jueves, 10 de abril de 2008

DE TIANANMEN HASTA EL PRESENTE

Publicamos a continuación el Capítulo X del libro China. La Larga Marcha, de Virginia Marconi, publicado por la Editorial Antídoto en su Colección Herramienta[1]. La represión que ejerce el estado chino sobre el proletariado ha cobrado recientemente actualidad por los sucesos del Tíbet. En ese sentido nos parece importante recordar que el primer gran estallido social de oposición al régimen estalinista y su capitalismo de estado fue el que tuvo su epicentro en Tiananmen. Desde entonces, y pese a la férrea represión impuesta por los dictadores del PCCh[2], las movilizaciones no han parado de crecer. Es lógico, si consideramos que el corrupto gobierno chino y las multinacionales marginan a la inmensa mayoría de la población, condenándola a la miseria mientras la élite disfruta de cada vez más privilegios. El proletariado chino se rebela cada vez más, organizándose por fuera de las instituciones burocráticas frente a la explotación capitalista y a la ausencia absoluta de democracia proletaria. Las movilizaciones, cada vez más y más masivas, son la única esperanza del proletariado en su lucha por la emancipación.

Los incidentes que tuvieron lugar en China, y en especial en la Plaza Tiananmen, de abril a junio de 1989, han tenido diferentes interpretaciones. Para algunos, las movilizaciones estudiantiles fueron la manifestación de que el pueblo quería hacer avanzar las reformas, que hasta ese momento se habían limitado al campo económico, hacia el campo político. Para ellos, la Estatua de la Libertad representaba la necesidad de la instauración de la democracia burguesa, un régimen que, hasta entonces, los habitantes de China no habían experimentado. Para otros, era una reacción saludable desde dentro del propio PCCh, cuyo objetivo era sanearlo, terminando con la corrupción existente. Y para otros, la unión de estudiantes y obreros agrupados en sus organizaciones independientes, surgidas al calor de la movilización, marcaba el inicio de la revolución política que derrocaría al régimen corrupto del Partido Comunista, para instaurar un verdadero régimen de democracia obrera, que abriría el camino de la transición al socialismo.

Tanto la situación nacional como la internacional daban el marco justo para los eventos que se sucederían en Pekin. El escenario estaba listo, sólo faltaban los actores.

La nueva primavera de Pekin

Según la periodista Marie-Claire Bergère, citada por Domenach y Richer, la explosión de la primavera de 1989, tuvo más que ver con el descontento de la población de las ciudades con respecto a su futuro incierto, a una inflación galopante y al aumento de precios y la corrupción de las autoridades, que con un intento por resolver la contradicción entre el afán democratizador de la sociedad y el conservadurismo del Partido. Fue justamente ese descontento masivo, el que le dio a las movilizaciones de 1989 el apoyo popular del que habían carecido las de 1986.

La crisis del Partido ya era innegable. A principios de 1989, Zhao Ziyang le había hecho pública al presidente norteamericano George Bush, la existencia de dos líneas contrapuestas con respecto a la reforma. Existían, dijo, un sector "occidentalista" –interesado en acelerar el paso de las reformas—, y uno más "conservador"—interesado en hacerlo más lento—. El 20 de marzo, Li Peng, responsable de la economía, y representante de los sectores interesados en demorar la implantación de las reformas, anunció que se acercaban años de austeridad. Mientras tanto, en los grandes centros urbanos, era palpable la profundización de la crisis. En las universidades, se multiplicaban los círculos universitarios, los centros de investigación autónomos y otras organizaciones de especialistas. El centro de todo el movimiento era Fang Lizhi, el intelectual más prestigioso y líder del movimiento democrático. A principios de enero de 1989, Fang le había enviado a Deng una carta reclamando la libertad de los prisioneros de conciencia. A fin de febrero, comenzaron a circular peticiones de apoyo a la carta de Fang, y la policía le impidió asistir a un banquete dado por el presidente Bush, que se encontraba en una visita oficial en Pekin. El 4 de abril apareció el primer "dazibao" en Beida –la Universidad de Pekin—exigiendo la libertad de investigación y de palabra. Sólo faltaba el elemento que actuara como detonador. Y ese elemento llegó el 15 de abril.

Hu Yaobang, el ex-secretario general del PCCh, que había sido derrocado como consecuencia de las revueltas de 1986-87, había asistido el 8 de abril a una reunión del Buró Político. A la salida, y se presume que como consecuencia de las discusiones, tuvo un ataque al corazón. Su agonía se prolongó hasta el 15 de abril. Esa misma noche aparecieron nuevos "dazibaos" en Beida y en la escuela de la Liga de Juventudes Comunistas. Dos años después de su caída, los jóvenes tomaban su nombre como emblema de lucha.

La movilización creció al amparo de la indecisión de las autoridades, que tampoco podían atacar las expresiones de dolor por un hecho que ellas mismas decían lamentar. Así, los estudiantes aprovecharon para reclamar, junto con la rehabilitación de Hu, mayor democracia. El 21 de abril, 100.000 manifestantes desfilaron en la Plaza Tiananmen al grito de "¡Viva la democracia!". El 24, día de los funerales oficiales de Hu, 500.000 personas marcharon para rendirle homenaje. Era innegable que la población de Pekin prestaba su apoyo.

Los hechos podrían haber terminado allí, y entonces todo hubiera parecido simplemente una especie de ejercicio para liberar tensiones. Sin embargo, una serie de hechos y actitudes contribuyeron a darle fuerza al movimiento. Preocupado con las noticias que le llegaban de los países del Este, y temeroso de que las movilizaciones estudiantiles fueran un anuncio de que la revolución llegaba a China, Deng salió desde el principio a atacar al movimiento, uniéndose al sector tradicionalista en su reclamo de defender al régimen y al Partido de todos los posibles ataques. En el comité permanente del Buró Político, declaró que las movilizaciones no eran más que "una de esas oleadas estudiantiles habituales", agregando que en el campesinado no había problemas y que había que aprender de Polonia, donde mientras más se había cedido más se había extendido el desorden. Para evitar cualquier duda, dictó un editorial para el Diario del Pueblo del 26 de abril con el título de "¡Icemos bien alto la bandera de la lucha contra el caos!".

A partir de ese momento, los hechos se sucedieron con una velocidad vertiginosa. Ese mismo día, tuvieron lugar violentos incidentes en la ciudad de Changsha. El día siguiente, cientos de miles marcharon por las calles de Pekin al grito de "No somos un puñado de agitadores". Ante la inacción de la policía, la movilización se extendió a las provincias. El 22 de abril, ya habían tenido lugar graves incidentes en Xian. Para evitar la repetición de esa situación, las autoridades de Cantón y Shanghai permitieron las movilizaciones sin reprimirlas. Ante el poder que demostraban los estudiantes, el gobierno apeló entonces al diálogo, reivindicándolos como poseedores de "fervor patriótico", y admitiendo que sus demandas estaban "perfectamente de acuerdo con los objetivos del Partido y del gobierno". El 28 de abril se fundó la Asociación Autónoma de Estudiantes de Pekin, formada por representantes de todas las instituciones de altos estudios de Pekin. Liu Binyan, en su balance de Tiananmen a cinco años de la masacre, dice de esta primera dirección:

"Estos eran estudiantes que ya habían participado en movimientos democráticos internos en sus propias universidades, y que estaban directamente influidos por gente que había tomado parte en los distintos movimientos democráticos públicos que habían tenido lugar entre 1976 y 1986. Estaban al tanto de las complejidades de la política china, eran más maduros en su enfoque táctico de la lucha, y más moderados en su pensamiento político que algunos de los jóvenes militantes del movimiento."

Bajo esta dirección el movimiento democrático entró en su apogeo. Los festejos oficiales del 1º de mayo, y del aniversario de la revolución del 4 de mayo de 1919, sirvieron de excusa y marco para nuevas y multitudinarias movilizaciones. Pero algo estaba pasando dentro del movimiento estudiantil. El 13 de mayo, dirigidos por Chai Ling, 3000 estudiantes iniciaron una huelga de hambre que sólo concluiría con la represión final. Un sector más radicalizado se había hecho cargo de la dirección del movimiento estudiantil. Liu comenta sobre ese hecho:

"Después del 13 de mayo, la dirección del movimiento cayó en manos de una minoría estudiantil radicalizada, que desafió a las organizaciones estudiantiles y empujó por la realización de una huelga de hambre. Los dirigentes estudiantiles del ‘Comité de Estudiantes en Huelga de Hambre de la Plaza Tiananmen’ eran neófitos políticos que no tenían experiencia previa en los movimientos democráticos, y que, en gran parte, habían llegado al movimiento por casualidad. Su ignorancia de las realidades de la sociedad china, su irresponsabilidad y la sed que tenían algunos de ellos de hacerse célebres, los hicieron vulnerables al extremismo político."

Viendo que la situación se radicalizaba, Zhao Ziyang tomó abiertamente la decisión de dialogar, provocando la ira de Deng. El 8 de mayo, Deng convocó a la "Banda de los Viejos" (Chen Yun, Peng Zhen, Li Xiannian, Yang Shangkun, Wang Zhen, Bo Yibo, los sobrevivientes junto con Deng de la Guardia Vieja que tomara el poder junto con Mao Zedong), quienes decidieron el futuro de Zhao.

El 14 de mayo tuvo lugar un nuevo intento de negociación entre los dirigentes del Partido Comunista y los del movimiento estudiantil, que fracasó, según Liu Binyan, por intransigencia de los jóvenes. Allí se perdió, según él "una oportunidad histórica de resolver la situación de manera pacífica".

Aunque en minoría en el Buró Político, Zhao se seguía resistiendo a reprimir a los movilizados, e insistía en la vía conciliatoria, planteando que no se podía tomar ninguna decisión hasta después del 17 de mayo, cuando terminara la visita de Gorbachov.

El movimiento estudiantil, mientras tanto, seguía avanzando con sus jóvenes dirigentes: Wang Dan, un estudiante de historia, Wuerkaixi, un estudiante uigur -una de las minorías nacionales chinas-, y la única dirigente mujer del movimiento, Chai Ling. Estos jóvenes no estaban solos, sino que recibían apoyo de otros viejos militantes del movimiento democrático como Ren Wanding, que había participado en la Primavera de Pekin de 1979, y el de la mayoría de sus profesores. Sin embargo, aquél en quien todos habían cifrado sus esperanzas, Fang Lizhi, brillaba por su ausencia, al igual que el resto de los intelectuales chinos que en anteriores oportunidades habían jugado un rol dirigente.

El 15 de mayo, cuando llegó a Pekin, Gorbachov se encontró sumido en la vorágine. Su programa se cambió para que pudiera ir a la Plaza a conversar con los huelguistas y ser aclamado por la multitud, que lo recibió como el representante de la "democratización". Mientras tanto, Zhao le hablaba de la naturaleza monárquica de un régimen en el que todas las decisiones dependían de Deng.

El 17 de mayo, entre uno y dos millones de personas, según las distintas fuentes, desfilaron por las calles de Pekin para reclamar una reunión extraordinaria de la Asamblea Nacional. Ese mismo día, se publicó una encuesta llevada a cabo por el Diario de la Juventud, que revelaba que el 75% de los habitantes de las ciudades apoyaban a los huelguistas de hambre. El propio diario oficial El Diario del Pueblo publicaba reportajes a los huelguistas y los llamaba "la esperanza de China".

El 19 de mayo a la mañana, Zhao Ziyang, secretario general del Partido Comunista y presidente de la República Popular China, que ya estaba desde hacía tiempo en minoría en el Buró Político, y sabía cuál sería su destino, concurrió con Li Peng, el primer ministro, a entrevistarse personalmente con los huelguistas en la Plaza Tiananmen y les dijo su famoso: "Llegué muy tarde, demasiado tarde, nos merecemos sus críticas". Mientras tanto, 5500 trabajadores fundaban la Asociación Autónoma de Obreros de Pekin y peleaban por su derecho a ocupar un lugar en la Plaza al lado de los estudiantes, quienes los rechazaban para no "contaminar" su movimiento.

En la madrugada del 19 al 20 de mayo, Li Peng, a cargo de la represión, anunció que regía la ley marcial en los distritos urbanos de Pekin, y que se utilizaría la fuerza para imponerla, si fuera necesario. Era el principio del fin.

Apenas se enteró de la orden de Li, el pueblo de Pekin salió a la calle a impedir que los camiones del ejército entraran a la capital. Los jefes del ejército vacilaban. El 21 de mayo, el jefe del Estado Mayor, Yang Dezhi, junto con siete oficiales, exigieron que el EPL no entrara en la capital. Ese mismo día, un millón de manifestantes marcharon por las calles de Hong Kong exigiendo la renuncia de Li Peng, en lo que constituyó una de las mayores movilizaciones que hayan tenido lugar en esa ciudad.

Mientras tanto, en la Plaza, la movilización se seguía radicalizando. Así como el 13 de mayo se había producido un recambio en la dirección, ahora se estaba produciendo un recambio entre los huelguistas dentro de la Plaza. Los jóvenes pequineses ya mostraban síntomas de desgaste después de casi un mes de lucha, y comenzaban a retirarse, pero sus lugares eran tomados por jóvenes llegados de las provincias, cuyo ánimo estaba intacto y para quienes la lucha recién comenzaba. Ante la declaración de la ley marcial, Wuerkaixi planteó ante la Plaza reunida en asamblea, que la única salida era levantar la huelga y vaciar la Plaza, antes de que se iniciara la represión. Wang Dan, interpretando el sentir de los allí reunidos pidio que se votara. Chai Li, que tres días más tarde se haría cargo de la dirección del movimiento dijo: "¡La Plaza es nuestra única arma!" Y con el apoyo del resto de los habitantes de Pekin, el movimiento se mantuvo quince días más contraviniendo la ley marcial. El 28 de mayo, el Comité de Ciudadanos de Pekin le pidio a los estudiantes que se retiraran de la Plaza, para no darle a la línea dura del Partido un pretexto para seguir adelante con sus planes de represión. Los estudiantes hicieron caso omiso de este pedido.

El 30 de mayo, los estudiantes de Bellas Artes decoraron la Plaza y trajeron a ella lo que sería el escándalo para los viejos dirigentes: una réplica de la Estatua de la Libertad de Nueva York, a la que bautizaron la "diosa de la democracia". A pesar de los síntomas ominosos que se percibían por doquier, todos pensaban, a esta altura, que finalmente el gobierno llegaría a un acuerdo. Más aún, según cuenta Harrison E. Salisbury, uno de los periodistas especializados en China, todos estaban convencidos de que el derramamiento de una sola gota de sangre de los estudiantes provocaría la caída del gobierno.

Mientras tanto, Deng preparaba su respuesta. Desde el 20 de mayo, se encontraba reunido con los jefes militares en Wuhan. Una rápida revisión de los jefes del ejército le dejó en claro que los únicos que tenían dudas sobre la represión eran los destacamentos de la capital. Todo estaba listo para el golpe final. El 24 de mayo, Deng dio la orden de que las tropas rodearan la ciudad. El mismo día, el Buró Político destituyó a Zhao Ziyang y Hu Qili. A fines de mayo, Jiang Zemin, el patrón de Shanghai, fue nombrado miembro de la dirección del Partido.

A todo esto, ignorantes de lo que estaba ocurriendo, y cansados por el desgaste de la espera, muchos jóvenes comenzaron a abandonar la plaza. A principios de junio sólo quedaban allí una decena de miles de manifestantes.

En la madrugada del 2 al 3 de junio se produjo el primer intento de asalto que fue rechazado.

Alrededor de las 2 de la mañana el primer grupo de soldados a pie y desarmados marchó sobre Tiananmen desde diferentes direcciones. La gente común de la ciudad los rodeó a medida que se acercaban a la plaza y los convenció de que se volvieran en la dirección en que habían venido. Mientras tanto, la segunda columna venía por el oeste. Consistía principalmente en soldados en camiones que escoltaban a otros que venían en ómnibus. Aparentemente los que venían en los camiones no estaban armados, los de los ómnibus sí. Los motorizados se habían movido rápidamente sin encontrar oposición hasta que ocurrió un accidente que dio tiempo a los estudiantes para dar la alarma. Nuevamente la gente salió a la calle a rodear la columna. Las tropas retrocedieron después de un intercambio de gritos. La gente con la que habló el corresponsal de Reuters le dijo que las tropas parecían con la moral baja y que no sabían nada de los estudiantes, las movilizaciones o qué estaba ocurriendo en Pekin. Eran tropas que venían del interior a las que nadie les había contado nada.

Finalmente, el ataque llegó la madrugada del 4 junio, cuando el EPL junto con blindados y con el apoyo de la policía militar aplastó brutalmente a los manifestantes. El mismo día, en Chengdu (Sichuan), otros cientos de víctimas de la represión se sumaron a los de Pekin. Las movilizaciones estallaron nuevamente en numerosas ciudades, pero fueron aplastadas. También se produjeron manifestaciones de protesta en Hong Kong. Por primera vez el Ejército Popular de Liberación había atacado a la población desarmada en pleno centro de Pekin, ante los ojos de la población de China y del mundo. Lo que nadie pensaba que podía ocurrir había ocurrido.

La magnitud de la represión

Hay distintas interpretaciones sobre las motivaciones y los objetivos políticos del movimiento de Tiananmen. Con respecto a lo que no hay dudas, es que la situación estaba lista para el estallido debido a la profundidad de la crisis económica y política interna y a los movimientos que ya habían tenido lugar, no sólo en Europa del Este, sino también en el propio sudeste asiático. Sin embargo, lo que resulta incomprensible para algunos es por qué decidió Deng reprimir cuando era muy probable que, de mantenerse el statu quo, el movimiento terminara por desgranarse y dividirse. En un discurso que dirigiera a los cuadros del Partido para explicar el por qué de la represión, publicado en el diario The New York Times a fines de junio de 1989, Deng decía que los dirigentes chinos habían cometido el error de pensar que los tumultos que estaban ocurriendo en otras partes del mundo, y en especial en los países del Este de Europa, no los afectarían. Por suerte, agregaba, los cuadros viejos del Partido habían sabido reaccionar a tiempo ante la amenaza, para matarla en su inicio.

El movimiento democrático había demostrado una fuerza y vitalidad superiores a las de cualquiera de los anteriores, y se había extendido prácticamente a todo el país. Demasiado pronto la Plaza había recibido representantes de las minorías étnicas, como los musulmanes del norte de China, que reclamaban un lugar para presentar sus reivindicaciones. Uno de los dirigentes del movimiento, Wuerkaixi, no era han. De no haberse puesto freno a esa situación, pronto se les hubiera ido de las manos.

El terror que le produjo a los jerarcas chinos la expansión y profundidad de la respuesta popular, los convenció, con Deng a la cabeza, de que lo mejor era olvidar sus diferencias tácticas sobre la "vía comunista" de vuelta al capitalismo y unir fuerzas contra sus dominados. Al aplastar la hipótesis de una transición democrática, Deng conseguía los medios para entrar, más tarde, y sin peligro, en la única transición al capitalismo admisible a sus ojos: una transición no política sino económica "a un comunismo capitalista", controlada por el PCCh. Para conseguirlo, hizo lo que ni siquiera Mao en el pico más alto de la Revolución Cultural se había animado a hacer: utilizar al ejército para atacar a una población desarmada e indefensa, frente a todos los medios de la prensa mundial. Es por eso que la diferencia entre la represión que sufrieron los manifestantes de Tiananmen, y la sufrida por otros representantes de los movimientos democráticos anteriores, no fue de grado sino cualitativa.

En su crónica de los últimos días de Tiananmen, Salisbury cuenta cómo la incredulidad de la población de Pekin –que se reía cuando les planteaba que el gobierno iba a utilizar las tropas que había movilizado sobre la ciudad- se vio reemplazada por el terror y la inmovilidad cuando tomaron conciencia de la magnitud de la masacre.

Pero tiene que quedar claro que fue una dureza calculada y puntual. Las directivas de Deng habían sido claras. En sus órdenes a Li Peng, el 31 de mayo, había dicho: "No podemos repetir la política de la revolución cultural" y a mediados de junio agregó: "Debemos juzgar a los criminales de acuerdo con la ley y sobre la base de pruebas. No debemos ejecutar sin límites. Debemos ser clementes con los que se arrepientan e inflexibles con los demás."

Como para que quedara claro que la represión no sería indiscriminada, el 9 de junio, en su discurso a los oficiales encargados de la aplicación de la ley marcial, Deng volvió a declarar: "No se trata de gente ordinaria sino de una clique contrarrevolucionaria y de una masa de marginales sociales (...) Su objetivo era instaurar una república burguesa totalmente ligada a Occidente." El 20 de junio, una circular de la Corte Suprema, planteaba la necesidad de acelerar los juicios a los contrarrevolucionarios. Las proclamas con los nombres de los dirigentes y participantes del movimiento sobre los que había orden de captura, cubrieron las paredes de las grandes ciudades, y la policía militar patrullaba las calles. Sin embargo, en la práctica, la represión que siguió a la matanza, de ninguna manera fue tan extensiva como se creyó en Occidente. El ejército fue rápidamente enviado de vuelta a los cuarteles, y los instrumentos de represión fueron los tradicionales: los Servicios de Inteligencia y el Partido, y hay que reconocer que no se mostraron demasiado eficaces. De la lista de 21 personas más buscadas, sólo 10 habían sido detenidas para el verano de 1990.

La represión se centró en los sectores de la juventud obrera y estudiantil, y en los grupos sociales "riesgosos", como los pequeños comerciantes. Pero aun esta represión puntual encontró un freno en la mala voluntad de los jueces, las intervenciones a favor de los estudiantes detenidos y el descontento de la población. Esto no quiere decir que no haya existido represión. Al respecto, Liu Binyan documenta que:

"...Además de la masacre de por lo menos 500 personas en Pekin, decenas fueron ejecutadas en las provincias por ‘participar en las revueltas’. Miles más fueron arrestados; muchos sentenciados a condenas que iban de 3 a 15 años de cárcel. Ya fuera que sólo se los detuviera o que se los enviara a la cárcel, esta gente fue, en su absoluta mayoría, privada de sus empleos originales cuando se los liberó, y fueron frecuentemente hostilizados o encontraron obstáculos para comenzar nuevas tareas que les permitieran mantenerse."

Se sabe que hubo centenas de ejecuciones, y que las detenciones llegaron a decenas de miles, pero las penas cayeron en un alto porcentaje sobre los jóvenes obreros del Sindicato Autónomo y los campesinos desocupados que habían llegado a la ciudad en busca de trabajo, violando las restricciones de emigración interna.

El 10 de enero de 1990, pasado el chubasco y salvada la ropa, el régimen consideró que podía ser magnánimo, y levantó la ley marcial, liberando a los grupos más importantes de detenidos, a la vez que autorizó la salida de Fang Lizhi a los Estados Unidos. Dos años más tarde, en febrero de 1993, ya más seguro en el poder, el PCCh liberó a Wang Dan, y aseguró que ya todos los estudiantes habían recuperado su libertad. En septiembre, Wei Jingsheng, el héroe del movimiento democrático de 1979, recuperó su libertad, para perderla nuevamente, junto con otros representantes del movimiento, en 1994. Se puede decir que tanto Wei como Wang entran y salen de prisión de acuerdo con el humor de los burócratas de turno.

¿Qué fue y por qué fracasó el movimiento de Tiananmen?

Como movimiento, el de la Primavera de 1989 no se diferenció demasiado de los demás movimientos democráticos que estallaron en China desde 1949. Al igual que ellos, fue políticamente difuso y con un bajo grado de organización. Patrick Sabatier, especialista en el tema, dice con respecto a los jóvenes que tomaron parte en las movilizaciones de abril y mayo: "Los estudiantes citan a Robespierre, Washington y la declaración de los Derechos del Hombre mientras escuchan a Michael Jackson y Madonna". Harrison E. Salisbury dice después de la que sería su última visita a la Plaza antes de la masacre:

"...en las paredes de los costados había muchos carteles y anuncios; algunos eran sólo nombres de personas que habían estado allí, otros eran declaraciones, algunos mensajes a amigos diciéndoles donde podían encontrar a otros, el tipo de anotaciones que a menudo se veían en los Estados Unidos en las movilizaciones de los años sesenta, especialmente durante las sentadas... Era Woodstock, creo, sin drogas y por cierto sin tanta gente, a las 6.30 ó 7 de la tarde del 3 de junio."

Aunque la Asociación Autónoma de Estudiantes de Pekin jugó un rol importante, nunca llegó a unificar las posiciones de los distintos grupos, ni a hacer que reinara el orden dentro de la Plaza. Si había algo que unificaba a todos los asistentes a la Plaza y a los huelguistas de hambre, era la reivindicación democrática.

Podríamos decir que esa falta de organización y de objetivo político claro fueron, al mismo tiempo, la debilidad y la fortaleza del movimiento. Su fortaleza, porque al ser los objetivos tan difusos permitieron el acercamiento de enormes masas de descontentos con el régimen. Su debilidad, porque es imposible organizar una oposición coherente, no ya a nivel nacional, sino incluso a nivel regional, sin un programa de acción claro.

Es por eso que es difícil entender y caracterizar a la primavera de 1989, y ésta es la razón por la que distintos sectores se apropiaron de la movilización para sus propios fines. Para los partidarios del capitalismo, se trató de una explosión democrática cuyo objetivo era extender los beneficios del mercado al sector político. Por eso, los estudiantes tomaron como paladín de sus luchas a Hu Yaobang, el delfín de Deng caído en desgracia a raíz de su defensa del avance de la reforma económica y de los sectores democráticos en las movilizaciones de 1987/88. En apoyo a esta hipótesis, hay que decir que los miembros de la nueva "burguesía roja" apoyaron al movimiento tanto mientras duró dentro de China, como afuera, una vez que la mayoría de sus dirigentes estudiantiles decidieron emigrar. Y no sólo ellos lo hicieron, sino también la burguesía taiwanesa y el imperialismo americano. Los primeros, tal vez como un intento de iniciar un proceso que terminara con el colapso de su odiado enemigo, los segundos como una posibilidad de imponer mejores condiciones de intercambio que le permitieran recomponer una balanza comercial altamente deficitaria.

Para otros sectores, se trató de un intento de reformar al Partido desde adentro, de democratizarlo liquidando a los sectores más reaccionarios y corruptos, fortaleciendo al sector "occidentalista" dentro del PCCh, pero sin salirse de ese marco. Para respaldar esta posición, citan que a las marchas concurrieron cuadros importantes del Partido –viejos héroes de la Larga Marcha que lucían sus medallas y condecoraciones- y que los estudiantes cantaban –entre otras canciones- la Internacional. Según los partidarios de esta idea como Liu Binyan, la Primavera de 1989 fue un intento de reforma política que fracasó por la ceguera de los intelectuales chinos y la inexperiencia de los dirigentes estudiantiles del "Comité de Estudiantes en Huelga de Hambre de la Plaza Tiananmen". Liu Binyan es especialmente duro en su crítica a sus colegas intelectuales. En su artículo Tiananmen and the Future of China dice:

"Una razón importante para el fracaso del movimiento fue la alienación y lejanía de la intelligentsia china de la gente común. Su demora inicial para percibir la cercanía de la crisis dentro de la sociedad china, no les permitió prepararse bien para los hechos que acontecieron; incapaces de darle al movimiento el apuntalamiento teórico y estratégico que necesitaba, no pudieron dar un paso adelante para dirigirlo como hicieron sus colegas en Europa del Este y Rusia.

"La abdicación de los intelectuales puso, en los hechos, la responsabilidad del destino del movimiento de Tiananmen en manos de los estudiantes universitarios."

Por otra parte, existe todo un sector del movimiento democrático formado por dirigentes estudiantiles como Wuerkaixi y Chai Lin, que consiguieron escapar a Occidente, y cuyos intentos de organizar una oposición en el extranjero, hasta ahora han fracasado. La opinión de Liu sobre todo sobre ellos es palmaria:

"... Después del 4 de junio, los dirigentes estudiantiles más radicalizados se las arreglaron para escapar del país, mientras que sus colegas más responsables, quienes habían puesto un esfuerzo enorme para organizar la estrategia de la lucha, terminaron arrestados y en prisión. Aquellos que han recuperado su libertad se rehusan a dejar el país, e insisten en quedarse en China para continuar la lucha. Son ellos los que están haciendo los esfuerzos más conscientes para aprender de la debacle, mientras que durante los últimos cinco años, los radicales se han rehusado consecuentemente a reexaminar la historia del movimiento o a reconocer sus errores. Sin embargo, los políticos americanos los siguen viendo como los héroes de Tiananmen y los representantes del movimiento democrático chino en el extranjero."

Para él, la fundación del Sindicato Autónomo de Obreros de Pekin fue el primer indicio de que la clase obrera, después de muchos años, intentaba retomar su lugar de preponderancia en la Revolución China. Un hecho que podría encontrarse confirmado en las innumerables huelgas salvajes que se propagaron por todo el país luego de la masacre, como si el movimiento obrero, que había entrado más tarde a la lucha, no se hubiera dado cuenta de que ésta ya había acabado.

Tiananmen nos enfrenta con un fenómeno repetido en la historia de la China comunista: la movilización espontánea y a gran escala de la población para enfrentar a una política o a un sector del gobierno. Así, en el entierro de Chou Enlai en 1976, las masas salieron espontáneamente a explicitar su descontento con Mao y la Banda de los Cuatro. Lo mismo volvió a ocurrir en 1979, y en 1987 cuando salieron a protestar contra las medidas tomadas por el régimen. Tiananmen fue un movimiento espontáneo del mismo estilo, aunque en una escala superior a los anteriores. Es como si las masas, privadas de su derecho a organizarse de manera independiente a partir de 1949, lograran, de tanto en tanto, liberarse del yugo del Partido y encontraran la forma de manifestarse, aunque de una manera limitada, porque nunca disponen de suficiente tiempo para poder constituir un movimiento estable y dar una batalla a largo plazo. Es que para hacerlo es necesario un programa y objetivos comunes, que les permitan apuntar "al corazón del Rey". Mientras eso no ocurra, las masas chinas seguirán dejando, una y otra vez, su heroica sangre en plazas y ciudades.

Un camino sin retorno

A partir de la masacre de Tiananmen, el sector "conservador" tomó, en apariencia, el control del Partido y del gobierno. Sin embargo, era sólo una apariencia. Deng consiguió ubicar en el cargo de secretario general del Partido a Jiang Zeming –ex-intendente de Shanghai-, un personaje venido de las provincias, sin mayor apoyo dentro del aparato del Partido, que por fuerza debía responderle. Al mismo tiempo, le puso un límite a la represión y al accionar del primer ministro Li Peng. El centro de la política sería el desarrollo económico, y sus dos puntos básicos: el cumplimiento de los "cuatro principios fundamentales", y la reforma y la apertura. Que el poder estaba más balanceado de lo que comúnmente se cree, lo demuestra el hecho de que Zhao Ziyang fuera destituido de su cargo, pero que en ningún momento se planteara su expulsión del PCCh, como le había ocurrido al propio Deng en 1976. Zhao, más bien, fue conservado como una pieza de recambio.

Por otra parte, era por todos sabido que la única perspectiva de éxito para las campañas de pureza ideológica que querían impulsar, tanto en el campo como en las ciudades, a fin de desmontar lo que quedara en pie del movimiento democrático, estaba en la rápida obtención de mejoras en el campo económico. Y sería en el campo económico donde se libraría la verdadera batalla. El quinto pleno del Comité Central de noviembre de 1989, anunció el restablecimiento de la planificación central, la restauración del control de precios, y una serie de medidas, como la restricción de créditos, destinadas a frenar el desarrollo de las empresas privadas y colectivas, y a reducir la importancia del mercado. Al mismo tiempo, la prensa oficial volvió a hablar de la renacionalización de la tierra y de la vuelta a la economía colectivista en el campo.

Los intentos por dar la marcha atrás en la reforma terminaron en el fracaso. Sólo en Shanghai, la restricción del crédito generó un freno en la producción que llevó al desempleo a 100.000 trabajadores. A ese costo se consiguió frenar la inflación, que cayó al 2% en 1990. En el campo, las medidas de los conservadores se sintieron de manera brutal, aunque gracias a la indecisión de los cuadros locales, que no se animaron ni a restablecer la colectivización –sobre todo, porque ellos eran parte del negocio-, ni a favorecer plenamente al comercio de los 18 millones de pequeñas empresas existentes, sólo 400.000 cerraron entre 1989 y 1990.

Pero los "conservadores" se encontraron con un problema en el que no habían pensado: después de años de descentralización, las provincias costeras, cuyas economías eran mucho más dinámicas, no prestaban atención a las directivas de Pekin. Las Zonas Económicas Especiales se resistieron al nuevo sistema impositivo centralizado, y presentaron sus excusas a la política económica central, basándose en la necesidad de luchar contra el desempleo. No hay duda de que sabían que contaban con el apoyo de Deng y otros dirigentes cercanos a él, entre ellos el propio Jian Zeming, que estaba ansioso por relanzar la apertura de Shanghai. El proceso de descentralización económica había creado un monstruo que ya no podía ser gobernado desde el centro. La resistencia obligó a los "conservadores" a una retirada táctica, y en el Pleno del Comité Central de diciembre de 1990, se vieron obligados a adoptar una línea más equilibrada. La política de la reforma recibió una aprobación oficial.

A partir de ese momento y durante 1991, las diferencias se hicieron evidentes. Desde el punto de vista político, mientras el Diario del Pueblo hablaba en contra de la "liberalización burguesa", los diarios oficiales de Shanghai desataban una ofensiva contra el "sector conservador". En este momento, un hombre nuevo fue elevado a la alta jerarquía del Partido: Zhu Rongji –el reemplazante de Jiang Zemin en la dirección de Shanghai-, que pertenecía al sector de Deng. En respuesta, los conservadores relanzaron su campaña contra las zonas económicas especiales y la reaparición del capitalismo en el campo, y consiguieron imponer uno de sus hombres como viceprimer ministro.

Pero la situación económica no les daba respiro. La lucha interna, combinada con los intentos de aplicación de la política de los conservadores, había estancado al país. Al mismo tiempo, se hacía cada vez más evidente que, mientras el 40% de las empresas del Estado eran deficitarias, el único sector que producía y se hacía cada vez más dinámico, era el de la empresa privada, tanto en el campo como en las zonas costeras. Deng, cansado de esta situación decidió tomar el toro por las astas y salir él mismo a dar la batalla.

A principios de 1992, a los 88 años de edad, iba a demostrar una vez más que había aprendido mejor que nadie la técnica maoísta para imponer una política. En enero de ese año, hizo un viaje a Shenzhen, donde a la vez que reafirmó la necesidad de impedir, a como diera lugar, cualquier intento de cuestionamiento ideológico, mantuvo que era más necesario que nunca, establecer una economía de mercado.

El Buró Político adoptó inmediatamente esta nueva orientación, a la vez que la Asamblea Nacional abolió las medidas económicas más restrictivas adoptadas luego de Tiananmen, y declaró la autonomía de las empresas del Estado. Esta línea fue luego reafirmada por el XIV Congreso del PCCh en octubre de 1992. Se proclamó la "economía de mercado socialista", bajo la consigna: "Hacerse rico es glorioso". Los "conservadores" fueron derrotados en toda la línea, y sufrieron bajas en sus representantes dentro del gobierno. De acuerdo con las decisiones del Congreso, en marzo-abril de 1993, la Asamblea Nacional reformó la Constitución para incluir en el preámbulo el concepto de "economía de mercado socialista". Se eligió una nueva dirección: Li Peng siguió siendo primer ministro –aunque con un 10% de votos en contra—; Jiang Zeming se transformó en presidente; el "capitalista rojo", Ron Yiren, sería viceprimer ministro y Zhu Ronghi quedó confirmado como jefe de la reforma económica y primer viceprimer ministro.

Uno de los problemas inmediatos, a resolver por Zhu Ronghi, era el del campesinado. Las causas del malestar podían reducirse básicamente a dos. Por un lado, la prepotencia de las burocracias locales, que en lugar de pagarle a los campesinos sus cosechas en efectivo, utilizaban ese dinero para invertirlo en las empresas colectivas locales, y a ellos les pagaban con bonos. Además, por si eso fuera poco, habían incrementado los impuestos, y exigían que estos se pagaran en efectivo. El otro problema era el alza de los precios de las semillas y de las maquinarias. Las revueltas campesinas se multiplicaron durante 1992 y 1993. Para poner freno a esa situación, Zhu tomó medidas para defender a los campesinos.

Pero el gobierno tenía que enfrentar, además, otra dificultad: el recalentamiento de la economía, que amenazaba con quedar fuera de control. La inflación volvió a subir en las ciudades. Para resolver la situación, Zhu Ronghi decidió tomar él mismo la dirección del Banco Central de China, y adoptar una serie de medidas como reducir la tasa de interés, devolver zonas que habían sido declaradas abiertas al derecho común y prohibir la concesión de préstamos especulativos. Sin embargo, el pleno del Comité Central que votó tanto esa política como el establecimiento de la economía socialista del mercado, no votó, como era su costumbre, por unanimidad. La economía siguió creciendo pero había y sigue habiendo sombras en el futuro.

[1] Esta Editorial está vinculada a la Revista de Debate y Crítica Marxista Herramienta (http://www.herramienta.com.ar/index.php)
[2] Para una introducción a nuestros planteamientos sobre China, puede verse nuestro artículo China: ¿del capitalismo de estado al capitalismo “normal”? en http://democraciacomunista.blogspot.com/2007/10/china-del-capitalismo-de-estado-al.html