jueves, 21 de mayo de 2009

Marxismo y teoría revolucionaria: comunismo, partido, proletariado.

Pese a la lectura “esteticista” que ha predominado con fuerza (la Internacional Situacionista como “última vanguardia”, como grupo artístico, como arquitectura/urbanismo unitario, como padrinos del “punk” y/o baluartes de la contracultura, etc.), la I.S. fue en realidad una de las expresiones más eficaces y serias de “partido comunista” en el siglo XX. Para poder entender eso, lamentablemente, es todavía necesario insistir en una serie de aclaraciones terminológicas y de sentido. Pues la lucha contra la ideología se da muy fuertemente en el ámbito de las palabras, y en esa época -uno de los momentos más reaccionarios del siglo XX-, era difícil usar varias palabras fundamentales en su sentido originario.

3 ejemplos:

Comunismo: Para Marx, y la IS, el comunismo no es un aparato de estado, tampoco un mini-estado o “partido político” o “comité central” de representantes oficiales de la clase, sino que “el movimiento real que suprime las condiciones existentes”. En otro sentido –complementario- “comunismo” es la teoría revolucionaria del proletariado como última clase histórica: aquella que puede realizar la abolición de las separaciones, mediante la abolición del Estado, el mercado, el trabajo y las clases.

Partido: En el siglo XX, “partido” es un Estado en miniatura, y el “partido comunista” una organización burocrática que pretende administrar el capitalismo desde el Estado.

En el siglo XIX, partido es ni más ni menos que cualquier bando organizado, surgido de y definido desde un antagonismo social, desde el conflicto de clase. Hasta Bakunin y después de él otros anarquistas hablaban sin mayor problema de un “partido anarquista”, del “partido proletario”. Por ejemplo, en su panfleto en ruso “Alianza Internacional de la Democracia Socialista”, Bakunin distinguía dos partidos principales, el de la reacción y el de la revolución social, y entre los socialistas hacía a su vez una nueva distinción: “el partido de los socialistas pacíficos o burgueses (que en rigor pertenecen al partido de la reacción), y el partido de los revolucionarios sociales. Estos últimos se subdividen a su vez en socialistas estatales revolucionarios, y en anarco-socialistas revolucionarios, enemigos de todo Estado y de todo principio estatal” (Bakunin, 1978, p. 33).

La posición de Marx sobre el partido se vislumbra claramente de estas partes de su carta a Freiligrath del 29 de febrero de 1860: “Después de que, a partir de mi petición, la Liga fue disuelta en noviembre de 1852, no he pertenecido (ni pertenezco) a ninguna organización secreta o pública; por tanto el partido, en ese sentido absolutamente efímero, para mí ha dejado de existir desde hace ocho años. (…) La Liga (…) no fue más que un episodio en la historia del partido, que nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna (…) Al hablar de partido, doy a este término su sentido eminentemente histórico”. El camarada Rubel, en “El partido proletario en Marx” (1961, de donde hemos tomado la cita anterior) propone la distinción entre partido en sentido “sociológico” (o institucional) y en sentido “ético”. La definición de “comunista” en Marx calza con este segundo sentido: “Nuestro mandato de representación del partido proletario, lo sostenemos nosotros mismos, pero es refrendado por el odio exclusivo y general que nos han dedicado todas las fracciones del viejo mundo y todos los partidos” (Marx a Engels, 18 de mayo de 1859, citado por Rubel, 1961).

Proletariado: Mientras el grueso del marxismo regurgitaba viejas fórmulas con convicción cuasi-religiosa, las que incluían la idealización del proletariado industrial masculino como sujeto revolucionario –con el subsiguiente llanto y lamentaciones cuando les parecía que éste dejaba de existir-, y el “neomarxismo” a su vez proclamaba la muerte del proletariado y centraba sus esperanzas en los estudiantes o el campesinado del “Tercer Mundo”, la IS saltaba por encima de ambas opciones, pues entendía que la vieja lucha de clases se manifestaba de nuevas formas, y el proletariado también debía ser entendido de una manera dinámica.

Usando estas palabras correctamente, se comprende bien a Tronti cuando dice que “la clase obrera no puede hacerse partido dentro de la sociedad capitalista sin impedir a ésta la continuación de su funcionamiento. Cuando ésta funciona, ese no es el partido obrero”.

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La concepción no sólo dinámica sino que negativa del proletariado es otro de los aportes más consistentes de la IS. Dinámica pues lo concibe como un producto histórico flexible de un modo e producción que también lo es. Negativa pues lo esencial no viene dado por tal o cual función “económica” sino por su capacidad de desarrollar un antagonismo que rechaza la totalidad del capitalismo.

Curiosamente, alguien con tan poca fama de revolucionario proletario como Adorno, destacaba este dinamismo cuando a principios de los 40 defendía la necesidad de “contemplar el concepto de clase mismo tan de cerca que se lo fije y modifique a la vez”:

Que se lo fije, “porque su fundamento, la división de la sociedad en explotadores y explotados, no sólo pervive sin menoscabo alguno, sino que gana en violencia y solidez”.

Y que se lo modifique, “porque los oprimidos, hoy, de acuerdo con la predicción de la Teoría, la inmensa mayoría de los seres humanos, no se pueden experimentar a sí mismos como clase” (Theodor Adorno, Reflexiones sobre la teoría de las clases, 1942).


Los situacionistas sabían, como Adorno, que “objetivamente” el proletariado no ha hecho sino crecer, al contrario de lo que afirmaban los sociólogos modernistas y otros especialistas alienados obsesionados con las “clases medias” y la “sociedad de consumo”. Pero no se conforman con el diagnóstico pesimista (tan asociado a los frankfurtorianos y al grueso del marxismo y “postmarxismo” de academia) de que ya no es posible que estas masas de gente se experimenten “subjetivamente” como clase: apuestan a que la fuerza negativa del nuevo proletariado se manifestará otra vez, al tomar consciencia de la “pérdida de poder sobre la vida”, al rechazar las representaciones y su “fuerza exteriorizada”, y al salir de nuevo al escenario histórico de la lucha de clases debía ser capaz de articular una contestación total del capitalismo. Ese nuevo asalto se produjo, en el período 1967/1977 (aunque es el año 1968 ha quedado instalado más fuerte en el imaginario) y dejó heridos de muerte al estalinismo y otras representaciones alienadas de la clase, dando inicio a un período de agitaciones y autonomía obrera que se verificaron a nivel mundial, aunque para los periodistas y sociólogos oficiales dicho período sea visto exclusivamente como una revuelta cultural, estudiantil y tercermundista, como representaciones espectaculares de la revolución.

Posteriormente, con lo que se suele denominar como “crisis ecológica”, la consciencia de clase del proletariado como la clase que expresa los intereses de toda la humanidad, se hace aún una cuestión más urgente y universal. Para Debord (1971), el optimismo científico propio del siglo XIX se había desmoronado en tres puntos: “En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego”. Por eso, la consigna “¡Revolución o muerte!” ya no sólo es “la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo”. Pues “no hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma”.

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"En este desarrollo complejo y terrible que ha arrastrado la época de las luchas de clases hacia nuevas condiciones el proletariado de los países industriales ha perdido completamente la afirmación de su perspectiva autónoma y, en último análisis, sus ilusiones, pero no su ser. No ha sido suprimido. Mora irreductiblemente existiendo en la alienación intensificada del capitalismo moderno: es la inmensa mayoría de trabajadores que han perdido todo el poder sobre el empleo de sus vidas y que, los que lo saben, se redefinen como proletariado, el negativo del obrero en esta sociedad. Este proletariado es reforzado objetivamente por el movimiento de desaparición del campesinado así como por la extensión de la lógica del trabajo en la fábrica que se aplica a gran parte de los "servicios" y de las profesiones intelectuales. Este proletariado se halla todavía subjetivamente alejado de su conciencia práctica de clase, no sólo entre los empleados sino también entre los obreros que todavía no han descubierto más que la impotencia y la mistificación de la vieja política. Sin embargo, cuando el proletariado descubre que su propia fuerza exteriorizada contribuye al fortalecimiento permanente de la sociedad capitalista, ya no solamente bajo la forma de su trabajo, sino también bajo la forma de los sindicatos, los partidos o el poder estatal que él había construido para emanciparse, descubre también por la experiencia histórica concreta que él es la clase totalmente enemiga de toda exteriorización fijada y de toda especialización del poder"
(Debord, Tesis 114 de La Sociedad del Espectáculo).

(Fragmentos de un texto en elaboración. Julio Cortés).