnológica de comienzos de los 90) ya se mencionaron ayer. Permitidme tocar, ya sea someramente, dos o tres puntos más.

La crisis hipotecaria subprime no fue un caso de oferta que rebasa la demanda real. La “demanda” había sido, y por mucho, urdida por la manía especulativa de promotores y financieros que querían sacar grandes beneficios de su acceso a la moneda extranjera (el grueso de ella, de origen asiático y chino) que inundó los EEUU en la pasada década. Se vendieron agresivamente gigantescos paquetes hipotecarios a millones de personas que normalmente no habrían podido permitírselo ofreciendo tasas de interés “insultantemente” bajas, que luego habrían de reajustarse a fin de aumentar las cuotas de pago de los flamantes nuevos propietarios de vivienda.

¿Cómo llegaron a convertirse en un problema tan gigantesco unas hipotecas problemáticas? Es que esos activos estaban “securizados”, esto es, convertidos en unos productos o mercancías espectrales llamados “obligaciones de deuda colateralizada” (CDO, por sus siglas en inglés), las cuales permitían especular con la posibilidad de que los créditos hipotecarios no fueran devueltos. Esos activos fueron entonces empaquetados junto a otros activos y comerciados por los originadores de las hipotecas, que trabajaban con distintos tipos de intermediarios tan conscientes del riesgo, que se quitaban de encima el producto a toda velocidad ofreciéndolo a otros bancos e inversores institucionales. A su vez, esas instituciones traspasaron esos títulos a otros bancos e institutos financieros foráneos.

La idea era vender al punto, hacerse con el dinero y lograr un buen y tranquilo beneficio, dejando el riesgo para los incautos que estaban al final de la cadena: para los centenares de miles de instituciones y de inversores individuales que compraban los títulos vinculados a hipotecas. A eso se le llamó “dispersión del riesgo”, y se veía como buena cosa, porque aligeraba los balances contables de las instituciones financieras, permitiéndoles embarcarse en ulteriores actividades de préstamo.

Cuando se elevaron los tipos de interés de los préstamos subprime, de las hipotecas variables y de otros préstamos inmobiliarios, se terminó la partida. Hay cerca de cuatro millones de hipotecas subprime que entrarán probablemente en situación de impago en los próximos dos años, y cinco millones de impagos, en los próximos años, a causa de los tipos hipotecarios variables. Pero títulos cuyo valor total asciende a no menos de 2 billones de dólares han sido ya inyectados, cual si de letales virus se tratara, en el sistema financiero global. El gigantesco sistema circulatorio del capitalismo global ha sido fatalmente infectado. Y, como en una plaga, no sabemos quiénes ni cuántos están fatalmente infectados hasta que vayan emergiendo, porque el conjunto del sistema financiero ha llegado a ser superlativamente opaco a causa de la falta de regulación.

Colapso de la economía real

Nos hallamos ahora en una coyuntura en la que, en vez de cumplir con su tarea primordial de prestar para facilitar la actividad productiva, los bancos se aferran a su tesorería, o compran entidades rivales a fin de robustecer la propia base financiera. No puede sorprender: con el sistema circulatorio del capitalismo global infectado, era sólo cuestión de tiempo hasta que la economía real se contagiara como lo ha hecho, y a una velocidad aterradora, en estas últimas semanas. Woolworth, todo un emblema de la venta al por menor, ha quebrado en Gran Bretaña, la industria automovilística en EEUU está en cuidados intensivos, los beneficios de BMW se han desplomado cerca de un 90%, y hasta la poderosa Toyota ha experimentado un declive sin precedentes en sus beneficios. Con una demanda en caída libre de los consumidores norteamericanos, China y el Este asiático han visto hacinarse sus productos en los muelles de descarga, lo que ha traído consigo una aguda contracción de sus economías y despidos masivos.

La globalización ha hecho que economías que ligaron sus destinos en la época de auge, caigan ahora también de consuno a una velocidad sin precedentes: y no se vislumbra el final.

Permitidme ahora una pausa para declarar la razón de que haya entrado con cierto detalle en las causas y en la dinámica de la crisis: es que he querido destacar el hecho de que lo que hemos visto desarrollarse ante nuestros ojos hasta ahora no es una crisis de la variante neoliberal del capitalismo, sino la crisis del capitalismo.

La respuesta capitalista: socialdemocracia global

Con el colapso de la globalización y con el mercado desregulado yéndose al garete, la metafísica neoliberal con que se adornó el capitalismo contemporáneo ha quedado totalmente desacreditada, por bien que –la cosa no ofrece duda— se siga batiendo todavía en algunas acciones de retaguardia.

Yo creo que, entre las filas del establishment, han cundido realmente el pánico y la confusión, y les embarga el sentimiento de que las cosas irán todavía a peor antes de empezar a mejorar. Se percatan de que las viejas instituciones neoliberales, como el FMI, la OMC y el G-20 resultan irrelevantes, aun si los métodos keynesianos de gasto con déficit e inyección de liquidez en el mercado pudieran llegar a tener efectos muy limitados. Cada vez más, los intelectuales más inteligentes del establishment comienzan a percatarse de que no estamos sino al comienzo de una caída libre global, de que no sabemos realmente cuándo tocaremos fondo y ni de si, cuando lo toquemos, la economía global permanecerá mucho tiempo allí. La mejor imagen de la economía real que se me ocurre a mí es la de un submarino alemán de la II Guerra Mundial que, tocado en pleno Atlántico por las descargas de algún destructor británico, se va rápidamente a pique en dirección al fondo oceánico y, alcanzado el fondo, nadie sabe cómo logrará la tripulación reflotar el submarino. ¿Ocurrirá como en la clásica película de Wolfgang Petersen (Das Boot), y conseguirán las penosas maniobras de la tripulación inyectar aire comprimido bastante en los tanques de lastre como para regresar a superficie? ¿O seguirá el submarino indefinidamente en zonas abisales? ¿Funcionarán hoy los métodos keynesianos de reflotamiento? Los pensadores más críticos del capitalismo, como Martin Wolf o Paul Krugman, no apuestan por ello.

Has dos cosas de las que podemos estar seguros. La primera: los enfoques neoliberales han quedado totalmente desacreditados. Y la segunda: los tercos hechos de base, y no cualesquiera restricciones ideológicas, son los que impondrán con su dictado lo que hayan de hacer quienes se empeñen en salvar el sistema. Así pues, liberémonos ya nosotros para empezar de la idea, según la cual los principios neoliberales constituirán las líneas rojas infranqueables de su política venidera.

Permitidme ser un poco más concreto. Yo creo que las acciones de la nueva administración Obama en Washington constituyen una ruptura con el neoliberalismo. Una cuestión importante, huelga decirlo, cuán decisiva y definitiva será esa ruptura con el neoliberalismo. Pero otras cuestiones van a la médula del capitalismo mismo. ¿Se recurrirá a la propiedad pública, a la intervención pública y al control público simplemente con el propósito de estabilizar el capitalismo, para luego devolver el control a las elites granempresariales? ¿Estamos en puertas de una segunda oleada de capitalismo keynesiano, en el que el Estado y las elites granempresariales se asocian con el mundo del trabajo en una política de fomento de la industria, del crecimiento y de los salarios altos, esta vez con una dimensión verde? ¿O seremos testigos del comienzo de un proceso de desplazamientos fundamentales en la propiedad y en el control de la economía en una dirección más popular? Es verdad que hay límites para las reformas en el sistema de capitalismo global, pero en ningún otro momento en el pasado medio siglo han parecido esos límites más fluidos y porosos que ahora.

En este momento, el gasto masivo en estímulos a niveles record –un anatema para los neoliberales— se ha convertido en práctica generalizada, siendo las únicas divergencias entre las elites del Norte en torno al monto que deben tener esos gastos para lograr reflotar el submarino. En eso, Obama se ha revelado el superkeynesiano. También está en curso la nacionalización de los bancos –otra práctica condenada por el neoliberalismo—, y las cuestiones que dividen a las élites se refieren al grado de agresividad que debe tener el gobierno al ejercer el control sobre las participaciones mayoritarias de las acciones y a si devolverá los bancos a la gestión privada una vez pasada la crisis.

Al contrario de lo que se mantuvo aquí ayer en algunas intervenciones, la reprivatización no es un hecho predeterminado. Son los hechos de base los que determinarán la respuesta a todas estas cuestiones, pues la tarea que tienen entre manos los gestores de la crisis del capitalismo no es la de hacer que las soluciones adoptadas estén en línea con una doctrina de todo punto desacreditada, sino la de salvar el capitalismo.

Más allá del gasto con déficit y de la nacionalización, yo creo que, en el seno del establishment, prosperará un debate sobre si conviene seguir la senda de lo que yo llamo “socialdemocracia global”, o SDG, para responder a la desesperada necesidad dual que tiene el capitalismo tanto de estabilización como de legitimidad.

Aun antes de que se desarrollara plenamente la crisis financiera, los partidarios de la SDG habían ido ya tomando posiciones a favor de la misma como alternativa a la globalización neoliberal, avisados como estaban de las tensiones y los agobios generados por ésta. Una personalidad vinculada a eso es el primer ministro británico Gordon Brown, quien encabezó la respuesta europea inicial al desplome financiero a través de la nacionalización parcial de los bancos. Visto generalmente como el padrino de la campaña “Hagamos que la pobreza sea historia” en el Reino Unido, Brown, siendo todavía ministro de hacienda británico, propuso lo que llamó un “capitalismo de alianza” entre el mercado y las instituciones estatales, capaz de reproducir a escala global lo que, según él, hizo Franklin Roosevelt para una economía nacional: “asegurar los beneficios del mercado domando sus excesos”. Tiene que ser un sistema, continuaba Brown, que “se haga con todos los beneficios de los mercados globales y los flujos de capitales, minimice el riesgo de crisis, maximice las oportunidades de todos y sostenga a los más vulnerables: se trata, en una palabra, de restaurar en la economía internacional los fines públicos y los ideales elevados”.

En la articulación del discurso socialdemócrata global se ha sumado a Brown un grupo diverso compuesto, entre otros, por el economista Jeffrey Sachs, George Soros, el antiguo Secretario General de la ONU, Kofi Annan, el sociólogo David Held, el Premio Nobel Joseph Stiglitz, y hasta Bill Gates. Hay, evidentemente, diferencias de matiz en las posiciones de estas gentes, pero el impulso de sus perspectivas es el mismo: implantar un orden social y articular un sólido consenso a favor del capitalismo global.

Entre las posiciones clave promovidas por los partidarios de la SDG están las siguientes:

  1. La globalización es esencialmente beneficiosa para el mundo; los neoliberales no han sabido ni gestionarla ni venderla a la opinión pública.
  2. Es urgente salvar a la globalización de los neoliberales, porque la globalización es reversible y hasta puede que se halle ya en proceso de franca retrogresión.
  3. El crecimiento no tiene por qué ir acompañado de una creciente desigualdad.
  4. Hay que evitar el unilateralismo, preservando al propio tiempo, aun si fundamentalmente reformadas, las instituciones y los acuerdos multilaterales.
  5. La integración social global, la reducción de las desigualdades tanto dentro de los países como entre los países, tiene que acompañar a la integración en el Mercado global.
  6. La deuda global de los países en vías de desarrollo tiene que ser cancelada o drásticamente reducida, a fin de que los ahorros de ellos resultantes puedan emplearse para estimular las economías locales, contribuyendo así a la reflación global.
  7. La pobreza y la degradación medioambiental han llegado a al punto de gravedad, que se hace preciso poner por obra un programa de ayudas masivas al estilo del “Plan Marshall” del Norte para el Sur en el marco de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
  8. Hay que impulsar una “segunda revolución verde”, especialmente en África, mediante el uso generalizado de semillas genéticamente modificadas.
  9. Hay que dedicar ingentes recursos a encarrilar la economía global por una senda más sostenible medioambientalmente, desempeñando los gobiernos un papel rector (“keynesianismo verde” o “capitalismo verde”).

Los límites de la socialdemocracia global

No se ha prestado demasiada atención a la socialdemocracia global, tal vez porque, como los generales franceses al romper la II Guerra Mundial, muchos progresistas siguen combatiendo en la guerra anterior, es decir, contra el neoliberalismo. Se precisa urgentemente de una crítica, y no sólo porque la SDG es el más probable candidato a suceder al neoliberalismo; más decisivo es el hecho de que, aunque la SDG tiene varios elementos positivos, tiene, como la vieja socialdemocracia de impronta keynesiana, muchos rasgos problemáticos.

Se puede comenzar la crítica destacando cuatro problemas centrales en la perspectiva de la SDG.

Primero: la SDG comparte con el neoliberalismo el sesgo favorable a la globalización, diferenciándose aquí sólo por su promesa de ser capaz de promoverla mejor que los neoliberales. Globalización significa para ellos una rápida integración de la producción y de los mercados, pero con una regulación eficaz, según lo planteó el Director General de Finanzas de la UE, Jan Koopman, que se dice keynesiano. Eso monta, sin embargo, tanto como decir que basta añadir la dimensión de la regulación, junto con la de la “integración social global”, para que un proceso esencialmente destructivo y desvertebrador, social y ecológicamente hablando, resulte digerible y aceptable. La SDG parte del supuesto de que las gentes desean realmente formar parte de una economía global funcionalmente integrada en la que hayan desaparecido las barreras que distinguen lo nacional de lo internacional. ¿No será, al contrario, que, hartas como están las gentes de los comportamientos erráticos de la economía internacional, lo que preferirían es más bien formar parte de economías sujetas a control local? Y ocurre, en efecto, que la actual deriva bajista de las economías interconectadas viene a confirmar con hechos harto contundentes la validez de las críticas centrales del movimiento antiglobalizador al proceso de globalización.

Segundo: la SDG comparte la preferencia del neoliberalismo por los mercados como mecanismo principal de producción, distribución y consumo, diferenciándose sobre todo por predicar la acción del Estado en punto a corregir los fallos del mercado. El tipo de globalización que necesita el mundo, de acuerdo con Jeffery Sachs en The End of Poverty, implicaría “engancharse al carro (…) de la notoria potencia del comercio y la inversión, reconociendo y enfrentándose a sus limitaciones mediante una acción colectiva compensatoria”. Eso es muy otra cosa que decir que la ciudadanía y la sociedad civil son quienes deben tomar las decisiones económicas clave, siendo el mercado, como la burocracia estatal, un mero mecanismo de realización de decisiones democráticamente tomadas.

Tercero: la SDG es un proyecto tecnocrático, con expertos sirviendo menús y lanzando reformas sociales desde su poltrona, no un proyecto participativo en el que las iniciativas discurran de abajo arriba.

Cuarto: la SDG, aunque crítica con el neoliberalismo, acepta el marco del capitalismo monopolista, que refuerza en lo fundamental el control privado concentrado de los medios de producción, deriva beneficio de la extracción explotadora de valor excedente generado por el trabajo, va de crisis en crisis por causa de sus tendencias a la sobreproducción y, encima, en su búsqueda de rentabilidad, tiende a poner al medio ambiente al límite de sus capacidades. Como ocurriera con el keynesianismo en el marco nacional, la SDG busca en el marco global un nuevo compromiso de clase que venga acompañado de nuevos métodos para contener o minimizar la tendencia del capitalismo a la crisis. Así como la vieja socialdemocracia y el New Deal estabilizaron el capitalismo nacional, la función histórica de la socialdemocracia global sería la de allanar las hirsutas contradicciones del capitalismo global y relegitimarlo tras la era de crisis y caos dejada en herencia por el neoliberalismo.

De de la cruz a la fecha, la SDG lidia con cuestiones de gestión social. La izquierda, en cambio, tiene que lidiar con cuestiones de emancipación social. La SDG se atiene a la gestión tecnocrática; la izquierda, a la democracia participativa desde la raíz, desde las mismas empresas. La SDG busca reconfigurar el capitalismo monopolista, como hiciera en su día el viejo keynesianismo, pero esta vez a escala global. La izquierda, obligada a plantearse el problema de las relaciones de propiedad, tiene que buscar la creación de un sistema postcapitalista. La SDG quiere perfeccionar la globalización. La izquierda quiere la desglobalización. La SDG ve el futuro en el capitalismo verde. La izquierda ve la descapitalistización como condición previa a cualquier organización social planetaria ecológicamente benigna.

Como el presidente brasileño Lula, el presidente Obama tiene el talento retórico para tender puentes entre diferentes discursos. En lo tocante a economía, es una tabula rasa. Como Roosevelt, no se ata a fórmulas del ancien régime. Como Lula y como Roosevelt, es un pragmático cuyo criterio básico es el éxito en la gestión social. Como tal, está en una posición única para encabezar esa ambiciosa empresa reformista. Nuestra tarea no puede únicamente consistir en dar apoyo a los aspectos positivos del programa de la SDG que promuevan el bienestar popular y oponernos a los que lleven a la re-estabilización del capitalismo. También tenemos que ser capaces, y eso es todavía más importante, de diferenciar, mientras dure el proceso, nuestro proyecto del de la SDG y ganar apoyos para nuestra visión y para nuestro programa estratégicos.

El desafío procedente de la derecha

Sin embargo, la opción a la que nos enfrentamos en el periodo que se avecina no pasa por elegir entre la Izquierda y la Socialdemocracia Global. ¡Sería una elección harto sencilla! Porque lo cierto es que podría comenzar a articularse una respuesta que fuera anti-neoliberal en materia económica, al menos retóricamente, populista en materia social, pero excluyente en sus políticas, es decir, evocadora de solidaridades de tribu, no de pueblo. Ya hemos empezado a ver algo de eso en la actitud del presidente francés Sarkozy. Tras declarar que “el capitalismo de laissez-faire ha muerto”, creó un fondo de inversión estratégico de 20 mil millones de euros para promover la innovación tecnológica, mantener las industrias más avanzadas en manos francesas y conservar puestos de trabajo. “El día que dejemos de construir trenes, aviones, automóviles y barcos, ¿qué quedará de la economía francesa?”, se preguntó retóricamente hace unos días. “Recuerdos. Yo no quiero hacer de Francia una mera reserva turística”. Este tipo de política industrial agresiva, tendente a reagrupar a los sectores clave de la clase capitalista francesa y a ganar ascendiente sobre la clase obrera blanca tradicional del país, puede muy bien ir de la mano con las políticas excluyentes y anti-inmigratorias con que ha venido asociándose al presidente francés.

El populismo conservador de Sarkozy es relativamente templado. Los hay más radicales aguardando en los márgenes, como el movimiento antimusulmán de Gerd Wilders en Holanda, al que se augura un 28% de escaños en las próximas elecciones parlamentarias merced a una oportuna amalgama de solidaridad comunal, teoría económica populista y liderazgo autoritario. Por doquiera en el mundo desarrollado hay movimientos de este tipo, y lo que a mí me preocupa es que la crisis en curso pueda abrirles el camino para lograr alcanzar una masa crítica.

Porque las cosas irán a peor, a mucho peor, antes de comenzar a ir mejor, y la crisis global no es algo que pueda gestionarse tecnocráticamente, como si se tratara del aterrizaje suave realizado hace unas semanas por el piloto de US Airways en el río Hudson en Nueva York. Si la Socialdemocracia Global fracasa en su intento de revigorizar el capitalismo y la Izquierda es incapaz de articularse con una visión programática fundada en la igualdad, la justicia y la democracia participativa que resulte atractiva para el pueblo en un período de crisis grave y duradera, entonces otras fuerzas se aprestarán a llenar el vacío, como ocurrió en los años 30 del siglo pasado. Si hay algo que Rosa Luxemburgo, Gramsci y Lenin pueden enseñarnos hoy es que no bastan la buena voluntad, los valores y la visión; que, al final, es decisiva la política, entendida como una visión de poder, como una estrategia efectiva de construcción de coaliciones y como astutas y flexibles tácticas de formación de una masa crítica para ganar poder, como una actividad con dimensiones parlamentarias y extraparlamentarias. La naturaleza tiene horror al vacío, y nosotros tenemos que estar dispuestos a llenar el vacío. O perderemos. Y eso no podemos permitírnoslo ahora.

La izquierda tiene que despertar

Para resumir. Mientras los progresistas estaban inmersos en una guerra total contra el neliberalismo, el pensamiento reformista iba calando en los círculos del establishment. Ese pensamiento se está convirtiendo ahora en política, y la izquierda tiene que trabajar el doble para hacer lo propio. No es solo cosa de pasar de la crítica a la prescripción. Se trata de rebasar las limitaciones de la imaginación política de la izquierda impuestas por la agresividad del desafío neoliberal en los 80, que vino a combinarse con el colapso de los regímenes socialistas burocráticos a comienzos de los 90. La izquierda debería atreverse a aspirar de nuevo a paradigmas de organización social que tendieran sin recato a la igualdad y al control democrático participativo tanto de la economía nacional como de la economía mundial: porque esas son condiciones necesarias de la emancipación individual y colectiva y –hay que añadirlo— de la estabilización ecológica.

Esa es una perspectiva por la que deberíamos poder combatir, no simplemente librando una batalla por la consciencia del gente, sino también por su corazón y su alma. Y aquí la lucha es, por un lado, contra los esquemas capitalistas tecnocráticos de reestabilización capitalista de la socialdemocracia global y, por el otro, contra los esquemas con base de masas de la reestabilización capitalista del populismo nacionalista y fundamentalista. Las ideas no bastan, y lo que será decisivo es el modo de traducir nuestras ideas y nuestros valores y nuestra visión a una estrategia y a unas tácticas con vocación ganadora que puedan triunfar democráticamente. Tenemos que salir del economicismo al que quedó reducida la izquierda global en la era neoliberal: la política tiene que volver a tomar el mando.

Walden Bello es presidente de la Freedom from Debt Coalition, investigador principal del Focus on the Global South y profesor de economía política en la Universidad de Filipinas. En Europa, es miembro honorario del partido alemán Die Linke.

viernes, 27 de marzo de 2009

David Harvey: ¿Estamos realmente ante el fin del neoliberalismo?


La crisis y la consolidación del poder de las clases dominantes

¿Marca esta crisis el final del neoliberalismo? Yo creo que depende de lo que se entienda por neoliberalismo. En mi interpretación, el neoliberalismo ha sido un proyecto de clase camuflado bajo una proteica retórica sobre la libertad individual, el albedrío, la responsabilidad personal, la privatización y el libre mercado. Pero esa retórica no era sino un medio para la restauración y consolidación del poder de clase, y en este sentido, el proyecto neoliberal ha sido todo un éxito.

Uno de los principios básicos que quedaron sentados en los setenta fue que el poder del Estado tenía que proteger las instituciones financieras, costara lo que costara. Ese principio fue puesto por obra en la crisis de Nueva York de mediados de los setenta, y fue internacionalmente definido por vez primera cuando se cernía sobre México el espectro de la bancarrota, en 1982. Eso habría destruido los bancos de inversión neoyorquinos, de modo que el Tesoro estadounidense y el FMI actuaron de consuno en rescate de México. Mas, al hacerlo, impusieron un programa de austeridad a la población mexicana. En otras palabras, protegieron a los bancos y destruyeron al pueblo; no otra ha sido la práctica regular del FMI desde entonces. El presente rescate es el mismo viejo cuento, una vez más, sólo que a una escala ciclópea.

Lo que pasó en los EEUU fue que 8 hombres nos dieron un documento de 3 páginas a modo de pistola que nos apuntaba a todos: “dadnos 700 mil millones de dólares, y no se hable más”. Para mí eso fue una suerte de golpe financiero contra el Estado y contra la población norteamericanos. Lo que significa que no se saldrá de esta crisis con una crisis de la clase capitalista; se saldrá de ella con una consolidación todavía mayor de esa clase. Terminará habiendo 4 o 5 grandes entidades financieras en los EEUU, no más. Muchos en Wall Street están ya medrando ahora mismo. Lazard’s, a causa de su especialización en fusiones y adquisiciones, está ganando dinero a espuertas. Algunos no escaparán a la quema, pero habrá por doquiera una consolidación del poder financiero. Andrew Mellon –banquero norteamericano, Secretario del Tesoro en 1921-32— dejó estupendamente dicho que en una crisis los activos terminan siempre por regresar a sus legítimos propietarios. Una crisis financiera es un modo de racionalizar lo que es irracional: por ejemplo, el inmenso crac asiático de 1997-8 resultó en un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Las grandes alteraciones llevan a una reconfiguración, a una nueva forma de poder de clase. Podría ir mal, políticamente hablando. El rescate bancario ha sido resistido en el Senado y en otras partes, de manera que es posible que la clase política no se alinee tan fácilmente: pueden poner estorbos en el camino, pero, hasta ahora, han tragado y no han nacionalizado los bancos.

Sin embargo, esto podría llevar a una lucha política de mayor calado: se percibe una vigorosa resistencia a dar más poder a quienes nos metieron en este lío. La elección de equipo económico de Obama está siendo cuestionada; por ejemplo, la de Larry Summers, que era Secretario del Tesoro en el momento clave en que muchas cosas empezaron a ir realmente mal, al final de la administración Clinton. ¿Por qué dar cargos a tantas gentes favorables a Wall Street, al capital financiero, que reintrodujeron el predominio del capital financiero? Eso no quiere decir que no vayan a rediseñar la arquitectura financiera, porque saben que su rediseño es ineludible, pero la cuestión es: ¿para quién la rediseñarán? La gente está verdaderamente descontenta con el equipo económico de Obama; también el grueso de la prensa.

Se precisa una nueva forma de arquitectura financiera. Yo no creo que deban abolirse todas las instituciones existentes; no, desde luego, el Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés), ni siquiera el FMI. Yo creo que necesitamos esas instituciones, pero que tienen que transformarse radicalmente. La gran cuestión es: quién las controlará y cuál será su arquitectura. Necesitaremos gente, expertos con alguna inteligencia del modo en que esas instituciones funcionan y pueden funcionar. Y eso es muy peligroso, porque, como podemos ver ya ahora mismo, cuando el Estado busca a alguien que entienda lo que está pasando, suele mirar a Wall Street.

Un movimiento obrero inerme: hasta aquí hemos llegado

Que podamos salir de esta crisis por alguna otra vía depende, y por mucho, de la relación de fuerzas entre las clases sociales. Depende de hasta qué punto el conjunto de la población diga: “¡hasta aquí hemos llegado; hay que cambiar el sistema!”. Ahora mismo, cuando se observa retrospectivamente lo que les ha pasado a los trabajadores en los últimos 50 años, se ve que no han conseguido prácticamente nada de este sistema. Pero no se han rebelado. En los EEUU, en los últimos 7 u 8 años, se ha deteriorado en general la condición de las clases trabajadoras, y no se ha dado un movimiento masivo de resistencia. El capitalismo financiero puede sobrevivir a la crisis, pero eso depende por completo de que se produzca una rebelión popular contra lo que está pasando, y de que haya una verdadera embestida tendente a reconfigurar el modo de funcionamiento de la economía.

Uno de los mayores obstáculos atravesados en el camino de la acumulación continuada de capital fue, en los 60 y comienzos de los 70, el factor trabajo. Había escasez de trabajo, tanto en Europa como en los EEUU, y el mundo del trabajo estaba bien organizado, con influencia política. De modo, pues, que una de las grandes cuestiones para la acumulación de capital en ese período era: ¿cómo puede lograr el capital tener acceso a suministros de trabajo más baratos y más dóciles? Había varias respuestas. Una pasaba por estimular la inmigración. En los EEUU se revisaron en serio las leyes migratorias en 1965, lo que les permitió el acceso a la población mundial excedente (antes de eso, sólo se favorecía migratoriamente a caucásicos y europeos). A fines de los 60, el gobierno francés subsidiaba la importación de mano de obra magrebí, los alemanes traían a turcos, los suecos importaban yugoslavos y los británicos tiraban de su imperio. Así que apareció una política proinmigración, que era una forma de lidiar con el problema.

Otra vía fue el cambio tecnológico rápido, que echa a la gente del trabajo, y si eso fallaba, ahí estaban gentes como Reagan, Thatcher y Pinochet para aplastar al movimiento obrero organizado. Finalmente, y por la vía de la deslocalización, el capital se desplaza hacia dónde hay mano de obra excedente. Eso fue facilitado por dos cosas. Primero, la reorganización técnica de los sistemas de transporte: una de las mayores revoluciones ocurridas durante ese período fue la de los containers, que permitieron fabricar partes de automóviles en Brasil y embarcarlas a bajo coste hacia Detroit, o hacia dónde fuera. En segundo lugar, los nuevos sistemas de comunicación permitieron una organización más ajustada en el tiempo de la producción en cadena de mercancías a través del espacio global.

Todas estas vías se encaminaban a resolver para el capital el problema de la escasez de trabajo, de modo que hacia 1985 el capital había dejado de tener problemas al respecto. Podía tener problemas específicos en zonas particulares, pero, globalmente, tenía a su disposición abundante trabajo; el subitáneo colapso de la Unión Soviética y la transformación de buena parte de China vinieron a añadir a cerca de 2 mil millones de personas al proletariado global en el pequeño espacio de 20 años. Así pues, la disponibilidad de trabajo no representa hoy problema ninguno, y el resultado de eso es que el mundo del trabajo ha ido quedando en situación de indefensión en los últimos 30 años. Pero cuando el trabajo está inerme, recibe salarios bajos, y si te empeñas en represar los salarios, eso limitará los mercados. De modo que el capital comenzó a tener problemas con sus mercados. Y ocurrieron dos cosas.

La primera: el creciente hiato entre los ingresos del trabajo y lo que los trabajadores gastaban comenzó a salvarse mediante el auge de la industria de las tarjetas de crédito y mediante el creciente endeudamiento de los hogares. Así, en los EEUU de 1980, nos encontramos con que la deuda media de los hogares rondaba los 40.000 dólares [copnstantes], mientras que ahora es de unos 130.000 dólares [constantes] por hogar, incluyendo las hipotecas. La deuda de los hogares se disparó, y eso nos lleva a la financiarización, que tiene que ver con unas instituciones financieras lanzadas a sostener las deudas de los hogares de gente trabajadora, cuyos ingresos han dejado de crecer. Y empiezas por la respetable clase trabajadora, pero más o menos hacia 2000 te empiezas a encontrar ya con hipotecas subprime en circulación. Buscas crear un mercado. De modo que las entidades financieras se lanzan a sostener el financiamiento por deuda de gente prácticamente sin ingresos. Mas, de no hacerlo, ¿qué ocurriría con los promotores inmobiliarios que construían vivienda? Así pues, se hizo, y se buscó estabilizar el mercado financiando el endeudamiento.

Las crisis de los valores de los activos

Lo segundo que ocurrió fue que, desde 1980, los ricos se fueron haciendo cada vez más ricos a causa de la represión salarial. La historia que se nos contó es que invertirían en nuevas actividades, pero no lo hicieron; el grueso de los ricos empezó a invertir en activos, es decir, pusieron su dinero en la bolsa. Así se generaron las burbujas en los mercados de valores. Es un sistema análogo al esquema de Ponzi, pero sin necesidad de que lo organice un Madoff. Los ricos pujan por valores de activos, incluyendo acciones, propiedades inmobiliarias y propiedades de ocio, así como en el mercado de arte. Esas inversiones traen consigo financiarización. Pero, a medida que pujas por valores de activos, eso repercute en el conjunto de la economía, de modo que vivir en Manhattan llegó a ser de todo punto imposible, a menos que te endeudaras increíblemente, y todo el mundo se ve envuelto en esta inflación de los valores de los activos, incluidas las clases trabajadoras, cuyos ingresos no crecen. Y lo que tenemos ahora es un colapso de los valores de los activos; el mercado inmobiliario se ha desplomado, el mercado de valores se ha desplomado.

Siempre ha habido el problema de la relación entre representación y realidad. La deuda tiene que ver con el valor futuro que se les supone a bienes y servicios, de modo que supone que la economía seguirá creciendo en los próximos 20 o 30 años. Entraña siempre un pálpito, una conjetura tácita, que luego se refleja en la tasa de interés, descontada a futuro. Este crecimiento del área financiera luego de los 70 tiene mucho que ver con lo que yo creo es el problema clave: lo que yo llamaría el problema de absorción del excedente capitalista. Como nos enseña la teoría del excedente, los capitalistas producen un excedente del que luego tienen que hacerse con una parte, recapitalizarla y reinvertirla en expansión. Lo que significa que siempre tienen que encontrar algo en lo que expandirse. En un artículo que escribía para la New Left Review, “El derecho a la ciudad”, señalaba yo que en los últimos 30 años un inmenso volumen de excedente de capital ha sido absorbido por la urbanización: por la reestructuración, la expansión y la especulación urbanas. Todas y cada una de las ciudades que he visitado constituyen enormes emplazamientos de construcción aptos para la absorción de excedente capitalista. Ahora, ni que decir tiene, muchos de esos proyectos han quedado a medio hacer.

Ese modo de absorber excedentes de capital se ha ido haciendo más y más problemático con el tiempo. En 1750, el valor del total de bienes y servicios producidos rondaba los 135 mil millones de dólares (constantes). Hacia 1950, era de 4 billones de dólares. En 2000, se acercaba a los 40 billones. Ahora ronda los 50 billones. Y si no yerra Gordon Brown, se doblará en los próximos 20 años, hasta alcanzar los 100 billones en 2030.

A lo largo de la historia del capitalismo, la tasa general media de crecimiento ha rondado el 2,5% anual, sobre base compuesta. Eso significaría que en 2030 habría que encontrar salidas rentables para 2,5 billones de dólares. Es un orden de magnitud muy elevado. Yo creo que ha habido un serio problema, particularmente desde 1970, con el modo de absorber volúmenes cada vez más grandes de excedente en la producción real. Sólo una parte cada vez más pequeña va a parar a la producción real, y una parte cada vez más grande se destina a la especulación con valores de activos, lo que explica la frecuencia y la profundidad crecientes de las crisis financieras que estamos viendo desde 1975, más o menos. Son todas crisis de valores de activos.

Yo diría que, si saliéramos de esta crisis ahora mismo, y si se diera una acumulación de capital con una tasa de un 3% de crecimiento anual, nos encontraríamos con un montón de problemas endemoniados. El capitalismo se enfrenta a serias limitaciones medioambientales, así como a limitaciones de mercado y de rentabilidad. El reciente giro hacia la financiarización es un giro forzado por la necesidad de lidiar con un problema de absorción de excedente; un problema, empero, que no se puede abordar sin exponerse a devaluaciones periódicas. Es lo que está ocurriendo ahora mismo, con pérdidas de varios billones de dólares de valores de activos.

El término “rescate nacional” es, por lo tanto, inapropiado, porque no están salvando al conjunto del sistema financiero existente; están salvando a los bancos, a la clase capitalista, perdonándoles deudas y transgresiones. Y sólo les están salvando a ellos. El dinero fluye a los bancos, pero no a las familias que están siendo hipotecariamente ejecutadas, lo que está comenzado a provocar cólera. Y los bancos están usando ese dinero, no para prestarlo, sino para comprar otros bancos. Están consolidando su poder de clase.

El colapso del crédito

El colapso del crédito para la clase trabajadora pone fin a la financiarización como solución de la crisis del mercado. Por consecuencia, veremos una importante crisis de desempleo, así como el colapso de muchas industrias, a menos que se emprenda una acción efectiva para cambiar el curso de las cosas. Y en este punto es donde se desarrolla ahora la discusión sobre el regreso a un modelo económico keynesiano. El programa económico de Obama consiste en invertir masivamente en grandes obras públicas y en tecnologías verdes, regresando en cierto sentido al tipo de solución del New Deal. Yo soy escéptico respecto de su capacidad para lograrlo.

Para entender la presente situación, necesitamos ir más allá de lo que ocurre en el proceso de trabajo y en la producción, necesitamos entrar en el complejo de relaciones en torno al Estado y las finanzas. Necesitamos comprender el modo en que la deuda nacional y el sistema de crédito han sido, desde el comienzo, vehículos fundamentales para la acumulación primitiva, o para lo que yo llamo acumulación por desposesión (según puede verse en el sector de la construcción). En “El derecho a la ciudad” observaba yo la manera en que había sido revitalizado el capitalismo en el París del Segundo Imperio: el Estado, de consuno con los banqueros, puso por obra un nuevo vínculo Estado-capital financiero, a fin de reconstruir París. Eso generó pleno empleo y los bulevares, los sistemas de suministro de agua corriente y los sistemas de canalización de residuos, así como nuevos sistemas de transporte; gracias a ese tipo de mecanismos se construyó también el Canal de Suez. Una buena parte de todo eso se financió con deuda. Ahora, ese vínculo Estado-finanzas viene experimentando una enorme transformación desde 1970: se ha hecho más internacional, se ha abierto a todo tipo de innovaciones financieras, incluidos los mercados de derivados y los mercados especulativos, etc. Se ha creado una nueva arquitectura financiera.

Lo que yo creo que está pasando ahora mismo es que ellos están buscando una nueva forma de esquema financiero que pueda resolver el problema, no para el pueblo trabajador, sino para la clase capitalista. En mi opinión, están en vías de hallar una solución para la clase capitalista, y si el resto de nosotros sufre las consecuencias, pues ¡qué se le va a hacer! La única cosa que les preocupa de nosotros es que nos alcemos en rebelión. Y mientras esperamos a rebelarnos, ellos tratan de diseñar un sistema acorde con sus propios intereses de clase. Desconozco cómo será esa nueva arquitectura financiera. Si se mira con atención lo que pasó durante la crisis fiscal en Nueva York, se verá que los banqueros y los financieros no tenían la menor idea de qué hacer; lo que terminaron haciendo fue una especie de bricolaje a tientas, pieza aquí, pieza allí; luego juntaron los fragmentos de un modo nuevo, y terminaron con una construcción de nueva planta. Mas, cualquiera sea la solución a la que lleguen, les vendrá a su medida, a menos que nosotros nos plantemos y comencemos a decir que queremos algo a nuestra medida. Las gentes como nosotros podemos desempeñar un papel crucial a la hora de plantear cuestiones y de desafiar la legitimidad de las decisiones que se están tomando ahora mismo. También, claro está, a la hora de realizar análisis muy claros de la verdadera naturaleza del problema y de las posibles salidas ofrecidas al mismo.

Alternativas

Necesitamos empezar a ejercer de hecho nuestro derecho a la ciudad. Tenemos que preguntar qué es más importante, el valor de los bancos o el valor de la humanidad. El sistema bancario debería servir a la gente, no vivir a costa de la gente. Y la única manera en que seremos capaces de ejercer el derecho a la ciudad es tomando las riendas del problema de la absorción del excedente capitalista. Tenemos que socializar el excedente de capital, y escapar para siempre al problema del 3% de acumulación. Nos hallamos ahora en un punto en el que seguir indefinidamente con una tasa de crecimiento del 3% llegará a generar unos costes ambientales tan tremendos, y una presión sobre las situaciones sociales tan tremenda, que estaremos abocados a una crisis financiera tras otra.

El problema central es cómo se pueden absorber los excedentes capitalistas de un modo productivo y rentable. En mi opinión, los movimientos sociales tienen que coaligarse en torno a la idea de lograr un mayor control sobre el producto excedente. Y aunque yo no apoyo una vuelta al modelo keynesiano del tipo que teníamos en los 60, me parece fuera de duda que entonces había un control social y político mucho mayor sobre la producción, la utilización y la distribución del excedente. El excedente circulante se derivaba hacia la construcción de escuelas, hospitales e infraestructura. Eso es lo que sacó de sus casillas a la clase dominante y causó un contramovimiento a fines de los 60: no tenían control bastante sobre el excedente. Sin embargo, si se atiende a los datos disponibles, se ve que la proporción de excedente absorbido por el Estado no ha variado mucho desde 1970; lo que hizo, así pues, la clase capitalista fue frenar una ulterior socialización del excedente. También lograron transformar la palabra “gobierno” en la palabra “gobernanza”, haciendo porosas las actividades gubernamentales y empresariales, lo que permite situaciones como la que tenemos en Irak, en donde contratistas privados muñeron implacablemente las ubres del beneficio fácil.

Creo que estamos aproados a una crisis de legitimación. En los pasados treinta años, se ha repetido una y otra vez la ocurrencia de Margaret Thatcher, según la cual “no hay alternativa” a un mercado libre neoliberal, a un mundo privatizado, y si no tenemos éxito en ese mundo, es por culpa nuestra. Yo creo que es muy difícil decir que, enfrentados a una crisis de ejecuciones hipotecarias y desahucios inmobiliarios, se ayuda a los bancos pero no a las personas que pierden su vivienda. Puedes acusar a los desahuciados de irresponsabilidad, y en los EEUU no deja de haber un componente fuertemente racista en esa acusación. Cuando la primera ola de ejecuciones hipotecarias golpeó zonas como Cleveland y Ohio, resultó devastadora para las comunidades negras, pero la reacción de algunos fue poco más o menos ésta: “¿pues qué esperabais? Los negros son gente irresponsable”. Las explicaciones de la crisis dilectas de la derecha son en términos de codicia personal, tanto en lo que hace a Wall Street, como en lo que hace a la gente que pidió prestado para comprarse una vivienda. Lo que tratan es de cargar la culpa de la crisis a sus víctimas. Una de nuestras tareas consiste en decir: “no, no se puede hacer eso en absoluto”, y tratar luego de ofrecer una explicación cogente de esta crisis como un fenómeno de clase: una determinada estructura de explotación se fue a pique y está en vías de ser desplazada por otra estructura aún más profunda de explotación. Es muy importante que esta explicación alternativa de la crisis sea presentada y discutida públicamente.

Una de las grandes configuraciones ideológicas que está en vías de formarse tiene que ver con el papel que habrá de desempeñar en el futuro la propiedad de la vivienda, una vez comencemos a decir cosas como que hay que socializar buena parte del parque de viviendas, puesto que desde los años 30 hemos tenido enormes presiones a favor de la vivienda individualizada como forma de asegurar los derechos y la posición de la gente. Tenemos que socializar y recapitalizar la educación y la asistencia sanitaria públicas, a demás de la provisión de vivienda. Esos sectores de la economía tienen que ser socializados, de consuno con la banca.

Una política radical, más allá de las divisiones de clase

Hay otro punto que debemos reconsiderar: el trabajo y, particularmente, el trabajo organizado es sólo una pequeña pieza de este conjunto de problemas, y sólo juega un papel parcial en lo que está ocurriendo. Y eso por una razón muy sencilla, que se remonta a las limitaciones de Marx a la hora de plantear la cosa. Si decimos que la formación del complejo Estado-finanzas es absolutamente crucial para la dinámica del capitalismo (y, obviamente, lo es), y si nos preguntamos qué fuerzas sociales actúan en punto a contrarrestar o promover esas formaciones institucionales, hay que reconocer que el trabajo nunca ha estado en primera línea de esta lucha. El trabajo ha estado en primera línea en el mercado de trabajo y en el proceso de trabajo, y ambos son momentos vitales del proceso de circulación, pero el grueso de las luchas que se han desarrollado en torno al vínculo Estado-finanzas han sido luchas populistas, en las que le trabajo sólo parcialmente ha estado presente.

Por ejemplo, en los EEUU de los años 30 hubo un montón de populistas que apoyaban a los atracadores de bancos Bonnie y Clyde. Y actualmente, muchas de las luchas en curso en América Latina tienen una dirección más populista que obrera. El trabajo siempre ha tenido un papel muy importante a jugar, pero no creo yo que ahora mismo estemos en una situación en la que la visión convencional de proletariado como vanguardia de la lucha sea de mucha ayuda, cuando la arquitectura del vínculo Estado-finanzas (el sistema nervioso central de la acumulación de capital) es el asunto fundamental. Puede haber épocas y lugares en los que los movimientos proletarios resulten de gran importancia, por ejemplo, en China, en donde yo les auguro un papel críticamente decisivo que, en cambio, no veo en nuestro país. Lo interesante es que los trabajadores del automóvil y las compañías automovilísticas son ahora mismo aliados frente al nexo Estado-finanzas, de modo que la gran división de clase que siempre hubo en Detroit no se da ya, o no del mismo modo. Lo que ahora está en curso es un nuevo tipo, completamente distinto, de política de clase, y algunas de las formas marxistas convencionales de ver estas cosas se atraviesan en el camino de una política verdaderamente radical.

También es un gran problema para la izquierda el que muchos piensen que la conquista del poder del Estado no debe jugar ningún papel en las transformaciones políticas. Yo creo que están locos. En el Estado radica un poder increíble, y no se puede prescindir de él como si careciera de importancia. Soy profundamente escéptico respecto de la creencia, según la cual las o­nG y las organizaciones de la sociedad civil están en vías de transformar el mundo; no porque las o­nG no puedan hacer nada, sino porque se requiere otro tipo de concepción y de movimiento políticos, si queremos hacer algo ante la crisis principal que está en curso. En los EEUU, el instinto político es muy anarquista, y aunque yo simpatizo mucho con bastantes puntos de vista anarquistas, sus inveteradas protestas contra el Estado y su negativa a hacerse con el control del mismo constituyen otro obstáculo atravesado en el camino.

No creo que estemos en una posición que nos permita determinar quiénes serán los agentes del cambio en la presente coyuntura, y es palmario que serán distintos en las distintas partes del mundo. Ahora mismo, en los EEUU, hay signos de que la clase de los ejecutivos y gestores empresariales, que han vivido de los ingresos procedentes del capital financiero todos estos años, están enojados y pueden radicalizarse un poco. Mucha gente ha sido despedida de los servicios financieros, y en algunos casos, han llegado a ver ejecutadas sus hipotecas. Los productores culturales están tomando consciencia de la naturaleza de los problemas que enfrentamos, y de la misma manera que en los años 60 las escuelas de arte se convirtieron en centros de radicalismo político, no hay que descartar la reaparición de algo análogo. Podríamos ver el auge de organizaciones transfronterizas, a medida que las reducciones en las remesas de dinero enviadas extiendan la crisis a lugares como el México rural o Kerala.

Los movimientos sociales tienen que definir qué estrategias y políticas quieren desarrollar. Nosotros, los académicos, no deberíamos vernos jamás en el papel de misioneros en los movimientos sociales; lo que deberíamos hacer es entrar en conversación y charlar sobre cómo vemos la naturaleza del problema.

Dicho esto, me gustaría proponeros algunas ideas. Una idea interesante en los EEUU ahora mismo es que los gobiernos municipales aprueben ordenanzas anti-desahucio. Creo que hay muchos sitios en Francia donde han hecho eso. Entonces podríamos montar una empresa municipal de vivienda que asumiera las hipotecas y devolviera al banco el principal de la deuda, renegociando los intereses, porque los bancos han recibido un montón de dinero, supuestamente, para lidiar con eso, aunque no lo hacen.

Otra cuestión clave es la de la ciudadanía y los derechos. Yo creo que los derechos a la ciudad deberían garantizarse por residencia, independientemente de qué ciudadanía o nacionalidad tengáis. Actualmente, se está negando a la gente todo derecho político a la ciudad, a menos que tengan la ciudadanía. Si eres inmigrante, careces de derechos. Creo que hay que lanzar luchas en torno a los derechos a la ciudad. En la Constitución brasileña tienen una cláusula de “derechos a la ciudad” que versa sobre los derechos de consulta, participación y procedimientos presupuestarios. Creo que de todo eso podría resultar una política.

Reconfiguración de la urbanización

Hay en los EEUU posibilidades de actuación a escala local, con una larga tradición en cuestiones medioambientales, y en los últimos quince o veinte años los gobiernos municipales han sido a menudo más progresistas que el gobierno federal. Hay ahora mismo una crisis en las finanzas municipales, y verosímilmente habrá protestas y presiones sobre Obama para que ayude a recapitalizar a los gobiernos municipales (lo que figura ya en el paquete de estímulos). Obama ha dejado dicho que ésta es una de las cosas que más le preocupan, especialmente porque mucho de lo que está pasando se desarrolla a nivel local; por ejemplo, la crisis hipotecaria subprime. Como vengo sosteniendo, las ejecuciones hipotecarias y los desahucios han de entenderse como crisis urbana, no como crisis financiera: es una crisis financiera de la urbanización.

Otra cuestión importante es pensar políticamente sobre la forma de convertir en un componente estratégico algún tipo de alianza entre la economía social y el mundo del trabajo y los movimientos municipales como el del derecho a la ciudad. Eso tiene que ver con la cuestión del desarrollo tecnológico. Por ejemplo: yo no veo razón para no tener un sistema municipal de apoyo al desarrollo de sistemas productivos como la energía solar, a fin de crear aparatos y posibilidades más descentralizados de empleo.
Si yo tuviera que desarrollar ahora mismo un sistema ideal, diría que en los EEUU deberíamos crear un banco nacional de re-desarrollo y, de los 700 mil millones que aprobaron, destinar 500 mil para que ese banco trabajara con los municipios para ayudar a los vecinos golpeados por la ola de desahucios. Porque los desahucios han sido una especie de Katrina financiero en muchos aspectos: han arrasado comunidades enteras, normalmente comunidades pobres negras o hispánicas. Pues bien; entras en esos vecindarios y les devuelves a la gente que vivía allí y les reubicas sobre otro tipo de base, con derechos de residencia, y con un tipo distinto de financiación. Y hay que hacer verdes esos barrios, creando allí oportunidades de empleo local.

Puedo, pues, imaginar una reconfiguración de la urbanización. Para hacer algo en materia de calentamiento global, necesitamos reconfigurar totalmente el funcionamiento de las ciudades norteamericanas; pensar en pautas completamente nuevas de urbanización, en nuevas formas de vivir y de trabajar. Hay un montón de posibilidades a las que la izquierda debería prestar atención; tenemos oportunidades reales. Y aquí es donde tengo un verdadero problema con algunos marxistas que parecen pensar: “¡Sí, señor! Es una crisis, ¡y las contradicciones del capitalismo terminarán por resolverse ahora, de uno u otro modo!”. No es éste momento de triunfalismos, es momento de hacerse preguntas y plantearse problemas. Por lo pronto, yo creo que el modo en que Marx planteó las cosas no está exento de dificultades. Los marxistas no comprenden muy bien el complejo Estado-finanzas de la urbanización, son terriblemente torpes a la hora de entender eso. Pero ahora tenemos que repensar nuestra posición teórica y nuestras posibilidades políticas.

Así que, tanto como la acción práctica, se precisa volver a pensar teóricamente muchas cosas.
David Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism [traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007]. Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx's Capital blog .

Kate Ferguson y Mary Livingstone transcribieron y editaron esta conferencia del reconocido geógrafo, historiador y urbanista marxista anglo-norteamericano David Harvey. Mínima Estrella la tradujo al castellano para SINPERMISO .

sábado, 14 de marzo de 2009

Se acabó: el Capitalismo no va más, fin de esta historia

Todos los análisis sobre la actual crisis del capital, tanto los moderados como los radicales, más allá de sus explícitas declaraciones, coinciden en una sola cosa: el capitalismo no va más, se terminó, finito y cualquier intento por sostenerlo, por revivirlo solo provocará que su desplome sea más catastrófico.

Ya está claro que la crisis financiera es un elemento más de la crisis global de la civilización capitalista, creer en lo contrario es simplemente esconder la basura bajo la alfombra hasta que se atiborre de podredumbre y estalle en el corazón del insolente narcisismo burgués que la ha generado.

La despreciada tesis marxista sobre la baja en la tasa de ganancia, que explicaba el límite interno del propio desarrollo de la economía capitalista, hoy por hoy se cumple por sobre las novelerías liberales-burguesas (keynesianas o neoliberales).

Sabemos que la crisis actual es el desenlace necesario de la crisis crónica de sobreproducción que desde hace cuatro décadas soportan las economías centrales, decir que la intervención del estado para proteger el mercado va a salvarnos de este atolladero civilizatorio es una vana ilusión que puede hacer abortar la última posibilidad de cambiar la historia, y evitar el hundimiento humano en la barbarie y en el colapso ecológico que necesariamente la va a acompañar.

El límite civilizatorio al que hemos arribado nos impone una elección -que debería ser obligada si aún sobrevive la razón histórica, si aún sobrevive la volunta humana de poder desplegar mundo-: o atravesamos el umbral de lo conocido, gastado y acabado, en otras palabras atravesamos la frontera que contiene este destruido ensayo civilizatorio y emprendemos la construcción de otro mundo, o el miedo nos paraliza y desaprovechamos la posibilidad a-histórica que la propia crisis civilizatoria a abierto, es decir nos encerramos en este tiempo histórico y nos autocondenamos a la destrucción humana.

Parece ser que en estas épocas de profundas crisis civilizatoria, donde la historia conocida se paraliza en una especie de compulsión a la repetición paranoica de sus últimos pasos, se abre la única posibilidad de elección real para la conciencia humana. Momento único de libertad para elegir el destino de la humanidad, pues nada garantiza ni asegura que el ser humano se sumerja en la pulsión de muerte y la atraviese produciendo un nuevo acontecimiento histórico, digamos creando otro mundo desde la potencia de su pulsión de vida.

Así mismo, ninguna fuerza trascendental metafísica, llámese Dios, Razón o Fuerzas Productivas, va a impedir que quedemos fatalmente atrapados en la pulsión de muerte, en este caso derrotados por la insoportable angustia de nuestra complicada y crítica existencia humana podemos buscar el sosiego en la muerte biológica de nuestra especie.

Dicho de otra manera, sino aceptamos la muerte simbólica que implica aceptar que el mundo moderno capitalista con todas sus promesas filosóficas, políticas, económicas, tecnológica, e ideológicas terminó y con él el humano concebido y estructurado desde ese paradigma, lo más probable es que tengamos que enfrentarnos a la desaparición de la especie humana, debido a la inevitable catástrofe ecológica y social que esta obsesión de perpetuidad capitalista provoca.

El desgaste de esta civilización parece haber provocado en el ser humano un doble trastorno -social y biológico -. Por un lado, hemos sido presa de un pesado cinismo desde el que sabemos exactamente lo que está sucediendo con la civilización y el medio ambiente y sin embargo mantenemos una fría distancia cómplice y resignada frente a un destino catastrófico asumido como fatal.

El cínico es una especie de espectador pasivo del último espectáculo humano; el sujeto de la cultura del espectáculo acostumbrado a ver a través de la pantalla del televisor los desastres humanos y ecológicos mezclados con las producciones hollywoodenses sin poder distinguir la realidad de la ilusión mediática. Por otro lado, la enajenación humana producida por la lógica económica capitalista parece haber provocado una profunda estupidez, un daño cerebral que nos impide tomar las decisiones necesarias para detener el colapso de la vida humana.

Para tener un criterio de la profunda estupidez humana, basta con mirar el gigantesco salvataje al sistema financiero que los estados de los países industrializados han realizado, buscando salvar al capitalismo de su peor crisis; salvar al criminal regalándole la misma arma con la cual cometió su crimen, para asegurar que lo vuelva a cometer. Se dirá que justamente ésta es la lógica que mueve a la economía capitalista y que en ese sentido es absolutamente racional, pues responde a los intereses del capital, de hecho es así, pero justamente es esa coherencia racional del capital donde radica la estupidez humana que la hace viable.

La lógica irracional del capital inscrita en la subjetividad humana es lo que ha provocado su daño cerebral, su estupidez. Ciertos biólogos dirían que quizás la especie sapiens ya cumplió su ciclo vital y tienen que desaparecer, sin embargo desde la mirada del pensamiento social (humanista) no es fácil aceptar este argumento biológico, posiblemente haya en la mirada social demasiado narcisismo antropocéntrico pero es difícil renunciar a él, es difícil aceptar el fin de la especie humana, a pesar de que parece estar enferma de muerte, contaminada de cinismo y estupidez.

Queriendo evitar el asesinato total de la utopía, se puede decir que hay un humano que quizás ha podido escapar al virus del cinismo y la estupidez, digamos, escapar a la subjetividad del capitalismo en su época terminal. El humano menos “humano” en el capitalismo, el menos “racional”, el menos moderno, el menos ciudadano, el menos sujeto, el menos individuo, el menos propietario privado, el menos consumista; es ese humano el que podría abrir el acontecimiento, abrir el tiempo de la historia en tanto que tiempo de creación y despliegue de mundo.

Ese humano que carece de lugar en este mundo, tanto de lugar físico porque ha sido expulsado de su territorio, cuanto de lugar psíquico-subjetivo porque no calza ni alcanza con los atributos que definen la humanidad en la modernidad capitalista. Ese humano extranjero, absolutamente extranjero en el mundo capitalista, el que por el hecho de no tener lugar en el espacio del mercado mundial -ni como obrero, ni como consumidor, ni como ciudadano, ni como sujeto, ni como propietario privado, ni como individuo- tienen que abrir la puerta hacia otro mundo donde pueda existir, porque en éste simplemente no tienen oportunidad de existir, porque éste no es más su mundo, porque todo en él le es extraño y ajeno.

Ese humano es la mayoría silenciada, coartada de decisiones, prohibida de opciones, esa mayoría que padece las necias decisiones del poder burgués a nivel mundial y justamente por esto puede poner una distancia, no cínica, con el capitalismo, sus crisis, sus absurdos, sus contradicciones, sus promesas fracasadas y sus ilusiones gastadas.

Puede detenerse y observar, ocupar el lugar del observador que con su mirada extranjera desmonta la buena marcha del ritual mercantil que confirma el mito capitalista, digamos que puede observar las necedades de los rescates financieros que los estados aplican para salir de la crisis, o aquellos de las recetas científico-tecnológicas para evitar la ruina ecológica, o esos de las inyecciones económicas para motivar e impulsar el consumo depredador de los ciudadanos de los países industrializados, etc. El es el único observador extranjero de la idiotez del hombre moderno, el que puede escapar de la compulsión que nos lleva a caminar lo andado y repetir la historia.

La tarea de ese extranjero ya no es buscar un lugar en este mundo (exigir los derechos del ciudadano, mendigar recursos para su conversión en consumidor, reclamar su condición de fuerza de trabajo ofertable en el mercado laboral internacional, etc.), ya ni siquiera es acabar con este mundo porque el capitalismo se acabó “solo”, implosiona sin ayuda, su tarea es hacer justicia con su propia in-sistencia de por-venir y, como diría Alain Badieu, hacerse cargo de las consecuencia de la misma. Su tarea es provocar el acontecimiento histórico, porque solo el pueblo sin lugar puede romper el espacio que le niega y empezar a caminar, empezar su éxodo hacia otra manera de ser, otra manera de existir, otra humanidad.

El éxodo hacia el otro mundo no es fácil, exige asumir la muerte simbólica, es decir renunciar a este mundo y todas su promesas e ilusiones, que de paso hay que decir que ya casi no existen así que resulta menos complicado sino somos necios, renunciar y no regresar a ver, atravesar el desierto con la convicción absoluta e inmanente de que lo que construyamos más allá de este viejo y agónico mundo siempre será mejor, solo por el hecho de que empezaremos a construir.

Entendiendo que el capital ha colonizado la totalidad del territorio natural cerrando el tiempo de su propia historia y abarcando todo el espacio Tierra, el éxodo hacia el otro mundo no es un movimiento de desplazamiento espacial, es un viaje a un mundo otro, a una otra dimensión en el mismo punto azul del universo solar; es un viaje que no camina lo caminado aunque recorra las mismas geografías.

El éxodo hacia el otro mundo es una aventura psíquica, simbólica, subjetiva y material que exige mucha disciplina, pues como todo viaje a lo desconocido implica precariedad, indigencia, miedo y vulnerabilidad y solo la disciplina permitirá inscribir e instaurar una manera distinta de vivir, nuevas formas de mirarnos de relacionarnos, una nueva manera de estar en y con la naturaleza.

Los procesos donde se empieza una nueva praxis humana, digamos otra objetivación humana, tiene la cualidad de lo sagrado, es decir, reúnen en una misma experiencia lo tremendo y lo fascinante de lo no conocido, de lo aún no dibujado ni tejido.

Recuperar la radicalidad epistémica del pensamiento marxista.

Natalia Sierra, socióloga,
docente de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador