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miércoles, 24 de septiembre de 2008

PENSANDO EN LA AUTODETERMINACIÓN (Por Ulli Diemer)


Publicamos este agudo artículo, que no por el paso de los años pierde actualidad. El autor, Socialista Libertario e Internacionalista, es de origen canadiense y publica una página web electrónica (Radical Disgressions)

La publicación Canadian Dimension acertó completamente al mencionar en su edición de Octubre-Noviembre que la Izquierda necesita pensar mucho sobre la "auto-determinación".
Un buen lugar para empezar sería preguntarse si el familiar principio de la Izquierda, "el derecho de auto-determinación" realmente significa algo o si es otro eslogan vacío cuyo principal uso es que la Izquierda lo puede repetir como mantra y así salvarse de tener que pensar de manera crítica.

La posición izquierdista tradicional fue bien representada por la respuesta de Leo Panitch al editoria de CD. La posición de Panitch se centra en tres puntos:1. Debemos apoyar el derecho de Québec de auto-determinación.2. La única vía aceptable para que Québec ejerza el derecho de auto-determinación es la secesión y los arreglos para una nación-estado independiente.3. El rol de la Izquierda Inglesa-Canadiense es apoyar la independencia de Québec y no hacer preguntas embarazosas.

La postura de Panitch, ampliamente sostenida en la Izquierda, apelará a aquellas personas que prefieren respuestas simples a preguntas complicadas. Lo que en realidad está diciendo Panitch es que la Izquierda no tiene nada que aportar al debate.

No hay el más leve indicio de análisis socialista aquí, nada con lo que los transmisores de la agenda corporativa neo-conservadora como el rompe-sindicatos Jacques Parizeau o el anterior talador de Mulroney, Lucien Bouchard estarían en desacuerdo. La auto-determinación está aparentemente exenta de análisis de clase y evidentemente no tiene nada que hacer con el cambio de quien ejerce el poder económico y político, nada que ver con la democracia y nada que hacer con la lucha por el socialismo.

Lo que Panitch y sus colaboradores intelectuales quieren decir con "auto-determinción" es una sola cosa: secesión. Lo que le están diciendo a Québec es: "Tienen el derecho de irse, apúrense y váyanse."

Eso no le sucede a los residentes de Québec que podrían desear una opción diferente a la secesión. Panitch insiste "debemos trabajar por la separación más amigable y la relación más cercana… si el derecho de auto-determinación es ejercido a través de un referéndum."

¿No es concebible que si "el derecho de auto-determinación es ejercido a través de un referéndum", los residentes de Québec bien podrían votar por quedarse en Canadá? ¿Québec no puede tener el derecho de NO secesión? Aparentemente no. Panitch insiste en que los Ingleses-Canadienses de izquierda deben inequívocamente abogar por un Québec independiente, a pesar que él debe saber que la mayoría de los residentes de Québec NO quieren un Québec independiente. El hecho de que las encuestas de opinión en Québec muestren un apoyo del 30 por ciento para la independencia es tan irrelevante para estos defensores de la "auto-determinación" como el inconveniente hecho que los residentes de Québec ya han ejercido su derecho de "auto-determinación" a través de un referéndum.En aquel referéndum de 1980 el gobierno de PQ confeccionó una pregunta deliberadamente erizada designada par maximizar el voto hacia el Sí para hacer parecer que una "asociación soberana" era posible sin la separación de Canadá. A pesar de este truco, el 60 por ciento de los votantes ejercitó su derecho de "auto-determinación" votando No. Y a pesar de esa clara elección de parte de los residentes de Québec, los Ingleses-Canadienses de izquierda han seguido apoyando por mucho la independencia, obviamente que esto como contradice su reclamo de apoyo a la "auto-determinación".

Si "auto-determinación" para Québec significa secesión de Canadá aun cuando la mayoría de los habitantes se oponen a esto, para los nativos, la secesión de Canadá es considerada inaceptable sin importar que tan nativos quieran llegar a ser. Negar que el Cree del norte de Québec tiene el derecho de permanecer como parte de Canadá en el caso de que Québec entrara en secesión, Panitch elimina los deseos de los nativos tachándolos de incautos del "federalismo". Por buena medida, nos quiere mantener callados sobre el hecho que algunos nacionalistas de Québec son racistas en sus actitudes hacia la gente nativa, mientras espera indudablemente que nosotros denunciemos al racismo en cualquier parte de Canadá y claro, en cualquier otra parte del mundo.
El "derecho de auto-determinación" como lo promulga Panitch y mucha de la Izquierda está en el hecho que no es nada más que porras sin sentido para el nacionalismo burgués. En contraste, socialistas como Karl Marx y Rosa Luxemburg argumentaron que era necesario analizar el contenido político, económico y de clases de los movimientos nacionalistas en sus méritos individuales y apoyarlos sólo si eran progresistas.

Luxemburg argumentaba que "la posición de los socialistas con respecto a los problemas de nacionalidad dependen primeramente de las circunstancias concretas de cada caso, las cuales difieren significativamente entre los países, y también cambian con el paso del tiempo en cada país." Sin embargo, ella dijo, "la cuestión de la nacionalidad… no puede ser establecida por el uso de un cliché, ni siquiera aquella fórmula de agradable sonido como 'el derecho de todas las naciones a la auto-determinación'. Porque esa fórmula no expresa nada, por lo que es una frase vacía, sin contenido o de otra manera expresa el deber incondicional del socialismo de apoyar las aspiraciones de todas las naciones, en cuyo caso es simplemente falso."

El tipo de análisis político serio recomendado por Marx y Luxemburg - el cual puede requerir un esfuerzo intelectual - se ha vuelvo decididamente impopular en la Izquierda, para ser sustituido por la aceptación sin crítica de conceptos burgueses de nacionalidad y estado-nación, faltos de clase o contenido socialista.

El dogma aceptado ahora parece ser que cada nacionalidad y las necesidades de cada etnia y grupo lingüístico están como marcados para su propia nación-estado. En el mundo real, sin embargo, es raramente posible trazar fronteras políticas que correspondan con nacionalidad. Rara vez cada nación-estado y aspirante a nación-estado contiene a sus minorías nacionales y los reclamos nacionalistas conflictivos en el mismo territorio. Estos grupos nacionales son por lo general integrados y pulverizados, compartiendo el mismo territorio físico, las mismas ciudades y pueblos, las mismas calles y las mismas camas…

Como resultado - salvo en aquellas raras instancias donde un grupo nacional constituye una sociedad homogénea unida en su deseo por una independencia nacional entre fronteras en pugna - la "auto-determinación" cuenta a menudo para la mayoría, negando a las minorías su "derecho de auto-determinación". Estas minorías son entonces, en consecuencia, confrontadas con la elección de perder sus derechos nacionales y lingüísticos o abandonar sus hogares ancestrales en esas tragedias humanas, eufenímicamente conocidas como "transferencias de población". No es de sorprender que la violencia es la regla, más que la excepción en estas situaciones.

En Québec el deseo de una independencia nacional ha sido y sigue siendo el objetivo de una minoría. No hay manera de obtener el apoyo de una mayoría abrumadora en un referéndum. Se supone, sin embargo, que en un referéndum futuro el 51% de la población, o incluso el 55%, apoye la independencia. ¿Esto significa que más del 49%, o del 45%, que desean mantener su nacionalidad canadiense deben de ser legítimamente privados de su "derecho de auto-determinación"? Si la gente de Townships en el Este, históricamente de habla inglesa, quieren que su región permanezca como parte de Canadá, ¿cuál es la justificación para negarles este derecho? ¿De qué se trata esta teoría de "auto-determinación" que evita que Montreal se separe de Québec, si la mayoría de su población así lo desea?

Confrontados con estos cuestionamientos, quienes apoyan la "auto-determinación" prefieren la evasión. ¿"Están preparados para llevar el reto a las fronteras de Québec"? Panitch preguntó retóricamente, como si meramente haciendo esta pregunta fuera suficiente para minimizar esto como un absurdo. Aparentemente, el "derecho de auto-determinación" funciona únicamente dentro de Canadá, no dentro de Québec, ahora porque pasa esto él no lo explica. Como un dogma religioso el "derecho de auto-determinación" no está sujeto al embarazoso escrutinio del análisis lógico.

Como un ejercito enviado, sufriendo por las derrotas en años recientes, muchos partidarios de la Izquierda parecen estar una retirada a gran escala, abandonando indiscriminadamente no sólo los dogmas inútiles del Leninismo y la democracia social, pero los principios y las herramientas analíticas que necesitarán para reagruparse en el futuro.

Los resultados son deprimentes. El una vez sólido socialista independiente Leo Panitch ahora pide a CD que por favor explique "por qué las clases consideran a la nación como un valor" y apoya el Acuerdo Charlottetown de Mulroney, designado para dar a la burguesía una constitución política irreversiblemente desviada a los requerimientos de los corporativos transnacionales.

Las energías de muchas de las personas de Izquierda están enfocadas en generar reclamos al estado capitalista para resolver nuestros problemas, o para encontrar maneras para resolver el Estado que parece de alguna manera accidental haber perdido el camino. La Izquierda siempre ha sido atraída al Estado de la misma manera que una mariposa a la luz, entre más oscuro se vuelve, mayor es la atracción a las ilusiones nacionalistas y de Estado.

La Izquieda en Québec ha virtualmente abandonado la agenda socialista en su fijación nacionalista y es de sorprender que se ha vuelto tan impotente e irrelevante como su contra parte Inglesa-Canadiense. En ambos, Québec y Canadá inglés la izquierda apoya son crítica la independencia de Québec a pesar que de es impresionantemente obvio que el resultado incrementará el control de las corporaciones transnacionales y el imperialismo Estadounidense sobre ambas, Québec y el resto de Canadá, Québec convirtiéndose en una neo-colonia de Estados Unidos de habla francesa con menos control sobre su destino del que tiene hoy.
La Izquierda continuará sumiéndose en el pantano mientras siga encumbrando la aceptación sin crítica del eslogan "el derecho de auto-determinación".

El significado oculto, la esencia real del eslogan, es que no es posible ni deseable para dos o más grupos étnicos o lingüísticos vivir juntos en un país. No puedo imaginar un punto de vista más pesimista y menos socialista.

Yo recomendaría una perspectiva diferente de la Izquierda, basada en los siguientes puntos:

1. Los residentes de Québec de habla francesa constituyen una nacionalidad distintiva en Canadá. Québec no es una nación oprimida, bajo ninguna definición de opresión.

2. Los socialistas Ingleses Canadienses deberían apoyar los derechos de Québec dentro de Canadá, incluyendo especialmente el control sobre su propio lenguaje, cultura, educación y desarrollo social.

3. Los socialistas Ingleses Canadienses se deberían de oponer y combatir todas las manifestaciones chovinistas anti-Québec, por parte de los Ingleses Canadienses.

4. La ruptura de Canadá sería contraria a los intereses de los trabajadores en ambas partes, Ingleses Canadienses y Québec y se deberían de oponer a esto.

Publicado en la edición de diciembre 1994 - enero 1995 del Canadian Dimension.

lunes, 7 de julio de 2008

Con proposito de debate he enviado el siguiente y brevisimo texto a las redes luxemburguistas:

Para un debate sobre el programa democrático-radical de los marxistas revolucionarios:

a).- La critica de R. L. a la fetichización del derecho de autodeterminacion leninista ( y wilsoniano) que aparece en La Revolución Rusa se instala, a mi juicio, a una impugnación de la llamada teoria trotsko-leninista de la Revolución Permanente.

b).- En base a la critica e impugnación anterior urge un programa democrático-radical de democratización profunda en el plano planetario, global y estatal-nacional. En ese programa debe figurar una denuncia profunda de las bases de la democracia, ahora sí, "burguesa", en el sentido de identificar en que modo gravita sobre todas las leyes, y en especial sobre el código civil, los derecho de los propietarios, de los mas fuertes sobre los mas débiles y de todos en general sobre los no-propietarios. La prohibición de la prisión por deudas, ya desde la revolución francesa, es indirectamente negado al prescribirse prisión por "alzamiento de bienes"

c).- Es necesario confrontar la teoria de Rosa sobre la acumulación de capital con la contemporánea mercantilización de los espacios - no solo "paises" o estados, o estados fallidos - sin olvidar al interior de los espacios no mercantilizados en los estados capitalistas avanzados. La ingenieria social creadora de pseudonecesidades se instala en este sentido.

d) Es necesario confrontar la teoria de las crisis de R. con el surgimiento del imperio informal de USA, al mismo tiempo que posicionarse sobre/contra las tesis leninistas de la confrontación inter-imperialista y sobre el hiperimperialismo de Kautsky.

Si hay ocasión puedo continuar con algunas preocupaciones-sugerencias en el orden de la intervención política.

Un saludo luxemburguista. JM.

viernes, 6 de junio de 2008

Diego Guerrero: Nación y Clase

Publicado en El Revolucionario, el Sábado 3 de mayo de 2008
http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo652

Desde luego ya no está de moda el «análisis de clase» de los fenómenos sociales, pero sorprende que nunca se haya hecho uso de él, que yo recuerde, para analizar un fenómeno tan actual y relevante como el del nacionalismo moderno en España. Muchos pensarán que un análisis de este tipo ya no tiene lugar porque pertenece a un pasado intelectual que ha sido desechado por la historia, pero podría ser que este punto de vista ganara relevancia en un futuro no lejano. ¿Acaso piensa alguien en serio que la caída del Muro de Berlín, de la que tanto se usa y abusa en los últimos tiempos, ha supuesto ya el fin definitivo del pensamiento comunista y socialista de tipo transformador, es decir el que aspira a contribuir a la superación del capitalismo?

Nadie duda de que los partidos socialistas y comunistas, se entiendan o no como puras reminiscencias históricas, se han adaptado a una convivencia complaciente con el sistema capitalista actual. Nadie duda de que son ellos en muchos casos los primeros que han renunciado al análisis de clase, como tampoco se puede dudar de que el lector de cualquier periódico serio de nuestro país pueda sorprenderse con el uso de una supuesta «antigualla intelectual» como la que aquí se propone. Pero quizás no se trate de una herramienta tan anticuada como parece, al menos para entender algunas de las claves ocultas en el debate actual español sobre cuestiones, llamémoslas, nacionales.

Los antiguos internacionalistas históricos (socialdemócratas, anarquistas, comunistas) tenían claro que los contenidos eran más importantes que las formas. Por eso, siguiendo a Marx o a Bakunin, consideraban que en el fondo daba poco más o menos lo mismo (aunque no desconocían otras diferencias menores) tener una monarquía como sistema de gobierno que una república. O que el Estado que, junto al capital, contribuía a oprimirlos llevara a cabo una política económica y social más o menos avanzada, siempre que estuvieran dentro de los límites, para ellos insuperables, que restringían su capacidad de maniobra dentro del sistema. Ellos hablaban de que la forma de gobierno no afectaba al contenido esencial de las relaciones económicasy sociales, porque, mientras éstas siguieran siendo capitalistas, no satisfarían nunca sus aspiraciones últimas de transformación social. Y cosas de este tipo, lo mismo pueden leerse en los escritos de Pablo Iglesias que en los de Federica Montseny o Andrés Nin.

Y cabe preguntarse: ¿Es que acaso ya no quedan internacionalistas en España? Parece que no. Los internacionalistas hablaban de que los trabajadores no tienen patria, o de que su patria eran sus intereses de clase, irremediablemente opuestos a los intereses de la patria «enemiga», que era la patria del capital. Hoy en día, los políticos que en último término son los herederos lejanos de esa tradición internacionalista han renunciado por completo a ese punto de vista, y al parecer reclaman la misma concepción nacionalista o comprensiva con el nacionalismo que siempre ha tenido la tradición política que se alimentaba del nutriente social proporcionado por las clases medias y altas.

Y es que la concepción «burguesa» y «pequeñoburguesa» (como se decía antes) de los problemas políticos, concepción que tanto interés tenían los políticos de izquierda de entonces en combatir, por representar al sector obrero de la población, parece no preocuparles ya en absoluto. Algún analista a la vieja usanza podría interpretar que lo que ha ocurrido para que este cambio haya tenido lugar no es más, en último término, que la derrota ideológica de esas capas sociales y políticas frente a la ideología nacionalista, ideología que en un principio los internacionalistas combatían con todas sus fuerzas, pero que ahora parecen haber asumido con todas sus consecuencias.

Pongamos algunos ejemplos de cuál era el tipo de análisis que hacían otrora los antinacionalistas, y cómo se ha transformado ahora en algo muy parecido a su opuesto. Al analizar la suerte económica relativa experimentada por regiones como el País Vasco, o Cataluña, o Madrid, en el periodo transcurrido en los siglos XIX y XX, la izquierda social habría reclamado un análisis centrado, por ejemplo, en la contraposición entre la suerte «disfrutada» por los patronos y la suerte «sufrida» por los trabajadores. Estos analistas, hoy tan pocos y aislados, añadirían que esa forma de ver las cosas es «materialista», perspectiva que considerarían muy superior al enfoque opuesto, que bautizarían como «idealista».

Considerarían que a unas regiones que representaban un porcentaje modesto de la riqueza y la producción nacionales en 1800, habiendo pasado a acaparar una fracción muy superior en la actualidad, difícilmente podría corresponderle la consideración de haber sido maltratadas por la historia capitalista de nuestro país y por su representante político principal: el Estado central. Afirmarían con buenos argumentos hasta qué punto los representantes políticos de ese Estado central, miembros tan activos de su aparato institucional, procedían de aquellas regiones, que a menudo tanto se han quejado de marginalidad política cuando sólo pretendían reclamar privilegios materiales. Y añadirían que no podría ser de otra manera, teniendo en cuenta la preeminencia de los representantes económicos de esos territorios en el seno de la patronal y de la clase burguesa de nuestro país. Si se les respondiera que son estos sectores los que tradicionalmente más se han quejado públicamente de su situación, replicarían que no siempre quien más protesta es quien más razón tiene para ello, sino quien más medios tiene a su alcance para difundir sus planteamientos.

Posiblemente, si quedara algún intérprete contemporáneo adepto al discurso internacionalista, diría que lo que ha ocurrido en España es que la ideología que hoy domina entre los nacionalistas del sector obrero y trabajador de nuestro tejido social no es en realidad la que le corresponde, sino la que antes se llamaba «ideología dominante», aquella que tiene su origen económico y social en los intereses del «enemigo de clase», la burguesía, pero que, por haber vencido a la ideología opuesta, ha pasado a predominar en el análisis de los teóricos representantes de la ideología «dominada».

Un ejemplo de que esto es así dirían es cómo y hasta qué punto el discurso público y mediático contemporáneo ha logrado hacer pasar por «nacionalistas españoles» a todos los críticos españoles del nacionalismo, por muy internacionalistas que éstos sean. Siendo España uno de los países menos nacionalistas de todo el mundo occidental, y uno de los más de izquierdas, han conseguido presentar a quienes no comparten el ansia descubridora de nuevas naciones como aliados del franquismo o de la derecha más reaccionaria y ultramontana. Por eso, cualquiera que se declare opuesto al nacionalismo periférico español de nuestros días es tachado inmediatamente de «nacionalista español», cuando no de submarino del PP.

Otro ejemplo de lo anterior podría ser la ideología que encierra el ya famoso eslogan de la «España plural». España es de hecho uno de los países más plurales del mundo y también una de las naciones con registros más altos de pasado relativamente revolucionario. Es una sociedad tanto más plural cuanto que esta nación incluye a un gran número de ciudadanos (mucho mayor que en otros países) que creen pertenecer a una nación distinta, y pueden defender ese punto de vista con plena libertad (y hasta con alguna ventaja). Ahora bien, que haya pluralidad política, o pluralidad de tantas otras cosas: lenguas, culturas, tradiciones, sensibilidades, etc., nada supone sobre la existencia o no de una nación. Por eso los internacionalistas reclamarían toda la pluralidad del mundo, sin dar derecho a ninguno de los plurales a usar un sombrero que a otros estaría vedado.

La nación no es una ideología ni una meta política. Es un hecho. Y España es una nación porque así lo ha definido la historia, nos guste o no, y así lo reconoce todo el mundo fuera de nuestras fronteras. Y esto no presupone ninguna valoración, positiva o negativa, sobre el carácter y comportamiento del Estado español o sobre la infraestructura social que lo sostiene. El que algunos españoles «se sientan» parte de otra nación es una ideología más que cualquiera puede defender, como cualquier otra. Pero la ideología no da derecho a tener privilegios, razón por la cual un anticuado internacionalista, opuesto por tradición a cualquier clase de privilegios, sin duda se declararía contrario a su concesión.

Cuando los supuestos defensores del pluralismo identifican pluralismo político con pluralidad de naciones sencillamente están expresando, con o sin artimaña, un puro deseo. Un deseo que pueden expresar libremente, por supuesto, así como también la patronal es libre de expresar permanentemente su deseo de que los salarios bajen más o suban menos de lo que lo hacen. Pero además de un deseo, están expresando una forma específica de lo que no es sino una de las ambiciones políticas más antiguas que anhela el poder económico capitalista: la división del enemigo en provecho propio. Al parecer, la estrategia del divide et impera, en este terreno de la discusión «nacional», ha llegado en España más lejos que en ningún otro sitio.

La pluralidad de lenguas no hace naciones: véase el caso suizo o el belga. La diversidad cultural, tampoco: ahí está esa misma pluralidad regional en casi todos los países del mundo. La pluralidad histórica, mucho menos aun. ¿Pretenden quienes afirman lo contrario que hay que volver al fraccionamiento estatal de la edad media europea? Si Cataluña o el País Vasco fueran naciones, con mayor razón lo serían Baviera, Sajonia, Sicilia, Borgoña, Tirol, Galitzia…; en realidad, docena y media de lander alemanes, docenas de regiones y regioncitas francesas, italianas, polacas…, procedentes de la histórica multitud de condados, ducados, principados y reinos formados por conquista, amalgamas dinásticas o matrimonios de conveniencia. O, ¿por qué no? ¿No cabría dividir en 50 los Estados que forman hoy la nación más poderosa de la tierra?

Cuando, por ejemplo, la ideología pequeñoburguesa (primero en Cataluña, después en toda la España progresista) critica a Felipe V por haber aplastado las «antiguas libertades históricas catalanas», nuestro internacionalista diría que no está haciendo otra cosa que reclamar las libertades medievales a las que puso fin la marcha moderna hacia el progreso centralizador y expansivo que se estaba dando en toda Europa. Y de paso añadiría que esa misma ideología reproduce los argumentos que siempre dieron los reaccionarios antirrepublicanos franceses y europeos para defender el Antiguo Régimen que tan bien servía a sus intereses.

Aquí se ha dado, diría, una confluencia curiosa, pero explicable, entre intereses en principio incompatibles. Los sectores capitalistas que en estas regiones se suman al empuje nacionalista actual lo hacen porque saben que más les vale tener enfrente a una población trabajadora dividida que a una clase obrera unida en torno a la defensa de sus intereses como trabajadores. Mientras que los sectores de la izquierda política reconvertidos en nacionalistas, lo hacen porque, habiéndose transformado todos los partidos en aparatos cuasiempresariales operantes principalmente en el submercado electoral, han aprendido que entre el público votante «vende» más esa ideología que no la contraria, en parte porque, como ya afirmara Gellner, probablemente permita un reparto de cargos y prebendas en la nueva y reforzada Administración resultante más al gusto de ese creciente público que por esa vía camina hacia la fidelidad más absoluta.

Se argumenta y se argumentará, por ejemplo, para defender la posición opuesta a este internacionalismo «trasnochado» del que estamos hablando, que más del 80% del parlamento catalán ha votado, y por tanto cree, que Cataluña es una nación. Se olvida que un porcentaje similar había votado en el parlamento francés a favor de la nueva Constitución europea, y sin embargo la ciudadanía le dio la espalda. Como señalaba hace poco Fernando Savater, si hubiera habido elecciones en España meses después de la muerte de Franco, sería Arias Navarro quien las habría ganado. Por la misma razón, cabe esperar que la ideología nacionalista catalana, vasca, etc., que tanto terreno ha ganado en importantes sectores populares bien representados en el gobierno español actual, siga siendo, mal que le pese a nuestro internacionalista, claramente mayoritaria entre la clase política de nuestra nación, además de para un porcentaje muy importante de ciudadanos que observan la política desde el punto de vista que le transmiten los políticos.

Esto es ciertamente así. Pero nadie debería desdeñar la posibilidad de que en el futuro las tornas cambien y esa clase obrera que difícilmente desaparezca empiece a pensar de otra manera, quizás tras arrepentirse muy mucho, por la mala cuenta que le trajo, de haber pensado de forma tan contraria a su internacionalismo histórico original, y haber creído durante tanto tiempo lo que a sus enemigos de clase tanto les convino que creyeran.

sábado, 19 de enero de 2008

Rosa Luxemburgo: un pensamiento irrecuperable

Publicamos a continuación un texto de José M. Delgado, publicado el pasado 10 de Enero en la web del grupo Re(d)forma en serio (http://www.nodo50.org/reformaenserio/index.htm).

Nos parece muy interesante que cada vez surjan más colectivos que abiertamente cuestionan las mistificaciones nacionalistas (y burguesas) que numerosas organizaciones de la izquierda han recogido, de forma oportunista y justo (y curiosamente) cuando la propia burguesía (la gran burguesía de las multinacionales) las desecha, pues ya apenas le son útiles. Además, para nosotros es importante siempre encontrar grupos que defienden el legado de Rosa Luxemburgo. Y que denuncian que ese legado sea enarbolado por quienes nada tienen que ver con el luxemburguismo, pues nada aprendieron de las críticas que en esa corriente se han hecho tanto del reformismo socialdemócrata como del vanguardismo sustitucionista bolchevique.

Rosa Luxemburgo: un pensamiento irrecuperable

José M. Delgado

El 15 de enero se cumple el 89º aniversario del asesinato de Rosa Luxemburg. Como cada año activistas de izquierdas se reunirán en Berlin, el homenaje a Rosa Luxemburgo tendrá el tinte claramente anticapitalista que lo caracteriza, anticapitalista y tan para nada sectario como es habitual: concernidos estarán jóvenes y menos jóvenes de casi todas las tendencias marxistas, comunistas, pero también libertarios, autónomos, que confrontan en cada convocatoria su determinación antisistema con los poderes burgueses, como gustaría a Rosa, borrando fronteras inútiles, sectarias, en la lucha de clases contra el capital. Sin embargo, y puesto a no borrar fronteras, ya deberían troskistas, leninistas, abstenerse de tratar de incorporar el pensamiento de Rosa al leninismo, de tratar de "recuperar" de la manera tan oportunista y que tan mal coindice con su pretendido rigor doctrinario - un manera de sublimar el sectarismo - que los ha llevado (a los trotskistas, particularmente) a dividirse y escindirse hasta el infinito, un pensamiento y una obra teórica con el que el bolchevismo no tenía nada que ver, - y menos aún la socialdemocracia gobernante en la Europa después de la II Guerra Mundial - ni en relación con la idea de democracia, con la concepción de la relación partido-masas, ni en relación con la pedagogia revolucionaria que atribuía a las luchas de masas, y sobre todo nada que ver con la utilización urbi et orbi del principio o derecho de autodeterminación de las nacionalidades que los trotskistas (y ex-stalinistas) hacen al día de hoy.

Es un hecho reconocido por todos los historiadores que la "liberación de los pueblos oprimidos" sirvió de pretexto ideológico al imperialismo alemán, al francés, y finalmente en su formulación más "coherente" y supuestamente imparcial al imperialismo estadounidense con la formulación de los 18 puntos de Wilson, para justificar la gran matanza, la barbarie de la Gran Guerra. A este respecto Rosa Luxemburgo formuló la denuncia más clara y taxativa:

"En la historia de las luchas de clases estos "slogans" revisten a veces una importancia muy concreta. En la presente guerra mundial, es un sino fatal del socialismo estar predestinado a proveer de pretextos ideológicos a la política contrarrevolucionaria. Cuando aquella estalló, la socialdemocracia alemana se apresuró a decorar con un escudo ideológico, extraído del arsenal seudo-marxista, el bandidismo del imperialismo germánico, explicándolo como la campaña de liberación contra el zarismo ruso auspiciada por nuestros viejos maestros. En las antípodas de los socialistas gubernamentales, estaba destinado a los bolcheviques llevar agua al molino de la contrarrevolución con la consigna de la autodeterminación nacional y de proveer así de una ideología, no solo para el estrangulamiento de la misma Revolución Rusa, sino para la proyectada liquidación en sentido contrarrevolucionario de toda la guerra mundial. Tenemos todas las razones para examinar muy a fondo desde este punto de vista la política bolchevique. El "derecho de la autodeterminación nacional" acoplado a la Sociedad de Naciones y al desarme por gracia de Wilson, constituye el grito de batalla tras el cual debería desarrollarse la inminente rendición de cuentas del socialismo internacional con el mundo burgués. Es evidente que la consigna de la autodeterminación y el conjunto del movimiento nacionalista, que en el presente constituye el mayor peligro para el socialismo internacional, han recibido un extraordinario refuerzo precisamente de la Revolución Rusa y de las negociaciones de Brest." (cfr. Rosa Luxemburgo. La Revolución Rusa. La cuestión de las nacionalidades)

Rosa condenó como todo sabemos la claudicación de Brest-Litovsk, que selló el fin de la revolución rusa y predeterminó su "nacionalización" y con ello sentó las bases de la era de Stalin y de su definitiva consolidación en tanto que mero capitalismo de estado, a la postre siguiendo implicitamente las teorías económicas del desarrollo nacional alemán formuladas por Friedrich List en el siglo XIX. Rosa condenó sin paliativos como un principio pequeñoburgués ese supuesto derecho que tan caro le era a Wilson (así, el historiador británico Eric Hobsbawm le llama "derecho de autodeterminación wilsoniano-leninista"):

"En la obstinación y rigurosa coherencia, con que Lenin y sus compañeros se mantuvieron en esta consigna, lo que sorprende es que está en contradicción tanto con su tan proclamado centralismo como también con el comportamiento que asumieron frente a otros principios democráticos. Mientras demostraban un frío desprecio frente a la asamblea constituyente, el sufragio universal, la libertad de prensa y reunión, en síntesis, frente a todo el aparato de las libertades democráticas fundamentales de las masas populares, que en su conjunto constituían el "derecho de autodeterminación" para toda Rusia, consideraban el derecho de autodeterminación de las naciones como la niña de los ojos de la política democrática, por amor a la cual todos los puntos de vista prácticos de la crítica realista deben ser silenciados. Mientras no se habían dejado someter, en modo alguno, por la votación popular de la Asamblea constituyente rusa, una votación popular sobre la base del derecho electoral mas democrático del mundo y en la plena libertad de una república popular, y mientras que, por consideraciones críticas bastante frías, declararon nulos los resultados, en Brest-Litovsk y propugnaron el referéndum sobre la pertenencia estatal de las nacionalidades no rusas del Imperio como la verdadera panacea de toda libertad y democracia, genuina quintaesencia de la voluntad de los pueblos, y como la suprema instancia que debía decidir en las cuestiones del destino político de los pueblos y de las naciones. Esta flagrante contradicción es tanto mas incomprensible, a propósito de las formas democráticas de la vida política de cada país, puesto que, como veremos mas adelante, se trata efectivamente de fundamentos en extremo válidos, y hasta diría indispensables de la política socialista, en tanto que el famoso "derecho de autodeterminación nacional" no es sino una vacua fraseología y charlatanería pequeño burguesa."

Y a día de hoy muchos leninistas y trotskistas continuan haciendo el juego al imperialismo de EEUU coadyuvando a fragmentar estados, como en la ex-Yugoslavia, en España, donde apoyan la fragmentación del estado ayudando a los nacionalistas secesionistas burgueses o pequeñoburgueses, incluso animando o reanimando el nacionalismo allí donde no existe o apenas existe.

Rosa condenaría todo esto, denunciaría la fragmentación étnico-religiosa de Iraq, la destrucción de Yugoslavia, de la URSS, al socaire del imperialismo, y por supuesto el último acto de soberbia imperialista auspiciado por la UE como es la independencia de Kosovo de Serbia, - ejemplo de "viabilidad" en pro de su pretendida independencia de Euzkadi para los fascistas-estalinistas de ETA - los intentos de destrucción de estados-nación consolidados desde hace centurias como el Reino Unido o España, o Bélgica, o apoyando a las burguesías secesionistas en Bolivia y Venezuela. Condenaría asimismo Rosa la deriva del trotskismo hacia las tesis de Giuspeppe Mazzini: "un estado para cada nación, una sola nación para cada estado"

Esta dedicación autodeterminista del leninismo le hace el juego claramente al imperialismo interesado en reducir, fragmentar o borrar del mapa cuantos estados pueda, a fabricar los llamados "estados fallidos" en favor de la penetración de sus empresas, capitales, fuerzas militares o paramilitares, etc. Simplemente le sale más barato que tener que dar su parte del expolio de materias primas, petróleo, oro, diamantes o coltan, a las élites militares o dictatoriales gobernantes en esos países de Africa y Oriente, todo ello en un nuevo movimiento neocolonial, salvaje, brutal, que hace de los imperios jurídicos británicos, francés, holandés, poco menos que instituciones filantrópicas que ponían tierras en regadio, construían ferrocarriles y educaban a los hijos de las élites complacientes en sus universidades metropolitanas.

Pero podeis seguir defendiendo el derecho a la autodeterminación de los pueblos, en seguimiento de cualesquiera entidad, grande o pequeñas, rica o campesina, cualesquiera sea su caracter de clase, de la élite burguesa o pequeñoburguesa que levante una bandera con el triángulo irredentista cerca del mástil, en cualquier circunstancia, aunque destruya estados multiétnicos, en trance de destribalización, sin importar las consecuencias de genocidio mutuo, de limpieza étnica, de destrucción de familias mixtas: todo eso no importa para una supuesta izquierda que ha sustituido al "proletariado" como agente de la revolución, por los "pueblos" ¡siempre y cuando no se trate del "pueblo del estado", a la sazón, como casi todos los antiguos europeos, concepto más cívico-democrático, "ciudadano" que "nacional" dicho en sentido etnico-lingüistico! Sin duda este tipo de "pueblos", británico, italiano, belga, español, francés, ruso, se halla mas abocado a ejercer un patriotismo o nacionalismo agresivo, chovinista, jingoísta, que el irredentismo nacionalista de los pueblos sin estado. Bien está, para quien lo crea, para los que creen estar en 1914, mientras los nacionalistas burgueses o pequeñoburgueses les dejen meter cuchara y les sigan el juego al desorientado leninismo que les allana camino, ¡aunque la experiencia última de nacionalistas vascos, croatas, serbios, catalanes, kosovares, kurdos, den cuenta de justamente lo contrario!

Así que ya basta de querer apropiarse del pensamiento de la gran revolucionaria marxista Rosa Luxemburgo, por los que ponen una vela a dios y otra al diablo: afirman combatir el imperialismo al tiempo que se ofrecen a ayudar a jibarizar estados canónicos y a dividir todavía mas a los trabajadores, auspiciando la formación de sindicatos nacionalistas en algún caso con la bendición de las élites nacionalistas gobernantes, o de las taifas federales de los social-liberales gobernantes, todo ello sin que por lo demás se atisbe en las politicas económicas y sociales de los poderes autonómicos la mas minima confrontación con el paradigma neoliberal. Y así nos va a la izquierda, sin brújula, sin principios, auto-referenciandose en un ciclo sin fin de errores y claudicaciones oportunistas.
Saludos. JM Delgado

lunes, 14 de enero de 2008

Nacionalismo: una ideología burguesa

Reproducimos a continuación un artículo de la Corriente Comunista Internacional (CCI), aparecido en el último número de Acción Proletaria, así como unas reflexiones que hemos querido hacer a partir de su lectura.

Contra el veneno nacionalista, el antídoto internacionalista del proletariado

Como desenmascaró el Marxismo a mediados del siglo XIX los términos nación o estado nacional sirven a la burguesía para ocultar sus intereses de clase explotadora bajo una bandera tras la que trata de arrastrar al proletariado y a otras capas sociales. Aunque también hay que decir que el movimiento obrero durante el período ascendente del capitalismo (que acaba en 1914 con la Primera Guerra Mundial) apoyó puntualmente la constitución de los grandes estados nacionales para acabar con los restos del feudalismo y acelerar el desarrollo de las fuerzas productivas que pudieran crear las bases de la revolución comunista.

Todo este período acaba con la Primera Guerra Mundial, ya que se abre la etapa de decadencia del capitalismo y la era de guerras imperialistas que llevan a la humanidad a la barbarie más absoluta, pero también se abre el período de las revoluciones proletarias como demostró la oleada revolucionaria de 1917 a 1923. A partir de 1914 ya no hay posibilidades de verdaderas revoluciones burguesas y de liberaciones nacionales, y el principio de autodeterminación nacional deja de tener sentido, teniendo razón Rosa Luxemburgo frente a Lenin: «La política imperialista no es obra de un país o de un grupo de países. Es el producto de la evolución mundial del capitalismo en un momento dado de su maduración. Es un fenómeno natural por naturaleza, un todo inseparable que no se puede comprender más que en sus relaciones recíprocas y al cual ningún estado podría sustraerse» (Rosa Luxemburgo: La crisis de la socialdemocracia, página 134. Editorial Anagrama. Barcelona 1976, el subrayado es nuestro). Y también "La primera tarea del socialismo es la liberación espiritual del proletariado de la tutela de la burguesía, tutela que se manifiesta por la influencia de la ideología nacionalista. La acción de las secciones nacionales, tanto en el parlamento como en la prensa, debe tener por objetivo la denuncia del hecho de que la fraseología tradicional del nacionalismo es el instrumento de la dominación burguesa" (ídem, páginas 170 y 171).

Actualmente asistimos a una auténtica campaña nacionalista por parte de la burguesía española que pretende intoxicar a la clase trabajadora. Es verdad que esa campaña se apoya efectivamente en las querellas entre sectores de la burguesía española aquejada de problemas de mala soldadura del Estado nacional, problemas estos que en el período de descomposición del capitalismo tienden a agravarse con la imposición "del cada uno a la suya". Así sectores de las burguesías regionales vasca y catalana pujan por la soberanía y la independencia, y otras, a la chita callando, se enquistan en sus gobiernos autonómicos que se han convertido en verdaderos reinos de Taifas contemporáneos. Pero más allá de esas eternas disputas, lo cierto es que el objetivo de esta campaña es dificultar la toma de conciencia por parte del proletariado ante un capitalismo en descomposición y en quiebra económica que nos lleva a la barbarie en los cinco continentes.

El capitalismo español se ve asolado por crecientes dificultades tanto en el terreno económico (en el que está perdiendo competitividad a marchas forzadas) como en el de la defensa de sus intereses imperialistas, como se pone de manifiesto en su creciente pérdida de autoridad en zonas que le son especialmente sensibles. Por un lado el Magreb, donde tras el desaire que hace unos meses le propinó la burguesía argelina en materia energética; hemos visto recientemente la acentuación de las reivindicaciones de Marruecos, a las que la burguesía española ha debido responder en solitario. Por otro lado la reciente Cumbre Iberoamericana amén de poner de manifiesto lo obsoleto de los convencionalismos diplomáticos en el caos de peleas barriobajeras en que se ha convertido el escenario imperialista actual, ha puesto de manifiesto igualmente el creciente aislamiento de la posición española incluso entre sus hasta hace poco aliados más "leales".

En este contexto de dificultades para el capitalismo español, exacerbado por el inicio de una recesión económica cuyas consecuencias y efectos de paro y miseria padecerá el proletariado, nos encontramos con esta ofensiva nacionalista desde las dos vertientes: tanto la españolista, con los viajes de los reyes a Ceuta y Melilla, como la regionalista a través del referéndum soberanista de Ibarretxe y los envites independentistas del nacionalismo catalán. La clase obrera al contrario que en los años treinta del siglo pasado no está derrotada, y por tanto no se deja arrastrar por la clase dominante detrás de la bandera nacionalista y de la guerra imperialista. Los ejércitos nacionales no son capaces de cubrir sus vacantes de soldados profesionales, y la debacle del ejército norteamericano en la guerra de Irak tiene sus motivos profundos en esta repugnancia y rechazo del proletariado a la ideología nacionalista y a la guerra.

Pero si la burguesía española no es capaz de ilusionar a la clase obrera con la "gran nación española" ni con las "nacioncillas" vasca y catalana, no va a renunciar a utilizar la ideología nacionalista como medio de fragmentar, de dividir la lucha de su enemigo histórico que es el proletariado. Frente a la creciente desesperación en que se van a sumir muchas familias obreras, las ideologías xenófobas, de buscar en los trabajadores de otras regiones u otros países, el chivo expiatorio al que culpabilizar del paro, del deterioro de las infraestructuras, de los recortes de las prestaciones sociales,... puede dificultar el desarrollo de una creciente solidaridad, de una lucha unida como clase, de una toma de conciencia de que a diferencia de la clase explotadora que por su propia naturaleza está dividida en intereses encontrados y no puede hallar más terreno común que la nación; la clase explotada, también por ese mismo carácter, porque no tiene más propiedad que su fuerza de trabajo, ni más tierra que la que le cubre en los cementerios,... por esa misma naturaleza, decimos, es capaz de llevar a cabo la verdadera unificación de la sociedad humana. Los trabajadores no tienen ninguna patria ni bandera nacional que defender, su auténtica misión en la historia como crisol de la humanidad explotada y sufriente es acabar mediante la revolución comunista con la explotación del hombre por el hombre: "Todas las clases anteriores que conquistaban la hegemonía trataban de asegurarse su posición existencial ya conquistada sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios solo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales aboliendo su propio modo de apropiación en vigencia hasta el presente, aboliendo con ello todo el modo de apropiación vigente hasta la fecha. Los proletarios no tienen nada propio que consolidar; sólo tienen que destruir todo cuanto, hasta el presente, ha asegurado y garantizado la propiedad privada.

Todos los movimientos existentes hasta la actualidad han sido movimientos de minorías o en el interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento independiente de una ingente mayoría. El proletariado, estrato inferior de la sociedad actual, no puede alzarse, no puede erguirse sin hacer saltar por los aires toda la superestructura de los estratos que conforman la sociedad oficial...(Marx y Engels: El Manifiesto Comunista, página 147. Editorial Crítica, Barcelona 1978).

Frente al mundo burgués del nacionalismo y la confrontación entre naciones que lleva al género humano a las guerras y la barbarie, opongamos los valores del proletariado: la solidaridad y el internacionalismo en un mundo sin clases.
Pel/ET 8 de Noviembre de 2007.

Excelente artículo el de los compañeros de la CCI

Pero es necesario precisar dos cuestiones:

La primera es que no aclaran por qué Lenin erró al defender el derecho de autodeterminación de los pueblos. Es decir, cuáles fueron las motivaciones por las que los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, adoptaron esa postura, en principio tan alejada del internacionalismo proletario y los análisis del materialismo histórico. En nuestra opinión, las causas fueron que prevaleció en los bolcheviques el deseo de atraer rápidamente a las masas a su favor, pese a que para ello tuvieran que caer en la mistificación en lugar de debelar la propaganda burguesa que hacía del nacionalismo su banderín de enganche. Fue por tanto una posición oportunista (y no fue la única muestra de oportunismo que dieron los bolcheviques en su afán de hacerse con el poder).

La cuestión hoy no es, al menos para nosotros, poner de manifiesto el oportunismo bolchevique en un afán de "ajustar cuentas" con quienes hace años que murieron. Pero sí es fundamental evidenciar que no puede sacrificarse el análisis de clase en aras de "atajar el camino". Porque entonces el camino sólo conduce a deformaciones que nada tienen que ver con el socialismo (como fue el caso del capitalismo de estado de la URSS). O a masacres como las que padecieron los proletarios fineses, chinos,... Y también porque esa concepción burguesa (la que defiende el nacionalismo) ha lastrado y lastra a varias generaciones de proletarios y a la mayoría de sus organizaciones. ¿Por qué? Porque en ningún caso se plantearon (ni se plantean muchos aún) que los bolcheviques pudieron hacer lo mismo de lo que gustaban tanto criticar a sus adversarios: adoptar posicionamientos oportunistas con tal de hacerse con el poder, alejándose del camino al socialismo y traicionando a las masas proletarias. Sólo si los proletarios nos desembarazamos de ese oportunismo, de ese "todo vale, incluso la mentira" podremos tener oportunidades reales de emprender una revolución verdaderamente socialista.

La segunda cuestión (muy vinculada en el fondo a la primera) se refiere a su acertado análisis sobre las diferencias entre un proletariado derrotado (incluso se podría decir masacrado) en la década de los 30 (por eso entre otras cosas la crisis del 29 no llevó a la revolución) y el proletariado en la actualidad. Es un análisis acertado, pero quizás algo optimista. ¿En qué sentido? En el de que los efectos más drásticos de la crisis en la que estamos inmersos aún no se han hecho sentir. Y mientras llegan la ideología burguesa sigue haciendo su labor (de ahí el aumento de la xenofobia). Y el capital adopta "precauciones por si acaso". Frente a eso, ¿qué hacen las organizaciones proletarias (las compuestas por proletarios, independientemente de sus orientaciones)? Pues en su mayoría siguen repitiendo las mismas fórmulas que antes. Curiosamente rescatan ahora las mismas consignas que la gran burguesía ya ha abandonado: las consignas nacionalistas. Mientras el capitalismo ha unificado el mundo en una sóla formación económico-social con una división del trabajo a escala mundial, la mayoría de las organizaciones de izquierda se empeñan en mantener tácticas inútiles en ese nuevo escenario (pues servían para luchar en el marco del estado-nación, marco ya superado) e incluso muchas defienden una especie de "vuelta atrás en la Historia": en lugar de aprovechar las posibilidades abiertas para liquidar los últimos restos de esos estados-nación pretenden (como si ello fuera posible) crear nuevos estados más pequeños. El carácter reaccionario de esa ideología es evidente. Y su carácter mistificador, ideológico en el sentido marxista, también. Puede que sea producto de la desesperación, de la falta de alternativas superadoras, de la esclerosis que anula la capacidad de análisis. Pero también es probable que influya el hecho de que "el derecho de autodeterminación de los pueblos" (y por tanto la propia consideración de la existencia de los "pueblos") ha sido una constante en la inmensa mayoría de las corrientes que se derivan del bolchevismo, con gran influencia entre el proletariado. Romper con esa tradición podría suponer un cuestionamiento de casi un siglo de su propia historia como organizaciones. ¿Estarán dispuestos a ello?

Evidentemente, esa falta de adecuación del análisis a la realidad actual puede alejar a esas organizaciones de la mayoría del proletariado. Pero, ¿seguro que será así? Porque el oportunismo, sobre todo en tiempos de crisis, funcionará como suele: atraerá a muchos que, ante la crisis, buscarán una tabla de salvación fácil. Y el análisis nunca lo es. Es más simple buscar un enemigo exterior al que sea fácil culpar de los propios males, en lugar de enfrentar radicalmente al enemigo poderoso: la burguesía y el capital.

Al igual que otras ideologías (al igual que todas las mistificaciones) el nacionalismo encuentra su abono perfecto en la desesperación ante la crisis. Si la izquierda lo usa como consigna para captar rápidamente apoyos, tan sólo estará cavando su fosa. Porque el fascismo sabe hacer mejor esos "trabajos" para el capital.

La última cuestión a plantearse es: ¿se llevará a la tumba la "izquierda nacionalista" consigo las perspectivas socialistas del proletariado? Porque el futuro no está determinado, la disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo sigue estando ahí: Socialismo o Barbarie

SALUD
DC-L

sábado, 20 de octubre de 2007

Hardt y Negri: Estribillos de la “Internationale”

Michael Hardt y Toni Negri, Imperio

Reproducimos a continuación un fragmento de Imperio, de Hardt y Negri, dos de los principales exponente de la “Autonomía Obrera”. Este libro causó un considerable impacto. Y ha generado un más que interesante debate. En nuestra opinión, hace aportaciones muy valiosas al conocimiento de la realidad actual y a la superación de los enfoques pensados para una realidad que ya no es más.
Muchos lo citan y lo comentan. Y lo critican, aunque en ocasiones esas críticas reflejan una lectura si acaso muy superficial. Y un intento por mantener esquemas interpretativos que pudieron ser relevantes en el pasado, pero que no se adecuan a los profundos cambios de la sociedad capitalista actual. Por eso reproduciremos en este blog diversos fragmentos que consideramos especialmente relevantes. Hemos suprimido las notas (bibliográficas) al pie.

Hubo un tiempo, no hace mucho, cuando el internacionalismo era un componente clave de las luchas proletarias y las políticas progresistas en general. “El proletariado no tiene país”, o mejor, “el país del proletariado es el mundo entero”. La “Internationale” era el himno de los revolucionarios, el canto de futuros utópicos. Debemos notar que la utopía expresada en estos lemas no es, de hecho, internacionalista, si por internacionalista entendemos a un tipo de consenso entre las variadas identidades nacionales, que preserve sus diferencias pero negocie algunos acuerdos limitados. En realidad, el internacionalismo proletario era antinacionalista, y, por ello, supranacional y global. ¡Trabajadores del mundo uníos! – no sobre la base de identidades nacionales sino directamente mediante necesidades y deseos comunes, sin considerar límites y fronteras. El internacionalismo fue la voluntad de un activo sujeto de masas que reconoció que los Estados-nación eran los agentes clave de la explotación capitalista y que la multitud era continuamente empujada a pelear sus guerras sin sentido – en suma, que el Estado-nación era una forma política cuyas contradicciones no podían ser subsumidas y sublimadas sino solamente destruidas. La solidaridad internacional era realmente un proyecto para la destrucción del Estado-nación y la construcción de una nueva comunidad global. Este programa proletario estuvo por detrás de las con frecuencia ambiguas definiciones tácticas producidas por los partidos comunistas y socialistas durante el siglo de su hegemonía sobre el proletariado. Si el Estado-nación era un eslabón central en la cadena de dominación, y por ello debía ser destruido, entonces el proletariado nacional tenía como tarea primaria destruirse a sí mismo en tanto estaba definido por la nación, sacando con ello a la solidaridad internacional de la prisión en la que había sido encerrada. La solidaridad internacional debía ser reconocida no como un acto de caridad o altruismo para el bien de otros, un noble sacrificio para otra clase trabajadora nacional, sino como propio e inseparable del propio deseo y la lucha por la liberación de cada proletariado nacional. El internacionalismo proletario construyó una máquina política paradójica y poderosa que empujó continuamente más allá de las fronteras y las jerarquías del estado-nación y ubicó los futuros utópicos sólo en el terreno global. Hoy debemos reconocer claramente que el tiempo de ese internacionalismo proletario ha pasado. Esto no niega el hecho, sin embargo, que el concepto de internacionalismo realmente vivió entre las masas y depositó una especie de estrato geológico de sufrimiento y deseo, una memoria de victorias y derrotas, un residuo de tensiones ideológicas y necesidades. Más aún, el proletariado se ha, de hecho, hallado a sí mismo hoy en día, no precisamente internacional, pero (al menos tendencialmente) global. Uno puede estar tentado a decir que el internacionalismo proletario realmente “ganó” a la luz del hecho que los poderes de los Estados-nación han declinado en el reciente pasaje hacia la globalización y el Imperio, pero ésta sería una noción de victoria extraña e irónica. Es más exacto decir, siguiendo la cita de William Morris que sirve como uno de los epígrafes de este libro, que aquello por lo que lucharon ha llegado, pese a su derrota.

La práctica del internacionalismo proletario se expresó con mayor claridad en los ciclos internacionales de luchas. En este marco la huelga general (nacional) y la insurrección contra el Estado (-nación) fueron sólo realmente concebibles como elementos de comunicación entre luchas y procesos de liberación en el terreno internacionalista. Desde Berlín a Moscú, desde París a Nueva Delhi, desde Argelia a Hanoi, desde Shangai a Yakarta, desde La Habana a Nueva York, las luchas resonaron una tras otra durante los siglos diecinueve y veinte. Se construía un ciclo al comunicarse las noticias de una revuelta y aplicarse en cada nuevo contexto, del mismo modo que en una era previa los barcos mercantes llevaban las noticias de las rebeliones de esclavos de isla en isla alrededor del Caribe, prendiendo una terca línea de incendios que no podían ser extinguidos. Para que se formara un ciclo, los receptores de las noticias debían ser capaces de “traducir” los eventos a su propio lenguaje, reconociendo las luchas como propias, y con ello, agregando un eslabón a la cadena. En algunos casos esta “traducción” fue muy elaborada: como los intelectuales chinos en los finales del siglo XIX, por ejemplo, pudieron oír de las luchas anticoloniales en las Filipinas y Cuba, y traducirlas a los términos de sus propios proyectos revolucionarios. En otros casos fue mucho más directo: como el movimiento de consejos de fábrica en Turín, Italia, fue inmediatamente inspirado por las noticias de la victoria bolchevique en Rusia. Más que pensar en las luchas como relacionadas unas con otras como eslabones de una cadena, puede ser mejor entenderlas como comunicándose como un virus que modula su forma para hallar en cada contexto un huésped adecuado.

No es difícil hacer un mapa de los períodos de extrema intensidad de estos ciclos. Una primera ola puede verse comenzando después de 1848, con la agitación política de la Primera Internacional, continuando en la década de 1880 y 1890 con la formación de organizaciones políticas y sindicales socialistas, y alcanzando luego un pico tras la revolución rusa de 1905 y el primer ciclo internacional de luchas anti-imperialistas. Una segunda ola se alzó tras la revolución Soviética de 1917, la que fue seguida por una progresión internacional de luchas que sólo podría ser contenida por los fascismos en un lado, y reabsorbida por el New Deal y los frentes antifascistas en el otro. Y finalmente está la ola de luchas que comenzaron con la revolución China y continuaron con las luchas de liberación Africanas y Latinoamericanas hasta las explosiones de la década de 1960 en todo el mundo. Estos ciclos internacionales de luchas fueron el verdadero motor que condujo el desarrollo de las instituciones del capital y que lo condujo en un proceso de reforma y reestructuración. El internacionalismo proletario, anticolonial y anti-imperialista, la lucha por el comunismo, que vivió en todos los eventos insurreccionales más poderosos de los siglos diecinueve y veinte, anticiparon y prefiguraron los procesos de la globalización del capital y la formación del Imperio. Es en este modo que la formación del Imperio es una respuesta al internacionalismo proletario. No hay nada dialéctico o teleológico en esta anticipación y prefiguración del desarrollo capitalista por la lucha de masas. Por el contrario, las luchas mismas son demostraciones de la creatividad del deseo, de las utopías o la experiencia vivida, los trabajos de la historicidad como potencialidad – en suma, las luchas son la realidad desnuda de la res gestae. Una teleología de clases es construida sólo después del hecho, post festum.

Las luchas que precedieron y prefiguraron la globalización fueron expresiones de la fuerza del trabajo viviente, quien buscó liberarse a sí mismo de los rígidos regímenes territorializantes impuestos. Al contestar al trabajo muerto acumulado contra él, el trabajo viviente siempre busca quebrar las estructuras territorializantes fijadas, las organizaciones nacionales y las figuras políticas que lo mantienen prisionero. Con la fuerza del trabajo viviente, su incansable actividad, y su deseo deterritorializante, este proceso de ruptura abrió todas las ventanas de la historia. Cuando uno adopta la perspectiva de la actividad de la multitud, su producción de subjetividad y deseo, puede reconocer cómo la globalización, al operar una deterritorialización real de las estructuras previas de explotación y control, es, realmente, una condición para la liberación de la multitud. ¿Pero cómo puede hoy realizarse este potencial para la liberación? ¿Ese mismo deseo incontenible de libertad que quebró y enterró al Estado-nación y determinó la transición hacia el Imperio, vive aún bajo las cenizas del presente, las cenizas del fuego que consumió al sujeto proletario internacionalista, centrado en la clase trabajadora industrial? ¿Qué ha subido a escena en el lugar de ese sujeto? ¿En qué sentido podemos decir que la raíz ontológica de una nueva multitud ha llegado para ser un actor alternativo o positivo en la articulación de la globalización?