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viernes, 13 de febrero de 2009

UNA NUEVA IZQUIERDA ES POSIBLE: RESCATANDO EL PENSAMIENTO DE ROSA LUXEMBURGO

Pablo E. Slavin

¿Qué significa ser de izquierda? ¿Qué valores defiende? ¿Quién la representa?

Estas son algunas de las preguntas que nos planteamos en la hora actual.

¿Y cual es el papel de Rosa Luxemburgo en esta empresa? ¿Es necesario en los albores del siglo XXI acudir al pensamiento de alguien que desarrolló sus ideas un siglo atrás?

La pérdida de rumbo de la izquierda no es un hecho nuevo. Rosa Luxemburgo vivió en un momento crucial de profundas divisiones en su seno, y siempre supo mantener una línea de conducta ejemplar, donde teoría y praxis eran inseparables.

Es por ello que consideramos esencial recuperar su pensamiento como punto de partida para la construcción de una nueva izquierda que de satisfacción a los problemas que el modelo capitalista, en su grado de desarrollo actual, nos presenta.

Puede leerse completo este extraordinario texto (en formato pdf) pulsando el siguiente enlace:

http://luxemburguismo.wordpress.com/files/2009/02/pablo-slavin-rescatando-a-rl.pdf

martes, 2 de diciembre de 2008

Estrenan nueva pieza teatral sobre Rosa Luxemburgo

Imagen: Película de los años 80 sobre Rosa, de Margeritte Von Trotta

Acogerán Berlín esta noche el estreno de la puesta en escena dedicada a la histórica dirigente comunista cuya biografía y pensamiento se plasman en la trama de la historia

EFE
El Universal
Berlín Viernes 07 de noviembre de 2008

Berlín acoge esta noche el estreno de "Rosa", una obra teatral dedicada a la histórica dirigente comunista Rosa Luxemburgo, cuya biografía y pensamiento se encaraman al escenario en una pieza para todos los públicos.
Cuando esta noche el Grips-Theater abra su telón, los espectadores asistirán a una obra de teatro que, sin serlo, conjuga elementos del musical -con canciones populares de la revolución-, y con un texto salpicado de fragmentos de la obra política de Luxemburgo, explicó a la prensa alemana su autor, Volker Ludwig.

"Rosa" retrata también los momentos más destacados de la biografía de este icono del socialismo, quien impulsó la formación del Partido Comunista Alemán y participó activamente en la Revolución de 1919 en Berlín.

Pero la vida de Rosa Luxemburgo (Polonia, 1871) se vio terriblemente truncada cuando, el 15 enero de 1919, fue apresada, torturada y asesinada junto al líder comunista Karl Liebknecht y su cuerpo fue arrojado a un canal de la capital alemana.

La obra descubre, asimismo, algunos de los aspectos de su personalidad hasta ahora menos conocidos y muestra a una mujer fuerte y emancipada en el amor que, pese a ello, viviría episodios depresivos, comenta Ludwig, quien afirma haberse leído hasta seis biografías sobre Rosa Luxemburgo.

El texto, que Ludwig ha redactado en colaboración con la directora de la obra, Franziska Steiof, recoge igualmente varios pasajes de la correspondencia que la ideóloga marxista mantuvo con sus compañeros de partido.

Por todo ello, sus autores rechazan que "Rosa" pueda encasillarse como un "musical" y aseguran que su intención no es convertir a Luxemburgo en un "icono pop", sino presentar su historia y su ideología al público.

"En realidad, cuando la gente salga del teatro debería unirse a la Revolución", bromea Ludwig, quien señala que desde hace cuarenta años venía pensando en estrenar una obra sobre Rosa Luxemburgo, considerada una de las personalidades más brillantes del siglo pasado.
mzr

sábado, 25 de octubre de 2008

RED LUXEMBURGUISTA INTERNACIONAL


En esta organización nos agrupamos militantes luxemburguistas, que compartimos los postulados de Rosa Luxemburgo. Nuestro objetivo, como miembros de la clase proletaria, es ayudar a organizar la revolución mundial, aportando nuestras perspectivas, basadas en el socialismo y la democracia radicales.


Actualmente, contamos con militantes en España, Estados Unidos, Francia, Noruega, Portugal y Reino Unido. Evidentemente, no somos ni pretendemos ser los únicos activistas que reivindican el pensamiento de Rosa Luxemburgo. Tampoco creemos que el Luxemburguismo pueda ser un dogma. Todos los militantes pueden exponer libremente sus ideas, pues la Libertad es una condición indispensable para la construcción del Socialismo.


El trabajo de Luxemburgo sobre la autoorganización democrática de la clase obrera, los procesos de huelgas de masas, el funcionamiento de la acumulación capitalista, y su oposición constante a todas las formas de nacionalismo, es, creemos, clave para la comprensión y la interpretación del mundo actual. Pero su obra surgió de la vida, desarrollando la tradición del pensamiento marxista de la clase obrera, que incluye el trabajo de muchos otros antes, durante y después de su tiempo. Nos inspiramos en toda esa gran tradición, no sólo en la obra de ella.


Animamos a todos los que compartan las ideas de Rosa Luxemburgo a contactar con nosotros y a unirse a esta Red, pues a todos está abierta.


¡SOCIALISMO O BARBARIE!

sábado, 6 de septiembre de 2008

J. Biardeau R.: Marx, Socialismo y Democracia Radical

En medio de las clásicas polarizaciones políticas que han fracturado al país, es importante plantear que existen “modelos de democracia” y no un único “canon democrático” claramente asentado como concepto normativo, no sometido a las articulaciones hegemónicas de la política. En el siglo XIX, el liberalismo político y la democracia encontraron una articulación política contingente que se estabilizó gradualmente, dando lugar al “liberalismo democrático”. ¿Pero implica esto que toda democracia es una “democracia liberal”? Si se analiza en profundidad la historia de la idea de la democracia, la respuesta es no. Inversamente, no hay “necesidad histórica” alguna para que todo liberalismo sea democrático. Esto abre un extraordinario campo de estudios e interpretaciones con consecuencias en la acción política, para comprender las tensiones entre liberalismo, democracia y socialismo. En las tradiciones socialistas, fue Lenin el que más insistió en demarcar claramente lo que denominó la “democracia burguesa” de la “democracia proletaria”. Este linaje fue de la tesis de la democracia proletaria a la tristemente célebre “democracia popular” del campo soviético, hasta llegar incluso en el famoso “bloque de cuatro clases” de extracción estalinista (y de aplicación maoísta), para hablar de la “nueva democracia”. La famosa frase de “liberales adocenados” de Lenin quedó sellada tanto para Kautsky como para Bernstein. “Liberal adocenado” es la fórmula elegante que utilizan los seguidores de la revolución bolchevique para descalificar las “desviaciones liberales”, el “oportunismo de derecha”. Desde allí comenzó una larga cadena de descalificaciones a la “revolución pacífica”, a la “legalidad burguesa”, a los “métodos democráticos”, y si no faltara poco, a la “representación política” y al “sufragio universal”. En pocas palabras, para el leninismo consecuente, no hay posibilidad alguna de revoluciones pacíficas, democráticas y electorales hacia el socialismo, y quedarían canceladas la vía chilena o venezolana (o el eurocomunismo), ya que la contrarrevolución violenta bloquearía el tránsito revolucionario y el “pacifismo” impediría construir una dictadura del proletariado (la violencia revolucionaria o contrarrevolucionaria son las parteras de la historia). Sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quién le colocó el cascabel al gato a la revolución rusa en sus encrucijadas democráticas, y analizó como el desvarío autoritario se apoderó desde la cuna de la dirigencia bolchevique. No quiere decir esto que Luxemburgo subestimara el papel de la violencia política (fue victima de ella, por cierto), sino que alertó sobre cómo la acción política bolchevique ponía en riesgo el vínculo indisoluble entre democracia y socialismo. La semilla autoritaria venía directamente inscrita en los intentos de dirección y control político de la democracia de consejos (Soviets) ¿Es posible controlar desde un centro de dirección política, desde un núcleo de decisión política, la democracia de consejos? Allí comenzó el verdadero drama de la revolución bolchevique. Y es que desde finales del siglo XIX, el movimiento socialista europeo se aglutinaba alrededor de la “socialdemocracia revolucionaria”: un término realmente extraviado de la memoria socialista, que es el auténtico legado político de la revolución teórica inconclusa de Marx; e incluso, de la primera codificación marxista en manos de Engels. Escuchemos bien: “socialdemocracia revolucionaria”, o lo que es lo mismo, movimiento político donde quedan articuladas indisolublemente la revolución democrática y la revolución socialista. Nada que ver entonces con la revisión reformista de la socialdemocracia, fruto de Bernstein, por una parte, y de los graves errores del partido socialdemócrata alemán de incorporarse a la llamada Primera Guerra. Pero tampoco, nada que ver con la revisión jacobina-blanquista de Lenin del legado de Marx y Engels sobre la democracia. La indigencia teórica ha llevado a descuidar las importantes contribuciones de Arthur Rosenberg y de Lelio Basso para analizar en profundidad las articulaciones históricas indisolubles entre la democracia de multitudes y el socialismo revolucionario en la obra abierta de Marx. El culto extremo a las tesis leninistas en las izquierdas revolucionarias, las incapacitaron para encontrar, lo que Adam Shaff ha denominado las trans-literalizaciones abusivas de Lenin sobre los textos de Marx y Engels cuando escribió “El Estado y la Revolución”: evangelio político de una supuesta “teoría del estado y la revolución marxista”. Lamentablemente, hay malas noticias para los burócratas de partido-aparato, el leninismo no es ni la continuación-profundización de Marx ni la aplicación creadora de los principios teóricos de Marx a la situación concreta de Rusia. Entre Marx y Lenin hay significativos cortocircuitos teóricos y políticos. Es plausible comprender las razones por las que una cultura de aparato ha pretendido silenciar estos cortocircuitos. Mas preocupados por las funciones prácticas de la doctrina en la consolidación de la enajenación política y del cemento ideológico en el partido-aparato, han creado toda una mitología marxista-leninista que no tiene justificación teórica ni histórica alguna. Por eso, no sería extraño a Marx plantear aquella frase: “Yo no soy marxista”… y mucho menos “Marxista-Leninista”. En fin, contra el dogmatismo de izquierda: Marx, Socialismo y democracia radical.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

viernes, 18 de julio de 2008

El destino de la espontaneidad revolucionaria (D. Guérin)

Extracto de Rosa Luxemburg et la spontanéité révolutionnaire [Rosa Luxemburgo y la espontaneidad revolucionaria](Daniel Guérin, 1971):

Las ideas de Rosa Luxemburg acerca de las funciones de la espontaneidad y el partido revolucionario dieron lugar, después de su muerte, a un debate ininterrumpido y que no parece cercano a su fin.
J. P. Nettl presenta en su biografía de Rosa un sabroso resumen de las sucesivas y contradictorias “vueltas” respecto del tema por parte del comunismo internacional y, sobre todo, el partido comunista alemán. La herencia de la teórica siguió la suerte de las numerosas sinuosidades de la “línea” establecida en Moscú, con sus repercusiones en Berlín.
Dieciocho meses después de su trágica muerte, Rosa era todavía reverenciada como inspiradora y teórica del comunismo europeo, y August Thalheimer rendía un vibrante homenaje al conjunto de su obra. Sus críticos eran tratados de “fariseos marxistas”[1]. Lenin escribía en octubre de 1920 acerca de la revolución de 1905: “Los representantes del proletariado revolucionario y del marxismo no falsificado, tan notables como Rosa Luxemburg, comprendieron inmediatamente la importancia de esta experiencia práctica”, mientras que los socialdemócratas “se mostraron completamente incapaces de comprender esta experiencia”[2].
Todavía en 1922, Lenin, al enumerar los errores cometidos por Rosa Luxemburg, no mencionaba ni explícita ni implícitamente sus ideas sobre la espontaneidad. Concluía que: “a pesar de sus errores había sido y seguía siendo un águila”. Reprendía a los comunistas alemanes por el “increíble retardo” en la publicación de sus obras completas, indispensables, estimaba, “para la educación de numerosas generaciones de comunistas”[3].
Pero las críticas se hicieron más ásperas cuando, en 1922, Paul Levi se decidió a publicar un texto inédito explosivo, La revolución rusa, cuyo manuscrito había reservado demasiado prudentemente desde setiembre de 1918. Clara Zetkin y Adolf Warski escribieron sendos folletos en los cuales las opiniones de Rosa sobre la revolución rusa eran seriamente refutadas [4].
El filósofo Georg Lukacs había publicado en enero de 1921 un ensayo donde hacía el elogio de la concepción luxemburguiana de la espontaneidad de las masas. Pero en enero de 1922 y, sobre todo, en setiembre de 1922, publicaba otros dos ensayos, más agridulces, en los que reprochaba a Rosa el haber subestimado el papel del partido revolucionario. El escándalo de la publicación del molesto inédito de 1918, sin duda, había modificado su juicio [5].
Sin embargo, antes de 1924, el Partido Comunista alemán tenía una dirección más o menos luxemburguista, cuyos voceros eran August Thalheimer y Jakob Walche, antiguos espartaquistas, Heinrich Brandler y Ludwig. Serían expulsados en 1927 y formarían el “K.P.O.” (partido comunista de oposición) Fue a comienzos de 1924, después del fracaso de la revolución alemana del verano de 1923 y, por vía de consecuencia, de la caída de la dirección Brandler-Thalheimer de la dirección del P.C. alemán, acontecimiento seguido de cerca por la muerte de Lenin, cuando las ideas de Rosa se convirtieron en heréticas.
Zinoviev dominaba entonces en la internacional comunista, y una dirección de ultraizquierda, con Ruth Fischer y Arkadi Maslov a la cabeza, se había apoderado del P.C. alemán. La terrible Ruth no dudó en acusar a Espartaco de no haber roto claramente en ningún momento con la segunda internacional, y diagnosticó en la influencia de Rosa nada menos que “un bacilo de sífilis”. En 1925 fue más lejos, y las ideas de Rosa Luxemburg se convirtieron en un cuerpo de doctrina reprobado: el luxemburguismo. Ruth Fischer atacó violentamente la actitud de Rosa respecto del problema de la organización. Le atribuía una caricaturesca teoría de la espontaneidad, en la cual la espontaneidad o la autoactividad de las masas lo era todo, mientras el partido quedaba reducido a una simple abstracción [6].
Paul Frölich, biógrafo y compañero de armas de Rosa, se alzó contra esa falsificación: “El sediciente mito de la espontaneidad en Rosa Luxemburg no se mantiene en pie [...]. No fue Lenin, sino, después de su muerte, Zinoviev, quien lanzó esta mentirosa acusación, con el fin de consolidar la autoridad absoluta del partido bolchevique sobre la internacional comunista.
El antiluxemburguismo fue un artículo de fe para la escolástica stalinista. Se convirtió en la adecuada expresión de una mentalidad de burócratas de Estado y partido, que no conducían a las masas en lucha, sino que subyugaban a las masas desarmadas y cautivas”[7].
Mientras, en noviembre de 1925, en ocasión del 14 congreso del P.C. ruso, Zinoviev era desplazado por Stalin y poco después Ruth Fischer era cubierta de lodo y excluida luego del P.C. alemán. Por un tiempo Rosa Luxemburg quedó rehabilitada.
Había sido la víctima de la amazona ultraizquierdista. Pero esta amnistía no duró mucho. El ala derecha del P.C. ruso había triunfado en Moscú, siendo Bukharin su adalid, quien se aplicó a demoler La acumulación del capital. El más importante elemento de error en esta obra de Rosa sobre economía era su teoría de la espontaneidad [8].
Sin embargo, la persona de Rosa quedaba rehabilitada y cuidadosamente diferenciada de lo que seguía siendo herejía: “el luxemburguismo”.
Las cosas se arruinaron una vez más cuando en 1931 José Stalin en persona y Lazar Kaganovich, a su turno, atacaron públicamente a Rosa. El déspota fabricó una amalgama entre Trotsky, Rosa Luxemburg y Parvus, acusados los tres del pecado de “revolución permanente”, mientras Kaganovich ponía fin a la culpable indulgencia de separar a Rosa del “luxemburguismo” [9].
Trotsky, en el exilio, criticó agriamente el artículo de Stalin, “calumnia afrentosa e infame contra Rosa Luxemburg”, “dosis masivas de grosería y deslealtad”, para concluir: “Tanto mayor es nuestro deber de transmitir en todo su esplendor y su alto poder educativo esta figura verdaderamente maravillosa, heroica y trágica, a las jóvenes generaciones del proletariado”[10].
En un artículo posterior, Trotsky, atacaría más bien a los luxemburguistas y no a Rosa [11].
Actualmente, en Alemania del Este, se ha desistido de encerrar a Rosa en un “espontaneísmo” excluyente, prefabricado, y se ha iniciado una edición de sus Obras completas, sin suprimir ninguno de sus escritos, ni aquel en contra de Lenin de 1904.
El anterior repaso histórico ayuda a comprender las controversias en torno de las ideas de Rosa sobre la espontaneidad, que se han multiplicado en la medida que se agranda el prestigio de su autora y sus obras adquieren mayor difusión.
El “luxemburguismo” ha conocido varios renacimientos fuera del movimiento comunista ortodoxo. El primer luxemburguista de lengua francesa fue Lucien Laurat. Fue uno de los fundado res del P.C. austríaco, luego miembro del P.C. ruso, seguidamente miembro del P.C. belga. Ya era un luxemburguista clandestino antes de romper con el P.C. belga en 1928 y de radicarse en Francia. Había publicado dos artículos, bajo el seudónimo de Primus, en el Boletín comunista de Boris Souvarine a partir de 1925. Después de su expulsión del partido, publicó artículos luxemburguistas en las revistas Clarté, después Lutte de Classes. En 1930 publicó un Resumen de La acumulación del capital.
La soledad de Laurat terminaría a partir de 1933. En efecto, la llegada de Hitler al poder, la derrota del proletariado del otro lado del Rhin y la bancarrota del Partido Comunista alemán favorecieron una reactualización del luxemburguismo. Sus voceros de lengua alemana fueron principalmente exiliados: Miles (seudónimo de Karl Frank), que publicó un folleto distribuido clandestinamente en el Tercer Reich: Neu Beginen (“Nuevo comienzo”), y los líderes del pequeño partido obrero socialista (disidente) de Sajonia, Sozialistisehe Arbeitpartei (SAP), Oskar Wassermann, Jakob Walcher, Boris Goldenberg.
En Francia, la compañera de Laurat, Marcelle Pommera, fundó en octubre de 1933 la revista luxemburguista Le Combat Marxiste; por su parte René Lefeuvre creaba las revistas luxemburguistas Masses, seguidamente Spartacus, luego los Cahiers Spartacus. Para esta última publicación Lucien Laurat escribió el prefacio de una compilación de textos de Rosa, Marxisme contre dictature (1934), mientras André Prudhommeaux recogía los elementos del folleto Spartacus 1918-1919 (Masses Nº 15, 1934). En 1937, Michel Colinet prologaba una reedición para los Cahiers Spartacus, de La revolución rusa. Marceau Pivert prologaba ese mismo año un pequeño inédito de Rosa: L’Église et le socialisme. El movimiento político animado por Marceau Pivert, en un principio izquierda revolucionaria del partido socialista, después partido socialista obrero y campesino, estaba fuertemente impregnado de las ideas luxemburguistas.
El segundo renacimiento del luxemburguismo data de mayo de 1968, que en los hechos marcó la inesperada reaparición de la espontaneidad revolucionaria. (...)

Notas
[1] August Thalheimer, Las obras teóricas de Rosa Luxemburg, Die Internationale, 1920, 11, Nos. 19 y 20, pp. 19-20.
[2] Lenin, Contribución a la cuestión de la dictadura, en Oeuvres, ed. 1935, XXV, p. 511.
[3] Lenin, escrito póstumo en Pravda del 16-4-24, Sochineniya, XXXIII, p. 184.
[4] Clara Zetkin, Um Rosa Luxemburgs Stellung zur russischen Revolution; Adolf Warski, Rosa Luxemburge Stellung zu den taktischen Problemen der Revolution, ambos en Hamburgo, 1922.
[5] Georg Lukacs, Rosa Luxemburg marxista, enero de 1921; Observaciones críticas sobre la crítica de la revolución rusa de Rosa Luxemburg, enero de 1922; Observaciones metodológicas sobre la cuestión de la organización, setiembre de 1922, en Historia y conciencia de clase.
[6] Ruth Fischer, Die Internationale, 1925, VIII, Nº 3, p. 107.
[7] Paul Frölich, Zum Streit über die Spontaneität, Aufklarung, 1953.
[8] N. Bukharin, El imperialismo y la acumulación del capital, 1925.
[9] Stalin, Sobre ciertos problemas de la historia del bolchevismo, 1931, Sochineniya, XIII, pp. 84-102. L. Kaganovich, Correspondance Internationale, 15-12-31.
[10] Trotsky, Bas les pattes devant Rosa Luxemburg!, 28-6-32, Ecrits, I, 1955, pp. 321-331. (Véase Documento Nº 10.)
[11] El mismo, Rosa Luxemburg et la IV° Internationale, 1935. (Véase texto VII.)
[12] Hartmut Mehringer y Gottfried Merger, La gauche nouvelle allemande et Rosa Luxemburg, Partisans (Rosa Luxemburg vivante), Nº 45, 1969. Es de notar la publicación en 1970 en la colección de bolsillo Rowohlt de los Escritos sobre la teoría de la espontaneidad de Rosa Luxemburg.

Ver también:
  • Texto en francés aquí
  • Libro (en castellano) al formato pdf aquí

lunes, 14 de julio de 2008

Rosa Luxemburgo: La Acumulación del Capital o lo que los Epígonos han hecho de la Teoría Marxista: una Anticrítica


Hemos digitalizado la primera parte de esta obra de Rosa Luxemburgo. Con ella continuamos la publicación, en La Bataille Socialiste y en Marxismo Libertario, de diversas obras y fragmentos referentes a la teoría de la acumulación del capital de Rosa. Próximamente publicaremos la segunda parte de esta obra. Después iremos publicando otros artículos y fragmentos de libros, así como la traducción de La Acumulación del Capital que estamos haciendo.

Esta obra fue escrita como respuesta a las críticas que los patriarcas de la II Internacional realizaron de la obra de R.L. sobre la acumulación del capital. Somos luxemburguistas, entre otras cosas porque defendemos la plena validez de los postulados básicos de R.L. en La Acumulación. Consideramos que no sólo fue un soplo de aire fresco en la fosilización a la que se veía sometida la teoría marxista en su época, sino que consiguió avanzar en uno de las principales cuestiones no resueltas por Marx y Engels: la acumulación global del capital.

Su obra fue criticada por la mayoría de los marxistas “ortodoxos”. En una lamentable muestra de la esclerosis en la que estaba por entonces sumido el marxismo, tanto en su versión revisionista (representada por los líderes de la II Internacional) como en su versión bolchevique. Después, otros muchos “ortodoxos” continuaron las críticas al calor de las campañas que contra el luxemburguismo desarrollaron bolcheviques y stalinistas. Esas críticas incluso se extendieron a otras variantes mucho más lúcidas del marxismo.

Pero hoy, después de muchos años y de muchas experiencias históricas, quienes lean La Acumulación y esta Anticrítica encontrarán que los planteamientos de Rosa, negados y despreciados hasta la saciedad, tienen incluso una actualidad que sus dogmáticos críticos nunca podrán alcanzar.

Para ver la obra pulsa en el enlace:
http://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2008/07/anticritica-i.pdf

SALUD
DC-L

lunes, 7 de julio de 2008

Con proposito de debate he enviado el siguiente y brevisimo texto a las redes luxemburguistas:

Para un debate sobre el programa democrático-radical de los marxistas revolucionarios:

a).- La critica de R. L. a la fetichización del derecho de autodeterminacion leninista ( y wilsoniano) que aparece en La Revolución Rusa se instala, a mi juicio, a una impugnación de la llamada teoria trotsko-leninista de la Revolución Permanente.

b).- En base a la critica e impugnación anterior urge un programa democrático-radical de democratización profunda en el plano planetario, global y estatal-nacional. En ese programa debe figurar una denuncia profunda de las bases de la democracia, ahora sí, "burguesa", en el sentido de identificar en que modo gravita sobre todas las leyes, y en especial sobre el código civil, los derecho de los propietarios, de los mas fuertes sobre los mas débiles y de todos en general sobre los no-propietarios. La prohibición de la prisión por deudas, ya desde la revolución francesa, es indirectamente negado al prescribirse prisión por "alzamiento de bienes"

c).- Es necesario confrontar la teoria de Rosa sobre la acumulación de capital con la contemporánea mercantilización de los espacios - no solo "paises" o estados, o estados fallidos - sin olvidar al interior de los espacios no mercantilizados en los estados capitalistas avanzados. La ingenieria social creadora de pseudonecesidades se instala en este sentido.

d) Es necesario confrontar la teoria de las crisis de R. con el surgimiento del imperio informal de USA, al mismo tiempo que posicionarse sobre/contra las tesis leninistas de la confrontación inter-imperialista y sobre el hiperimperialismo de Kautsky.

Si hay ocasión puedo continuar con algunas preocupaciones-sugerencias en el orden de la intervención política.

Un saludo luxemburguista. JM.

domingo, 6 de julio de 2008

György Lukács: Rosa Luxemburgo como marxista

Hemos subido a la página de La Bataille Socialiste, con una breve presentación, el libro de György Lukács Historia y Conciencia de Clase. Puede leerse en:

http://bataillesocialiste.wordpress.com/2008/06/25/gyorgy-lukacs-historia-y-conciencia-de-clase/

Evidentemente, recomendamos a ser posible la lectura del libro completo. Más allá de que muchos aspectos sean cuestionables o erróneos (y de los avatares posteriores de la obra y de la vida del autor húngaro), esta obra representó en su momento una aportación muy importante a la revitalización del Materialismo Histórico, frente a la esclerosis de los reformistas-revisionistas y los bolcheviques. Todavía hoy sigue siendo una obra fundamental para quien se acerque al conocimiento histórico.

Pero nos interesa ahora especialmente recomendar la lectura del segundo artículo del libro, “Rosa Luxemburgo, Marxista”, escrito en 1921, por su análisis de R.L. y especialmente de la significación de La Acumulación del Capital, pues estamos analizando y difundiendo esa teoría de la acumulación de Rosa, porque la consideramos acertada y relevante para comprender la actual crisis del sistema capitalista. Y creemos que es también relevante difundir lo que otros autores plantearon sobre esa teoría. En el caso de Lukács, la clave del análisis está en la categoría de totalidad, con lo cual coincidimos.

SALUD
DC-L

lunes, 26 de mayo de 2008

Pablo Slavin: La noción de democracia en Rosa Luxemburgo


Ésta es una copia en castellano de un artículo que fue presentado en la Conferencia Internacional de Rosa Luxemburgo celebrada en el 2007 en Tokio. Agradecemos a su autor que nos la haya facilitado, pues consideramos que es un gran aporte a la divulgación del pensamiento de Rosa Luxemburgo.

La noción de democracia en Rosa Luxemburgo: Algunos aportes para el siglo XXI

Por Pablo Slavin[1]

Introducción:

Rosa Luxemburgo fue una de las más destacadas figuras con que contó la socialdemocracia en las dos primeras décadas del siglo XX.
Si algo podemos destacar entre sus numerosas cualidades, es la claridad con la que supo aplicar el método desarrollado por Marx y Engels, el materialismo dialéctico, a todos sus análisis.
Cumpliendo con lo que Marx prescribiera en sus Tesis sobre Feuerbach, Rosa Luxemburgo no se contentó con realizar un estudio teórico del marxismo, sino que siempre demostró un profundo interés por la faz práctica.
Su activa participación en los distintos movimientos revolucionarios de principios de siglo, hicieron que las cárceles de su Polonia natal y de Alemania, su patria adoptiva, la tuvieran como asidua huésped.
Fue una firme defensora del sistema democrático, y una polemista infatigable. Nunca claudicó en sus posiciones, lo que motivó que tuviera duras polémicas con los más brillantes intelectuales de su época; como Lenin, Kautsky, Bernstein, Otto Bauer, o Pannekoek.
Hoy, tras el derrumbe de la experiencia soviética, cuando muchos críticos de derecha anuncian la muerte del marxismo y amplios sectores de la izquierda no encuentran el rumbo, creemos que es fundamental recuperar el pensamiento de una intelectual y militante que supo adelantarse a su tiempo.
Porque como ella misma afirmara en 1903:

“Si, pues, detectamos un estancamiento en nuestro movimiento en lo que hace a todas estas cuestiones teóricas, ello no se debe a que la teoría marxista sobre la cual descansan sea incapaz de desarrollarse o esté perimida. Por el contrario, se debe a que aún no hemos aprendido a utilizar correctamente las armas intelectuales más importantes que extrajimos del arsenal marxista en virtud de nuestras necesidades apremiantes en las primeras etapas de nuestra lucha. No es cierto que, en lo que hace a nuestra lucha práctica, Marx esté perimido o lo hayamos superado. Por el contrario, Marx, en su creación científica, nos ha sacado distancia como partido de luchadores. No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades. Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecuan a la utilización de las ideas de Marx.”[2]

A continuación trataremos de analizar su concepción de la democracia, y el papel que según ella debe desempeñar un Partido Socialdemócrata que se precie de tal.

El modelo democrático:

Rosa Luxemburgo fue una digna heredera de la tradición democrática defendida desde el seno de la socialdemocracia europea. Sin embargo, eso no le impidió tener una clara noción de los límites que la democracia burguesa imponía, y la necesidad de su transformación y superación.
En su trabajo Reforma o Revolución, de 1900, cuyo objetivo principal era criticar las posiciones de Bernstein y su revisionismo, nuestra autora explica el carácter superestructural de la democracia como forma política.

“Entre la democracia y el desarrollo capitalista no cabe apreciar ninguna relación general y absoluta. La forma política es, en todo momento, el resultado de la suma total de los factores políticos internos y externos, y admite, dentro de sus límites, la escala completa de los regímenes políticos, desde la monarquía absoluta a la república democrática”.[3]

Ella comprendía que el capitalismo, como estructura económico social, utilizaba la forma política democrática, pero no dependía de ella.
Señalaba que la democracia había cumplido un rol fundamental en la transición del Estado feudal al capitalista, destruyendo las trabas que tenía la burguesía para su crecimiento.
Pero con la misma claridad podía ver que “…tan pronto como la democracia muestra la tendencia a olvidar su carácter de clase, convirtiéndose en instrumento de los verdaderos intereses del pueblo, la propia burguesía y su representación estatal sacrifican las formas democráticas…”[4]

Y luego agregaba que “…el liberalismo como tal, ha llegado a ser para la sociedad burguesa hasta cierto punto superfluo, y aun en ciertos aspectos muy importantes, es más bien un obstáculo. (…) El grado de desarrollo alcanzado por la economía mundial, y la agravación de las luchas por la competencia en el mercado internacional, ha hecho del militarismo instrumento de la política mundial, siendo ello lo que caracteriza el momento actual tanto en la política interior como exterior de los grandes Estados. Pero si la política mundial y el militarismo es una tendencia en auge en la fase actual, lógicamente la democracia burguesa ha de marchar hacia el ocaso.”[5]

Y la democracia burguesa, efectivamente, marchaba hacia su ocaso. Su asesinato en 1919 le impediría ser testigo de regímenes que, como el fascismo y el nazismo, con tanta certeza supo anticipar.
Como bien lo explica el profesor español Elías Díaz:
“La burguesía, que era liberal y que para la conquista y protección de sus intereses y privilegios se había organizado desde esas coordenadas de individualismo y abstencionismo, cambia estas bases por otras no liberales, sino totalitarias, cuando aquéllas resultan ya insuficientes para la defensa a toda costa del sistema capitalista, que es lo que le interesa realmente conservar. Mientras no hubo peligro, el capitalismo fue liberal; cuando surge el socialismo, el laissez faire ya no le sirve a la burguesía; el capitalismo ya no puede ser liberal sin peligro para los intereses y privilegios que representa. Donde la presión y las tensiones de clase son menores podrá continuar siendo liberal; en cambio, donde por causas diversas las tensiones se agudizan, la burguesía abandona el formalismo liberal de que hasta entonces se había servido y no duda en organizar totalitariamente la defensa del capitalismo. Esto es fundamentalmente el fascismo: capitalismo organizado totalitariamente; capitalismo económico más totalitarismo político.”[6]

Pero justamente por ello, creía Rosa Luxemburgo en la necesidad de defender el sistema y las instituciones democráticas.
Seguía diciendo en Reforma o Revolución que:
“Si la democracia es, en parte, superflua para la burguesía, y en parte hasta un obstáculo, en cambio para la clase trabajadora es necesaria e indispensable. Y lo es en primer lugar porque crea formas políticas (autonomía, sufragio, etc.) que pueden servir de comienzos y puntos de apoyo al proletariado en su transformación de la sociedad burguesa. Pero, además, es indispensable, porque sólo en ella, en la lucha por la democracia, en el ejercicio de sus derechos, el proletariado puede llegar al verdadero conocimiento de sus intereses de clase y de sus deberes históricos.”[7]

Creación burguesa, la democracia se había transformado en una herramienta que podía y debía ser utilizada por el proletariado en ascenso. No sólo para alcanzar el poder, como sostenían aquellos que defendían la denominada vía legal, sino también como un medio para la educación del proletariado, permitiéndole pasar de clase en sí a clase para sí.

Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado:

Rosa Luxemburgo estaba convencida de ser una fiel exponente de la tradición democrática socialista iniciada por Marx y Engels. Así surge de su trabajo “La teoría y la praxis”, de 1910, donde reproduce las palabras de Engels en la “Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891”. Engels decía:

“Si hay algo seguro es que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar al poder bajo la forma política de la república democrática. Esta es incluso la forma específica para la dictadura del proletariado como lo ha demostrado ya la gran revolución francesa.”[8]

Al hablar de la dictadura del proletariado como la forma específica de la república democrática, Engels lo ofrece como ejemplo a la Comuna de París, de 1871. Por ello creemos que es bueno recordar brevemente aquella experiencia.
El propio Engels, en la Introducción a la lucha de clases en Francia, nos dice que la totalidad de los miembros de la Comuna eran obreros, o representantes conocidos de los obreros. Todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza fueron cubiertos por elección, empleando para ello el sufragio universal y el derecho de revocación. Se establecieron salarios iguales para los funcionarios y los trabajadores, buscando por ese medio evitar el arrivismo y la caza de cargos.
La concepción acerca de la dictadura del proletariado, será entonces otro punto de conflicto en su enfrentamiento con los bolcheviques.
Un conflicto cuyos orígenes se remontan a 1904, cuando Rosa Luxemburgo escribe el artículo Problemas organizativos de la Socialdemocracia, criticando la posición sustentada por Lenin en su trabajos “¿Qué hacer?”, y “Un paso adelante, dos pasos atrás”. Allí Lenin abogaba por el centralismo del Partido en la toma de decisiones y en la dirección del proceso revolucionario. Ya volveremos específicamente sobre esta cuestión cuando tratemos el papel del Partido para Rosa Luxemburgo.

En lo que se refiere a la cuestión de la relación democracia-dictadura, Rosa dirá, en 1918, que:
“El error fundamental de la teoría leninista-trotskista es precisamente el de contraponer exactamente como Kautsky, dictadura y democracia. ‘Dictadura o democracia’, así plantean la cuestión tanto bolcheviques como Kautsky. Este último, como es natural, opta por la democracia y precisamente por la democracia burguesa, puesto que la coloca en función alternativa a la subversión socialista. Lenin y Trotski, por el contrario, optan por la dictadura en oposición a la democracia y en consecuencia por la dictadura de un puñado de personas, vale decir, por la dictadura según el modelo burgués. Se trata de dos polos contrapuestos, ambos bastante alejados de la auténtica política socialista.

(…) La democracia socialista comienza junto con la demolición del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista; no es otra cosa que la dictadura del proletariado.
Sí, sí: ¡dictadura! Pero esta dictadura consiste en el sistema de aplicación de la democracia, no en su abolición…”[9]

La dictadura del proletariado, en la concepción de nuestra autora, es el comienzo de la construcción de la democracia socialista. Una democracia cuyo contenido será superador de la democracia burguesa, ya que la lucha de clases habrá culminado, para dar paso a una sociedad sin clases. El tan ansiado reino de la libertad.
Si bien es cierto que Kautsky describe los conceptos de dictadura y democracia como alternativos, no lo es menos que nuestra autora poseía muchos puntos de contacto con la visión que este tenía sobre la democracia.

Veamos sino algunas frases de Kautsky en su obra “La Dictadura del Proletariado”, de 1918. En ella expresa:
“El Socialismo como medio de emancipación del proletariado, sin democracia, es impensable. (…) Socialismo sin democracia es impensable.(…)
“La Democracia es la base esencial para la construcción de un sistema Socialista de Producción”[10]

Pero hasta que la Democracia Socialista no se hubiese alcanzado, Rosa Luxemburgo creía que la democracia formal, como se denominaba a la burguesa, debía ser defendida y preservada.

“…‘Como marxistas nunca fuimos fanáticos de la democracia formal’, escribe Trotsky. Es cierto, nunca fuimos fanáticos de la democracia formal. Pero tampoco hemos sido en modo alguno fanáticos del socialismo o del marxismo. ¿Esto significa que tenemos el derecho (…) de tirar al canasto al socialismo o al marxismo cuando nos incomodan? Trotsky y Lenin constituyen la negación viva de esta posibilidad. Nosotros no fuimos nunca fanáticos de la democracia formal, significa lo siguiente: siempre hemos distinguido el contenido social de la forma política de la democracia burguesa, siempre supimos develar la semilla amarga de la desigualdad de la sujeción social que se oculta dentro de la dulce cáscara de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlas, sino para incitar a la clase obrera a no limitarse a la envoltura, a conquistar el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La misión histórica del proletariado, una vez llegado al poder, es crear en lugar de una democracia burguesa una democracia socialista y no abolir toda democracia.”[11]

Como podemos observar hasta aquí, la defensa que realiza del modelo democrático es permanente. La democracia formal es un escalón, una herramienta para ir en la búsqueda de una democracia con contenido social. La democracia socialista.

En modo alguno su crítica hacia la democracia burguesa permite pensar en su reemplazo por un régimen que restrinja las libertades formales.

A la democracia burguesa se la supera con más democracia. La insuficiencia de las libertades burguesas es completada en la democracia socialista, donde la libertad se amplia al alcanzarse una verdadera igualdad.

¿Y cuales son los principales valores que integran el modelo democrático que ella defiende?

La libertad de prensa, de reunión y de asociación; una opinión pública fuerte y libre; una plena libertad de conciencia para todos los individuos y amplia tolerancia para las diversas creencias y opiniones; ilimitada libertad política y educación permanente de las masas; la celebración de elecciones periódicas sobre la base del sufragio universal.

Declaraba que “Es un hecho notorio e incontestable que sin una ilimitada libertad de prensa, sin una vida libre de asociación y de reunión, es totalmente imposible concebir el dominio de las grandes masas populares.”[12]

(…) “Sin elecciones generales, libertad de prensa y de reunión ilimitada, lucha libre de opinión y en toda institución pública, la vida se extingue, se torna aparente y lo único activo que queda es la burocracia.”[13]

Ella volvía a poner en el centro de la escena a la libertad. Sin libertad no hay democracia.
La polémica que sostuvo con los bolcheviques sirve también para rescatar la pureza de su concepción sobre la libertad.

Ella insistía en que:

“La libertad reservada sólo a los partidarios del gobierno, sólo a los miembros del partido –por numerosos que ellos sean- no es libertad. La libertad es siempre únicamente libertad para el que piensa de modo distinto. No es por fanatismo de ‘justicia’, sino porque todo lo que pueda haber de instructivo, saludable y purificador en la libertad política depende de ella, y pierde toda eficacia cuando la ‘libertad’ se vuelve un privilegio.”[14]

Siendo consecuentes con su pensamiento, sería imposible aceptar la calificación de Socialista o Socialismo Real, para formas de organización social basadas en la autoridad del Partido Único.

Espontaneidad, masas y organización:

La relación entre las masas y el Partido fue un tema de permanente preocupación en el pensamiento de Rosa Luxemburgo. Consideramos que el mismo está íntimamente ligado a su visión integral de la democracia y la libertad.
Ella tomaba como punto central de referencia las palabras de Marx en los Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, quien decía:

“…que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo dominio de clase…”[15]

La constante apelación de Rosa Luxemburgo a las masas y su espontaneidad, hizo que fuera considerada como la teórica de la espontaneidad revolucionaria, objeto de durísimas críticas durante el período estalinista, y particularmente reivindicada durante el mayo francés del ’68.
Entendemos, sin embargo, que es un error interpretar la posición de Rosa Luxemburgo como un ataque al Partido Político, o una desvalorización del mismo. Su ataque es a la Partidocracia y al centralismo burocrático.

Tampoco compartimos la visión de aquellos que señalan una aparente ambigüedad o confusión en su discurso[16], que oscilaría entre el apoyo al Partido, del cual siempre fue un miembro activo, y su insistente defensa de la espontaneidad.
El Partido Socialdemócrata es considerado parte integrante de la clase trabajadora, y como tal, Rosa Luxemburgo le asignaba un papel muy especial.
El propio Trotsky reconocería en 1935 que “Rosa Luxemburgo comprendió y comenzó a combatir mucho antes que Lenin el papel de freno del aparato osificado del partido y los sindicatos. Al tener en cuenta la inevitable agravación de los antagonismos de clases, profetizó siempre la inevitable entrada en escena, autónoma y elemental, de las masas en la oposición a la voluntad y el itinerario fijado por las instancias oficiales. En las grandes líneas, en relación con la historia, Rosa estaba en lo cierto.

(…) Nunca se acantonó en la teoría pura de la espontaneidad (…) Rosa Luxemburgo se aplicó a la educación previa del ala revolucionaria del proletariado y a unirla en lo posible en una organización…”[17]

Al respecto, lo primero que queremos resaltar es su certera aplicación del materialismo histórico, y la comprensión de la inevitabilidad del derrumbe del sistema capitalista. Inevitabilidad que no debe ser confundida con fatalismo.

Dice en Teoría y Praxis, de 1910:

“Evidentemente nuestra causa va adelante a pesar de todo esto. Los adversarios trabajan por ella tan incansablemente que no resulta ningún mérito especial que nuestra simiente madure en cualquier condición. Pero finalmente esta no es la tarea del partido de clase del proletariado: vivir únicamente de los pecados y errores de sus adversarios y a pesar de los propios. De lo que se trata, por el contrario, es de acelerar el curso de los acontecimientos por la propia actividad, desencadenar no el mínimo sino el máximo de acción y de lucha de clases en cada momento.”[18]

El Partido debe desempeñar un rol activo en la movilización del proletariado.

Dice en Huelga de masas, Partidos y Sindicatos, de 1906:

“Si los socialdemócratas, en tanto que núcleo organizado de la clase obrera, son la vanguardia más importante del conjunto de los obreros, y si la claridad política, la fuerza y la unidad del movimiento obrero surgen de dicha organización, no se puede concebir a la movilización de clase del proletariado como movilización de la minoría organizada. Toda lucha de clases verdaderamente grande debe basarse en el apoyo y la colaboración de las más amplias masas. Una estrategia para la lucha de clases que no cuente con ese apoyo, que se base en una marcha puesta en escena por el pequeño sector bien entrenado del proletariado, está destinada a terminar en un miserable fracaso.”[19]

Consideramos que aquí es posible hallar el eje central de la argumentación de Rosa Luxemburgo. Sus críticas van dirigidas a la falta de democracia que implicaría un Partido cuya dirección esté separada de la masa.

El artículo Problemas organizativos de la Socialdemocracia, de 1904, resulta sumamente esclarecedor en este sentido.
Prestemos atención a sus palabras.

“…El centralismo socialdemócrata no puede basarse en la subordinación mecánica y la obediencia ciega de los militantes a la dirección. Por ello el movimiento socialdemócrata no puede permitir que se levante un muro hermético entre el núcleo consciente del proletariado que ya está en el partido y su entorno popular, los sectores sin partido del proletariado.
El centralismo de Lenin descansa precisamente en estos dos principios: 1)Subordinación ciega, hasta el último detalle, de todas las organizaciones al centro, que es el único que decide, piensa y guía. 2)Rigurosa separación del núcleo de revolucionarios organizados de su entorno social revolucionario.
(…) Es un hecho que la socialdemocracia no está unida al proletariado. Es el proletariado.
(…) Las condiciones indispensables para la implantación del centralismo socialdemócrata son: 1) la existencia de un gran contingente de obreros educados en la lucha política, 2) la posibilidad de que los obreros desarrollen su actividad política a través de la influencia directa en la vida pública, en la prensa del partido, en congresos públicos, etcétera.
(…) El centralismo socialista no es un factor absoluto aplicable a cualquier etapa del movimiento obrero. Es una tendencia, que se vuelve real en proporción al desarrollo y educación política adquiridos por la clase obrera en el curso de su lucha.”[20]

Las diferencias entre ambos son evidentes.

Rosa Luxemburgo no desconocía la importancia del llamado centralismo socialdemócrata, pero entendía que el mismo es un resultado de la evolución del movimiento obrero. Una tendencia que importa una participación genuina, directa y con capacidad de decisión real de todo el proletariado, no de un grupo de intelectuales iluminados que actúen en su nombre y representación.

Por eso, cuando en 1918 vuelve a referirse a las condiciones para la construcción de la democracia socialista, la dictadura del proletariado, dirá:

“…Esta dictadura debe ser obra de la clase y no de una pequeña minoría de dirigentes en nombre de la clase, vale decir, debe salir al encuentro de la participación activa de las masas, estar bajo su influencia directa, someterse al control de una publicidad completa, emerger de la instrucción política acelerada de las masas populares.”[21]

En vista de la profunda crisis por la que atraviesa actualmente el sistema de Partidos Políticos en general, y la Socialdemocracia en particular, las palabras de Rosa Luxemburgo cobran una dimensión que debemos revalorar.

Como bien decía Georgy Lukács, en 1921:

“…No es debido al azar si Rosa Luxemburgo, que reconoció antes y con mayor claridad que muchos otros el carácter esencialmente espontáneo de las acciones de masas revolucionarias, haya visto con igual claridad, también antes que muchos otros, cuál es el papel del partido en la revolución. (…) Rosa Luxemburgo comprendió tempranamente que la organización es mucho más una consecuencia que una condición previa del proceso revolucionario, de la misma manera que el proletariado no puede constituirse en clase sino en y por ese proceso. En tal proceso, que el partido no puede provocar ni evitar, le corresponde entonces el elevado papel de ser el portador de la conciencia de clase del proletariado, la conciencia de su misión histórica. (…) La concepción de Rosa Luxemburgo es la fuente de la verdadera actividad revolucionaria.”






[1] Profesor Titular Ordinario de Derecho Político con dedicación Exclusiva, y Profesor Adjunto Ordinario de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, Facultad de Derecho (UNMDP); Director del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales, Facultad de Derecho (UNMDP); Director del Grupo de Investigación ‘Pensamiento Crítico’.

[2] Luxemburgo, Rosa (1903); Estancamiento y crisis del marxismo”. En “Rosa Luxemburgo - Obras Escogidas”; Argentina, 1976; T I, pág. 135.

[3] Luxemburgo, Rosa (1900); Reforma o Revolución; Buenos Aires, Argentina, 1969; pág. 89.

[4] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 58.

[5] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 90.

[6] Díaz, Elías (1966); Estado de Derecho y sociedad democrática; España, 1984; pág. 44.

[7] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 99/100.

[8] Luxemburgo, Rosa (1910); La teoría y la praxis; en “Debate sobre la huelga de masas. Primera parte”, Cuadernos de Pasado y Presente; México, 1978; pág. 235.

[9] Luxemburgo, Rosa (1918); Crítica de la Revolución Rusa; Argentina; pág. 126/128.

[10] Kautsky, Karl (1918); The Dictatorship of the Proletariat; traducción del inglés propia; en www.marxists.org/archive/kautsky/1918/dictprole/ch03.htm Capítulos III y V.

[11] Luxemburgo, Rosa (1918); Ob.cit.; pág. 127.

[12] Ibidem.; pág. 118.

[13] Ibidem.; pág. 123.

[14] Luxemburgo, Rosa (1918); Crítica de la Revolución Rusa; traducción de José Aricó, y estudio preliminar de Georg Lukács. Buenos Aires, Argentina, 1969. Pág. 119

[15] Marx, Carlos (1871); Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores; en “Marx-Engels, Obras Escogidas”; Editorial Progreso, Moscú, 1955; TI, pág. 363.

[16] Ver la obra de Daniel Guèrin Rosa Luxemburg o La espontaneidad revolucionaria; Argentina, 2003. Este libro puede leerse completo en: http://www.quijotelibros.com.ar/anarres/Rosa_Luxemburgo.pdf

[17] Trotsky, León (1935); Luxemburg y la IV Internacional; en www.marxists.org/archive/trotsky

[18] Luxemburgo, Rosa (1910); Ob.cit.; pág. 273.

[19] Luxemburgo, Rosa (1906); Huelga de masas, Partido y Sindicatos. Ob.cit.; T I, pág. 235.

[20] Luxemburgo, Rosa (1904); Problemas Organizativos de la Socialdemocracia; en RL Obras Escogidas; TI; págs. 141 y ss..

[21] Luxemburgo, Rosa (1918); Ob.cit.; pág. 128.

domingo, 27 de abril de 2008

Rosa Luxemburgo: Las tendencias de la economía capitalista

Publicamos a continuación un texto de Rosa Luxemburgo que forma parte de la obra Introducción a la Economía Política. Ese libro fue editado por primera vez por Paul Levi en 1925. Recogía las notas que R.L. había ido escribiendo desde que fuera profesora en la Escuela Central del SPD en Berlín en 1906. Sólo cuando estaba en prisión en Wronke (1916-1917) pudo R.L. poner en orden sus notas e intentar escribir un libro que no vio publicado en vida. Cuando fue asesinada, su casa fue saqueada por los esbirros de Noske y Ebert, y muchos de sus escritos se perdieron. Algunos de sus camaradas lograron rescatar parte de sus manuscritos y de ahí pudo Paul Levi compilar los que conforman esta obra (los capítulos 1, 3, 6, 7 y 10 de los 10 que escribiera Rosa).

Nosotros vamos a editar ahora el capítulo 10, Las tendencias de la evolución capitalista. Evidentemente, hoy sabemos mucho más sobre las sociedades antiguas que analizaran Rosa Luxemburgo y muchos otros socialistas de entonces. Pero no nos interesa si los análisis del texto referidos a las sociedades pretéritas son relevantes. Lo publicamos íntegro porque este capítulo aun no está en la red. Pero sobre todo porque lo que para nosotros tiene una especial relevancia es lo que R.L. formula sobre aquello a lo que se refiere en concreto el título del capítulo: las tendencias de la evolución capitalista. Esas formulaciones no sólo se han visto corroboradas plenamente por la evolución histórica posterior (aunque se puedan establecer matizaciones en las formas concretas en que se han producido), sino que tienen una especial relevancia hoy. El lector lo comprobará fácilmente, si piensa en muchas de las características que marcan el capitalismo global de la actualidad. Por ello, y para facilitar su lectura, hemos destacado en negrita lo que entendemos más interesante para comprender nuestro mundo actual. Y para actuar conforme a esa realidad. Para la revolución.

DC-L


Hemos visto cómo, después de la disolución gradual de todas las formas de sociedad dotadas de una organización de la producción planificada -de la sociedad comunista originaria, de la economía es­clavista, de la economía servil medieval- surgió la producción mer­cantil. Luego hemos visto cómo la economía capitalista de hoy creció a partir de la economía mercantil simple, es decir de la producción artesanal urbana, a fines de la Edad Media, en forma completamente mecánica, es decir sin la voluntad y la conciencia del hombre. Al comienzo planteamos la pregunta: ¿Cómo es posible la economía capitalista? Es ésta, por lo demás, la pregunta fundamental de la economía política como ciencia. La ciencia nos proporciona, al res­pecto, una respuesta suficiente. Ella nos muestra que la economía capitalista que, en vista de su total carencia de plan, en vista de la ausencia de toda organización consciente, es a primera vista una cosa imposible, un enigma inexplicable, se integra pese a ello en un todo y puede existir:
  • mediante el intercambio de mercancías y la economía monetaria, todos los productores individuales de mercancías, así como las comar­cas más alejadas de la tierra, se ligan unas con otras económicamente, y se impone la división del trabajo en todo el mundo;
  • mediante la libre concurrencia, que asegura el progreso técnico y, a la vez, transforma constantemente a los pequeños productores en proletarios, con lo que proporciona al capital fuerza de trabajo com­prable;
  • mediante la ley capitalista del salario que, por un lado, controla automáticamente que los obreros no se sustraigan nunca a su con­dición de proletarios, evadiendo el trabajo bajo las órdenes del capi­tal, y por otro posibilita una acumulación siempre creciente de tra­bajo no retribuido, como capital, y con ello la siempre creciente acumulación y expansión de los medios de producción;
  • mediante el ejército industrial de reserva, que permite a la produc­ción capitalista expandirse ampliamente y adaptarse a las necesidades de la sociedad;
  • mediante la nivelación de la tasa de ganancia, que determina el permanente movimiento del capital de una rama a otra de la produc­ción, regulando así el equilibrio de la división del trabajo; y final­mente
  • mediante las oscilaciones de los precios y las crisis, que determinan en parte día a día, en parte periódicamente, un ajuste de la ciega y caótica producción con las necesidades de la sociedad.

De este modo existe la economía capitalista, mediante la acción automática de aquellas leyes económicas que surgieron por sí mismas, sin que se inmiscuya conscientemente la sociedad. Es decir que, de este modo, pese a la ausencia de toda ligazón económica organizada entre los diversos productores, pese a la total carencia de plan en el movimiento económico de los hombres, se hace posible que avancen la producción social y su ciclo integrado con el consumo; que la gran masa de la sociedad sea mantenida en el trabajo, las necesidades de la sociedad satisfechas mal o bien, y asegurado, como base de todo el progreso de la cultura, el progreso económico, el desarrollo de la productividad del trabajo humano.

Estas son las condiciones fundamentales para la existencia de toda sociedad humana y, mientras una forma de economía históricamente surgida satisface estas condiciones, puede subsistir, constituye una necesidad histórica.

Sin embargo, las relaciones sociales no son formas rígidas, inva­riables. Hemos visto cómo, en el curso de los tiempos, experimen­taron numerosas transformaciones, cómo están sometidas a eterno cambio al que abre camino el propio progreso cultural humano, la evolución. Los largos milenios de la economía comunista originaria, que conducen a la sociedad humana desde los primeros comienzos de la existencia aun medio animal hasta un grado elevado de desarrollo de la cultura, a la formación del lenguaje y de la religión, a la cría de ganado y a la agricultura, a la vida sedentaria y a la constitución de aldeas, sigue la gradual descomposición del comunismo originario, la formación de la esclavitud antigua que, a su vez, trae consigo nuevos progresos en la vida de la sociedad para finalizar luego con el ocaso del mundo antiguo. A partir de la sociedad comunista de los ger­manos, se desarrolla en Europa central sobre los escombros del mun­do antiguo, una nueva forma -la economía de la servidumbre-, sobre la cual se basó el feudalismo medieval.

La evolución retoma nuevamente su avance ininterrumpido: en el seno de la sociedad feudal de la Edad Media, surgen en las ciudades gérmenes de una forma de economía y de sociedad enteramente nue­va, se desarrollan la artesanía gremial, la producción mercantil y el comercio regular que finalmente descomponen la sociedad feudal basada en la servidumbre; ésta se desmorona dejando sitio a la pro­ducción capitalista, que ha crecido de la producción artesanal de mer­cancías gracias al comercio mundial, al descubrimiento de América y a la vía marítima hacia India.

El modo de producción capitalista, considerado desde un comienzo desde la inmensa perspectiva del progreso histórico, no es por su parte inalterable y eterno, sino que constituye una simple fase de transición, un escalón de la escala colosal del desarrollo cultural humano, al igual que cualquier otra de las formas sociales prece­dentes. Y, en efecto, cuando se examina cuidadosamente la cuestión, se ve que el desarrollo del capitalismo mismo lleva a su propio ocaso y a su rebasamiento. Hasta aquí hemos indagado los vínculos que hacen posible la economía capitalista, de modo que ya es tiempo de tomar conocimiento de aquellos que la hacen imposible. Para ello sólo necesitamos seguir las leyes internas de la dominación del capital en sus efectos ulteriores. Son ellas mismas las que, en cierto punto del desarrollo, se vuelven contra las condiciones fundamentales, sin las cuales no puede existir la sociedad humana. Lo que distingue el modo capitalista de producción de todos los anteriores es, principalmente, que él tiene la tendencia interna a expandirse sobre todo el globo terrestre, desplazando todo otro orden social anterior. En tiempos del comunismo originario, todo el mundo accesible a la investigación his­tórica se encontraba ocupado por igual por economías comunistas. Pero entre las diversas comunidades y tribus comunistas no existían relaciones; o las había, débiles, sólo entre las comunidades cercanas entre sí. Cada comunidad o tribu vivía, en sí misma, una vida cerrada y si, por ejemplo, encontramos hechos sorprendentes como aquel de que la comunidad comunista germana medieval y la del Perú antiguo, en Sudamérica, tenían prácticamente el mismo nombre, ya que aquella se llamaba "mark" y ésta "marca", esta circunstancia es to­davía para nosotros un enigma inexplicado, si no una simple coinci­dencia. Igualmente en los tiempos de la difusión de la esclavitud antigua encontramos similitudes mayores o menores en la organi­zación y las relaciones reinantes en las diversas economías o estados esclavistas de la Antigüedad, pero no una comunidad en su vida eco­nómica. Del mismo modo, se reiteró la historia de la artesanía gremial y de su liberación, con mayor o menor grado de coincidencia, en la mayoría de las ciudades medievales de Italia, Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, etc., sin embargo, se trataba las más de las veces de la historia de cada ciudad en sí misma. La producción capitalista se extiende a todos los países, ya que no sólo los conforma econó­micamente a todos del mismo modo, sino que los articula en una única, gran economía capitalista mundial.

Dentro de cada país industrial europeo, la producción capitalista desplaza incesantemente la producción de pequeña industria, la arte­sanal y la pequeña producción campesina. Simultáneamente, incor­pora a la economía mundial a todos los países europeos atrasados y todos a los países de América, Asia, Africa, Australia. Esto procede por dos vías: a través del comercio mundial y a través de la conquista colonial.
Uno y otra se iniciaron de la mano; con el descubrimiento de América a fines del siglo XV, se expandieron más allá en el curso de los siglos siguientes, pero alcanzaron especialmente en el siglo XIX su máximo auge y continuaron expandiéndose incesantemente. Am­bos -tanto el comercio mundial como las conquistas coloniales- ac­túan juntos del siguiente modo. Comienzan por poner en contacto los países industriales de Europa con todo tipo de sociedades de otros continentes que se basan en formas de cultura y de economía más antiguas: economías esclavistas campesinas, economías feudales de servidumbre, pero preponderantemente con formas comunistas origi­narias. El comercio, al que estas economías se ven incorporadas, las arruina y descompone rápidamente. Con la fundación de sociedades mercantiles coloniales en territorio extranjero, o con la conquista directa, la tierra, fundamento más importante de la producción, así como los rebaños de ganados allí donde los hay, pasan a manos de estados europeos o de las sociedades comerciales. De este modo se ven aniquiladas, en todas partes, las relaciones sociales naturales y el tipo de economía de los aborígenes; pueblos enteros se ven diez­mados y la parte que queda de ellos es proletarizada y puesta de uno u otro modo, bajo el mando del capital industrial y comercial, como esclavos u obreros. La historia de las décadas de guerras coloniales, que se prolonga durante todo el siglo XIX; levantamientos contra Francia, Italia, Inglaterra y Alemania en Africa; contra Francia, Ingla­terra, Holanda y los Estados Unidos en Asia; contra España y Francia en América, en la larga y tenaz resistencia de las viejas sociedades autóctonas contra su exterminio y proletarización a manos del mo­derno capital, lucha de la que finalmente surge en todas partes el capital como vencedor.

Esto entraña en primer término una enorme ampliación del ámbito de dominación del capital, un desarrollo del mercado mundial y de la economía mundial en la que todos los países habitados de la Tierra son recíprocamente productores y compradores de productos, tra­bajan unos para otros, son participantes de una y la misma economía que abarca todo el globo.

Pero el otro costado consiste en la pauperización progresiva de porciones cada vez más amplias de la humanidad, y la creciente in­seguridad de su existencia. Mientras las viejas relaciones, comunistas, campesinas o de servidumbre, con sus limitadas fuerzas productivas y poco bienestar, pero con sus condiciones de existencia firmes y ase­guradas para todos, se ven reemplazadas por las relaciones capitalistas coloniales, y junto a la proletarización y a la esclavitud asalariada, para todos los pueblos implicados en América, Asia, Africa, Australia, se alzan amenazantes la miseria brutal, una carga laboral inusitada e insoportable y, por añadidura, la completa inseguridad de la existen­cia
. Después que el fértil y rico Brasil fuera transformado, para satis­facer necesidades del capitalismo europeo y norteamericano, en un gigantesco desierto y en una plantación de café ininterrumpida des­pués que masas enteras de aborígenes fueron transformados en es­clavos asalariados en las plantaciones, estos esclavos asalariados, por añadidura, se ven abandonados por largo tiempo, repentinamente, al desempleo y al hambre a raíz de un fenómeno puramente capitalista: la llamada "crisis del café". La rica y enorme India fue sometida por la política colonial inglesa a la dominación del capital, después de una resistencia desesperada que duró décadas; y desde entonces las ham­brunas y el tifus exantemático, que arrebatan millones de víctimas cada vez, son huéspedes periódicos de la comarca del río Ganges. En el interior de Africa la política colonial inglesa y alemana ha trans­formado en esclavos asalariados a pueblos enteros en los últimos 20 años, y ha aniquilado por hambre a otros dispersando sus huesos en todas las regiones. Los levantamientos desesperados y las epidemias de hambre del gigantesco imperio de China son consecuencia de la pulverización de la antigua economía campesina y artesanal de ese país por la irrupción del capital europeo. La irrupción del capitalismo europeo en los Estados Unidos, fue acompañada inicialmente por el exterminio de los indios aborígenes norteamericanos y el despojo de sus tierras por los ingleses inmigrantes; luego por la puesta en marcha, a comienzos del siglo XIX, de una producción capitalista primaria para la industria inglesa; luego por el esclavizamiento de cuatro mi­llones de negros africanos enviados y vendidos en América por tra­tantes europeos, para ser puestos al mando del capital como fuerza de trabajo en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco.

Así, un continente tras otro y, en cada continente, una región tras otra, una raza tras otra, caen inevitablemente bajo la dominación del capital, pero con ello caen, permanentemente, millones de seres humanos en la proletarización, en el esclavizamiento, en la insegu­ridad de la existencia, en pocas palabras, en la pauperización. La formación de la economía mundial capitalista trae consigo como con­trapartida la difusión de una miseria cada vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la concentración del capital en pocas manos. La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento de toda la humanidad al duro trabajo bajo innu­merables privaciones y dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la acumulación de capital. Hemos visto que el modo de producción capitalista tiene la particularidad de que el con­sumo humano, que en todas las formas anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista. El crecimiento del capital en sí mismo aparece como comienzo y fin, como finalidad propia y sentido de toda la producción. Pero la insensatez de estas relaciones recién se pone en evidencia cuando la producción capitalista llega a convertirse en producción mundial. Entonces, en la escala de la economía mun­dial, el absurdo de la economía capitalista alcanza su justa expresión en el cuadro de toda una humanidad que gime, sometida a terribles dolores bajo el yugo del capital, un poder social ciego, creado incons­cientemente por ella misma. La finalidad fundamental de toda forma social de producción: el sostenimiento de la sociedad por el trabajo, la satisfacción de sus necesidades, aparece recién entonces comple­tamente patas arriba, ya que se convierte en ley en todo el globo, la producción no por el hombre sino por la ganancia y se convierte en regla el subconsumo, la permanente inseguridad del consumo y, tem­porariamente, el no-consumo de la enorme mayoría de los hombres.

El desarrollo de la economía mundial trae consigo simultánea­mente otros fenómenos importantes, que lo son por cierto, para el propio capital. La irrupción de la dominación del capital europeo en los países extraeuropeos, como hemos dicho, atraviesa dos etapas: primeramente la entrada del comercio y, por este medio, la incor­poración de los aborígenes al intercambio de mercancías, en parte también la transformación de las formas de producción halladas en aquellos países, en producción mercantil; luego la expropiación, de un modo u otro, de la tierra de los aborígenes y, en consecuencia, de sus medios de producción. Estos medios de producción se convierten, en manos de los europeos, en capital, mientras los indígenas se trans­forrpan en proletarios. A las dos primeras etapas sigue, sin embargo, por lo general, tarde o temprano, una tercera: la fundación de una producción capitalista propia en el país colonial, ya sea por parte de europeos inmigrantes, ya sea por indígenas enriquecidos. Los Estados Unidos de Norteamérica, que fueron poblados inicialmente por ingle­ses y otros emigrantes europeos, constituyeron en un primer mo­mento una vez que hubieron sido exterminados los indígenas pieles rojas en una larga guerra, un hinterland agrario de la Europa capita­lista que proveía materias primas para la industria inglesa, corno algodón y granos; como contrapartida era comprador de productos in­dustriales europeos de todo tipo. Pero en la segunda mitad del siglo XIX surge en los Estados Unidos una industria propia que no sólo desplaza las importaciones procedentes de Europa sino que pronto opone dura concurrencia al capitalismo europeo en la propia Europa y en otros continentes. En la India, igualmente, surgió para el capita­lismo inglés un competidor peligroso consistente en la industria local, textil y de otras ramas. Australia ha recorrido el mismo camino de desarrollo, de país colonial a país capitalista industrial. En Japón se desarrolló una industria propia ya en la primera etapa -a partir del impulso del comercio mundial-, lo que lo preservó de ser repartido como país colonial europeo. En China se complica el proceso de desmembramiento y saqueo del país por el capitalismo europeo con los esfuerzos del país por fundar una producción capitalista propia con ayuda de Japón para defenderse frente a la europea, de lo que resultan para la población, por otro lado, sufrimientos doblemente complejos. De este modo, no sólo se extienden por todo el mundo la dominación y el poder del capital mediante la creación de un merca­do mundial, sino que se extiende asimismo, gradualmente, el modo de producción capitalista por todo el globo. Pero con ello la necesidad de expansión de la producción y el ámbito en que esta expansión puede tener lugar, es decir la accesibilidad de mercados de venta, se encuentran en una relación cada vez más precaria. Como hemos visto, la necesidad más íntima y la ley vital de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente, es decir producir ma­sas de mercancías cada vez más cuantiosas en empresas cada vez más grandes, con medios técnicos cada vez mejores, cada vez más veloz­mente. En sí mismas, estas posibilidades de expansión de la pro­ducción capitalista no conocen límites, pues no tienen límites el pro­greso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente deter­minados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ellas, al menos, la ganancia media "normal". Pero el que esto ocurra o no, depende del mercado, es decir de la relación entre la demanda sol­vente del lado de los consumidores y la cantidad de mercancías pro­ducidas, así como sus precios. El interés del capital por la ganancia que, por un lado, exige una producción cada vez más rápida y cada vez mayor, se crea a sí mismo, permanentemente, límites de mercado que cierran el paso al fogoso impulso de la producción hacia la am­pliación. De ello resulta, como hemos visto, el carácter inevitable de las crisis industriales y comerciales que periódicamente ajustan la pro­porción entre el impulso de la producción capitalista, en sí mismo libre e ilimitado, y los límites capitalistas del consumo, haciendo posible la prolongación de-la existencia y el desarrollo del capital.

Pero cuanto más numerosos son los países que desarrollan una industria capitalista propia, y mayores la necesidad y posibilidad de expansión de la producción, tanto más estrechas se vuelven, en relación con ellas, las posibilidades de ampliación de los límites de mer­cado. Si se comparan los saltos con los que la industria inglesa ha progresado en las décadas del sesenta y del setenta -cuando Inglate­rra era todavía el país capitalista dominante en el mercado mundial­- con su crecimiento en los dos últimos decenios -desde que Alemania y los Estados Unidos la desplazaron en grado significativo en el mer­cado mundial- resulta que su crecimiento se ha hecho mucho más lento con respecto al que tenía lugar anteriormente. Pero lo que fue en sí el destino de la industria inglesa, lo tienen por delante inevita­blemente la alemana, la norteamericana y, en definitiva, la industria mundial en conjunto. Irresistiblemente, en cada paso de su propio avance y desarrollo, la producción capitalista se aproxima al momento en que sólo podrá expandirse y desarrollarse cada vez más lenta y difícilmente. Claro está que el desarrollo capitalista tiene por delante todavía un buen trecho de camino, puesto que el modo de produc­ción capitalista, como tal, representa todavía la menor proporción de la producción mundial total. Incluso en los más antiguos países indus­triales de Europa subsisten todavía, junto a grandes empresas indus­triales, numerosos pequeños establecimientos artesanales y, ante todo, la mayor parte de la producción agraria -especialmente la de tipo campesino- no se lleva a cabo a la manera capitalista. Además, en Europa hay países donde la gran industria apenas se ha desarrollado, donde la producción local presenta predominantemente carácter cam­pesino y artesanal. Y, finalmente, en los restantes continentes, con la excepción de la parte norte de América, los lugares de producción capitalista representan sólo pequeños puntos dispersos, mientras enor­mes extensiones de tierra no han llegado siquiera, en parte, a la pro­ducción mercantil simple. Cierto es que la vida económica de todas estas capas y países que no producen ellos mismos a la manera capi­talista, en Europa, como en los países no europeos, también está bajo la dominación del capitalismo. El campesino europeo, aunque lleve a cabo él mismo, todavía, la más primitiva de las economías parcelarias, depende íntegramente de la gran economía capitalista, del mercado mundial, con el cual lo han puesto en contacto el comercio y la política fiscal de las potencias capitalistas. Del mismo modo los países no europeos más primitivos son puestos bajo el dominio del capita­lismo europeo y norteamericano por el comercio mundial así como por la política colonial. Pero el modo de producción capitalista en sí podría lograr todavía una poderosa expansión si desplazase en todas partes todas las formas de producción atrasadas. Por lo demás, como lo hemos mostrado anteriormente, la evolución se da, en general, en esta dirección. Pero justamente en esta evolución se atasca el capitalismo en la contradicción fundamental siguiente: Cuanto más reem­plaza la producción capitalista producciones más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites de mercado, engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara completamente, si nos imaginamos por un momento, que el desarrollo del capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen los hombres se produce a la manera capitalista, es decir sólo por empre­sarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros asala­riados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta en­tonces nítidamente.

sábado, 19 de enero de 2008

Rosa Luxemburgo: un pensamiento irrecuperable

Publicamos a continuación un texto de José M. Delgado, publicado el pasado 10 de Enero en la web del grupo Re(d)forma en serio (http://www.nodo50.org/reformaenserio/index.htm).

Nos parece muy interesante que cada vez surjan más colectivos que abiertamente cuestionan las mistificaciones nacionalistas (y burguesas) que numerosas organizaciones de la izquierda han recogido, de forma oportunista y justo (y curiosamente) cuando la propia burguesía (la gran burguesía de las multinacionales) las desecha, pues ya apenas le son útiles. Además, para nosotros es importante siempre encontrar grupos que defienden el legado de Rosa Luxemburgo. Y que denuncian que ese legado sea enarbolado por quienes nada tienen que ver con el luxemburguismo, pues nada aprendieron de las críticas que en esa corriente se han hecho tanto del reformismo socialdemócrata como del vanguardismo sustitucionista bolchevique.

Rosa Luxemburgo: un pensamiento irrecuperable

José M. Delgado

El 15 de enero se cumple el 89º aniversario del asesinato de Rosa Luxemburg. Como cada año activistas de izquierdas se reunirán en Berlin, el homenaje a Rosa Luxemburgo tendrá el tinte claramente anticapitalista que lo caracteriza, anticapitalista y tan para nada sectario como es habitual: concernidos estarán jóvenes y menos jóvenes de casi todas las tendencias marxistas, comunistas, pero también libertarios, autónomos, que confrontan en cada convocatoria su determinación antisistema con los poderes burgueses, como gustaría a Rosa, borrando fronteras inútiles, sectarias, en la lucha de clases contra el capital. Sin embargo, y puesto a no borrar fronteras, ya deberían troskistas, leninistas, abstenerse de tratar de incorporar el pensamiento de Rosa al leninismo, de tratar de "recuperar" de la manera tan oportunista y que tan mal coindice con su pretendido rigor doctrinario - un manera de sublimar el sectarismo - que los ha llevado (a los trotskistas, particularmente) a dividirse y escindirse hasta el infinito, un pensamiento y una obra teórica con el que el bolchevismo no tenía nada que ver, - y menos aún la socialdemocracia gobernante en la Europa después de la II Guerra Mundial - ni en relación con la idea de democracia, con la concepción de la relación partido-masas, ni en relación con la pedagogia revolucionaria que atribuía a las luchas de masas, y sobre todo nada que ver con la utilización urbi et orbi del principio o derecho de autodeterminación de las nacionalidades que los trotskistas (y ex-stalinistas) hacen al día de hoy.

Es un hecho reconocido por todos los historiadores que la "liberación de los pueblos oprimidos" sirvió de pretexto ideológico al imperialismo alemán, al francés, y finalmente en su formulación más "coherente" y supuestamente imparcial al imperialismo estadounidense con la formulación de los 18 puntos de Wilson, para justificar la gran matanza, la barbarie de la Gran Guerra. A este respecto Rosa Luxemburgo formuló la denuncia más clara y taxativa:

"En la historia de las luchas de clases estos "slogans" revisten a veces una importancia muy concreta. En la presente guerra mundial, es un sino fatal del socialismo estar predestinado a proveer de pretextos ideológicos a la política contrarrevolucionaria. Cuando aquella estalló, la socialdemocracia alemana se apresuró a decorar con un escudo ideológico, extraído del arsenal seudo-marxista, el bandidismo del imperialismo germánico, explicándolo como la campaña de liberación contra el zarismo ruso auspiciada por nuestros viejos maestros. En las antípodas de los socialistas gubernamentales, estaba destinado a los bolcheviques llevar agua al molino de la contrarrevolución con la consigna de la autodeterminación nacional y de proveer así de una ideología, no solo para el estrangulamiento de la misma Revolución Rusa, sino para la proyectada liquidación en sentido contrarrevolucionario de toda la guerra mundial. Tenemos todas las razones para examinar muy a fondo desde este punto de vista la política bolchevique. El "derecho de la autodeterminación nacional" acoplado a la Sociedad de Naciones y al desarme por gracia de Wilson, constituye el grito de batalla tras el cual debería desarrollarse la inminente rendición de cuentas del socialismo internacional con el mundo burgués. Es evidente que la consigna de la autodeterminación y el conjunto del movimiento nacionalista, que en el presente constituye el mayor peligro para el socialismo internacional, han recibido un extraordinario refuerzo precisamente de la Revolución Rusa y de las negociaciones de Brest." (cfr. Rosa Luxemburgo. La Revolución Rusa. La cuestión de las nacionalidades)

Rosa condenó como todo sabemos la claudicación de Brest-Litovsk, que selló el fin de la revolución rusa y predeterminó su "nacionalización" y con ello sentó las bases de la era de Stalin y de su definitiva consolidación en tanto que mero capitalismo de estado, a la postre siguiendo implicitamente las teorías económicas del desarrollo nacional alemán formuladas por Friedrich List en el siglo XIX. Rosa condenó sin paliativos como un principio pequeñoburgués ese supuesto derecho que tan caro le era a Wilson (así, el historiador británico Eric Hobsbawm le llama "derecho de autodeterminación wilsoniano-leninista"):

"En la obstinación y rigurosa coherencia, con que Lenin y sus compañeros se mantuvieron en esta consigna, lo que sorprende es que está en contradicción tanto con su tan proclamado centralismo como también con el comportamiento que asumieron frente a otros principios democráticos. Mientras demostraban un frío desprecio frente a la asamblea constituyente, el sufragio universal, la libertad de prensa y reunión, en síntesis, frente a todo el aparato de las libertades democráticas fundamentales de las masas populares, que en su conjunto constituían el "derecho de autodeterminación" para toda Rusia, consideraban el derecho de autodeterminación de las naciones como la niña de los ojos de la política democrática, por amor a la cual todos los puntos de vista prácticos de la crítica realista deben ser silenciados. Mientras no se habían dejado someter, en modo alguno, por la votación popular de la Asamblea constituyente rusa, una votación popular sobre la base del derecho electoral mas democrático del mundo y en la plena libertad de una república popular, y mientras que, por consideraciones críticas bastante frías, declararon nulos los resultados, en Brest-Litovsk y propugnaron el referéndum sobre la pertenencia estatal de las nacionalidades no rusas del Imperio como la verdadera panacea de toda libertad y democracia, genuina quintaesencia de la voluntad de los pueblos, y como la suprema instancia que debía decidir en las cuestiones del destino político de los pueblos y de las naciones. Esta flagrante contradicción es tanto mas incomprensible, a propósito de las formas democráticas de la vida política de cada país, puesto que, como veremos mas adelante, se trata efectivamente de fundamentos en extremo válidos, y hasta diría indispensables de la política socialista, en tanto que el famoso "derecho de autodeterminación nacional" no es sino una vacua fraseología y charlatanería pequeño burguesa."

Y a día de hoy muchos leninistas y trotskistas continuan haciendo el juego al imperialismo de EEUU coadyuvando a fragmentar estados, como en la ex-Yugoslavia, en España, donde apoyan la fragmentación del estado ayudando a los nacionalistas secesionistas burgueses o pequeñoburgueses, incluso animando o reanimando el nacionalismo allí donde no existe o apenas existe.

Rosa condenaría todo esto, denunciaría la fragmentación étnico-religiosa de Iraq, la destrucción de Yugoslavia, de la URSS, al socaire del imperialismo, y por supuesto el último acto de soberbia imperialista auspiciado por la UE como es la independencia de Kosovo de Serbia, - ejemplo de "viabilidad" en pro de su pretendida independencia de Euzkadi para los fascistas-estalinistas de ETA - los intentos de destrucción de estados-nación consolidados desde hace centurias como el Reino Unido o España, o Bélgica, o apoyando a las burguesías secesionistas en Bolivia y Venezuela. Condenaría asimismo Rosa la deriva del trotskismo hacia las tesis de Giuspeppe Mazzini: "un estado para cada nación, una sola nación para cada estado"

Esta dedicación autodeterminista del leninismo le hace el juego claramente al imperialismo interesado en reducir, fragmentar o borrar del mapa cuantos estados pueda, a fabricar los llamados "estados fallidos" en favor de la penetración de sus empresas, capitales, fuerzas militares o paramilitares, etc. Simplemente le sale más barato que tener que dar su parte del expolio de materias primas, petróleo, oro, diamantes o coltan, a las élites militares o dictatoriales gobernantes en esos países de Africa y Oriente, todo ello en un nuevo movimiento neocolonial, salvaje, brutal, que hace de los imperios jurídicos británicos, francés, holandés, poco menos que instituciones filantrópicas que ponían tierras en regadio, construían ferrocarriles y educaban a los hijos de las élites complacientes en sus universidades metropolitanas.

Pero podeis seguir defendiendo el derecho a la autodeterminación de los pueblos, en seguimiento de cualesquiera entidad, grande o pequeñas, rica o campesina, cualesquiera sea su caracter de clase, de la élite burguesa o pequeñoburguesa que levante una bandera con el triángulo irredentista cerca del mástil, en cualquier circunstancia, aunque destruya estados multiétnicos, en trance de destribalización, sin importar las consecuencias de genocidio mutuo, de limpieza étnica, de destrucción de familias mixtas: todo eso no importa para una supuesta izquierda que ha sustituido al "proletariado" como agente de la revolución, por los "pueblos" ¡siempre y cuando no se trate del "pueblo del estado", a la sazón, como casi todos los antiguos europeos, concepto más cívico-democrático, "ciudadano" que "nacional" dicho en sentido etnico-lingüistico! Sin duda este tipo de "pueblos", británico, italiano, belga, español, francés, ruso, se halla mas abocado a ejercer un patriotismo o nacionalismo agresivo, chovinista, jingoísta, que el irredentismo nacionalista de los pueblos sin estado. Bien está, para quien lo crea, para los que creen estar en 1914, mientras los nacionalistas burgueses o pequeñoburgueses les dejen meter cuchara y les sigan el juego al desorientado leninismo que les allana camino, ¡aunque la experiencia última de nacionalistas vascos, croatas, serbios, catalanes, kosovares, kurdos, den cuenta de justamente lo contrario!

Así que ya basta de querer apropiarse del pensamiento de la gran revolucionaria marxista Rosa Luxemburgo, por los que ponen una vela a dios y otra al diablo: afirman combatir el imperialismo al tiempo que se ofrecen a ayudar a jibarizar estados canónicos y a dividir todavía mas a los trabajadores, auspiciando la formación de sindicatos nacionalistas en algún caso con la bendición de las élites nacionalistas gobernantes, o de las taifas federales de los social-liberales gobernantes, todo ello sin que por lo demás se atisbe en las politicas económicas y sociales de los poderes autonómicos la mas minima confrontación con el paradigma neoliberal. Y así nos va a la izquierda, sin brújula, sin principios, auto-referenciandose en un ciclo sin fin de errores y claudicaciones oportunistas.
Saludos. JM Delgado