sábado, 14 de marzo de 2009

Se acabó: el Capitalismo no va más, fin de esta historia

Todos los análisis sobre la actual crisis del capital, tanto los moderados como los radicales, más allá de sus explícitas declaraciones, coinciden en una sola cosa: el capitalismo no va más, se terminó, finito y cualquier intento por sostenerlo, por revivirlo solo provocará que su desplome sea más catastrófico.

Ya está claro que la crisis financiera es un elemento más de la crisis global de la civilización capitalista, creer en lo contrario es simplemente esconder la basura bajo la alfombra hasta que se atiborre de podredumbre y estalle en el corazón del insolente narcisismo burgués que la ha generado.

La despreciada tesis marxista sobre la baja en la tasa de ganancia, que explicaba el límite interno del propio desarrollo de la economía capitalista, hoy por hoy se cumple por sobre las novelerías liberales-burguesas (keynesianas o neoliberales).

Sabemos que la crisis actual es el desenlace necesario de la crisis crónica de sobreproducción que desde hace cuatro décadas soportan las economías centrales, decir que la intervención del estado para proteger el mercado va a salvarnos de este atolladero civilizatorio es una vana ilusión que puede hacer abortar la última posibilidad de cambiar la historia, y evitar el hundimiento humano en la barbarie y en el colapso ecológico que necesariamente la va a acompañar.

El límite civilizatorio al que hemos arribado nos impone una elección -que debería ser obligada si aún sobrevive la razón histórica, si aún sobrevive la volunta humana de poder desplegar mundo-: o atravesamos el umbral de lo conocido, gastado y acabado, en otras palabras atravesamos la frontera que contiene este destruido ensayo civilizatorio y emprendemos la construcción de otro mundo, o el miedo nos paraliza y desaprovechamos la posibilidad a-histórica que la propia crisis civilizatoria a abierto, es decir nos encerramos en este tiempo histórico y nos autocondenamos a la destrucción humana.

Parece ser que en estas épocas de profundas crisis civilizatoria, donde la historia conocida se paraliza en una especie de compulsión a la repetición paranoica de sus últimos pasos, se abre la única posibilidad de elección real para la conciencia humana. Momento único de libertad para elegir el destino de la humanidad, pues nada garantiza ni asegura que el ser humano se sumerja en la pulsión de muerte y la atraviese produciendo un nuevo acontecimiento histórico, digamos creando otro mundo desde la potencia de su pulsión de vida.

Así mismo, ninguna fuerza trascendental metafísica, llámese Dios, Razón o Fuerzas Productivas, va a impedir que quedemos fatalmente atrapados en la pulsión de muerte, en este caso derrotados por la insoportable angustia de nuestra complicada y crítica existencia humana podemos buscar el sosiego en la muerte biológica de nuestra especie.

Dicho de otra manera, sino aceptamos la muerte simbólica que implica aceptar que el mundo moderno capitalista con todas sus promesas filosóficas, políticas, económicas, tecnológica, e ideológicas terminó y con él el humano concebido y estructurado desde ese paradigma, lo más probable es que tengamos que enfrentarnos a la desaparición de la especie humana, debido a la inevitable catástrofe ecológica y social que esta obsesión de perpetuidad capitalista provoca.

El desgaste de esta civilización parece haber provocado en el ser humano un doble trastorno -social y biológico -. Por un lado, hemos sido presa de un pesado cinismo desde el que sabemos exactamente lo que está sucediendo con la civilización y el medio ambiente y sin embargo mantenemos una fría distancia cómplice y resignada frente a un destino catastrófico asumido como fatal.

El cínico es una especie de espectador pasivo del último espectáculo humano; el sujeto de la cultura del espectáculo acostumbrado a ver a través de la pantalla del televisor los desastres humanos y ecológicos mezclados con las producciones hollywoodenses sin poder distinguir la realidad de la ilusión mediática. Por otro lado, la enajenación humana producida por la lógica económica capitalista parece haber provocado una profunda estupidez, un daño cerebral que nos impide tomar las decisiones necesarias para detener el colapso de la vida humana.

Para tener un criterio de la profunda estupidez humana, basta con mirar el gigantesco salvataje al sistema financiero que los estados de los países industrializados han realizado, buscando salvar al capitalismo de su peor crisis; salvar al criminal regalándole la misma arma con la cual cometió su crimen, para asegurar que lo vuelva a cometer. Se dirá que justamente ésta es la lógica que mueve a la economía capitalista y que en ese sentido es absolutamente racional, pues responde a los intereses del capital, de hecho es así, pero justamente es esa coherencia racional del capital donde radica la estupidez humana que la hace viable.

La lógica irracional del capital inscrita en la subjetividad humana es lo que ha provocado su daño cerebral, su estupidez. Ciertos biólogos dirían que quizás la especie sapiens ya cumplió su ciclo vital y tienen que desaparecer, sin embargo desde la mirada del pensamiento social (humanista) no es fácil aceptar este argumento biológico, posiblemente haya en la mirada social demasiado narcisismo antropocéntrico pero es difícil renunciar a él, es difícil aceptar el fin de la especie humana, a pesar de que parece estar enferma de muerte, contaminada de cinismo y estupidez.

Queriendo evitar el asesinato total de la utopía, se puede decir que hay un humano que quizás ha podido escapar al virus del cinismo y la estupidez, digamos, escapar a la subjetividad del capitalismo en su época terminal. El humano menos “humano” en el capitalismo, el menos “racional”, el menos moderno, el menos ciudadano, el menos sujeto, el menos individuo, el menos propietario privado, el menos consumista; es ese humano el que podría abrir el acontecimiento, abrir el tiempo de la historia en tanto que tiempo de creación y despliegue de mundo.

Ese humano que carece de lugar en este mundo, tanto de lugar físico porque ha sido expulsado de su territorio, cuanto de lugar psíquico-subjetivo porque no calza ni alcanza con los atributos que definen la humanidad en la modernidad capitalista. Ese humano extranjero, absolutamente extranjero en el mundo capitalista, el que por el hecho de no tener lugar en el espacio del mercado mundial -ni como obrero, ni como consumidor, ni como ciudadano, ni como sujeto, ni como propietario privado, ni como individuo- tienen que abrir la puerta hacia otro mundo donde pueda existir, porque en éste simplemente no tienen oportunidad de existir, porque éste no es más su mundo, porque todo en él le es extraño y ajeno.

Ese humano es la mayoría silenciada, coartada de decisiones, prohibida de opciones, esa mayoría que padece las necias decisiones del poder burgués a nivel mundial y justamente por esto puede poner una distancia, no cínica, con el capitalismo, sus crisis, sus absurdos, sus contradicciones, sus promesas fracasadas y sus ilusiones gastadas.

Puede detenerse y observar, ocupar el lugar del observador que con su mirada extranjera desmonta la buena marcha del ritual mercantil que confirma el mito capitalista, digamos que puede observar las necedades de los rescates financieros que los estados aplican para salir de la crisis, o aquellos de las recetas científico-tecnológicas para evitar la ruina ecológica, o esos de las inyecciones económicas para motivar e impulsar el consumo depredador de los ciudadanos de los países industrializados, etc. El es el único observador extranjero de la idiotez del hombre moderno, el que puede escapar de la compulsión que nos lleva a caminar lo andado y repetir la historia.

La tarea de ese extranjero ya no es buscar un lugar en este mundo (exigir los derechos del ciudadano, mendigar recursos para su conversión en consumidor, reclamar su condición de fuerza de trabajo ofertable en el mercado laboral internacional, etc.), ya ni siquiera es acabar con este mundo porque el capitalismo se acabó “solo”, implosiona sin ayuda, su tarea es hacer justicia con su propia in-sistencia de por-venir y, como diría Alain Badieu, hacerse cargo de las consecuencia de la misma. Su tarea es provocar el acontecimiento histórico, porque solo el pueblo sin lugar puede romper el espacio que le niega y empezar a caminar, empezar su éxodo hacia otra manera de ser, otra manera de existir, otra humanidad.

El éxodo hacia el otro mundo no es fácil, exige asumir la muerte simbólica, es decir renunciar a este mundo y todas su promesas e ilusiones, que de paso hay que decir que ya casi no existen así que resulta menos complicado sino somos necios, renunciar y no regresar a ver, atravesar el desierto con la convicción absoluta e inmanente de que lo que construyamos más allá de este viejo y agónico mundo siempre será mejor, solo por el hecho de que empezaremos a construir.

Entendiendo que el capital ha colonizado la totalidad del territorio natural cerrando el tiempo de su propia historia y abarcando todo el espacio Tierra, el éxodo hacia el otro mundo no es un movimiento de desplazamiento espacial, es un viaje a un mundo otro, a una otra dimensión en el mismo punto azul del universo solar; es un viaje que no camina lo caminado aunque recorra las mismas geografías.

El éxodo hacia el otro mundo es una aventura psíquica, simbólica, subjetiva y material que exige mucha disciplina, pues como todo viaje a lo desconocido implica precariedad, indigencia, miedo y vulnerabilidad y solo la disciplina permitirá inscribir e instaurar una manera distinta de vivir, nuevas formas de mirarnos de relacionarnos, una nueva manera de estar en y con la naturaleza.

Los procesos donde se empieza una nueva praxis humana, digamos otra objetivación humana, tiene la cualidad de lo sagrado, es decir, reúnen en una misma experiencia lo tremendo y lo fascinante de lo no conocido, de lo aún no dibujado ni tejido.

Recuperar la radicalidad epistémica del pensamiento marxista.

Natalia Sierra, socióloga,
docente de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador