domingo, 16 de noviembre de 2008

De la lectura y sus vicios (o del lector militante)

Artículo editorial tomado de la edición impresa de Diario El Telégrafo (Ecuador), del domingo 09 de noviembre del 2008

De la lectura y sus vicios (1)

Marcelo Medrano
Columnista
mmedranoh@hotmail. com


Buen día, amable lector. Mmm, ¿lector? Vaya inquietud con la cual amanezco: ¿hay lectores en este país?, ¿cuántos?, ¿dónde encontrarlos? Ya, ya, me dice, ya va usted a hacer preguntas raras: ¡claro que hay lectores!, con un relativamente bajo nivel de analfabetismo, las personas en su cromática variedad saben leer en este tricolor país. Las personas aprenden a leer desde cuando están en la escuela, ¿o no sabía usted eso?… ¡y viene a preguntarme, haciéndose el interesante, si la gente lee! Con esas ridículas preguntas, me está haciendo perder el tiempo de este domingo, ¡¡leyéndole!!

Intento reponerme de esa reprimenda llena de argumentos: si, en un país, millones de personas han cursado por la escuela y el colegio, ellas saben leer, y lo único que estoy haciendo es un escándalo. Un escándalo dominguero, que es peor. Pero, estimados lectores, si bien aprobar los cursos en el sistema educativo puede indicarnos que el prójimo sabe leer, ¿el saber leer garantiza que existan lectores? ¿Cuántos libros hemos leído en este año?, ¿al menos uno por mes?... ¿Vio? Y sigue con lo mismo: usted quiere convencernos que el lector es quien lee libros, y nada más. Sigue exagerando.

Permítame, y en esto me darán la razón los profesores de este país: cuando, en el colegio o universidad, el maestro plantea la lectura de un libro recibe preguntas de este tipo: ¿cuántas páginas tiene? (más de 20 páginas es un libro gigantesco), ¿con qué tamaño de letra está impreso el libro? (si el tamaño de letra es similar al de este editorial, la ceguera cunde y los dolores de cabeza y oculares se avizoran), ¿tiene gráficos, dibujos, imágenes?, ¿no? (y el libro se vuelve un campo gris lleno de obstáculos, y muy aburrido). Si tiene un índice de temas o capítulos: ¡es ‘un montón’!, y ¿hay que hacer resumen?, ¿acaso no confía en la lectura del alumno?; además, ¿usted cree que no tengo otras cosas más importantes por hacer?..., preguntas que se acompañan con una gestualidad de aversión en rostros y cuerpos. El profesor que no haya tenido tal bombardeo de argumentos, que lance la primera piedra, y el padre que no haya atravesado por esa situación que lo haga también. Y este es nuestro primer punto: hay que diferenciar una educación que cultive lectores de una educación que dé a la lectura la característica de ‘lectura de sobrevivencia’; es decir, una lectura que sirva únicamente para leer el horóscopo, tomar el bus o recibir mensajes de celular, para someterse a la publicidad, repasar los apuntes de las clases recibidas o devorar las revistas femeninas y del corazón, o las masculinas y deportivas, o las de farándula…

De allí, pasamos al segundo elemento: en colegios y universidades, ¿cuántos libros, aparte de artículos, revistas especializadas y periódicos, leen los alumnos?, ¿cuántos de aquellos libros son efectivamente leídos, trabajados, desmenuzados? , ¿acaso no se construyen hábitos, más que de lectura, de sobrevivencia ante las obligaciones académicas? Y, una pregunta más crítica todavía,… que la dejo para la próxima semana, estimado lector




Artículo editorial tomado de la edición impresa de Diario El Telégrafo, Ecuador, del domingo 16 de noviembre del 2008


De la lectura y sus vicios (2)
Marcelo Medrano
Columnista
mmedranoh@hotmail.com


No piense que le he esperado toda una semana por la segunda parte de su artículo; la verdad consiste en que soy generoso con usted y quiero leer la continuación de sus argumentos respecto a la lectura y los lectores: este noviembre me encuentra con gran generosidad para con el prójimo, incluido usted, estimado editorialista.

Nos había dicho -lo recuerdo- que el tipo de lectura que se enseña en colegios y universidades es una ‘lectura de sobrevivencia’; es decir, para los menesteres cotidianos de las clases y las revistas de farándula, para la publicidad, los celulares y un gran etcétera. Había también usted planteado que la lectura que desarrolla el alumno en esas universidades y colegios es, exclusivamente, una lectura para cumplir con las labores académicas, nada más. Pero, aunque diga eso, habría que preguntarles a los profesores qué opinan al respecto… ante lo cual, le respondo, estimado y paciencioso lector, que efectivamente hay que preguntarles a los profesores de escuelas, colegios y universidades, qué han leído en este último mes. Si los ve: ¡pregúnteles!: aparte de los memos y las evaluaciones, de los libros de grado o curso, y los eternos y amarillentos copiados, anímese a mirarles a los ojos para hacerles la pregunta de cuántos libros, el eminente y respetado profesor, ha leído en las últimas semanas. ¡¡Ufff, las sorpresas que se llevará!! Y anímese, y repita también esa inquietud dirigiéndola hacia las autoridades de esos centros educativos. Puede llevarse algunas sorpresas.

Jajaja, asústese usted, sorprendido lector, si, con franqueza y sabiduría y sapiencia, las autoridades o profesores le responden que han devorado toda la colección de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho y especímenes similares, para dar solo un ejemplo. O ‘los hombres son de Marte y las mujeres son de otra parte’, o ‘alguien se ha robado mi queso’, mi celular o lo que sea… ¿Qué?, ¿le sucede algo?, ¿por qué se sonroja y baja la mirada?: ¡no me diga que usted ha sido ávido lector de esas inestimables joyas literarias!

Preocupante todo el asunto, ¿no le parece? Pero, quiero compartirle dos ideas: (1) el lector es alguien que se ejercita: de libros simples y accesibles debe proceder a enfrentarse a los complicados, largos, voluminosos: hay una voluntad de enfrentamiento, en ello reside la avidez de la lectura –después viene el disfrute; (2) el lector siempre es un ‘lector militante’: no puede dormir tranquilo si las librerías se llenan de libros del tipo ejemplificado arriba; no puede relajarse si sabe que los libros son la mercancía de valores estratosféricos; no descansa al saber que a sus hijos, nietos, vecinos e hijos de vecinos se les da a leer, en colegios y escuelas, basura pintoresca, pero basura al fin; se rasga la cabellera y las cejas al enterarse que los clásicos de la literatura, sociología y física, se eliminan del pénsum académico;…; en definitiva, el verdadero lector no duerme, tal vez descansa, porque, en el fondo, le enfada que un libro, al cual un posible lector no tiene acceso, se quede en solitario guardando sus palabras.