sábado, 25 de octubre de 2008

RED LUXEMBURGUISTA INTERNACIONAL


En esta organización nos agrupamos militantes luxemburguistas, que compartimos los postulados de Rosa Luxemburgo. Nuestro objetivo, como miembros de la clase proletaria, es ayudar a organizar la revolución mundial, aportando nuestras perspectivas, basadas en el socialismo y la democracia radicales.


Actualmente, contamos con militantes en España, Estados Unidos, Francia, Noruega, Portugal y Reino Unido. Evidentemente, no somos ni pretendemos ser los únicos activistas que reivindican el pensamiento de Rosa Luxemburgo. Tampoco creemos que el Luxemburguismo pueda ser un dogma. Todos los militantes pueden exponer libremente sus ideas, pues la Libertad es una condición indispensable para la construcción del Socialismo.


El trabajo de Luxemburgo sobre la autoorganización democrática de la clase obrera, los procesos de huelgas de masas, el funcionamiento de la acumulación capitalista, y su oposición constante a todas las formas de nacionalismo, es, creemos, clave para la comprensión y la interpretación del mundo actual. Pero su obra surgió de la vida, desarrollando la tradición del pensamiento marxista de la clase obrera, que incluye el trabajo de muchos otros antes, durante y después de su tiempo. Nos inspiramos en toda esa gran tradición, no sólo en la obra de ella.


Animamos a todos los que compartan las ideas de Rosa Luxemburgo a contactar con nosotros y a unirse a esta Red, pues a todos está abierta.


¡SOCIALISMO O BARBARIE!

jueves, 23 de octubre de 2008

Campaña contra la guerra de Afganistán: la guerra buena., la guerra de Obama y del PSOE

Fuera las tropas de Afganistán

POR LA RETIRADA DE LAS TROPAS ESPAÑOLAS 22N - JORNADA ESTATAL DE ACCIÓN

SEVILLA: Manifestación Sábado 22 de Noviembre,13h. Plaza de La Encarnación

ACTOS PREVIOS

- jueves 30 octubre: Charla-debate: Imperialismo y guerra en el siglo XXI. con Carlos Taibo , Facultad de Ciencias Económicas

- lunes 3 de noviembre: Mesa Redonda Tropas en Afganistán: ¿Ayuda humanitaria u ocupación? con Malalai Joya , diputada afgana antiocupación y Alejandro Pozo , Justicia y Paz de Barcelona, Centro Cívico Las Sirenas

Siguiendo la campaña estatal contra la guerra de Afganistán, el Foro Social de Sevilla organiza un conjunto de actos que culminará en manifestación el próximo 22 de noviembre.

Esta fué, "la guerra buena" en la que el Imperio "multilateralmente" contando con los estados clientes/aliados, a diferencia de Iraq donde lo hizo "unilateralmente" despreciandolos y atropellando algunos intereses petrolíferos de Rusia y Francia, la diferencia entre una y otra es nada mas y nada menos que la que lleva de la guerra justa a la guerra criminal, ¡tan solo por el apoyo de los aliados imperiales en el Consejo de Seguridad de la ONU!

Por decirlo con palabra de Tariq Alí (New Left Review, nº 50)


"A medida que los atentados suicidas aumentaban en Bagdad, Afganistán se convertía –para los demócratas estadounidenses, deseosos de demostrar sus credenciales «securitarias»– en el «verdadero frente» de la guerra contra el terror, defendida por todos los candidatos presidenciales estadounidenses en la carrera hacia las elecciones de 2008, con el senador Obama presionando a la Casa Blanca para violar la soberanía pakistaní cuando fuera necesario. Con mayor o menor firmeza, China, Irán y Rusia apoyaron la ocupación de Afganistán, aunque en el caso de esta última hubiera siempre un fuerte elemento de Schadenfreude [alegría por el mal ajeno]. Los veteranos soviéticos de la guerra afgana estaban asombrados de ver cómo Estados Unidos repetía ahora sus errores en una guerra aún más inhumana que su precedente."

AFGANISTÁN
El espejismo de la guerra buena

Monografia usada como documento de discusión por el Foro de Sevilla y publicada en nuestro sitio:
http://luxemburguismo.files.wordpress.com/2008/10/tarik-ali-afghanistan.pdf

lunes, 20 de octubre de 2008

Otra víctima de la crisis: la lucha contra el cambio climático

Crisis. Otra víctima: aplazamiento lucha contra cambio climático.
Más cerca Mega-Crisis capitalista. Futuros.

Aurora Despierta

La UE decide posponer las medidas programadas, da mal ejemplo y hace peligrar la alternativa al fracasado protocolo de Kioto. Consecuencias de las limitaciones del capital, de su decadencia.

La cumbre europea de Bruselas celebrada el miércoles 15 de octubre de 2008 a la que asistieron las primeras autoridades de los veintisiete países miembros de la Unión Europea, ha decidido posponer las decisiones sobre las medidas a tomar contra el cambio climático. La causa aducida, la urgencia de abordar la crisis económica, la prioridad de los recursos económicos destinados a superar dicha crisis y los costes de las medidas contra el cambio climático.

El primer ministro italiano, Silvio Berlusconi ha declarado: “no estamos para hacer el Quijote cuando China o EEUU no cortan sus emisiones” (El País, 16 oct. pág 3).

O sea, si algún gran país decide que marchemos alegremente al suicidio nosotros no vamos a ser menos. “Si tú no te esfuerzas por evitar el desastre ¡pues yo tampoco!.” Evitar el empeoramiento de las actuales condiciones de la biosfera y asegurar nuestra supervivencia no tiene nada que ver con el quijotismo, sino con la sensatez. Algo difícil de entender para “estadistas” codiciosos y reaccionarios, populistas-fascistoides con sospecha de relación con las mafias, como Berlusconi, más similar al más torpe y egocéntrico Sancho Panza. China a su vez podría alegar que si los países más ricos e históricamente más contaminantes como los EEUU y los de la UE no se lo toman en serio, no van a ser ellos los prim(er)os. ¿Y en manos de este personal de la burguesía debemos confiar la solución?.

Pero la explicación no es que Berlusconi sea un perfecto idiota, sino que dice abiertamente lo que piensan todos: en la dura competencia por los mercados y la realización del beneficio tiene ventaja quien reduce costes y meterse en inversiones por el “futuro” cambio climático reduciría ahora la competividad con el capitalismo norteamericano y el chino, entre otros. Ahora, les haría estar en desventaja y a partir de ahí no es segura una ventaja cualitativa posterior.

Todos se muestran remolones. Los países europeos más pobres, porque su capital lo es y lo tienen duro para tomar las medidas y a la vez competir con los demás. Los más ricos como Alemania porque sus necesidades de valoración del capital son de una escala mayor como sus ambiciones internacionales y por tanto también tienen que competir duro y no meterse en gastos “quijotescos”. Todos deben pensar en lo más inmediato, en asegurar los beneficios ahora. Esa es la lógica más imperativa del capital. Tanto en tiempos de bonaza como de crisis.

Si los negocios van bien, eso les llena de euforia, ¡para qué preocuparnos por el futuro, saquemos ahora el mayor partido posible, centrémonos en el corto plazo!. Así, después de la crisis del petróleo de los años 70 la mayoría de los países fueron incapaces de tomar las medidas necesarias frente al anunciado fin de la era del petróleo pues pudieron seguir disfrutando de un combustible fácil y relativamente barato.

Si los negocios van mal por crisis, pues claro está, no es el momento oportuno para gastos extras pensando en el futuro, sino para disminuirlos, reducir costes bajando de hecho los salarios de los trabajadores, despidiendo gente, recortando los gastos sociales del estado, posponiendo planes de futuro para asegurar la supervivencia de la Humanidad.

Ahora, la bajada de precios del petróleo por la reducción de la demanda debido a la recesión, no va a estimular las inversiones en alternativas al mismo que siguen siendo caras.

La reducción, por la crisis, de las emisiones de CO2, creará la apariencia engañosa de que las cosas mejoran, cuando con lo mal que ya están, el cambio climático es una amenaza no para el futuro, sino para ahora mismo, como lo demuestra el deshielo del Ártico.

Aunque a largo plazo dicen que sería buena la inversión en las nuevas tecnologías alternativa, como el capital se mueve sobre todo por el beneficio a corto plazo (“más vale pájaro en mano que ciento volando”), como el desastre son “externalidades” que no afectan inmediata y directamente a las ganancias, como el despilfarro -por ejemplo- en armamento beneficia ahora al complejo militar-industrial, y como siempre hay que dar prioridad al beneficio personal de la burguesía, lo tenemos muy pero que muy difícil para el que el capitalismo evite los desastres anunciados tanto del cambio climático, como el fin de la era del petróleo, etc. Lo demuestra el fracaso del protocolo de Kioto a pesar de su timidez, y la actual actitud que hace peligrar un plan mundial sustituto y alternativo, de verdad serio, que debiera ser aprobado en la ONU en sólo un año.

La esperanza en las inversiones en nuevas tecnologías pueden parecerse mucho a los sueños que en su día tuvieron con las posibilidades revolucionarias de la informática como si pudiesen equivaler al papel que en el siglo XIX jugó el ferrocarril. Pero el siglo XIX fue la juventud del capitalismo en el que tenía todavía todo el mundo por conquistar y por convertir en su mercado. Es dudoso que el capitalismo, con el grado alcanzado por la tendencia a la baja de la tasa de ganancia (por composición orgánica del capital: + maquinas – trabajo vivo), la reducción de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, la desaparición de los mercados extra-capitalistas (globalización, China, India, Brasil más capitalistas que nunca) pueda encontrar con las nuevas tecnologías la suficiente “locomotora”.

Si se produjese un descubrimiento tecnológico y organizativo que permitiese un aumento notable de la productividad del trabajo y por consiguiente de sus posibilidades de explotación (como no lo logró la “revolución” informática), se contrarrestaría la tendencia a la baja de la tasa de ganancia gracias a una mayor productividad e incluso por un abaratamiento de los medios de producción. Pero quedaría el problema de la demanda solvente, tanto de los trabajadores como en los mercados en general que no se resuelve automáticamente, sino a cuenta de sueldos mayores y créditos, a falta de un mercado extra-capitalista. Y la innovación tecnológica encontraría su techo en la automatización generalizada pues entonces no sería posible la explotación del trabajo vivo lo que daría lugar a una nueva contradicción resoluble sólo con el poder de los trabajadores o alguna nueva sociedad tecno-burocrática.

Sin esperar esos “milagros”, tal vez encuentren incentivo suficiente en dichas inversiones si vienen acompañadas por la compensación del aumento de la composición orgánica del capital (+ maquinaria - trabajo vivo) por una superexplotación de los trabajadores. En esa dirección va la pretensión europea de la semana laboral de 65 horas. El sector de producción de bienes de producción (maquinaria) sólo tiene sentido y puede rentabilizarse a la larga, si desemboca en satisfacer necesidades humanas, asegurar la existencia, el sector de los bienes de consumo, de lo contrario, se produzca lo que se produzca, sería parecido a la producción de armamento, un despilfarro a nivel global, aunque para la empresa privada sea su mercancía fuente de ganancia. Pero una reducción brutal de la capacidad adquisitiva de los trabajadores y de su tiempo extra-laboral, con su agotamiento nervioso y vital, supondría a la larga una reducción de la capacidad de la demanda solvente y por tanto una reducción en el mercado, necesario para que la plusvalía (sobre-trabajo explotado) extraída en el proceso de producción, se pueda traducir en ganancia dineraria revertirle en la posterior reinversión y acumulación de capital. A no ser que se empiece a hacer trampas a lo bestia con la ley del valor y se cree alguna especie de capitalismo de Estado, sociedad tecno-burocrática; como la URSS conoció la descompensación entre ambos sectores de la producción (hipertrofia en bienes producción –armamento- y atrofia en bienes consumo).

En suma, el capitalismo y las sociedades de clase suponen un cúmulo de contradicciones cuando la finalidad directa no es satisfacer las necesidades humanas, sino que esto es un medio para la ganancia dineraria y los privilegios de la clase dominante, a través del cual sólo algunas necesidades humanas, y otras mediatizadas por el sistema, son satisfechas.
En el supuesto de que fuese necesario para salvar el planeta y superar la miseria del tercer mundo aumentar la jornada laboral en los países ricos, ello debiera ser en base a la previa superación de las desigualdades y despilfarros del capitalismo. No es de recibo trabajar más para ser más explotados, para que el poder en la empresa y la sociedad los siga controlando la burguesía, para que se despilfarre en la carrera de armamentos, los directivos ganen más de 300 veces lo del trabajador medio, siga el tercer mundo en la miseria con las hambrunas y las guerras de la desintegración de sus sociedades, y para colmo no se garantice que evitemos más crisis, y toda la previsión de futuro se venga abajo incluso con una guerra termonuclear.

El capitalismo vive la era de la decadencia en la que su dinamismo progresista hace tiempo se ha agotado, salvo para el crecimiento artificial basado en la especulación, el crédito, y esta crisis financiera y productiva está demostrando que esos recursos de “huida hacia adelante” y trampeo, ya están alcanzando también sus límites. La crisis de sobreacumulación de capital y sobreproducción, la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, llevan a que en las próximas décadas, lo más probable, una crisis suceda a otra tras periodos breves de relanzamiento moderado o estancamiento. En todo este proceso el “cada uno para sí” y la mentalidad expresada abiertamente por Berlusconi, tenderán a imponerse por el imperativo de la competencia entre los capitalistas organizados desde sus estados.

Es decir, que el capital permanentemente va a encontrar “justificaciones” para no tomar todas las medidas necesarias para luchar contra el cambio climático. De hecho, la lógica del capital es en lo más profundo contraria a la dinámica necesaria para afrontar en las mejores condiciones y de modo contundente este problema crucial, y genera nuevas contradicciones, como hemos visto con los agro-combustibles y la provocada crisis alimentaria.

Rajendra Pachauri, Presidente del IPCC (Panel Internacional de Cambio Climático) y Nobel de la Paz ha manifestado a raíz de esta reunión de la UE “Si no se hace nada en tres o cinco años, las consecuencias serían graves” (El País, 16 oct. pág 37).

En esta crisis ya se han vivido los factores del desastre futuro. El precio del petróleo ha subido en parte porque resulta más difícil aumentar su producción en breve. Los alimentos en parte han subido porque los encarece la “alternativa” de los bio-combustibles utilizados.

Pero esto no es lo peor. Esta crisis es un adelanto de lo que vendrá. Además de la crisis climática, tenemos en poco tiempo el fin de la era del petróleo fácil y barato y un serio problema con la creciente población mundial combinado con su envejecimiento. Ya hay previsiones sobre el cambio climático, la escasez de agua, que anuncian graves desastres para mediados de este siglo (ver “El Informe Sterne” Paidós, 2007). Y el capitalismo no va a vivir una nueva era dorada, sino que se arrastrará con nuevas crisis a cuál más profunda y la correspondiente postergación de la lucha contra el cambio climático.

Por todo, sin riesgo de caer en el alarmismo podemos decir que esta crisis es la primera de una nueva era. La era de la mega-crisis de la civilización capitalista y con ella de la Humanidad. En poco tiempo acabarán confluyendo y combinándose la crisis estrictas de la economía, la crisis del fin del petróleo, la crisis demográfica y la crisis climática, amén de posibles crisis militares o de salud (pandemias difundidas por todo el mundo).

El futuro de catástrofe está próximo, en pocas décadas, tal vez para los años 50, y sabido es que si desde ahora no se toman medidas contundentes, mañana y pasado mañana será demasiado tarde como una y otra vez nos están avisando los científicos

La irracionalidad y rapacidad del capitalismo por su imperativo del beneficio a corto plazo, conlleva que no haya la planificación que la Humanidad necesita y que los costes ambientales no sean considerados en los costos económicos (1). El capitalismo es el factor principal que explica por qué la Humanidad se encuentra hoy a las puertas de una crisis planetaria que afecta a la biosfera y pone en riesgo hasta su supervivencia o en el mejor de los casos un empeoramiento notable de sus condiciones de existencia incluso biológicas. Eso sin contar con que la agudización de los problemas, la competencia internacional, los conflictos internacionales, no nos arrastren a una guerra que podría acabar, teniendo en cuenta los arsenales existentes, en lo nuclear y con ello el final.

Vista la irresponsabilidad de la burguesía, sus políticos, sus estados, y que es el mismo sistema capitalista el que condiciona, premia, esa irresponsabilidad, no debemos albergar esperanzas en que ellos sean capaces de librarnos del desastre. Todo apunta a que el capital se dirige rumbo a la catástrofe.

Si otra víctima de la crisis es la lucha contra el cambio climático, la víctima final es la Humanidad y en particular los trabajadores del mundo, no sólo porque constituimos la mayoría del género humano, sino porque sufriremos paso a paso todos los costes económicos, sociales, biológicos, del proceso, incomparablemente más de lo que los sufrirán los ricos.

Nuestra salvación requiere de una política independiente de la burguesía que sólo las masas trabajadoras podemos levantar, para presentar una alternativa coherente a este sistema social, un Programa por unas transformaciones que liberen a la Humanidad del capitalismo y nos de una oportunidad real de sobrevivir en las mejores condiciones, evitando o paliando con un criterio de justicia y humanidad los desastres que se avecinan.

Si algo conseguimos evitar será porque desde ahora tomemos plena conciencia de que el capitalismo nos conduce a la mega-crisis de la civilización capitalista y con ella de la Humanidad y el planeta; que debemos luchar y levantar un movimiento internacional de trabajadores en lucha por su propio programa capaz de superar todo lo que el capitalismo significa.

Sin duda he presentado cuestiones que necesitan de una mayor maduración pero las lanzo para que otros puedan aportar lo suyo y así avanzar todos. Que cien flores se desarrollen y florezca el pensamiento alternativo hasta lograr un pensamiento superior con el que poder transformar el mundo.

A quienes os interese esta orientación, para profundizar en ella y a fin de evitar repetirme os invito a leer mi artículo publicando en kaosenlared titulado “Capitalismo en crisis pero ¡nosotros también!. Programa Transformaciones. Mega-crisis próxima. Cosmovisión.”, colocado en la sección especial “el capitalismo en la bancarrota” el 10 de octubre. Y “Proletariado o tecnoburocracia ¿de quién será el futuro?”.

Para localizarlos y conocer otros que voy publicando en kaosenlared net, con el buscador de kaosenlared por Aurora Despierta luego seleccionad por Autor y Procedencia, Ordenado por Fecha, y Durante los últimos Todo Kaos, Buscar. (fijarse en la firma, no son míos todos los que aparecen, sí “Siglo XXI, perspectivas”).

(1) Sólo la deforestación tiene un coste anual entre dos y cinco billones de dólares, más que lo que ha supuesto el colapso de Wall Street (El País, 16 oct. pag 37)

martes, 7 de octubre de 2008

Walden Bello: Todo lo que usted quiere saber sobre el origen de esta crisis pero teme no entenderlo



Todos nos hacemos estas preguntas sobre la actual crisis financiera: ¿ya pasó lo peor? ¿Qué causó el colapso del centro neurálgico del capitalismo global? ¿Fue la codicia? ¿Fue el de Wall Street un caso de alguacil alguacilado? ¿Fue falta de regulación? Pero ¿no hay nada más? ¿No hay nada sistémico? ¿Qué tiene que ver la crisis de sobreproducción de mediados de los años 70 con los acontecimientos recientes? ¿Qué pasó, pues? ¿Cómo trató de resolver el capitalismo la crisis de sobreproducción? ¿En qué consistió la reestructuración neoliberal? ¿En qué medida la globalización de los 80 y los 90 fue una respuesta a la crisis de los 70? ¿Por qué la globalización no pudo superar la crisis? ¿Cuáles fueron los problemas de la financiarización como vía de salida a la crisis de sobreproducción de los 70? ¿Por qué la financiarización es tan volátil? ¿Cómo se forman, crecen y estallan las burbujas? ¿Cómo se formó la presente burbuja inmobiliaria? ¿Y cómo creció? ¿Cómo pudieron las hipotecas subprime degenerar en un problema de tales dimensiones? ¿Y cómo es posible que los titanes de Wall Street se desplomaran como un castillo de naipes? ¿Qué pasará ahora?

Todos, en efecto, nos hacemos esas preguntas. Pero pocos pueden tratar de contestarlas con la insólita combinación de elegancia, profundidad, claridad y extremada sencillez del economista y politólogo Walden Bello. Y mucho menos en apenas 4000 palabras.

El derrumbe de Wall Street no se debe solo a la codicia y a la falta de regulación estatal de un sector hiperactivo. Procede también, y sobre todo, de la crisis de sobreproducción que ha venido minando al capitalismo remundializado desde mediados de los 70. Así ve esta crisis de fin de época Walden Bello.
Revista Sin Permiso
05/10/08

Muchos en Wall Street todavía están digiriendo los acontecimientos epocales de las últimas semanas:

* Entre 1 y 3 billones de dólares de activos financieros evaporados.

* Wall Street, nacionalizado, con la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro tomando todas las decisiones estratégicas importantes en el sector financiero, y a todo eso, con un gobierno que, tras el rescate de AIG, pasa a dirigir la mayor compañía aseguradora del mundo.

* El mayor rescate desde la gran depresión, con 700 mil millones de dólares reunidos a la desesperada para salvar al sistema financiero global.

Las explicaciones habituales ya no bastan. Los acontecimientos extraordinarios precisan de explicaciones extraordinarias. Pero antes…

¿Ya pasó lo peor?

No, si algo ha quedado claro con los movimientos contradictorios de estas semanas en que, al tiempo que se permitía la quiebra de Lehman Brothers, se nacionalizaba AIG y se fraguaba la toma de control de Merril Lynch por el Bank of America, es que no hay una estrategia para afrontar la crisis; a lo sumo, respuestas tácticas, como bomberos que se pisan la manguera, abrumados por la magnitud del incendio.

El rescate de 700 mil millones de dólares de las obligaciones hipotecariamente respaldadas en poder de los bancos no es una estrategia, sino, básicamente, un esfuerzo a la desesperada para restaurar la confianza en el sistema, para prevenir la erosión de la fe en los bancos y en otras instituciones financieras y para evitar una afluencia masiva de retirada de fondos de los bancos como la que desencadenó la Gran Depresión de 1929.

¿Qué causó el colapso del centro neurálgico del capitalismo global? ¿Fue la codicia?

La vieja y venerada codicia jugó su parte. A eso se refería Klaus Schwab, el organizador del Foro Económico Mundial, el jamboree de la elite global celebrado anualmente en los Alpes suizos, cuando dijo a su clientela en Davos este año: "Tenemos que pagar por los pecados del pasado".

¿Fue el de Wall Street un caso de alguacil alguacilado?

Desde luego. Los especuladores financieros rizaron el rizo hasta confundirse ellos mismos con la creación de contratos financieros más y más complejos, como los derivados, tratando de ganar dinero a partir de todo tipo de riesgos (incluidos exóticos instrumentos de futuros, como los credits default swaps o contratos de protección de derivados crediticios, que permitían a los inversores apostar, por ejemplo, a que los prestatarios de la propia corporación bancaria ¡no serían capaces de devolver su deuda! Tal es el comercio multibillonario no-regulado que acabó tumbando a AIG.

El 17 de diciembre de 2005, cuando la International Financing Review (IFR) anunció sus premios anuales del año –uno de los programas de premios más prestigioso del sector—, dejó esto dicho:

"Lehman Brothers no sólo mantuvo su presencia global en el mercado, sino que dirigió la penetración en el espacio de preferencia … desarrollando nuevos productos y diseñando transacciones capaces de subvenir a las necesidades de los prestatarios … Lehman Brothers es el más innovador en el espacio de preferencia precisamente por hacer cosas que no pueden verse en ningún otro sitio."

Huelgan comentarios.

¿Fue falta de regulación?

Sí. Todo el mundo reconoce ahora que la capacidad de Wall Street para innovar y excogitar instrumentos financieros más y más sofisticados ha ido mucho más allá de la capacidad regulatoria del Estado, y no porque el Estado no fuera capaz de regular, sino porque la actitud neoliberal, de laissez-faire, imperante impidió al Estado diseñar mecanismos efectivos de regulación.

Pero ¿no hay nada más? ¿No hay nada sistémico?

Bien, Georges Soros, que lo vio venir, dice que lo que estamos pasando es la crisis del sistema financiero, la crisis del "gigantesco sistema circulatorio" de un "sistema capitalista global … que está reventando por las costuras".

Para seguir con la idea del archiespeculador, a lo que estamos asistiendo es a la intensificación de una de las crisis o contradicciones centrales del capitalismo global, cual es la crisis de sobreproducción, también conocida como sobreacumulación o sobrecapacidad.

Se trata de la tendencia del capitalismo a construir una ingente capacidad productiva que termina por rebasar la capacidad de consumo de la población debido a las desigualdades que limitan el poder de compra popular, lo cual termina por erosionar las tasas de beneficio.

Pero, ¿qué tiene que ver la crisis de sobreproducción con los acontecimientos recientes?

Muchísimo. Pero, para entender la conexión, tenemos que retrotraernos a la llamada Época Dorada del capitalismo contemporáneo, al período comprendido entre 1945 y 1975.

Fue un período de rápido crecimiento, tanto en las economías del centro como en las subdesarrolladas, un crecimiento propulsado, en parte, por la masiva reconstrucción de Europa y del Este asiático tras la devastación de la II Guerra Mundial, y en parte, por la nueva configuración socio-económica institucionalizada bajo el nuevo estado keynesiano. Un aspecto clave de esta última fueron los severos controles estatales de la actividad de mercado, el uso agresivo de políticas fiscales y monetarias para minimizar la inflación y la recesión, así como un régimen de salarios relativamente altos para estimular y mantener la demanda.

¿Qué pasó, pues?

Bien, este período de elevado crecimiento terminó a mediados de los 70, cuando las economías del centro se vieron inmersas en la estanflación, es decir, en la coexistencia de un bajo crecimiento con una inflación alta, lo que la teoría económica neoclásica suponía imposible.

Sin embargo, la estanflación no era sino el síntoma de una causa más profunda, a saber: la reconstrucción de Alemania y del Japón, así como el rápido crecimiento de economías en vías de industrialización, como Brasil, Taiwán y Corea del Sur, añadió una enorme capacidad productiva e incrementó la competición global, mientras que la desigualdad social, dentro de cada país, y entre países, limitó globalmente el incremento del poder adquisitivo y de la demanda, resultando así erosionada la tasa de beneficio. La drástica subida del precio del petróleo en los setenta no hizo sino agravar la cosa.

¿Cómo trató de resolver el capitalismo la crisis de sobreproducción?

El capital ensayó tres vías de salida del atolladero de la sobreproducción: la reestructuración neoliberal, la globalización y la financiarización.

¿En qué consistió la reestructuración neoliberal?

La reestructuración neoliberal tomó la forma del reaganismo y del thatcherismo en el Norte y del ajuste estructural en el Sur. El objetivo era la revigorización de la acumulación de capital, lo que se consiguió: 1) removiendo las restricciones estatales al crecimiento, al uso y a los flujos de capital y de riqueza; y 2) redistribuyendo el ingreso de las clases pobres y medias a los ricos, de acuerdo con la teoría de que se motivaría así a los ricos para invertir y alimentar el crecimiento económico.

El problema de esa fórmula era que, al redistribuir el ingreso en favor de los ricos, estrangulaba el ingreso de los pobres y de las clases medias, lo que provocaba la restricción de la demanda, sin necesariamente inducir a los ricos a invertir más en producción.

De hecho, la reestructuración neoliberal, que se generalizó en el Norte y en el Sur a lo largo de los años ochenta y noventa, tuvo unos pobres registros en términos de crecimiento: el crecimiento global promedio fue de un 1,1% en los 90 y de un 1,4 en los 80, mientras que el promedio en los 60 y en los 70, cuando las políticas intervencionistas eran dominantes, fue, respectivamente, de un 3,5% y de un 2,54%. La reestructuración neoliberal no pudo terminar con la estanflación.

¿En qué medida la globalización fue una respuesta a la crisis?

La segunda vía de escape global ensayada por el capital para enfrentarse a la estanflación fue la "acumulación extensiva" o globalización, es decir, la rápida integración de las zonas semicapitalistas, no-capitalistas y precapitalistas a la economía global de mercado. Rosa Luxemburgo, la celebrada economista y revolucionaria alemana, se percató de este mecanismo hace mucho tiempo, viéndolo como un mecanismo necesario para restaurar la tasa de beneficio en las economías metropolitanas. ¿Cómo? Ganando acceso al trabajo barato; ganando mercados, aun si limitados, nuevos; ganando nuevas fuentes de productos agrícolas y de materia primas baratos; y creando nuevas áreas para inversión en infraestructura. La integración se produce a través de la liberalización del comercio, removiendo los obstáculos a la movilidad del capital y aboliendo las fronteras para la inversión exterior.

China, ni que decir tiene, es el caso más destacado de un área no-capitalista integrada en la economía capitalista global en los últimos 25 años.

Para contrarrestar sus declinantes beneficios, un considerable número de corporaciones empresariales situadas entre las primeras 500 del ranquin de la revista Fortune han trasladado una parte significativa de sus operaciones a China, a fin de aprovechar las ventajas del llamado "precio chino" (las ventajas de costes derivadas de un trabajo barato chino aparentemente inagotable). A mediados de la primera década del siglo XXI, entre el 40 y el 50 por ciento de los beneficios de las corporaciones estadounidenses dimanaban de sus operaciones y ventas en el exterior, y señaladamente, en China.

¿Por qué la globalización no pudo superar la crisis?

El problema con esta vía de salida del estancamiento es que exacerba el problema de la sobreproducción, porque añade capacidad productiva. La China de los últimos 25 años ha venido a añadir un volumen tremendo de capacidad manufacturera, lo que ha tenido por efecto deprimir los precios y los beneficios. No por casualidad, los beneficios de las corporaciones estadounidenses dejaron de crecer hacia 1997. De acuerdo con un índice estadístico, las tasas de beneficios de las 500 de Fortune pasaron de 7,15 en 1960-69 a 5,30 en 1980-90, a 2,29 en 1990-99 y a 1,32 n 2000-2002.

Dadas las limitadas ganancias obtenidas en punto a contener el impacto depresivo de la sobreproducción, ya a través de la reestructuración neoliberal, ya con la globalización, la tecera vía de salida resultó vital para mantener y elevar la rentabilidad. La tecera vía es la financiarización.

En el mundo ideal de la teoría económica neoclásica, el sistema financiero es el mecanismo, merced al cual los ahorradores, o quienes se hallan en posesión de fondos excedentes, se juntan con los empresarios que tienen necesidad de sus fondos para invertir en producción. En el mundo real del capitalismo tardío, con la inversión en industria y en agricultura arrojando magros beneficios por causa de la sobreproducción, grandes cantidades de fondos excedentes circulan y son invertidas y reinvertidas en el sector financiero. Es decir, el sistema financiero gira sobre sí mismo.

El resultado es que se ensancha el hiato abierto entre una economía financiera hiperactiva y una economía real en estancamiento. Como bien observa un ejecutivo financiero: "ha habido una creciente desconexión entre la economía real y la economía financiera en estos últimos años. La economía real ha crecido, pero nada comparable a la economía financiera… hasta que estalló".

Lo que no nos dice este observador es que la desconexión entre la economía real y la economía financiera no es accidental: que la economía financiera se disparó precisamente para hacer frente al estancamiento dimanante de la sobreproducción de la economía real.

¿Cuáles fueron los problemas de la financiarización como vía de salida?

El problema de invertir en operaciones del sector financiero es que equivale a exprimir valor de valor ya creado. Puede crear beneficios, de acuerdo, pero no crea nuevo valor –sólo la industria, la agricultura, el comercio y los servicios crean valor nuevo—. Puesto que los beneficios no se basan en la creación de valor nuevo o añadido, las operaciones de inversión resultan extremadamente volátiles, y los pecios de las acciones, las obligaciones y otras formas de inversión pueden llegar a divergir radicalmente de su valor real: por ejemplo, las acciones en empresas incipientes de Internet, que se mantuvieron por un tiempo al alza, sostenidas principalmente por valoraciones financieras en espiral, para luego desplomarse. Los beneficios dependen, entonces, del aprovechamiento de las ventajas ofrecidas por movimientos de precios que divergen al alza del valor de las mercancías, para vender oportunamente antes de que la realidad fuerce la "corrección" a la baja para ajustarse a los valores reales. El alza radical de los precios de un activo, mucho más allá de los valores reales, es lo que se llama la formación de una burbuja.

¿Por qué la financiarización es tan volátil?

Con la rentabilidad dependiendo de golpes especulativos, no resulta sorprendente que el sector financiero vaya de burbuja en burbuja, o de una manía especulativa a otra.

Puesto que está sostenido por una manía especulativa, el capitalismo inducido financieramente no ha dejado de batir registros en materia de crisis financieras desde que los mercados de capitales fueron desregulados y liberalizados en los 80.

Antes de la actual debacle de Wall Street, las más explosivas fueron la crisis financiera mexicana de 1994-95, la crisis financiera asiática de 1997-1998, la crisis financiera rusa de 1996, el colapso del mercado de valores de Wall Street de 2001 y el colapso financiero argentino de 2002.

El antiguo secretario del Tesoro con Bill Clinton, un hombre de Wall Street –Rober Rubin—, predijo hace cinco años que "las crisis financieras futuras serán con casi toda seguridad inevitables, y podrían llegar a ser hasta peores."

¿Cómo se forman, crecen y estallan las burbujas?

Sirvámonos, a modo de ejemplo, de la crisis financiera asiática de 1997-98.

* Primero: balanza de pagos y liberalización financiera impuestas por el FMI y el Departamento noteamericano del Tesoro.

* Luego, entrada de fondos extranjeros en busca de rápida y elevada rentabilidad, lo que significa que entraron en el Mercado inmobiliario y en el Mercado de valores.

* Sobreinversión, lo que llevó al desplome de los precios en el Mercado de valores y en el Mercado inmobiliario, lo que, a su vez, condujo al pánico y a la consiguiente retirada de fondos: en 1997, en unas pocas semanas 100 mil millones de dólares abandonaron las economías del este asiático.

* Rescate de los especuladores extranjeros por parte del FMI.

* Colapso de la economía real: la recesión se extiende por todo el Este asiático en 1998.

* A pesar de la desestabilización a gran escala, todos los intentos realizados para imponer regulaciones nacionales o globales del sistema financiero fueron rechazadas con razones puramente ideológicas.

Volvamos a la presente burbuja. ¿Cómo se formó?

El actual colapso de Wall Street arraiga en la burbuja tecnológica de fines de los 90, cuando el precio de las acciones de las empresas incipientes en el mundo de Internet se disparó, para luego desplomarse, resultando todo ello en la pérdida de activos por valor de 7 billones de dólares y en la recesión de 2001-2002.

Las laxas políticas monetarias de la Rerserva Federal bajo Alan Greenspan estimularon la burbuja tecnológica, y cuando ésta colapsó dando paso a la recesión, Greenspan, tratando de prevenir una recesión duradera, rebajó en junio de 2003 los tipos de interés a un nivel sin precedentes en 45 años (al 1%), manteniéndolo en ese nivel durante más de un año. Con eso lo que consiguió fue estimular la formación de otra burbuja: la burbuja inmobiliaria.

En fecha tan temprana como 2002, economistas como Dean Baker, del Center for Economic Policy Research, alertaron sobre la formación de una burbuja inmobiliaria. Sin embargo, en fecha tan tardía como 2005 el entonces presidente del Consejo Económico de asesores de la Presidencia de la nación y actual presidente de la Reserva Federal, Bern Bernanke, atribuía el incremento de los precios de la vivienda en EEUU a "unos fundamentos económicos robustos", y no a la actividad especulativa. ¿A quién puede sorprender que el estallido de la crisis subprime en verano de 2007 pillara a este hombrecito con la guardia totalmente baja?

¿Y cómo creció?

Oigámoslo de boca de uno de los propios jugadores clave en los mercados, de George Soros: "Las instituciones hipotecarias animaron a los hipotecados a refinanciar sus hipotecas aprovechando la revalorización experimentada entretanto por sus casas. Rebajaron sus criterios de préstamo e introdujeron nuevos productos, como hipotecas a interés variable, hipotecas que 'sólo servían intereses' y 'ofertas promocionales' con tipos de interés para partirse de risa. Todo eso animó a especular con la vivienda. Los precios de las casas comenzaron a subir a un ritmo de dos dígitos. Eso sirvió para retroalimentar la especulación, y el alza de los precios inmobiliarios consiguió que los propietarios de casas se sintieran ricos; el resultado fue el boom consumista que ha sostenido a la economía estos últimos años."

Observando las cosas más de cerca, se ve que la crisis hipotecaria no resultó de una oferta superior a la demanda real. La "demanda" estaba, por mucho, fabricada por la manía especulativa de promotores y financieros empeñados en conseguir grandes beneficios a partir de su acceso al dinero foráneo que inundó a los EEUU de la última década. Ingentes volúmenes hipotecarios fueron agresivamente ofrecidos y vendidos a millones de personas que, normalmente, no habrían podido permitírselo ofreciéndoles unos tipos de interés ridículamente bajos, ulteriormente ajustables para sacar más dinero de los propietarios de casas.

¿Pero cómo pudieron las hipotecas subprime degenerar en un problema de tales dimensiones?

Porque los activos pasaron entonces a ser "segurizados": quienes habían generado las hipotecas, procedieron a amalgamarlas con otros activos en complejos productos derivados llamados "obligaciones de deuda colateralizada" (CDO, por sus siglas en inglés), lo cual resultó relativamente fácil dado que trabajaban con diversos tipos de intermediarios que, sabedores del riesgo, se deshacían de esos títulos de valores lo más rápidamente posible, pasándolos a otros bancos e inversores institucionales. Esas instituciones, a su vez, se deshacían del producto, pasándolo a otros bancos y a instituciones financieras foráneas.

Cuando aumentaron los tipos de interés de los préstamos subprime, de las hipotecas variables y de otros préstamos inmobiliarios, el juego tocó a su fin. Hay cerca de 6 millones de hipotecas subprime, el 40% de las cuales entrarán en impago en los próximos dos años, según estimaciones de Soros.

A los que hay que añadir otros 5 millones de impagos en los próximos 7 años, derivados de los tipos hipotecarios variables y de otros "préstamos flexibles". Pero los títulos, cuyo valor se cuenta por billones de dólares, ya se han infiltrado como un virus en el sistema financiero global. El gigantesco sistema circulatorio del capitalismo global ha sido fatalmente infectado.

¿Pero cómo pudieron los titanes de Wall Street desplomarse como un castillo de naipes?

Lo que ocurrió con Lehman Brothers, Merrill Lynch, Fannie Mae, Freddie Mac y Bear Stearns fue, simplemente, que las pérdidas representadas por esos títulos tóxicos rebasaban por mucho sus reservas, lo que condujo a su caída. Y más caerán, probablemente, cuando sus libros de contabilidad, en los que ahora esos títulos figuran en el Haber, se corrijan para reflejar el actual valor de esos activos.

Y muchos otros les seguirán, a medida que vayan quedando expuestas otras operaciones especulativas, como las centradas en las tarjetas de crédito y en las diferentes variedades de seguros contra riesgos. AIG cayó por causa de su gigantesca exposición en el área no-regulada de los contratos de protección crediticia derivada (credit default swaps), unos derivados financieros que permitían a los inversores apostar dinero a la posibilidad de que las empresas no pudieran devolver los préstamos.

Tales apuestas sobre impagos crediticios representan ahora un mercado de 45 billones de dólares, un mercado, como se ha dicho, que carece de toda regulación. La ciclópea dimensión de los activos que podrían quedar dañados en caso de que AIG colapsara fue lo que movió a Washington a cambiar de idea e intervenir para rescatarlo, luego de haber dejado caer a Lehman Brothers.

¿Qué pasará ahora?

Puede decirse sin avilantez que habrá más bancarrotas y más nacionalizaciones e intervenciones públicas, desempeñando las instituciones y los bancos extranjeros un papel auxiliar del gobierno de los EEUU. Que el colapso de Wall Street irá a más y prolongará la recesión norteamericana. Y que la recesión en EEUU se comunicará a Asia y al resto del mundo, que sufrirá también una recesión, si no algo peor. La razón de esto último es que el principal mercado exterior de China son los EEUU y que China, a su vez, importa materias primas y bienes intermedios –de los que se sirve para sus exportaciones a los EEUU— de Japón, Corea y el Sudeste asiático. La globalización ha hecho imposible el "desacoplamiento". Los EEUU, China y el Este asiático andan ahora como tres prisioneros atados a una misma cadena.

¿Y en suma?

El desplome de Wall Street no sólo se debe a la codicia y a la falta de regulación estatal de un sector hiperactivo. El colapso de Wall Street hunde sus raíces en la crisis de sobreproducción que ha sido la plaga del capitalismo global desde mediados de los 70.

La financiarización de la inversión ha sido una de las vías de escape para salir del estancamiento, siendo las otras dos la reestructuración neoliberal y la globalización. Habiendo resultado de poco alivio la reestructuración neoliberal y la globalización, la financiarización pareció atractiva como mecanismo de restauración de la rentabilidad. Pero lo que ahora ha quedado demostrado es que la financiarización es una senda peligrosa que lleva a la formación de burbujas especulativas, capaces de ofrecer una efímera prosperidad a unos cuantos, pero que terminan en el colapso empresarial y en la recesión de la economía real.

Las cuestiones clave son éstas: ¿Cuán profunda y duradera será esta recesión? ¿Necesitará la economía de los EEUU generar otra burbuja especulativa para salir de esta recesión? Y si tal es el caso, ¿dónde se formará la siguiente burbuja? Algunos dicen que la próxima surgirá en el complejo militar-industrial o en el "capitalismo del desastre" sobre el que escribe Naomi Klein. Pero eso es harina de otro costal.

Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista senior en Focus on the Global South.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón y Mínima Estrella

viernes, 3 de octubre de 2008

LA LUCHA DE CLASES EN LA EDUCACIÓN

LA COMPRENSIVIDAD COMO ESTRATAGEMA
(LA LUCHA DE CLASES EN LA EDUCACIÓN)

Salustiano MARTÍN

1. Comprensividad: todos los conocimientos para todos en un sistema único.

Como todas las palabras que hacen referencia a la realidad social, "comprensividad" es una forma lingüística que identifica un significado denotativo básico, aquel que se hace jugar en el debate ideológico con la intención, no confesada, de camuflar su verdadero significado práctico. El término se refiere a lo que se supone que sucede en el espacio educativo cuando se ha hecho extensiva la educación básica a toda la población: todos los conocimientos que antes recibía una minoría, ahora, se supone (eso parece denotar la palabra), se encuentran al alcance de todos los ciudadanos en un sistema educativo que, también se supone (dentro de la presunta denotación del término), debería ser único para cumplir con ese cometido universal e igualitario. Si se utiliza el término para identificar lo que sucede en un espacio educativo en que cualquiera de esas presuposiciones está ausente, entonces, simplemente se comete un fraude ideológico, se miente con intención de engañar. Resumiendo: si el sistema educativo no es único (por ejemplo, si se trata de dos redes escolares distintas), la universalidad en la escolarización podrá ser cierta, pero no lo será la igualdad, puesto que cada subsistema educativo tenderá a producir un cierto tipo de currículo, un cierto tipo de relación educativa en el seno de los establecimientos escolares y un cierto tipo de ser humano; así, los conocimientos que se pretenda que obtenga toda la población no serán los mismos conocimientos, y sucederá que, según el origen social y las expectativas culturales, unos (los que han de ser preparados para trabajar y obedecer al servicio y según el interés de los otros) alcanzarán un pálido y fragmentado reflejo de lo que conseguirán los otros (aquellos que deben prepararse para ser la autoridad, los conformadores de la opinión, los estrategas de la causa burguesa, los empresarios de los trabajadores). Así, si el sistema no es estrictamente único, habrá una parte muy importante de la población que no conseguirá todos los conocimientos (incluso si considerados sólo los básicos), y habrá, también, quienes apenas alcancen ningún conocimiento académico serio.

2. Hacia la comprensividad: historia de un camuflaje.

La idea de la extensión universal de la educación ha sido generalmente puesta en práctica (aunque siempre con ciertos límites, más o menos sutiles o groseros) por las fuerzas políticas progresistas (casi siempre, sin embargo, inscritas en el espacio social y cultural de las clases dominantes) y ha encontrado resistencias obvias en los conservadores (el grueso de aquellas clases), nada interesados en extender la instrucción/educación a los "desharrapados". Tal extensión no se ha producido de golpe, sino que (como la lenta construcción paralela de la democracia, lógicamente relacionada con ella) ha ido siendo conseguida, no sin luchas y retrocesos, progresivamente. Mientras se ha tratado, simplemente, de proporcionar cierta educación a las clases "laboriosas", ésta se ha limitado a las edades tempranas y a un barniz cultural que estuviera de acuerdo con el tipo de lugar social al que se destinaba a esas capas de la población y con los trabajos a que, de antemano, se las veía destinadas. En todos estos casos, el destino reservado a estas clases no lo era por alguna fatalidad de su naturaleza, sino por los poderes fácticos dominantes en la sociedad (de nuevo, en paralelo con los modos de desarrollarse la evolución hacia la democracia: cuanta más democracia sustancial -que no formal o demagógica- más educación, y viceversa).

En este desarrollo (es decir, en esta lucha por empujar el desarrollo hacia un aumento de los años de escolarización y hacia el crecimiento en la instrucción de los niños de las clases subalternas) tuvo el movimiento obrero un lugar fundamental. Antes que nada, para que los niños pudieran estudiar se hacía preceptivo que dejaran de trabajar, que era lo que se veían obligados a hacer desde los cuatro o los cinco años, por ejemplo, en las primeras décadas de la revolución industrial inglesa (como documenta el estudio de Engels sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra a mediados del siglo XIX). Las horas de trabajo fueron, primero (es decir, cuando el clamor contra la repugnante explotación -y degradación física, psicológica y moral- de los niños se hizo preocupante para la burguesía dominante), malamente compartidas con la horas de escuela y, luego, progresivamente eliminadas en edades que iban siendo poco a poco crecientes. Repito: la clase obrera (sus organizaciones, sus órganos de prensa) lidiaron una permanente batalla en ese sentido. Puesto que se trataba de la necesidad de educación para todos los niños de la clase obrera, era francamente inviable que esa educación, si había de ser adecuada a las necesidades culturales de la clase obrera en lucha por su hegemonía, fuera proporcionada por las propias organizaciones de los trabajadores (por las casas del pueblo, por ejemplo, o por las escasas escuelas anarquistas).

En el transcurso de las décadas que contemplaron esa lucha, se llegó a la conformación, primero, de dos sistemas, el que enseñaba "lo básico" (y ya se sabe quién identificaba lo básico, y para qué) a los hijos de los trabajadores y que no llevaba a ninguna parte (es decir, lo que podría haberse llamado sin dificultad "educación para la vida": la de los trabajadores, claro) y el que representaba el camino de los niños burgueses hacia el logro de los conocimientos que debían hacerles convertirse en intelectuales orgánicos de su clase (productores -y reproductores- de ideologías, de instituciones o de leyes) o en eficaces gestionadores de sus empresas. Andando el tiempo, los intereses inmediatos de los trabajadores y las necesidades del desarrollo capitalista hicieron más aconsejable el establecimiento de cierto tipo de continuidad a partir del primer sistema: la enseñanza laboral o profesional; y la diversificación del otro sistema hacia los estudios más técnicos y científicos (física, química, matemáticas, economía, ...), en relación con las nuevas necesidades tecnológicas de la industria y de la gestión empresarial. Los partidos obreros, por su parte, acabaron por reivindicar (por ejemplo, en España) la unificación de las respectivas primeras etapas en lo que ellos dieron en llamar "escuela única", a la que se suponía que deberían asistir todos los niños y niñas para adquirir todos los conocimientos necesarios (quedaba la ardua tarea de identificar para qué deberían ser necesarios y cuáles lo serían) dentro de un único sistema educativo. Tal reivindicación era, sin duda, coherente con las necesidades estratégicas de la lucha de la clase obrera por el logro de su hegemonía. Los partidos obreros y los sindicatos eran conscientes de la necesidad de conocimiento personal y colectivo por parte de los trabajadores. En todo caso, la idea de la "escuela única" (para todos) nunca se llevó a efecto en la práctica.

Sin embargo, hubo un momento de la historia de la educación en Europa en que pareció que sería posible. Después de 1945, la fuerza del movimiento obrero y la perentoria necesidad de contrarrestar la imagen de los países del (mal) llamado socialismo real (que podía ser atractiva para unos trabajadores no integrados en el consenso hegemónico del Estado capitalista), llevó a la burguesía a una relativa claudicación en este terreno. Poco a poco, aunque sin desmontar los sistemas que ya existían, la universalidad educativa se fue convirtiendo en un hecho. El término de "comprensividad" (es decir, la estratagema) hizo entonces su aparición. La teoría hablaba (aunque no siempre) de lo que la palabra significaba en su denotación; la práctica (siempre) derivaba hacia otros derroteros. La lucha ideológica en este terreno era un ir y venir de inconsecuencias y, en ese espacio absurdo, los que parecían saber mejor lo que estaban haciendo eran los que seguían sin querer saber nada del aprendizaje de (demasiados) conocimientos por parte de los trabajadores. En todo caso, en los muchos países en que no se trataba de un sistema único, la idea se había de degradar (y se degradó) hasta extremos grotescos: el propio funcionamiento de la enseñanza comprensiva, tal como los gobiernos decidieron que debía ser, proporcionó el mejor instrumento para lograr el deterioro de la enseñanza pública y la imposibilidad de rebasar (sino todo lo contrario) la existencia, nunca puesta en entredicho, de una alternativa para las élites dominantes. La comprensividad se entendió como la simplificación de los contenidos conceptuales para que los cortos hijos de los trabajadores no tuvieran problemas con su estudio, las cuestiones más estrechamente relacionadas con las disciplinas académicas se obviaron (porque para qué habían de necesitarlas los hijos de los trabajadores), la relación educativa se centró en el niño (aunque, sin duda, no en sus intereses verdaderos) y ello llevó a los autores del desaguisado a entronizar en el aula el juego y la actividad lúdica. Puesto que había que socializar a los niños, se hizo mucho hincapié en la educación en valores, aunque -alejada la instrucción seria, la autodisciplina y la voluntad de estudio, y olvidada por las madres y padres la educación coherente de sus hijos- los presuntos valores siguieron permaneciendo fuera de las aulas (la vida real), sin una posible encarnación en los conocimientos (de la sociedad y de la naturaleza) de los niños.

Por lo demás, la izquierda parecía no enterarse (sino todo lo contrario) de lo que pedía la ocasión. Tantos años esperando a que llegara el momento en que los trabajadores pudieran conquistar los conocimientos necesarios para el logro de su hegemonía cultural y política, y ahora, que se aumentaba el número de años de escolaridad de todos los niños y empezaba a hacerse posible su llegada en masa a los estudios superiores, los pedagogos y sociólogos de la izquierda parecían no querer saber nada de esos conocimientos (y de ese nuevo destino) y alababan como el no va más de la sabiduría lo que ellos llamaban "cultura popular", "lenguaje popular", "moral popular" (en fin, el folclore), lo que los trabajadores, presumiblemente, siempre habían tenido en sus manos sin saberlo y no les había servido para nada (a falta de un bagaje conceptual y reflexivo adecuado con que poder producir su propia cultura superior). Quienes decían esto provenían de la clase burguesa y habían hecho lo que la mayoría de los trabajadores nunca habían podido hacer y, a ese paso, nunca harían: estudiar a fondo las disciplinas humanísticas, sociales y científicas. Lo que ellos habían hecho era natural en ellos, pero no parecía serlo en los trabajadores. Por supuesto, buenos burgueses caritativos, querían evitar a los niños de las clases subalternas el sufrimiento del esfuerzo escolar, del disciplinamiento, del trabajo intelectual, de la lucha por la construcción de una voluntad al servicio de sus intereses. Por eso, la directividad se convirtió en la bicha horrible de la relación educativa y se escribieron majaderías monumentales al respecto (incluso en la pluma de prohombres de la sociología crítica de la educación, como Berstein); en fin, instruir en sentido fuerte y educar para la emancipación intelectual fueron acciones desalojadas de las aulas. De la idea de que la clase obrera tuviera que luchar intelectual y moralmente por el logro de su hegemonía cultural, estos burgueses hipercríticos parecían no saber nada. De repente, dejaron de considerar a las disciplinas escolares tradicionales como algo que los hijos e hijas de los trabajadores tuvieran que aprender, y las denostaron con su mejor insulto: se trataba de conocimientos académicos, inservibles, por tanto (?), para los hijos de los trabajadores, quienes en el futuro no sabrían qué hacer con ellos. En su lugar, debía enseñarse una mixtura de enseñanzas prácticas y valores sociales con que podrían salir adelante en su destino (la palabra volvía a aparecer, ahora en los discursos de los sociólogos y los pedagogos presuntamente críticos) de trabajadores. Esta fue la hora gloriosa del negocio (económico e ideológico) de la enseñanza privada financiada por el Estado.

3. La burguesía y la comprensividad: componendas y arreglos.

El sistema educativo comprensivo, por definición, debe ser único; en un marco escolar con una doble red financiada por el Estado, el sistema comprensivo, simplemente, no existe. Así, podemos decir que, en las condiciones actuales de la correlación de fuerzas en la lucha de clases, es imposible la existencia de un sistema educativo comprensivo. Lo mismo (y por la misma razón) que ha habido durante muchas décadas dos sistemas, uno para los hijos de los trabajadores y otro para los de la burguesía, hay ahora dos redes. Ambos espacios educativos, ahora como antes, cumplen las mismas finalidades: cada clase social requiere, según parece, un tipo de educación determinado. ¿Cómo pudo construir un partido presuntamente socialista una estructura escolar de este tipo? Sencillamente: primero, porque lo heredó en muy buena medida; segundo, porque el origen (y el arraigo) burgués de la mayor parte de sus dirigentes no hubiera hecho posible otra forma de actuar.

En todo caso, así están las cosas: existiendo dos redes, la burguesía puede hacer que los trabajadores vayan al redil comprensivo (es decir, el que comprende a la mayor parte de los hijos de los trabajadores) de la enseñanza pública (y que esa enseñanza pública se hunda en la confusión y el desprecio del conocimiento), y, asimismo, puede hacer que sus hijos disfruten de la existencia, no manchada por la miseria cultural, de una (más o menos buena) enseñanza privada concertada (y hacer que esta enseñanza mejore en su calidad a expensas del propio deterioro de la pública). Si hubiera un sistema único, entonces, los estratos superiores de la clase trabajadora, y la pequeña y mediana burguesía, tendrían que acceder al mismo sistema que los hijos de los trabajadores manuales, o bien, sencillamente, tendrían que pagarse una enseñanza privada cada vez más cara. Pero, no nos engañemos, el problema de la burguesía no sería, entonces, conseguir una enseñanza de calidad para sus hijos, codo con codo con los de la clase trabajadora: nada más sencillo que lograr esa enseñanza de calidad. Su problema sería, precisamente, que, entonces, los trabajadores la alcanzarían también. No es más caro o más barato un sistema que el otro; no es el problema una cuestión de dinero. El problema es una cuestión de intereses políticos, ideológicos, estratégicos: una cuestión de hegemonía.

¿Cómo se han desarrollado las cosas en aquellos países en que no existía de antemano una fuerte red educativa privada? Exactamente en la dirección estratégica adecuada a los intereses de la burguesía: allí donde no existía con pujanza, se ha creado y multiplicado; allí donde el Estado no financiaba la enseñanza privada, ha empezado decididamente a financiarla, y, así, esa enseñanza se ha desarrollado, arrollando a la enseñanza pública (el ejemplo paradigmático puede ser Australia). ¿Cómo ha podido suceder esto? Curiosamente, esto ha podido suceder merced a una doble estrategia llevada a cabo por las dos alas de la burguesía implicadas en la operación: la burguesía conservadora y los ideólogos radicales pequeño-burgueses de la comprensividad antiacadémica. Ambas (¿cómo podríamos extrañarnos?) han trabajado, mientras se enzarzaban en una incruenta batalla, en la misma dirección. Dado el desprecio de las disciplinas académicas y del aprendizaje cultural libresco, los unos han empujado el trabajo escolar hacia el "aprendizaje para la vida", que, en los países en que sucedía este proceso, tenía que ver con la ideologización máxima de la relación educativa y con la máxima ausencia de contenidos disciplinares: con el doctrinarismo de las actividades y el desprecio de la teoría (la estirpe de Dewey, siempre funcional a los intereses estratégicos de la burguesía); así, han ido vaciando de fuerza académica los aprendizajes y sustituyéndolos por iniciaciones, más o menos sesgadas, a la vida cívica: esas prácticas, sin duda, están muy bien, pero el menosprecio por lo académico ha acabado cansando a los padres y madres, que han tirado el agua sucia de la bañera con el niño dentro; es decir, han presionado a las autoridades, han conseguido cambiar los gobiernos y han ido dejando la enseñanza pública en favor de la privada, ahora ya financiada con los impuestos estatales o regionales. Porque, en efecto, la inepcia de los unos ha sido aprovechada por los otros para hacer bien su trabajo: nunca como ahora la burguesía ha mantenido una hegemonía tan evidente en el terreno de las conciencias, sometidas (sobre todo, las de la clase trabajadora y la pequeña burguesía) a la ignorancia atrevida y al fraude consumista. Así, la enseñanza se ha fragmentado, la comprensividad ha desaparecido por completo y las diferencias sociales y culturales se han acentuado radicalmente. Nunca ha estado la clase obrera tan lejos de su hegemonía en los países en que esta historia se ha desarrollado.

4. Hegemonía burguesa y disidencia contrahegemónica.

La burguesía mantiene, aquí y ahora, una muy fuerte hegemonía ideológica (intelectual y moral) que le permite un dominio político y económico en el que apenas tiene que echar mano de la coacción física. Para que esa hegemonía llegara a ser incontestable, la burguesía ha debido impedir que la clase trabajadora pudiera disputarle el predominio en el terreno cultural y moral: una clase trabajadora sin pulso cultural y desmoralizada es un reo inerte de la hegemonía burguesa. Es cierto que la penuria moral y la precariedad socioeconómica pueden provocar estallidos de ira y de violencia incontroladas, como en Francia, pero lo cierto es, también, que las fracciones dominantes de la burguesía en Europa (y en España) han actuado como si esa eventualidad no se fuera a producir; así, probablemente han sembrado los vientos de las futuras tempestades. En todo caso, las dos alternativas negativas para la burguesía desde el punto de vista de la (re)producción de su hegemonía, la contestación dentro del espacio político de la legalidad institucional y la contestación violenta extramuros del sistema, se han producido en el curso del mismo año. El no al impresentable proyecto constitucional (que es un no al proyecto de Europa tal como lo han diseñado los ideólogos orgánicos de la burguesía de los negocios) procede del (en términos de los intereses de la burguesía) todavía excesivo número de disidentes culturalmente preparados para el pensamiento y la acción; el brote de violencia se debe al creciente número de marginados sin futuro que el propio sistema capitalista actual produce estructuralmente. Entre ambos polos de la contestación se mueve la defensa de su hegemonía que la burguesía practica. Puesto que es más fácil de controlar y destruir, por medios físicos y legales, la contestación violenta (puesto que ésta no tiene una teoría política detrás que la ayude a disputar a la clase hegemónica el dominio en el espacio ideológico), la burguesía proseguirá en su labor de desmantelamiento del sistema educativo público y, cada vez más, negará a los hijos de los trabajadores los conocimientos necesarios para la lucha contrahegemónica, los conocimientos que le están destinados, precisamente, a los hijos de la burguesía. Para eso, debe asestar (y asesta) la comprensividad, como un arma de destrucción masiva, sobre la línea de flotación de la enseñanza pública, mientras conserva libre de asechanzas el sistema educativo para su clase: la enseñanza privada concertada. Hace tiempo escribió José Antonio Marina que lo que no arreglara la educación lo arreglaría la policía: he aquí que la alternativa se ha hecho carne mortal. Así, el Estado-policía puede acabar siendo el complemento estructural de la comprensividad asestada contra la enseñanza pública en un sistema de doble red.

Por eso, lo primero que deben hacer los trabajadores para luchar por su propia hegemonía en la sociedad civil y en la sociedad política (es decir, para construir su reforma intelectual y moral al mismo tiempo que tratan de destruir la hegemonía de la clase dominante) es, precisamente, contemplar siquiera, no ya la posibilidad, sino la necesidad de hacerlo. Si la clase trabajadora no se plantea cuáles son sus intereses en el terreno de la lucha de clases estratégica, no podrá dar un solo paso hacia su propia hegemonía cultural. Pensar desde la clase se hace, así, fundamental: ¿Para qué debe servir el sistema educativo público desde el punto de vista de nuestros intereses? Respuesta: para adquirir todos y cada uno de los conocimientos que la burguesía adquiere (y necesita adquirir) para la (re)producción y el desempeño de su propia hegemonía, porque de esa manera podremos disputarle el predominio en la sociedad civil con la elaboración y difusión de nuestros propios planteamientos culturales y morales. Si eso es así, es a la clase trabajadora a la que le interesa ejemplarmente el trabajo en la escuela: el aprendizaje de conocimientos, el logro de la (auto)disciplina, la capacidad para el desempeño del esfuerzo y el desarrollo de una voluntad intelectual y moral autosuficiente. Si es así, la comprensividad, es decir, todos los conocimientos para todos los ciudadanos en un único sistema educativo debería ser su interés máximo.

Por el contrario, si, como sucede aquí y ahora, el espacio en que la comprensividad se establece es sólo el de la enseñanza pública dentro de un sistema educativo de doble red (es decir, si la comprensividad es una simple estratagema de la burguesía para seguir impidiendo a la clase trabajadora la consecución de los mismos conocimientos que ella maneja), entonces, la lucha debe producirse en dos frentes: por un lado, contra todas las autoridades institucionales (Estado, Comunidades Autónomas) que se empeñen en bajar los niveles, en la enseñanza pública, para disimular la situación; en esconder el fracaso escolar, en las escuelas e institutos de los barrios obreros, detrás de las presiones a los profesores para universalizar los aprobados; en hacer desaparecer las disciplinas académicas detrás del juego y el coleguismo, hurtando así a los hijos de los trabajadores el desarrollo de su memoria, de su autodisciplina, de su capacidad para el esfuerzo, de su voluntad para el desarrollo intelectual. Por otro lado, contra la existencia misma de la doble red, es decir, contra las leyes de la burguesía que nos someten a los intereses económicos e ideológicos de la Iglesia, que financian con el dinero de todos los trabajadores la educación de la burguesía, que destruyen la enseñanza pública a mayor gloria de la enseñanza privada, que buscan con medidas arteras la destrucción intelectual y moral de los trabajadores.

En resumen: contra la burguesía (neoliberal) de los negocios, que construye, en la práctica, guetos de miseria cultural para que los hijos de los trabajadores pierdan el tiempo mientras llega el momento del trabajo basura. Contra los pedagogos y sociólogos de la pseudoizquierda burguesa que piensan que los hijos de los trabajadores sólo pueden vivir la escuela como un encierro insoportable, como domesticación o como ahormamiento para el trabajo y la sumisión. Contra los partidos y los sindicatos de la pseudoizquierda beata que razonan contra los intereses de los trabajadores, recetándoles un aprendizaje para la vida, el aprendizaje de unos valores que no son nada si no son sostenidos por el conocimiento y la voluntad críticos, ignorando (tal vez, en el mejor de los casos, porque la ideología burguesa los ciega y engaña) que el interés de los trabajadores (como clase emancipada de la esclavitud de la ignorancia) no puede ser otro que el logro (tendencial) de todos los conocimientos: de los de las Ciencias Naturales, de los de las Ciencias Sociales, de los de las Humanidades y de los de las Letras (es decir, de todas las disciplinas académicas que aprenden los hijos de la burguesía). Porque sólo así los trabajadores podrán estar en camino hacia su propia hegemonía intelectual y moral en la sociedad en la que viven, trabajan, piensan y actúan.

15 noviembre 2005