domingo, 27 de abril de 2008

Rosa Luxemburgo: Las tendencias de la economía capitalista

Publicamos a continuación un texto de Rosa Luxemburgo que forma parte de la obra Introducción a la Economía Política. Ese libro fue editado por primera vez por Paul Levi en 1925. Recogía las notas que R.L. había ido escribiendo desde que fuera profesora en la Escuela Central del SPD en Berlín en 1906. Sólo cuando estaba en prisión en Wronke (1916-1917) pudo R.L. poner en orden sus notas e intentar escribir un libro que no vio publicado en vida. Cuando fue asesinada, su casa fue saqueada por los esbirros de Noske y Ebert, y muchos de sus escritos se perdieron. Algunos de sus camaradas lograron rescatar parte de sus manuscritos y de ahí pudo Paul Levi compilar los que conforman esta obra (los capítulos 1, 3, 6, 7 y 10 de los 10 que escribiera Rosa).

Nosotros vamos a editar ahora el capítulo 10, Las tendencias de la evolución capitalista. Evidentemente, hoy sabemos mucho más sobre las sociedades antiguas que analizaran Rosa Luxemburgo y muchos otros socialistas de entonces. Pero no nos interesa si los análisis del texto referidos a las sociedades pretéritas son relevantes. Lo publicamos íntegro porque este capítulo aun no está en la red. Pero sobre todo porque lo que para nosotros tiene una especial relevancia es lo que R.L. formula sobre aquello a lo que se refiere en concreto el título del capítulo: las tendencias de la evolución capitalista. Esas formulaciones no sólo se han visto corroboradas plenamente por la evolución histórica posterior (aunque se puedan establecer matizaciones en las formas concretas en que se han producido), sino que tienen una especial relevancia hoy. El lector lo comprobará fácilmente, si piensa en muchas de las características que marcan el capitalismo global de la actualidad. Por ello, y para facilitar su lectura, hemos destacado en negrita lo que entendemos más interesante para comprender nuestro mundo actual. Y para actuar conforme a esa realidad. Para la revolución.

DC-L


Hemos visto cómo, después de la disolución gradual de todas las formas de sociedad dotadas de una organización de la producción planificada -de la sociedad comunista originaria, de la economía es­clavista, de la economía servil medieval- surgió la producción mer­cantil. Luego hemos visto cómo la economía capitalista de hoy creció a partir de la economía mercantil simple, es decir de la producción artesanal urbana, a fines de la Edad Media, en forma completamente mecánica, es decir sin la voluntad y la conciencia del hombre. Al comienzo planteamos la pregunta: ¿Cómo es posible la economía capitalista? Es ésta, por lo demás, la pregunta fundamental de la economía política como ciencia. La ciencia nos proporciona, al res­pecto, una respuesta suficiente. Ella nos muestra que la economía capitalista que, en vista de su total carencia de plan, en vista de la ausencia de toda organización consciente, es a primera vista una cosa imposible, un enigma inexplicable, se integra pese a ello en un todo y puede existir:
  • mediante el intercambio de mercancías y la economía monetaria, todos los productores individuales de mercancías, así como las comar­cas más alejadas de la tierra, se ligan unas con otras económicamente, y se impone la división del trabajo en todo el mundo;
  • mediante la libre concurrencia, que asegura el progreso técnico y, a la vez, transforma constantemente a los pequeños productores en proletarios, con lo que proporciona al capital fuerza de trabajo com­prable;
  • mediante la ley capitalista del salario que, por un lado, controla automáticamente que los obreros no se sustraigan nunca a su con­dición de proletarios, evadiendo el trabajo bajo las órdenes del capi­tal, y por otro posibilita una acumulación siempre creciente de tra­bajo no retribuido, como capital, y con ello la siempre creciente acumulación y expansión de los medios de producción;
  • mediante el ejército industrial de reserva, que permite a la produc­ción capitalista expandirse ampliamente y adaptarse a las necesidades de la sociedad;
  • mediante la nivelación de la tasa de ganancia, que determina el permanente movimiento del capital de una rama a otra de la produc­ción, regulando así el equilibrio de la división del trabajo; y final­mente
  • mediante las oscilaciones de los precios y las crisis, que determinan en parte día a día, en parte periódicamente, un ajuste de la ciega y caótica producción con las necesidades de la sociedad.

De este modo existe la economía capitalista, mediante la acción automática de aquellas leyes económicas que surgieron por sí mismas, sin que se inmiscuya conscientemente la sociedad. Es decir que, de este modo, pese a la ausencia de toda ligazón económica organizada entre los diversos productores, pese a la total carencia de plan en el movimiento económico de los hombres, se hace posible que avancen la producción social y su ciclo integrado con el consumo; que la gran masa de la sociedad sea mantenida en el trabajo, las necesidades de la sociedad satisfechas mal o bien, y asegurado, como base de todo el progreso de la cultura, el progreso económico, el desarrollo de la productividad del trabajo humano.

Estas son las condiciones fundamentales para la existencia de toda sociedad humana y, mientras una forma de economía históricamente surgida satisface estas condiciones, puede subsistir, constituye una necesidad histórica.

Sin embargo, las relaciones sociales no son formas rígidas, inva­riables. Hemos visto cómo, en el curso de los tiempos, experimen­taron numerosas transformaciones, cómo están sometidas a eterno cambio al que abre camino el propio progreso cultural humano, la evolución. Los largos milenios de la economía comunista originaria, que conducen a la sociedad humana desde los primeros comienzos de la existencia aun medio animal hasta un grado elevado de desarrollo de la cultura, a la formación del lenguaje y de la religión, a la cría de ganado y a la agricultura, a la vida sedentaria y a la constitución de aldeas, sigue la gradual descomposición del comunismo originario, la formación de la esclavitud antigua que, a su vez, trae consigo nuevos progresos en la vida de la sociedad para finalizar luego con el ocaso del mundo antiguo. A partir de la sociedad comunista de los ger­manos, se desarrolla en Europa central sobre los escombros del mun­do antiguo, una nueva forma -la economía de la servidumbre-, sobre la cual se basó el feudalismo medieval.

La evolución retoma nuevamente su avance ininterrumpido: en el seno de la sociedad feudal de la Edad Media, surgen en las ciudades gérmenes de una forma de economía y de sociedad enteramente nue­va, se desarrollan la artesanía gremial, la producción mercantil y el comercio regular que finalmente descomponen la sociedad feudal basada en la servidumbre; ésta se desmorona dejando sitio a la pro­ducción capitalista, que ha crecido de la producción artesanal de mer­cancías gracias al comercio mundial, al descubrimiento de América y a la vía marítima hacia India.

El modo de producción capitalista, considerado desde un comienzo desde la inmensa perspectiva del progreso histórico, no es por su parte inalterable y eterno, sino que constituye una simple fase de transición, un escalón de la escala colosal del desarrollo cultural humano, al igual que cualquier otra de las formas sociales prece­dentes. Y, en efecto, cuando se examina cuidadosamente la cuestión, se ve que el desarrollo del capitalismo mismo lleva a su propio ocaso y a su rebasamiento. Hasta aquí hemos indagado los vínculos que hacen posible la economía capitalista, de modo que ya es tiempo de tomar conocimiento de aquellos que la hacen imposible. Para ello sólo necesitamos seguir las leyes internas de la dominación del capital en sus efectos ulteriores. Son ellas mismas las que, en cierto punto del desarrollo, se vuelven contra las condiciones fundamentales, sin las cuales no puede existir la sociedad humana. Lo que distingue el modo capitalista de producción de todos los anteriores es, principalmente, que él tiene la tendencia interna a expandirse sobre todo el globo terrestre, desplazando todo otro orden social anterior. En tiempos del comunismo originario, todo el mundo accesible a la investigación his­tórica se encontraba ocupado por igual por economías comunistas. Pero entre las diversas comunidades y tribus comunistas no existían relaciones; o las había, débiles, sólo entre las comunidades cercanas entre sí. Cada comunidad o tribu vivía, en sí misma, una vida cerrada y si, por ejemplo, encontramos hechos sorprendentes como aquel de que la comunidad comunista germana medieval y la del Perú antiguo, en Sudamérica, tenían prácticamente el mismo nombre, ya que aquella se llamaba "mark" y ésta "marca", esta circunstancia es to­davía para nosotros un enigma inexplicado, si no una simple coinci­dencia. Igualmente en los tiempos de la difusión de la esclavitud antigua encontramos similitudes mayores o menores en la organi­zación y las relaciones reinantes en las diversas economías o estados esclavistas de la Antigüedad, pero no una comunidad en su vida eco­nómica. Del mismo modo, se reiteró la historia de la artesanía gremial y de su liberación, con mayor o menor grado de coincidencia, en la mayoría de las ciudades medievales de Italia, Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc., sin embargo, se trataba las más de las veces de la historia de cada ciudad en sí misma. La producción capitalista se extiende a todos los países, ya que no sólo los conforma econó­micamente a todos del mismo modo, sino que los articula en una única, gran economía capitalista mundial.

Dentro de cada país industrial europeo, la producción capitalista desplaza incesantemente la producción de pequeña industria, la arte­sanal y la pequeña producción campesina. Simultáneamente, incor­pora a la economía mundial a todos los países europeos atrasados y todos a los países de América, Asia, Africa, Australia. Esto procede por dos vías: a través del comercio mundial y a través de la conquista colonial.
Uno y otra se iniciaron de la mano; con el descubrimiento de América a fines del siglo XV, se expandieron más allá en el curso de los siglos siguientes, pero alcanzaron especialmente en el siglo XIX su máximo auge y continuaron expandiéndose incesantemente. Am­bos -tanto el comercio mundial como las conquistas coloniales- ac­túan juntos del siguiente modo. Comienzan por poner en contacto los países industriales de Europa con todo tipo de sociedades de otros continentes que se basan en formas de cultura y de economía más antiguas: economías esclavistas campesinas, economías feudales de servidumbre, pero preponderantemente con formas comunistas origi­narias. El comercio, al que estas economías se ven incorporadas, las arruina y descompone rápidamente. Con la fundación de sociedades mercantiles coloniales en territorio extranjero, o con la conquista directa, la tierra, fundamento más importante de la producción, así como los rebaños de ganados allí donde los hay, pasan a manos de estados europeos o de las sociedades comerciales. De este modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven diez­mados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta de uno u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial, como esclavos u obreros. La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante todo el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Italia, Inglaterra y Alemania en Africa; contra Francia, Ingla­terra, Holanda y los Estados Unidos en Asia; contra España y Francia en América, en la larga y tenaz resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y proletarización a manos del mo­derno capital, lucha de la que finalmente surge en todas partes el capital como vencedor.

Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son recíprocamente productores y compradores de productos, tra­bajan unos para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo el globo.

Pero el otro costado consiste en la pauperización progresiva de porciones cada vez más amplias de la humanidad, y la creciente in­seguridad de su existencia. Mientras las viejas relaciones, comunistas, campesinas o de servidumbre, con sus limitadas fuerzas productivas y poco bienestar, pero con sus condiciones de existencia firmes y ase­guradas para todos, se ven reemplazadas por las relaciones capitalistas coloniales, y junto a la proletarización y a la esclavitud asalariada, para todos los pueblos implicados en América, Asia, Africa, Australia, se alzan amenazantes la miseria brutal, una carga laboral inusitada e insoportable y, por añadidura, la completa inseguridad de la existen­cia
. Después que el fértil y rico Brasil fuera transformado, para satis­facer necesidades del capitalismo europeo y norteamericano, en un gigantesco desierto y en una plantación de café ininterrumpida des­pués que masas enteras de aborígenes fueron transformados en es­clavos asalariados en las plantaciones, estos esclavos asalariados, por añadidura, se ven abandonados por largo tiempo, repentinamente, al desempleo y al hambre a raíz de un fenómeno puramente capitalista: la llamada "crisis del café". La rica y enorme India fue sometida por la política colonial inglesa a la dominación del capital, después de una resistencia desesperada que duró décadas; y desde entonces las ham­brunas y el tifus exantemático, que arrebatan millones de víctimas cada vez, son huéspedes periódicos de la comarca del río Ganges. En el interior de Africa la política colonial inglesa y alemana ha trans­formado en esclavos asalariados a pueblos enteros en los últimos 20 años, y ha aniquilado por hambre a otros dispersando sus huesos en todas las regiones. Los levantamientos desesperados y las epidemias de hambre del gigantesco imperio de China son consecuencia de la pulverización de la antigua economía campesina y artesanal de ese país por la irrupción del capital europeo. La irrupción del capitalismo europeo en los Estados Unidos, fue acompañada inicialmente por el exterminio de los indios aborígenes norteamericanos y el despojo de sus tierras por los ingleses inmigrantes; luego por la puesta en marcha, a comienzos del siglo XIX, de una producción capitalista primaria para la industria inglesa; luego por el esclavizamiento de cuatro mi­llones de negros africanos enviados y vendidos en América por tra­tantes europeos, para ser puestos al mando del capital como fuerza de trabajo en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco.

Así, un continente tras otro y, en cada continente, una región tras otra, una raza tras otra, caen inevitablemente bajo la dominación del capital, pero con ello caen, permanentemente, millones de seres humanos en la proletarización, en el esclavizamiento, en la insegu­ridad de la existencia, en pocas palabras, en la pauperización. La formación de la economía mundial capitalista trae consigo como con­trapartida la difusión de una miseria cada vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la concentración del capital en pocas manos. La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento de toda la humanidad al duro trabajo bajo innu­merables privaciones y dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la acumulación de capital. Hemos visto que el modo de producción capitalista tiene la particularidad de que el con­sumo humano, que en todas las formas anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista. El crecimiento del capital en sí mismo aparece como comienzo y fin, como finalidad propia y sentido de toda la producción. Pero la insensatez de estas relaciones recién se pone en evidencia cuando la producción capitalista llega a convertirse en producción mundial. Entonces, en la escala de la economía mun­dial, el absurdo de la economía capitalista alcanza su justa expresión en el cuadro de toda una humanidad que gime, sometida a terribles dolores bajo el yugo del capital, un poder social ciego, creado incons­cientemente por ella misma. La finalidad fundamental de toda forma social de producción: el sostenimiento de la sociedad por el trabajo, la satisfacción de sus necesidades, aparece recién entonces comple­tamente patas arriba, ya que se convierte en ley en todo el globo, la producción no por el hombre sino por la ganancia y se convierte en regla el subconsumo, la permanente inseguridad del consumo y, tem­porariamente, el no-consumo de la enorme mayoría de los hombres.

El desarrollo de la economía mundial trae consigo simultánea­mente otros fenómenos importantes, que lo son por cierto, para el propio capital. La irrupción de la dominación del capital europeo en los países extraeuropeos, como hemos dicho, atraviesa dos etapas: primeramente la entrada del comercio y, por este medio, la incor­poración de los aborígenes al intercambio de mercancías, en parte también la transformación de las formas de producción halladas en aquellos países, en producción mercantil; luego la expropiación, de un modo u otro, de la tierra de los aborígenes y, en consecuencia, de sus medios de producción. Estos medios de producción se convierten, en manos de los europeos, en capital, mientras los indígenas se trans­forrpan en proletarios. A las dos primeras etapas sigue, sin embargo, por lo general, tarde o temprano, una tercera: la fundación de una producción capitalista propia en el país colonial, ya sea por parte de europeos inmigrantes, ya sea por indígenas enriquecidos. Los Estados Unidos de Norteamérica, que fueron poblados inicialmente por ingle­ses y otros emigrantes europeos, constituyeron en un primer mo­mento una vez que hubieron sido exterminados los indígenas pieles rojas en una larga guerra, un hinterland agrario de la Europa capita­lista que proveía materias primas para la industria inglesa, corno algodón y granos; como contrapartida era comprador de productos in­dustriales europeos de todo tipo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX surge en los Estados Unidos una industria propia que no sólo desplaza las importaciones procedentes de Europa sino que pronto opone dura concurrencia al capitalismo europeo en la propia Europa y en otros continentes. En la India, igualmente, surgió para el capita­lismo inglés un competidor peligroso consistente en la industria local, textil y de otras ramas. Australia ha recorrido el mismo camino de desarrollo, de país colonial a país capitalista industrial. En Japón se desarrolló una industria propia ya en la primera etapa -a partir del impulso del comercio mundial-, lo que lo preservó de ser repartido como país colonial europeo. En China se complica el proceso de desmembramiento y saqueo del país por el capitalismo europeo con los esfuerzos del país por fundar una producción capitalista propia con ayuda de Japón para defenderse frente a la europea, de lo que resultan para la población, por otro lado, sufrimientos doblemente complejos. De este modo, no sólo se extienden por todo el mundo la dominación y el poder del capital mediante la creación de un merca­do mundial, sino que se extiende asimismo, gradualmente, el modo de producción capitalista por todo el globo. Pero con ello la necesidad de expansión de la producción y el ámbito en que esta expansión puede tener lugar, es decir la accesibilidad de mercados de venta, se encuentran en una relación cada vez más precaria. Como hemos visto, la necesidad más íntima y la ley vital de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente, es decir producir ma­sas de mercancías cada vez más cuantiosas en empresas cada vez más grandes, con medios técnicos cada vez mejores, cada vez más veloz­mente. En sí mismas, estas posibilidades de expansión de la pro­ducción capitalista no conocen límites, pues no tienen límites el pro­greso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente deter­minados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ellas, al menos, la ganancia media "normal". Pero el que esto ocurra o no, depende del mercado, es decir de la relación entre la demanda sol­vente del lado de los consumidores y la cantidad de mercancías pro­ducidas, así como sus precios. El interés del capital por la ganancia que, por un lado, exige una producción cada vez más rápida y cada vez mayor, se crea a sí mismo, permanentemente, límites de mercado que cierran el paso al fogoso impulso de la producción hacia la am­pliación. De ello resulta, como hemos visto, el carácter inevitable de las crisis industriales y comerciales que periódicamente ajustan la pro­porción entre el impulso de la producción capitalista, en sí mismo libre e ilimitado, y los límites capitalistas del consumo, haciendo posible la prolongación de-la existencia y el desarrollo del capital.

Pero cuanto más numerosos son los países que desarrollan una industria capitalista propia, y mayores la necesidad y posibilidad de expansión de la producción, tanto más estrechas se vuelven, en relación con ellas, las posibilidades de ampliación de los límites de mer­cado. Si se comparan los saltos con los que la industria inglesa ha progresado en las décadas del sesenta y del setenta -cuando Inglate­rra era todavía el país capitalista dominante en el mercado mundial­- con su crecimiento en los dos últimos decenios -desde que Alemania y los Estados Unidos la desplazaron en grado significativo en el mer­cado mundial- resulta que su crecimiento se ha hecho mucho más lento con respecto al que tenía lugar anteriormente. Pero lo que fue en sí el destino de la industria inglesa, lo tienen por delante inevita­blemente la alemana, la norteamericana y, en definitiva, la industria mundial en conjunto. Irresistiblemente, en cada paso de su propio avance y desarrollo, la producción capitalista se aproxima al momento en que sólo podrá expandirse y desarrollarse cada vez más lenta y difícilmente. Claro está que el desarrollo capitalista tiene por delante todavía un buen trecho de camino, puesto que el modo de produc­ción capitalista, como tal, representa todavía la menor proporción de la producción mundial total. Incluso en los más antiguos países indus­triales de Europa subsisten todavía, junto a grandes empresas indus­triales, numerosos pequeños establecimientos artesanales y, ante todo, la mayor parte de la producción agraria -especialmente la de tipo campesino- no se lleva a cabo a la manera capitalista. Además, en Europa hay países donde la gran industria apenas se ha desarrollado, donde la producción local presenta predominantemente carácter cam­pesino y artesanal. Y, finalmente, en los restantes continentes, con la excepción de la parte norte de América, los lugares de producción capitalista representan sólo pequeños puntos dispersos, mientras enor­mes extensiones de tierra no han llegado siquiera, en parte, a la pro­ducción mercantil simple. Cierto es que la vida económica de todas estas capas y países que no producen ellos mismos a la manera capi­talista, en Europa, como en los países no europeos, también está bajo la dominación del capitalismo. El campesino europeo, aunque lleve a cabo él mismo, todavía, la más primitiva de las economías parcelarias, depende íntegramente de la gran economía capitalista, del mercado mundial, con el cual lo han puesto en contacto el comercio y la política fiscal de las potencias capitalistas. Del mismo modo los países no europeos más primitivos son puestos bajo el dominio del capita­lismo europeo y norteamericano por el comercio mundial así como por la política colonial. Pero el modo de producción capitalista en sí podría lograr todavía una poderosa expansión si desplazase en todas partes todas las formas de producción atrasadas. Por lo demás, como lo hemos mostrado anteriormente, la evolución se da, en general, en esta dirección. Pero justamente en esta evolución se atasca el capitalismo en la contradicción fundamental siguiente: Cuanto más reem­plaza la producción capitalista producciones más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites de mercado, engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara completamente, si nos imaginamos por un momento, que el desarrollo del capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen los hombres se produce a la manera capitalista, es decir sólo por empre­sarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros asala­riados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta en­tonces nítidamente.

5 comentarios:

Stephane dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Stephane dijo...

indicado en francés aquí:
http://bataillesocialiste.wordpress.com/2008/04/27/las-tendencias-de-la-economia-capitalista-luxemburg/

Anónimo dijo...

pero què morro tenèis, ¿què editàis vosotros? os habèis limitado a COPIAR INTEGRAMENTE el ùltimo capìtulo que SIGLO XXI EDITORES publicò en 1972 en Argentina y cuya segunda ediciòn en español se publicò en España en 1974,... lo mìnimo por favor es CITAR LAS FUENTES, copiar lo que queràis PERO CITAR LAS FUENTES hombre...
revoltoso

Ricardo Fuego dijo...

Creo que lo criticable de este texto de RL es lo criticable en general de su teoría económica: la explicación subconsumista de las crisis capitalistas. Esto olvida que la característica esencial del capitalismo es la producción de capital, no la producción de mercancías, que es sólo un medio para la primera.
Las crisis de sobreproducción o de subconsumo de mercancías (se produce una cantidad mayor de mercancías de la que es posible colocar en el mercado) son sólo la consecuencia de la sobreproducción de capital o la sobreacumulación de capital ocioso (que, como consecuencia de la tendencia a la baja de la tasa de beneficio, no puede reinvertirse de manera rentable).
Esta teoría subconsumista de la crisis llevó a RL a afirmar que el capitalismo hallaría su límite cuando dejaran de existir los mercados no-capitalistas. Esto significaba afirmar que el motivo del imperialismo era el monopolizar los mercados exteriores, cuando en realidad se trataba más bien de exportar el capital sobreacumulado a regiones menos desarrolladas donde éste fuera más rentable (y por eso el apoderamiento de los recursos naturales de esos países, el esfuerzo para mantenerlos en una órbita semi-colonial).

Julio César Fernández dijo...

La verdad que un gran articulo de Rosa ,bastante esclarecedor en muchos sentidos por la menara de interpretar la evolución del capitalismo y hacia donde va.
Que lastima que no lo público completo.
Mi blog:
http://www.debatepopular.blogspot.com