En medio de las clásicas polarizaciones políticas que han fracturado al país, es importante plantear que existen “modelos de democracia” y no un único “canon democrático” claramente asentado como concepto normativo, no sometido a las articulaciones hegemónicas de la política. En el siglo XIX, el liberalismo político y la democracia encontraron una articulación política contingente que se estabilizó gradualmente, dando lugar al “liberalismo democrático”. ¿Pero implica esto que toda democracia es una “democracia liberal”? Si se analiza en profundidad la historia de la idea de la democracia, la respuesta es no. Inversamente, no hay “necesidad histórica” alguna para que todo liberalismo sea democrático. Esto abre un extraordinario campo de estudios e interpretaciones con consecuencias en la acción política, para comprender las tensiones entre liberalismo, democracia y socialismo. En las tradiciones socialistas, fue Lenin el que más insistió en demarcar claramente lo que denominó la “democracia burguesa” de la “democracia proletaria”. Este linaje fue de la tesis de la democracia proletaria a la tristemente célebre “democracia popular” del campo soviético, hasta llegar incluso en el famoso “bloque de cuatro clases” de extracción estalinista (y de aplicación maoísta), para hablar de la “nueva democracia”. La famosa frase de “liberales adocenados” de Lenin quedó sellada tanto para Kautsky como para Bernstein. “Liberal adocenado” es la fórmula elegante que utilizan los seguidores de la revolución bolchevique para descalificar las “desviaciones liberales”, el “oportunismo de derecha”. Desde allí comenzó una larga cadena de descalificaciones a la “revolución pacífica”, a la “legalidad burguesa”, a los “métodos democráticos”, y si no faltara poco, a la “representación política” y al “sufragio universal”. En pocas palabras, para el leninismo consecuente, no hay posibilidad alguna de revoluciones pacíficas, democráticas y electorales hacia el socialismo, y quedarían canceladas la vía chilena o venezolana (o el eurocomunismo), ya que la contrarrevolución violenta bloquearía el tránsito revolucionario y el “pacifismo” impediría construir una dictadura del proletariado (la violencia revolucionaria o contrarrevolucionaria son las parteras de la historia). Sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quién le colocó el cascabel al gato a la revolución rusa en sus encrucijadas democráticas, y analizó como el desvarío autoritario se apoderó desde la cuna de la dirigencia bolchevique. No quiere decir esto que Luxemburgo subestimara el papel de la violencia política (fue victima de ella, por cierto), sino que alertó sobre cómo la acción política bolchevique ponía en riesgo el vínculo indisoluble entre democracia y socialismo. La semilla autoritaria venía directamente inscrita en los intentos de dirección y control político de la democracia de consejos (Soviets) ¿Es posible controlar desde un centro de dirección política, desde un núcleo de decisión política, la democracia de consejos? Allí comenzó el verdadero drama de la revolución bolchevique. Y es que desde finales del siglo XIX, el movimiento socialista europeo se aglutinaba alrededor de la “socialdemocracia revolucionaria”: un término realmente extraviado de la memoria socialista, que es el auténtico legado político de la revolución teórica inconclusa de Marx; e incluso, de la primera codificación marxista en manos de Engels. Escuchemos bien: “socialdemocracia revolucionaria”, o lo que es lo mismo, movimiento político donde quedan articuladas indisolublemente la revolución democrática y la revolución socialista. Nada que ver entonces con la revisión reformista de la socialdemocracia, fruto de Bernstein, por una parte, y de los graves errores del partido socialdemócrata alemán de incorporarse a la llamada Primera Guerra. Pero tampoco, nada que ver con la revisión jacobina-blanquista de Lenin del legado de Marx y Engels sobre la democracia. La indigencia teórica ha llevado a descuidar las importantes contribuciones de Arthur Rosenberg y de Lelio Basso para analizar en profundidad las articulaciones históricas indisolubles entre la democracia de multitudes y el socialismo revolucionario en la obra abierta de Marx. El culto extremo a las tesis leninistas en las izquierdas revolucionarias, las incapacitaron para encontrar, lo que Adam Shaff ha denominado las trans-literalizaciones abusivas de Lenin sobre los textos de Marx y Engels cuando escribió “El Estado y la Revolución”: evangelio político de una supuesta “teoría del estado y la revolución marxista”. Lamentablemente, hay malas noticias para los burócratas de partido-aparato, el leninismo no es ni la continuación-profundización de Marx ni la aplicación creadora de los principios teóricos de Marx a la situación concreta de Rusia. Entre Marx y Lenin hay significativos cortocircuitos teóricos y políticos. Es plausible comprender las razones por las que una cultura de aparato ha pretendido silenciar estos cortocircuitos. Mas preocupados por las funciones prácticas de la doctrina en la consolidación de la enajenación política y del cemento ideológico en el partido-aparato, han creado toda una mitología marxista-leninista que no tiene justificación teórica ni histórica alguna. Por eso, no sería extraño a Marx plantear aquella frase: “Yo no soy marxista”… y mucho menos “Marxista-Leninista”. En fin, contra el dogmatismo de izquierda: Marx, Socialismo y democracia radical.
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sábado, 6 de septiembre de 2008
lunes, 26 de mayo de 2008
Pablo Slavin: La noción de democracia en Rosa Luxemburgo
Ésta es una copia en castellano de un artículo que fue presentado en la Conferencia Internacional de Rosa Luxemburgo celebrada en el 2007 en Tokio. Agradecemos a su autor que nos la haya facilitado, pues consideramos que es un gran aporte a la divulgación del pensamiento de Rosa Luxemburgo.
La noción de democracia en Rosa Luxemburgo: Algunos aportes para el siglo XXI
Por Pablo Slavin[1]
Introducción:
Rosa Luxemburgo fue una de las más destacadas figuras con que contó la socialdemocracia en las dos primeras décadas del siglo XX.
Si algo podemos destacar entre sus numerosas cualidades, es la claridad con la que supo aplicar el método desarrollado por Marx y Engels, el materialismo dialéctico, a todos sus análisis.
Cumpliendo con lo que Marx prescribiera en sus Tesis sobre Feuerbach, Rosa Luxemburgo no se contentó con realizar un estudio teórico del marxismo, sino que siempre demostró un profundo interés por la faz práctica.
Su activa participación en los distintos movimientos revolucionarios de principios de siglo, hicieron que las cárceles de su Polonia natal y de Alemania, su patria adoptiva, la tuvieran como asidua huésped.
Fue una firme defensora del sistema democrático, y una polemista infatigable. Nunca claudicó en sus posiciones, lo que motivó que tuviera duras polémicas con los más brillantes intelectuales de su época; como Lenin, Kautsky, Bernstein, Otto Bauer, o Pannekoek.
Hoy, tras el derrumbe de la experiencia soviética, cuando muchos críticos de derecha anuncian la muerte del marxismo y amplios sectores de la izquierda no encuentran el rumbo, creemos que es fundamental recuperar el pensamiento de una intelectual y militante que supo adelantarse a su tiempo.
Porque como ella misma afirmara en 1903:
“Si, pues, detectamos un estancamiento en nuestro movimiento en lo que hace a todas estas cuestiones teóricas, ello no se debe a que la teoría marxista sobre la cual descansan sea incapaz de desarrollarse o esté perimida. Por el contrario, se debe a que aún no hemos aprendido a utilizar correctamente las armas intelectuales más importantes que extrajimos del arsenal marxista en virtud de nuestras necesidades apremiantes en las primeras etapas de nuestra lucha. No es cierto que, en lo que hace a nuestra lucha práctica, Marx esté perimido o lo hayamos superado. Por el contrario, Marx, en su creación científica, nos ha sacado distancia como partido de luchadores. No es cierto que Marx ya no satisface nuestras necesidades. Por el contrario, nuestras necesidades todavía no se adecuan a la utilización de las ideas de Marx.”[2]
A continuación trataremos de analizar su concepción de la democracia, y el papel que según ella debe desempeñar un Partido Socialdemócrata que se precie de tal.
El modelo democrático:
Rosa Luxemburgo fue una digna heredera de la tradición democrática defendida desde el seno de la socialdemocracia europea. Sin embargo, eso no le impidió tener una clara noción de los límites que la democracia burguesa imponía, y la necesidad de su transformación y superación.
En su trabajo Reforma o Revolución, de 1900, cuyo objetivo principal era criticar las posiciones de Bernstein y su revisionismo, nuestra autora explica el carácter superestructural de la democracia como forma política.
“Entre la democracia y el desarrollo capitalista no cabe apreciar ninguna relación general y absoluta. La forma política es, en todo momento, el resultado de la suma total de los factores políticos internos y externos, y admite, dentro de sus límites, la escala completa de los regímenes políticos, desde la monarquía absoluta a la república democrática”.[3]
Ella comprendía que el capitalismo, como estructura económico social, utilizaba la forma política democrática, pero no dependía de ella.
Señalaba que la democracia había cumplido un rol fundamental en la transición del Estado feudal al capitalista, destruyendo las trabas que tenía la burguesía para su crecimiento.
Pero con la misma claridad podía ver que “…tan pronto como la democracia muestra la tendencia a olvidar su carácter de clase, convirtiéndose en instrumento de los verdaderos intereses del pueblo, la propia burguesía y su representación estatal sacrifican las formas democráticas…”[4]
Y luego agregaba que “…el liberalismo como tal, ha llegado a ser para la sociedad burguesa hasta cierto punto superfluo, y aun en ciertos aspectos muy importantes, es más bien un obstáculo. (…) El grado de desarrollo alcanzado por la economía mundial, y la agravación de las luchas por la competencia en el mercado internacional, ha hecho del militarismo instrumento de la política mundial, siendo ello lo que caracteriza el momento actual tanto en la política interior como exterior de los grandes Estados. Pero si la política mundial y el militarismo es una tendencia en auge en la fase actual, lógicamente la democracia burguesa ha de marchar hacia el ocaso.”[5]
Y la democracia burguesa, efectivamente, marchaba hacia su ocaso. Su asesinato en 1919 le impediría ser testigo de regímenes que, como el fascismo y el nazismo, con tanta certeza supo anticipar.
Como bien lo explica el profesor español Elías Díaz:
“La burguesía, que era liberal y que para la conquista y protección de sus intereses y privilegios se había organizado desde esas coordenadas de individualismo y abstencionismo, cambia estas bases por otras no liberales, sino totalitarias, cuando aquéllas resultan ya insuficientes para la defensa a toda costa del sistema capitalista, que es lo que le interesa realmente conservar. Mientras no hubo peligro, el capitalismo fue liberal; cuando surge el socialismo, el laissez faire ya no le sirve a la burguesía; el capitalismo ya no puede ser liberal sin peligro para los intereses y privilegios que representa. Donde la presión y las tensiones de clase son menores podrá continuar siendo liberal; en cambio, donde por causas diversas las tensiones se agudizan, la burguesía abandona el formalismo liberal de que hasta entonces se había servido y no duda en organizar totalitariamente la defensa del capitalismo. Esto es fundamentalmente el fascismo: capitalismo organizado totalitariamente; capitalismo económico más totalitarismo político.”[6]
Pero justamente por ello, creía Rosa Luxemburgo en la necesidad de defender el sistema y las instituciones democráticas.
Seguía diciendo en Reforma o Revolución que:
“Si la democracia es, en parte, superflua para la burguesía, y en parte hasta un obstáculo, en cambio para la clase trabajadora es necesaria e indispensable. Y lo es en primer lugar porque crea formas políticas (autonomía, sufragio, etc.) que pueden servir de comienzos y puntos de apoyo al proletariado en su transformación de la sociedad burguesa. Pero, además, es indispensable, porque sólo en ella, en la lucha por la democracia, en el ejercicio de sus derechos, el proletariado puede llegar al verdadero conocimiento de sus intereses de clase y de sus deberes históricos.”[7]
Creación burguesa, la democracia se había transformado en una herramienta que podía y debía ser utilizada por el proletariado en ascenso. No sólo para alcanzar el poder, como sostenían aquellos que defendían la denominada vía legal, sino también como un medio para la educación del proletariado, permitiéndole pasar de clase en sí a clase para sí.
Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado:
Rosa Luxemburgo estaba convencida de ser una fiel exponente de la tradición democrática socialista iniciada por Marx y Engels. Así surge de su trabajo “La teoría y la praxis”, de 1910, donde reproduce las palabras de Engels en la “Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891”. Engels decía:
“Si hay algo seguro es que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar al poder bajo la forma política de la república democrática. Esta es incluso la forma específica para la dictadura del proletariado como lo ha demostrado ya la gran revolución francesa.”[8]
Al hablar de la dictadura del proletariado como la forma específica de la república democrática, Engels lo ofrece como ejemplo a la Comuna de París, de 1871. Por ello creemos que es bueno recordar brevemente aquella experiencia.
El propio Engels, en la Introducción a la lucha de clases en Francia, nos dice que la totalidad de los miembros de la Comuna eran obreros, o representantes conocidos de los obreros. Todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza fueron cubiertos por elección, empleando para ello el sufragio universal y el derecho de revocación. Se establecieron salarios iguales para los funcionarios y los trabajadores, buscando por ese medio evitar el arrivismo y la caza de cargos.
La concepción acerca de la dictadura del proletariado, será entonces otro punto de conflicto en su enfrentamiento con los bolcheviques.
Un conflicto cuyos orígenes se remontan a 1904, cuando Rosa Luxemburgo escribe el artículo Problemas organizativos de la Socialdemocracia, criticando la posición sustentada por Lenin en su trabajos “¿Qué hacer?”, y “Un paso adelante, dos pasos atrás”. Allí Lenin abogaba por el centralismo del Partido en la toma de decisiones y en la dirección del proceso revolucionario. Ya volveremos específicamente sobre esta cuestión cuando tratemos el papel del Partido para Rosa Luxemburgo.
En lo que se refiere a la cuestión de la relación democracia-dictadura, Rosa dirá, en 1918, que:
“El error fundamental de la teoría leninista-trotskista es precisamente el de contraponer exactamente como Kautsky, dictadura y democracia. ‘Dictadura o democracia’, así plantean la cuestión tanto bolcheviques como Kautsky. Este último, como es natural, opta por la democracia y precisamente por la democracia burguesa, puesto que la coloca en función alternativa a la subversión socialista. Lenin y Trotski, por el contrario, optan por la dictadura en oposición a la democracia y en consecuencia por la dictadura de un puñado de personas, vale decir, por la dictadura según el modelo burgués. Se trata de dos polos contrapuestos, ambos bastante alejados de la auténtica política socialista.
(…) La democracia socialista comienza junto con la demolición del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista; no es otra cosa que la dictadura del proletariado.
Sí, sí: ¡dictadura! Pero esta dictadura consiste en el sistema de aplicación de la democracia, no en su abolición…”[9]
La dictadura del proletariado, en la concepción de nuestra autora, es el comienzo de la construcción de la democracia socialista. Una democracia cuyo contenido será superador de la democracia burguesa, ya que la lucha de clases habrá culminado, para dar paso a una sociedad sin clases. El tan ansiado reino de la libertad.
Si bien es cierto que Kautsky describe los conceptos de dictadura y democracia como alternativos, no lo es menos que nuestra autora poseía muchos puntos de contacto con la visión que este tenía sobre la democracia.
Veamos sino algunas frases de Kautsky en su obra “La Dictadura del Proletariado”, de 1918. En ella expresa:
“El Socialismo como medio de emancipación del proletariado, sin democracia, es impensable. (…) Socialismo sin democracia es impensable.(…)
“La Democracia es la base esencial para la construcción de un sistema Socialista de Producción”[10]
Pero hasta que la Democracia Socialista no se hubiese alcanzado, Rosa Luxemburgo creía que la democracia formal, como se denominaba a la burguesa, debía ser defendida y preservada.
“…‘Como marxistas nunca fuimos fanáticos de la democracia formal’, escribe Trotsky. Es cierto, nunca fuimos fanáticos de la democracia formal. Pero tampoco hemos sido en modo alguno fanáticos del socialismo o del marxismo. ¿Esto significa que tenemos el derecho (…) de tirar al canasto al socialismo o al marxismo cuando nos incomodan? Trotsky y Lenin constituyen la negación viva de esta posibilidad. Nosotros no fuimos nunca fanáticos de la democracia formal, significa lo siguiente: siempre hemos distinguido el contenido social de la forma política de la democracia burguesa, siempre supimos develar la semilla amarga de la desigualdad de la sujeción social que se oculta dentro de la dulce cáscara de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlas, sino para incitar a la clase obrera a no limitarse a la envoltura, a conquistar el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La misión histórica del proletariado, una vez llegado al poder, es crear en lugar de una democracia burguesa una democracia socialista y no abolir toda democracia.”[11]
Como podemos observar hasta aquí, la defensa que realiza del modelo democrático es permanente. La democracia formal es un escalón, una herramienta para ir en la búsqueda de una democracia con contenido social. La democracia socialista.
En modo alguno su crítica hacia la democracia burguesa permite pensar en su reemplazo por un régimen que restrinja las libertades formales.
A la democracia burguesa se la supera con más democracia. La insuficiencia de las libertades burguesas es completada en la democracia socialista, donde la libertad se amplia al alcanzarse una verdadera igualdad.
¿Y cuales son los principales valores que integran el modelo democrático que ella defiende?
La libertad de prensa, de reunión y de asociación; una opinión pública fuerte y libre; una plena libertad de conciencia para todos los individuos y amplia tolerancia para las diversas creencias y opiniones; ilimitada libertad política y educación permanente de las masas; la celebración de elecciones periódicas sobre la base del sufragio universal.
Declaraba que “Es un hecho notorio e incontestable que sin una ilimitada libertad de prensa, sin una vida libre de asociación y de reunión, es totalmente imposible concebir el dominio de las grandes masas populares.”[12]
(…) “Sin elecciones generales, libertad de prensa y de reunión ilimitada, lucha libre de opinión y en toda institución pública, la vida se extingue, se torna aparente y lo único activo que queda es la burocracia.”[13]
Ella volvía a poner en el centro de la escena a la libertad. Sin libertad no hay democracia.
La polémica que sostuvo con los bolcheviques sirve también para rescatar la pureza de su concepción sobre la libertad.
Ella insistía en que:
“La libertad reservada sólo a los partidarios del gobierno, sólo a los miembros del partido –por numerosos que ellos sean- no es libertad. La libertad es siempre únicamente libertad para el que piensa de modo distinto. No es por fanatismo de ‘justicia’, sino porque todo lo que pueda haber de instructivo, saludable y purificador en la libertad política depende de ella, y pierde toda eficacia cuando la ‘libertad’ se vuelve un privilegio.”[14]
Siendo consecuentes con su pensamiento, sería imposible aceptar la calificación de Socialista o Socialismo Real, para formas de organización social basadas en la autoridad del Partido Único.
Espontaneidad, masas y organización:
La relación entre las masas y el Partido fue un tema de permanente preocupación en el pensamiento de Rosa Luxemburgo. Consideramos que el mismo está íntimamente ligado a su visión integral de la democracia y la libertad.
Ella tomaba como punto central de referencia las palabras de Marx en los Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, quien decía:
“…que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo dominio de clase…”[15]
La constante apelación de Rosa Luxemburgo a las masas y su espontaneidad, hizo que fuera considerada como la teórica de la espontaneidad revolucionaria, objeto de durísimas críticas durante el período estalinista, y particularmente reivindicada durante el mayo francés del ’68.
Entendemos, sin embargo, que es un error interpretar la posición de Rosa Luxemburgo como un ataque al Partido Político, o una desvalorización del mismo. Su ataque es a la Partidocracia y al centralismo burocrático.
Tampoco compartimos la visión de aquellos que señalan una aparente ambigüedad o confusión en su discurso[16], que oscilaría entre el apoyo al Partido, del cual siempre fue un miembro activo, y su insistente defensa de la espontaneidad.
El Partido Socialdemócrata es considerado parte integrante de la clase trabajadora, y como tal, Rosa Luxemburgo le asignaba un papel muy especial.
El propio Trotsky reconocería en 1935 que “Rosa Luxemburgo comprendió y comenzó a combatir mucho antes que Lenin el papel de freno del aparato osificado del partido y los sindicatos. Al tener en cuenta la inevitable agravación de los antagonismos de clases, profetizó siempre la inevitable entrada en escena, autónoma y elemental, de las masas en la oposición a la voluntad y el itinerario fijado por las instancias oficiales. En las grandes líneas, en relación con la historia, Rosa estaba en lo cierto.
(…) Nunca se acantonó en la teoría pura de la espontaneidad (…) Rosa Luxemburgo se aplicó a la educación previa del ala revolucionaria del proletariado y a unirla en lo posible en una organización…”[17]
Al respecto, lo primero que queremos resaltar es su certera aplicación del materialismo histórico, y la comprensión de la inevitabilidad del derrumbe del sistema capitalista. Inevitabilidad que no debe ser confundida con fatalismo.
Dice en Teoría y Praxis, de 1910:
“Evidentemente nuestra causa va adelante a pesar de todo esto. Los adversarios trabajan por ella tan incansablemente que no resulta ningún mérito especial que nuestra simiente madure en cualquier condición. Pero finalmente esta no es la tarea del partido de clase del proletariado: vivir únicamente de los pecados y errores de sus adversarios y a pesar de los propios. De lo que se trata, por el contrario, es de acelerar el curso de los acontecimientos por la propia actividad, desencadenar no el mínimo sino el máximo de acción y de lucha de clases en cada momento.”[18]
El Partido debe desempeñar un rol activo en la movilización del proletariado.
Dice en Huelga de masas, Partidos y Sindicatos, de 1906:
“Si los socialdemócratas, en tanto que núcleo organizado de la clase obrera, son la vanguardia más importante del conjunto de los obreros, y si la claridad política, la fuerza y la unidad del movimiento obrero surgen de dicha organización, no se puede concebir a la movilización de clase del proletariado como movilización de la minoría organizada. Toda lucha de clases verdaderamente grande debe basarse en el apoyo y la colaboración de las más amplias masas. Una estrategia para la lucha de clases que no cuente con ese apoyo, que se base en una marcha puesta en escena por el pequeño sector bien entrenado del proletariado, está destinada a terminar en un miserable fracaso.”[19]
Consideramos que aquí es posible hallar el eje central de la argumentación de Rosa Luxemburgo. Sus críticas van dirigidas a la falta de democracia que implicaría un Partido cuya dirección esté separada de la masa.
El artículo Problemas organizativos de la Socialdemocracia, de 1904, resulta sumamente esclarecedor en este sentido.
Prestemos atención a sus palabras.
“…El centralismo socialdemócrata no puede basarse en la subordinación mecánica y la obediencia ciega de los militantes a la dirección. Por ello el movimiento socialdemócrata no puede permitir que se levante un muro hermético entre el núcleo consciente del proletariado que ya está en el partido y su entorno popular, los sectores sin partido del proletariado.
El centralismo de Lenin descansa precisamente en estos dos principios: 1)Subordinación ciega, hasta el último detalle, de todas las organizaciones al centro, que es el único que decide, piensa y guía. 2)Rigurosa separación del núcleo de revolucionarios organizados de su entorno social revolucionario.
(…) Es un hecho que la socialdemocracia no está unida al proletariado. Es el proletariado.
(…) Las condiciones indispensables para la implantación del centralismo socialdemócrata son: 1) la existencia de un gran contingente de obreros educados en la lucha política, 2) la posibilidad de que los obreros desarrollen su actividad política a través de la influencia directa en la vida pública, en la prensa del partido, en congresos públicos, etcétera.
(…) El centralismo socialista no es un factor absoluto aplicable a cualquier etapa del movimiento obrero. Es una tendencia, que se vuelve real en proporción al desarrollo y educación política adquiridos por la clase obrera en el curso de su lucha.”[20]
Las diferencias entre ambos son evidentes.
Rosa Luxemburgo no desconocía la importancia del llamado centralismo socialdemócrata, pero entendía que el mismo es un resultado de la evolución del movimiento obrero. Una tendencia que importa una participación genuina, directa y con capacidad de decisión real de todo el proletariado, no de un grupo de intelectuales iluminados que actúen en su nombre y representación.
Por eso, cuando en 1918 vuelve a referirse a las condiciones para la construcción de la democracia socialista, la dictadura del proletariado, dirá:
“…Esta dictadura debe ser obra de la clase y no de una pequeña minoría de dirigentes en nombre de la clase, vale decir, debe salir al encuentro de la participación activa de las masas, estar bajo su influencia directa, someterse al control de una publicidad completa, emerger de la instrucción política acelerada de las masas populares.”[21]
En vista de la profunda crisis por la que atraviesa actualmente el sistema de Partidos Políticos en general, y la Socialdemocracia en particular, las palabras de Rosa Luxemburgo cobran una dimensión que debemos revalorar.
Como bien decía Georgy Lukács, en 1921:
“…No es debido al azar si Rosa Luxemburgo, que reconoció antes y con mayor claridad que muchos otros el carácter esencialmente espontáneo de las acciones de masas revolucionarias, haya visto con igual claridad, también antes que muchos otros, cuál es el papel del partido en la revolución. (…) Rosa Luxemburgo comprendió tempranamente que la organización es mucho más una consecuencia que una condición previa del proceso revolucionario, de la misma manera que el proletariado no puede constituirse en clase sino en y por ese proceso. En tal proceso, que el partido no puede provocar ni evitar, le corresponde entonces el elevado papel de ser el portador de la conciencia de clase del proletariado, la conciencia de su misión histórica. (…) La concepción de Rosa Luxemburgo es la fuente de la verdadera actividad revolucionaria.”
[1] Profesor Titular Ordinario de Derecho Político con dedicación Exclusiva, y Profesor Adjunto Ordinario de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, Facultad de Derecho (UNMDP); Director del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales, Facultad de Derecho (UNMDP); Director del Grupo de Investigación ‘Pensamiento Crítico’.
[2] Luxemburgo, Rosa (1903); Estancamiento y crisis del marxismo”. En “Rosa Luxemburgo - Obras Escogidas”; Argentina, 1976; T I, pág. 135.
[3] Luxemburgo, Rosa (1900); Reforma o Revolución; Buenos Aires, Argentina, 1969; pág. 89.
[4] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 58.
[5] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 90.
[6] Díaz, Elías (1966); Estado de Derecho y sociedad democrática; España, 1984; pág. 44.
[7] Luxemburgo, Rosa (1900); Ob.cit.; pág. 99/100.
[8] Luxemburgo, Rosa (1910); La teoría y la praxis; en “Debate sobre la huelga de masas. Primera parte”, Cuadernos de Pasado y Presente; México, 1978; pág. 235.
[9] Luxemburgo, Rosa (1918); Crítica de la Revolución Rusa; Argentina; pág. 126/128.
[10] Kautsky, Karl (1918); The Dictatorship of the Proletariat; traducción del inglés propia; en www.marxists.org/archive/kautsky/1918/dictprole/ch03.htm Capítulos III y V.
[11] Luxemburgo, Rosa (1918); Ob.cit.; pág. 127.
[12] Ibidem.; pág. 118.
[13] Ibidem.; pág. 123.
[14] Luxemburgo, Rosa (1918); Crítica de la Revolución Rusa; traducción de José Aricó, y estudio preliminar de Georg Lukács. Buenos Aires, Argentina, 1969. Pág. 119
[15] Marx, Carlos (1871); Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores; en “Marx-Engels, Obras Escogidas”; Editorial Progreso, Moscú, 1955; TI, pág. 363.
[16] Ver la obra de Daniel Guèrin Rosa Luxemburg o La espontaneidad revolucionaria; Argentina, 2003. Este libro puede leerse completo en: http://www.quijotelibros.com.ar/anarres/Rosa_Luxemburgo.pdf
[17] Trotsky, León (1935); Luxemburg y la IV Internacional; en www.marxists.org/archive/trotsky
[18] Luxemburgo, Rosa (1910); Ob.cit.; pág. 273.
[19] Luxemburgo, Rosa (1906); Huelga de masas, Partido y Sindicatos. Ob.cit.; T I, pág. 235.
[20] Luxemburgo, Rosa (1904); Problemas Organizativos de la Socialdemocracia; en RL Obras Escogidas; TI; págs. 141 y ss..
[21] Luxemburgo, Rosa (1918); Ob.cit.; pág. 128.
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jueves, 10 de abril de 2008
DE TIANANMEN HASTA EL PRESENTE
Publicamos a continuación el Capítulo X del libro China. La Larga Marcha, de Virginia Marconi, publicado por la Editorial Antídoto en su Colección Herramienta[1]. La represión que ejerce el estado chino sobre el proletariado ha cobrado recientemente actualidad por los sucesos del Tíbet. En ese sentido nos parece importante recordar que el primer gran estallido social de oposición al régimen estalinista y su capitalismo de estado fue el que tuvo su epicentro en Tiananmen. Desde entonces, y pese a la férrea represión impuesta por los dictadores del PCCh[2], las movilizaciones no han parado de crecer. Es lógico, si consideramos que el corrupto gobierno chino y las multinacionales marginan a la inmensa mayoría de la población, condenándola a la miseria mientras la élite disfruta de cada vez más privilegios. El proletariado chino se rebela cada vez más, organizándose por fuera de las instituciones burocráticas frente a la explotación capitalista y a la ausencia absoluta de democracia proletaria. Las movilizaciones, cada vez más y más masivas, son la única esperanza del proletariado en su lucha por la emancipación.
Los incidentes que tuvieron lugar en China, y en especial en la Plaza Tiananmen, de abril a junio de 1989, han tenido diferentes interpretaciones. Para algunos, las movilizaciones estudiantiles fueron la manifestación de que el pueblo quería hacer avanzar las reformas, que hasta ese momento se habían limitado al campo económico, hacia el campo político. Para ellos, la Estatua de la Libertad representaba la necesidad de la instauración de la democracia burguesa, un régimen que, hasta entonces, los habitantes de China no habían experimentado. Para otros, era una reacción saludable desde dentro del propio PCCh, cuyo objetivo era sanearlo, terminando con la corrupción existente. Y para otros, la unión de estudiantes y obreros agrupados en sus organizaciones independientes, surgidas al calor de la movilización, marcaba el inicio de la revolución política que derrocaría al régimen corrupto del Partido Comunista, para instaurar un verdadero régimen de democracia obrera, que abriría el camino de la transición al socialismo.
Tanto la situación nacional como la internacional daban el marco justo para los eventos que se sucederían en Pekin. El escenario estaba listo, sólo faltaban los actores.
La nueva primavera de Pekin
Según la periodista Marie-Claire Bergère, citada por Domenach y Richer, la explosión de la primavera de 1989, tuvo más que ver con el descontento de la población de las ciudades con respecto a su futuro incierto, a una inflación galopante y al aumento de precios y la corrupción de las autoridades, que con un intento por resolver la contradicción entre el afán democratizador de la sociedad y el conservadurismo del Partido. Fue justamente ese descontento masivo, el que le dio a las movilizaciones de 1989 el apoyo popular del que habían carecido las de 1986.
La crisis del Partido ya era innegable. A principios de 1989, Zhao Ziyang le había hecho pública al presidente norteamericano George Bush, la existencia de dos líneas contrapuestas con respecto a la reforma. Existían, dijo, un sector "occidentalista" –interesado en acelerar el paso de las reformas—, y uno más "conservador"—interesado en hacerlo más lento—. El 20 de marzo, Li Peng, responsable de la economía, y representante de los sectores interesados en demorar la implantación de las reformas, anunció que se acercaban años de austeridad. Mientras tanto, en los grandes centros urbanos, era palpable la profundización de la crisis. En las universidades, se multiplicaban los círculos universitarios, los centros de investigación autónomos y otras organizaciones de especialistas. El centro de todo el movimiento era Fang Lizhi, el intelectual más prestigioso y líder del movimiento democrático. A principios de enero de 1989, Fang le había enviado a Deng una carta reclamando la libertad de los prisioneros de conciencia. A fin de febrero, comenzaron a circular peticiones de apoyo a la carta de Fang, y la policía le impidió asistir a un banquete dado por el presidente Bush, que se encontraba en una visita oficial en Pekin. El 4 de abril apareció el primer "dazibao" en Beida –la Universidad de Pekin—exigiendo la libertad de investigación y de palabra. Sólo faltaba el elemento que actuara como detonador. Y ese elemento llegó el 15 de abril.
Hu Yaobang, el ex-secretario general del PCCh, que había sido derrocado como consecuencia de las revueltas de 1986-87, había asistido el 8 de abril a una reunión del Buró Político. A la salida, y se presume que como consecuencia de las discusiones, tuvo un ataque al corazón. Su agonía se prolongó hasta el 15 de abril. Esa misma noche aparecieron nuevos "dazibaos" en Beida y en la escuela de la Liga de Juventudes Comunistas. Dos años después de su caída, los jóvenes tomaban su nombre como emblema de lucha.
La movilización creció al amparo de la indecisión de las autoridades, que tampoco podían atacar las expresiones de dolor por un hecho que ellas mismas decían lamentar. Así, los estudiantes aprovecharon para reclamar, junto con la rehabilitación de Hu, mayor democracia. El 21 de abril, 100.000 manifestantes desfilaron en la Plaza Tiananmen al grito de "¡Viva la democracia!". El 24, día de los funerales oficiales de Hu, 500.000 personas marcharon para rendirle homenaje. Era innegable que la población de Pekin prestaba su apoyo.
Los hechos podrían haber terminado allí, y entonces todo hubiera parecido simplemente una especie de ejercicio para liberar tensiones. Sin embargo, una serie de hechos y actitudes contribuyeron a darle fuerza al movimiento. Preocupado con las noticias que le llegaban de los países del Este, y temeroso de que las movilizaciones estudiantiles fueran un anuncio de que la revolución llegaba a China, Deng salió desde el principio a atacar al movimiento, uniéndose al sector tradicionalista en su reclamo de defender al régimen y al Partido de todos los posibles ataques. En el comité permanente del Buró Político, declaró que las movilizaciones no eran más que "una de esas oleadas estudiantiles habituales", agregando que en el campesinado no había problemas y que había que aprender de Polonia, donde mientras más se había cedido más se había extendido el desorden. Para evitar cualquier duda, dictó un editorial para el Diario del Pueblo del 26 de abril con el título de "¡Icemos bien alto la bandera de la lucha contra el caos!".
A partir de ese momento, los hechos se sucedieron con una velocidad vertiginosa. Ese mismo día, tuvieron lugar violentos incidentes en la ciudad de Changsha. El día siguiente, cientos de miles marcharon por las calles de Pekin al grito de "No somos un puñado de agitadores". Ante la inacción de la policía, la movilización se extendió a las provincias. El 22 de abril, ya habían tenido lugar graves incidentes en Xian. Para evitar la repetición de esa situación, las autoridades de Cantón y Shanghai permitieron las movilizaciones sin reprimirlas. Ante el poder que demostraban los estudiantes, el gobierno apeló entonces al diálogo, reivindicándolos como poseedores de "fervor patriótico", y admitiendo que sus demandas estaban "perfectamente de acuerdo con los objetivos del Partido y del gobierno". El 28 de abril se fundó la Asociación Autónoma de Estudiantes de Pekin, formada por representantes de todas las instituciones de altos estudios de Pekin. Liu Binyan, en su balance de Tiananmen a cinco años de la masacre, dice de esta primera dirección:
"Estos eran estudiantes que ya habían participado en movimientos democráticos internos en sus propias universidades, y que estaban directamente influidos por gente que había tomado parte en los distintos movimientos democráticos públicos que habían tenido lugar entre 1976 y 1986. Estaban al tanto de las complejidades de la política china, eran más maduros en su enfoque táctico de la lucha, y más moderados en su pensamiento político que algunos de los jóvenes militantes del movimiento."
Bajo esta dirección el movimiento democrático entró en su apogeo. Los festejos oficiales del 1º de mayo, y del aniversario de la revolución del 4 de mayo de 1919, sirvieron de excusa y marco para nuevas y multitudinarias movilizaciones. Pero algo estaba pasando dentro del movimiento estudiantil. El 13 de mayo, dirigidos por Chai Ling, 3000 estudiantes iniciaron una huelga de hambre que sólo concluiría con la represión final. Un sector más radicalizado se había hecho cargo de la dirección del movimiento estudiantil. Liu comenta sobre ese hecho:
"Después del 13 de mayo, la dirección del movimiento cayó en manos de una minoría estudiantil radicalizada, que desafió a las organizaciones estudiantiles y empujó por la realización de una huelga de hambre. Los dirigentes estudiantiles del ‘Comité de Estudiantes en Huelga de Hambre de la Plaza Tiananmen’ eran neófitos políticos que no tenían experiencia previa en los movimientos democráticos, y que, en gran parte, habían llegado al movimiento por casualidad. Su ignorancia de las realidades de la sociedad china, su irresponsabilidad y la sed que tenían algunos de ellos de hacerse célebres, los hicieron vulnerables al extremismo político."
Viendo que la situación se radicalizaba, Zhao Ziyang tomó abiertamente la decisión de dialogar, provocando la ira de Deng. El 8 de mayo, Deng convocó a la "Banda de los Viejos" (Chen Yun, Peng Zhen, Li Xiannian, Yang Shangkun, Wang Zhen, Bo Yibo, los sobrevivientes junto con Deng de la Guardia Vieja que tomara el poder junto con Mao Zedong), quienes decidieron el futuro de Zhao.
El 14 de mayo tuvo lugar un nuevo intento de negociación entre los dirigentes del Partido Comunista y los del movimiento estudiantil, que fracasó, según Liu Binyan, por intransigencia de los jóvenes. Allí se perdió, según él "una oportunidad histórica de resolver la situación de manera pacífica".
Aunque en minoría en el Buró Político, Zhao se seguía resistiendo a reprimir a los movilizados, e insistía en la vía conciliatoria, planteando que no se podía tomar ninguna decisión hasta después del 17 de mayo, cuando terminara la visita de Gorbachov.
El movimiento estudiantil, mientras tanto, seguía avanzando con sus jóvenes dirigentes: Wang Dan, un estudiante de historia, Wuerkaixi, un estudiante uigur -una de las minorías nacionales chinas-, y la única dirigente mujer del movimiento, Chai Ling. Estos jóvenes no estaban solos, sino que recibían apoyo de otros viejos militantes del movimiento democrático como Ren Wanding, que había participado en la Primavera de Pekin de 1979, y el de la mayoría de sus profesores. Sin embargo, aquél en quien todos habían cifrado sus esperanzas, Fang Lizhi, brillaba por su ausencia, al igual que el resto de los intelectuales chinos que en anteriores oportunidades habían jugado un rol dirigente.
El 15 de mayo, cuando llegó a Pekin, Gorbachov se encontró sumido en la vorágine. Su programa se cambió para que pudiera ir a la Plaza a conversar con los huelguistas y ser aclamado por la multitud, que lo recibió como el representante de la "democratización". Mientras tanto, Zhao le hablaba de la naturaleza monárquica de un régimen en el que todas las decisiones dependían de Deng.
El 17 de mayo, entre uno y dos millones de personas, según las distintas fuentes, desfilaron por las calles de Pekin para reclamar una reunión extraordinaria de la Asamblea Nacional. Ese mismo día, se publicó una encuesta llevada a cabo por el Diario de la Juventud, que revelaba que el 75% de los habitantes de las ciudades apoyaban a los huelguistas de hambre. El propio diario oficial El Diario del Pueblo publicaba reportajes a los huelguistas y los llamaba "la esperanza de China".
El 19 de mayo a la mañana, Zhao Ziyang, secretario general del Partido Comunista y presidente de la República Popular China, que ya estaba desde hacía tiempo en minoría en el Buró Político, y sabía cuál sería su destino, concurrió con Li Peng, el primer ministro, a entrevistarse personalmente con los huelguistas en la Plaza Tiananmen y les dijo su famoso: "Llegué muy tarde, demasiado tarde, nos merecemos sus críticas". Mientras tanto, 5500 trabajadores fundaban la Asociación Autónoma de Obreros de Pekin y peleaban por su derecho a ocupar un lugar en la Plaza al lado de los estudiantes, quienes los rechazaban para no "contaminar" su movimiento.
En la madrugada del 19 al 20 de mayo, Li Peng, a cargo de la represión, anunció que regía la ley marcial en los distritos urbanos de Pekin, y que se utilizaría la fuerza para imponerla, si fuera necesario. Era el principio del fin.
Apenas se enteró de la orden de Li, el pueblo de Pekin salió a la calle a impedir que los camiones del ejército entraran a la capital. Los jefes del ejército vacilaban. El 21 de mayo, el jefe del Estado Mayor, Yang Dezhi, junto con siete oficiales, exigieron que el EPL no entrara en la capital. Ese mismo día, un millón de manifestantes marcharon por las calles de Hong Kong exigiendo la renuncia de Li Peng, en lo que constituyó una de las mayores movilizaciones que hayan tenido lugar en esa ciudad.
Mientras tanto, en la Plaza, la movilización se seguía radicalizando. Así como el 13 de mayo se había producido un recambio en la dirección, ahora se estaba produciendo un recambio entre los huelguistas dentro de la Plaza. Los jóvenes pequineses ya mostraban síntomas de desgaste después de casi un mes de lucha, y comenzaban a retirarse, pero sus lugares eran tomados por jóvenes llegados de las provincias, cuyo ánimo estaba intacto y para quienes la lucha recién comenzaba. Ante la declaración de la ley marcial, Wuerkaixi planteó ante la Plaza reunida en asamblea, que la única salida era levantar la huelga y vaciar la Plaza, antes de que se iniciara la represión. Wang Dan, interpretando el sentir de los allí reunidos pidio que se votara. Chai Li, que tres días más tarde se haría cargo de la dirección del movimiento dijo: "¡La Plaza es nuestra única arma!" Y con el apoyo del resto de los habitantes de Pekin, el movimiento se mantuvo quince días más contraviniendo la ley marcial. El 28 de mayo, el Comité de Ciudadanos de Pekin le pidio a los estudiantes que se retiraran de la Plaza, para no darle a la línea dura del Partido un pretexto para seguir adelante con sus planes de represión. Los estudiantes hicieron caso omiso de este pedido.
El 30 de mayo, los estudiantes de Bellas Artes decoraron la Plaza y trajeron a ella lo que sería el escándalo para los viejos dirigentes: una réplica de la Estatua de la Libertad de Nueva York, a la que bautizaron la "diosa de la democracia". A pesar de los síntomas ominosos que se percibían por doquier, todos pensaban, a esta altura, que finalmente el gobierno llegaría a un acuerdo. Más aún, según cuenta Harrison E. Salisbury, uno de los periodistas especializados en China, todos estaban convencidos de que el derramamiento de una sola gota de sangre de los estudiantes provocaría la caída del gobierno.
Mientras tanto, Deng preparaba su respuesta. Desde el 20 de mayo, se encontraba reunido con los jefes militares en Wuhan. Una rápida revisión de los jefes del ejército le dejó en claro que los únicos que tenían dudas sobre la represión eran los destacamentos de la capital. Todo estaba listo para el golpe final. El 24 de mayo, Deng dio la orden de que las tropas rodearan la ciudad. El mismo día, el Buró Político destituyó a Zhao Ziyang y Hu Qili. A fines de mayo, Jiang Zemin, el patrón de Shanghai, fue nombrado miembro de la dirección del Partido.
A todo esto, ignorantes de lo que estaba ocurriendo, y cansados por el desgaste de la espera, muchos jóvenes comenzaron a abandonar la plaza. A principios de junio sólo quedaban allí una decena de miles de manifestantes.
En la madrugada del 2 al 3 de junio se produjo el primer intento de asalto que fue rechazado.
Alrededor de las 2 de la mañana el primer grupo de soldados a pie y desarmados marchó sobre Tiananmen desde diferentes direcciones. La gente común de la ciudad los rodeó a medida que se acercaban a la plaza y los convenció de que se volvieran en la dirección en que habían venido. Mientras tanto, la segunda columna venía por el oeste. Consistía principalmente en soldados en camiones que escoltaban a otros que venían en ómnibus. Aparentemente los que venían en los camiones no estaban armados, los de los ómnibus sí. Los motorizados se habían movido rápidamente sin encontrar oposición hasta que ocurrió un accidente que dio tiempo a los estudiantes para dar la alarma. Nuevamente la gente salió a la calle a rodear la columna. Las tropas retrocedieron después de un intercambio de gritos. La gente con la que habló el corresponsal de Reuters le dijo que las tropas parecían con la moral baja y que no sabían nada de los estudiantes, las movilizaciones o qué estaba ocurriendo en Pekin. Eran tropas que venían del interior a las que nadie les había contado nada.
Finalmente, el ataque llegó la madrugada del 4 junio, cuando el EPL junto con blindados y con el apoyo de la policía militar aplastó brutalmente a los manifestantes. El mismo día, en Chengdu (Sichuan), otros cientos de víctimas de la represión se sumaron a los de Pekin. Las movilizaciones estallaron nuevamente en numerosas ciudades, pero fueron aplastadas. También se produjeron manifestaciones de protesta en Hong Kong. Por primera vez el Ejército Popular de Liberación había atacado a la población desarmada en pleno centro de Pekin, ante los ojos de la población de China y del mundo. Lo que nadie pensaba que podía ocurrir había ocurrido.
La magnitud de la represión
Hay distintas interpretaciones sobre las motivaciones y los objetivos políticos del movimiento de Tiananmen. Con respecto a lo que no hay dudas, es que la situación estaba lista para el estallido debido a la profundidad de la crisis económica y política interna y a los movimientos que ya habían tenido lugar, no sólo en Europa del Este, sino también en el propio sudeste asiático. Sin embargo, lo que resulta incomprensible para algunos es por qué decidió Deng reprimir cuando era muy probable que, de mantenerse el statu quo, el movimiento terminara por desgranarse y dividirse. En un discurso que dirigiera a los cuadros del Partido para explicar el por qué de la represión, publicado en el diario The New York Times a fines de junio de 1989, Deng decía que los dirigentes chinos habían cometido el error de pensar que los tumultos que estaban ocurriendo en otras partes del mundo, y en especial en los países del Este de Europa, no los afectarían. Por suerte, agregaba, los cuadros viejos del Partido habían sabido reaccionar a tiempo ante la amenaza, para matarla en su inicio.
El movimiento democrático había demostrado una fuerza y vitalidad superiores a las de cualquiera de los anteriores, y se había extendido prácticamente a todo el país. Demasiado pronto la Plaza había recibido representantes de las minorías étnicas, como los musulmanes del norte de China, que reclamaban un lugar para presentar sus reivindicaciones. Uno de los dirigentes del movimiento, Wuerkaixi, no era han. De no haberse puesto freno a esa situación, pronto se les hubiera ido de las manos.
El terror que le produjo a los jerarcas chinos la expansión y profundidad de la respuesta popular, los convenció, con Deng a la cabeza, de que lo mejor era olvidar sus diferencias tácticas sobre la "vía comunista" de vuelta al capitalismo y unir fuerzas contra sus dominados. Al aplastar la hipótesis de una transición democrática, Deng conseguía los medios para entrar, más tarde, y sin peligro, en la única transición al capitalismo admisible a sus ojos: una transición no política sino económica "a un comunismo capitalista", controlada por el PCCh. Para conseguirlo, hizo lo que ni siquiera Mao en el pico más alto de la Revolución Cultural se había animado a hacer: utilizar al ejército para atacar a una población desarmada e indefensa, frente a todos los medios de la prensa mundial. Es por eso que la diferencia entre la represión que sufrieron los manifestantes de Tiananmen, y la sufrida por otros representantes de los movimientos democráticos anteriores, no fue de grado sino cualitativa.
En su crónica de los últimos días de Tiananmen, Salisbury cuenta cómo la incredulidad de la población de Pekin –que se reía cuando les planteaba que el gobierno iba a utilizar las tropas que había movilizado sobre la ciudad- se vio reemplazada por el terror y la inmovilidad cuando tomaron conciencia de la magnitud de la masacre.
Pero tiene que quedar claro que fue una dureza calculada y puntual. Las directivas de Deng habían sido claras. En sus órdenes a Li Peng, el 31 de mayo, había dicho: "No podemos repetir la política de la revolución cultural" y a mediados de junio agregó: "Debemos juzgar a los criminales de acuerdo con la ley y sobre la base de pruebas. No debemos ejecutar sin límites. Debemos ser clementes con los que se arrepientan e inflexibles con los demás."
Como para que quedara claro que la represión no sería indiscriminada, el 9 de junio, en su discurso a los oficiales encargados de la aplicación de la ley marcial, Deng volvió a declarar: "No se trata de gente ordinaria sino de una clique contrarrevolucionaria y de una masa de marginales sociales (...) Su objetivo era instaurar una república burguesa totalmente ligada a Occidente." El 20 de junio, una circular de la Corte Suprema, planteaba la necesidad de acelerar los juicios a los contrarrevolucionarios. Las proclamas con los nombres de los dirigentes y participantes del movimiento sobre los que había orden de captura, cubrieron las paredes de las grandes ciudades, y la policía militar patrullaba las calles. Sin embargo, en la práctica, la represión que siguió a la matanza, de ninguna manera fue tan extensiva como se creyó en Occidente. El ejército fue rápidamente enviado de vuelta a los cuarteles, y los instrumentos de represión fueron los tradicionales: los Servicios de Inteligencia y el Partido, y hay que reconocer que no se mostraron demasiado eficaces. De la lista de 21 personas más buscadas, sólo 10 habían sido detenidas para el verano de 1990.
La represión se centró en los sectores de la juventud obrera y estudiantil, y en los grupos sociales "riesgosos", como los pequeños comerciantes. Pero aun esta represión puntual encontró un freno en la mala voluntad de los jueces, las intervenciones a favor de los estudiantes detenidos y el descontento de la población. Esto no quiere decir que no haya existido represión. Al respecto, Liu Binyan documenta que:
"...Además de la masacre de por lo menos 500 personas en Pekin, decenas fueron ejecutadas en las provincias por ‘participar en las revueltas’. Miles más fueron arrestados; muchos sentenciados a condenas que iban de 3 a 15 años de cárcel. Ya fuera que sólo se los detuviera o que se los enviara a la cárcel, esta gente fue, en su absoluta mayoría, privada de sus empleos originales cuando se los liberó, y fueron frecuentemente hostilizados o encontraron obstáculos para comenzar nuevas tareas que les permitieran mantenerse."
Se sabe que hubo centenas de ejecuciones, y que las detenciones llegaron a decenas de miles, pero las penas cayeron en un alto porcentaje sobre los jóvenes obreros del Sindicato Autónomo y los campesinos desocupados que habían llegado a la ciudad en busca de trabajo, violando las restricciones de emigración interna.
El 10 de enero de 1990, pasado el chubasco y salvada la ropa, el régimen consideró que podía ser magnánimo, y levantó la ley marcial, liberando a los grupos más importantes de detenidos, a la vez que autorizó la salida de Fang Lizhi a los Estados Unidos. Dos años más tarde, en febrero de 1993, ya más seguro en el poder, el PCCh liberó a Wang Dan, y aseguró que ya todos los estudiantes habían recuperado su libertad. En septiembre, Wei Jingsheng, el héroe del movimiento democrático de 1979, recuperó su libertad, para perderla nuevamente, junto con otros representantes del movimiento, en 1994. Se puede decir que tanto Wei como Wang entran y salen de prisión de acuerdo con el humor de los burócratas de turno.
¿Qué fue y por qué fracasó el movimiento de Tiananmen?
Como movimiento, el de la Primavera de 1989 no se diferenció demasiado de los demás movimientos democráticos que estallaron en China desde 1949. Al igual que ellos, fue políticamente difuso y con un bajo grado de organización. Patrick Sabatier, especialista en el tema, dice con respecto a los jóvenes que tomaron parte en las movilizaciones de abril y mayo: "Los estudiantes citan a Robespierre, Washington y la declaración de los Derechos del Hombre mientras escuchan a Michael Jackson y Madonna". Harrison E. Salisbury dice después de la que sería su última visita a la Plaza antes de la masacre:
"...en las paredes de los costados había muchos carteles y anuncios; algunos eran sólo nombres de personas que habían estado allí, otros eran declaraciones, algunos mensajes a amigos diciéndoles donde podían encontrar a otros, el tipo de anotaciones que a menudo se veían en los Estados Unidos en las movilizaciones de los años sesenta, especialmente durante las sentadas... Era Woodstock, creo, sin drogas y por cierto sin tanta gente, a las 6.30 ó 7 de la tarde del 3 de junio."
Aunque la Asociación Autónoma de Estudiantes de Pekin jugó un rol importante, nunca llegó a unificar las posiciones de los distintos grupos, ni a hacer que reinara el orden dentro de la Plaza. Si había algo que unificaba a todos los asistentes a la Plaza y a los huelguistas de hambre, era la reivindicación democrática.
Podríamos decir que esa falta de organización y de objetivo político claro fueron, al mismo tiempo, la debilidad y la fortaleza del movimiento. Su fortaleza, porque al ser los objetivos tan difusos permitieron el acercamiento de enormes masas de descontentos con el régimen. Su debilidad, porque es imposible organizar una oposición coherente, no ya a nivel nacional, sino incluso a nivel regional, sin un programa de acción claro.
Es por eso que es difícil entender y caracterizar a la primavera de 1989, y ésta es la razón por la que distintos sectores se apropiaron de la movilización para sus propios fines. Para los partidarios del capitalismo, se trató de una explosión democrática cuyo objetivo era extender los beneficios del mercado al sector político. Por eso, los estudiantes tomaron como paladín de sus luchas a Hu Yaobang, el delfín de Deng caído en desgracia a raíz de su defensa del avance de la reforma económica y de los sectores democráticos en las movilizaciones de 1987/88. En apoyo a esta hipótesis, hay que decir que los miembros de la nueva "burguesía roja" apoyaron al movimiento tanto mientras duró dentro de China, como afuera, una vez que la mayoría de sus dirigentes estudiantiles decidieron emigrar. Y no sólo ellos lo hicieron, sino también la burguesía taiwanesa y el imperialismo americano. Los primeros, tal vez como un intento de iniciar un proceso que terminara con el colapso de su odiado enemigo, los segundos como una posibilidad de imponer mejores condiciones de intercambio que le permitieran recomponer una balanza comercial altamente deficitaria.
Para otros sectores, se trató de un intento de reformar al Partido desde adentro, de democratizarlo liquidando a los sectores más reaccionarios y corruptos, fortaleciendo al sector "occidentalista" dentro del PCCh, pero sin salirse de ese marco. Para respaldar esta posición, citan que a las marchas concurrieron cuadros importantes del Partido –viejos héroes de la Larga Marcha que lucían sus medallas y condecoraciones- y que los estudiantes cantaban –entre otras canciones- la Internacional. Según los partidarios de esta idea como Liu Binyan, la Primavera de 1989 fue un intento de reforma política que fracasó por la ceguera de los intelectuales chinos y la inexperiencia de los dirigentes estudiantiles del "Comité de Estudiantes en Huelga de Hambre de la Plaza Tiananmen". Liu Binyan es especialmente duro en su crítica a sus colegas intelectuales. En su artículo Tiananmen and the Future of China dice:
"Una razón importante para el fracaso del movimiento fue la alienación y lejanía de la intelligentsia china de la gente común. Su demora inicial para percibir la cercanía de la crisis dentro de la sociedad china, no les permitió prepararse bien para los hechos que acontecieron; incapaces de darle al movimiento el apuntalamiento teórico y estratégico que necesitaba, no pudieron dar un paso adelante para dirigirlo como hicieron sus colegas en Europa del Este y Rusia.
"La abdicación de los intelectuales puso, en los hechos, la responsabilidad del destino del movimiento de Tiananmen en manos de los estudiantes universitarios."
Por otra parte, existe todo un sector del movimiento democrático formado por dirigentes estudiantiles como Wuerkaixi y Chai Lin, que consiguieron escapar a Occidente, y cuyos intentos de organizar una oposición en el extranjero, hasta ahora han fracasado. La opinión de Liu sobre todo sobre ellos es palmaria:
"... Después del 4 de junio, los dirigentes estudiantiles más radicalizados se las arreglaron para escapar del país, mientras que sus colegas más responsables, quienes habían puesto un esfuerzo enorme para organizar la estrategia de la lucha, terminaron arrestados y en prisión. Aquellos que han recuperado su libertad se rehusan a dejar el país, e insisten en quedarse en China para continuar la lucha. Son ellos los que están haciendo los esfuerzos más conscientes para aprender de la debacle, mientras que durante los últimos cinco años, los radicales se han rehusado consecuentemente a reexaminar la historia del movimiento o a reconocer sus errores. Sin embargo, los políticos americanos los siguen viendo como los héroes de Tiananmen y los representantes del movimiento democrático chino en el extranjero."
Para él, la fundación del Sindicato Autónomo de Obreros de Pekin fue el primer indicio de que la clase obrera, después de muchos años, intentaba retomar su lugar de preponderancia en la Revolución China. Un hecho que podría encontrarse confirmado en las innumerables huelgas salvajes que se propagaron por todo el país luego de la masacre, como si el movimiento obrero, que había entrado más tarde a la lucha, no se hubiera dado cuenta de que ésta ya había acabado.
Tiananmen nos enfrenta con un fenómeno repetido en la historia de la China comunista: la movilización espontánea y a gran escala de la población para enfrentar a una política o a un sector del gobierno. Así, en el entierro de Chou Enlai en 1976, las masas salieron espontáneamente a explicitar su descontento con Mao y la Banda de los Cuatro. Lo mismo volvió a ocurrir en 1979, y en 1987 cuando salieron a protestar contra las medidas tomadas por el régimen. Tiananmen fue un movimiento espontáneo del mismo estilo, aunque en una escala superior a los anteriores. Es como si las masas, privadas de su derecho a organizarse de manera independiente a partir de 1949, lograran, de tanto en tanto, liberarse del yugo del Partido y encontraran la forma de manifestarse, aunque de una manera limitada, porque nunca disponen de suficiente tiempo para poder constituir un movimiento estable y dar una batalla a largo plazo. Es que para hacerlo es necesario un programa y objetivos comunes, que les permitan apuntar "al corazón del Rey". Mientras eso no ocurra, las masas chinas seguirán dejando, una y otra vez, su heroica sangre en plazas y ciudades.
Un camino sin retorno
A partir de la masacre de Tiananmen, el sector "conservador" tomó, en apariencia, el control del Partido y del gobierno. Sin embargo, era sólo una apariencia. Deng consiguió ubicar en el cargo de secretario general del Partido a Jiang Zeming –ex-intendente de Shanghai-, un personaje venido de las provincias, sin mayor apoyo dentro del aparato del Partido, que por fuerza debía responderle. Al mismo tiempo, le puso un límite a la represión y al accionar del primer ministro Li Peng. El centro de la política sería el desarrollo económico, y sus dos puntos básicos: el cumplimiento de los "cuatro principios fundamentales", y la reforma y la apertura. Que el poder estaba más balanceado de lo que comúnmente se cree, lo demuestra el hecho de que Zhao Ziyang fuera destituido de su cargo, pero que en ningún momento se planteara su expulsión del PCCh, como le había ocurrido al propio Deng en 1976. Zhao, más bien, fue conservado como una pieza de recambio.
Por otra parte, era por todos sabido que la única perspectiva de éxito para las campañas de pureza ideológica que querían impulsar, tanto en el campo como en las ciudades, a fin de desmontar lo que quedara en pie del movimiento democrático, estaba en la rápida obtención de mejoras en el campo económico. Y sería en el campo económico donde se libraría la verdadera batalla. El quinto pleno del Comité Central de noviembre de 1989, anunció el restablecimiento de la planificación central, la restauración del control de precios, y una serie de medidas, como la restricción de créditos, destinadas a frenar el desarrollo de las empresas privadas y colectivas, y a reducir la importancia del mercado. Al mismo tiempo, la prensa oficial volvió a hablar de la renacionalización de la tierra y de la vuelta a la economía colectivista en el campo.
Los intentos por dar la marcha atrás en la reforma terminaron en el fracaso. Sólo en Shanghai, la restricción del crédito generó un freno en la producción que llevó al desempleo a 100.000 trabajadores. A ese costo se consiguió frenar la inflación, que cayó al 2% en 1990. En el campo, las medidas de los conservadores se sintieron de manera brutal, aunque gracias a la indecisión de los cuadros locales, que no se animaron ni a restablecer la colectivización –sobre todo, porque ellos eran parte del negocio-, ni a favorecer plenamente al comercio de los 18 millones de pequeñas empresas existentes, sólo 400.000 cerraron entre 1989 y 1990.
Pero los "conservadores" se encontraron con un problema en el que no habían pensado: después de años de descentralización, las provincias costeras, cuyas economías eran mucho más dinámicas, no prestaban atención a las directivas de Pekin. Las Zonas Económicas Especiales se resistieron al nuevo sistema impositivo centralizado, y presentaron sus excusas a la política económica central, basándose en la necesidad de luchar contra el desempleo. No hay duda de que sabían que contaban con el apoyo de Deng y otros dirigentes cercanos a él, entre ellos el propio Jian Zeming, que estaba ansioso por relanzar la apertura de Shanghai. El proceso de descentralización económica había creado un monstruo que ya no podía ser gobernado desde el centro. La resistencia obligó a los "conservadores" a una retirada táctica, y en el Pleno del Comité Central de diciembre de 1990, se vieron obligados a adoptar una línea más equilibrada. La política de la reforma recibió una aprobación oficial.
A partir de ese momento y durante 1991, las diferencias se hicieron evidentes. Desde el punto de vista político, mientras el Diario del Pueblo hablaba en contra de la "liberalización burguesa", los diarios oficiales de Shanghai desataban una ofensiva contra el "sector conservador". En este momento, un hombre nuevo fue elevado a la alta jerarquía del Partido: Zhu Rongji –el reemplazante de Jiang Zemin en la dirección de Shanghai-, que pertenecía al sector de Deng. En respuesta, los conservadores relanzaron su campaña contra las zonas económicas especiales y la reaparición del capitalismo en el campo, y consiguieron imponer uno de sus hombres como viceprimer ministro.
Pero la situación económica no les daba respiro. La lucha interna, combinada con los intentos de aplicación de la política de los conservadores, había estancado al país. Al mismo tiempo, se hacía cada vez más evidente que, mientras el 40% de las empresas del Estado eran deficitarias, el único sector que producía y se hacía cada vez más dinámico, era el de la empresa privada, tanto en el campo como en las zonas costeras. Deng, cansado de esta situación decidió tomar el toro por las astas y salir él mismo a dar la batalla.
A principios de 1992, a los 88 años de edad, iba a demostrar una vez más que había aprendido mejor que nadie la técnica maoísta para imponer una política. En enero de ese año, hizo un viaje a Shenzhen, donde a la vez que reafirmó la necesidad de impedir, a como diera lugar, cualquier intento de cuestionamiento ideológico, mantuvo que era más necesario que nunca, establecer una economía de mercado.
El Buró Político adoptó inmediatamente esta nueva orientación, a la vez que la Asamblea Nacional abolió las medidas económicas más restrictivas adoptadas luego de Tiananmen, y declaró la autonomía de las empresas del Estado. Esta línea fue luego reafirmada por el XIV Congreso del PCCh en octubre de 1992. Se proclamó la "economía de mercado socialista", bajo la consigna: "Hacerse rico es glorioso". Los "conservadores" fueron derrotados en toda la línea, y sufrieron bajas en sus representantes dentro del gobierno. De acuerdo con las decisiones del Congreso, en marzo-abril de 1993, la Asamblea Nacional reformó la Constitución para incluir en el preámbulo el concepto de "economía de mercado socialista". Se eligió una nueva dirección: Li Peng siguió siendo primer ministro –aunque con un 10% de votos en contra—; Jiang Zeming se transformó en presidente; el "capitalista rojo", Ron Yiren, sería viceprimer ministro y Zhu Ronghi quedó confirmado como jefe de la reforma económica y primer viceprimer ministro.
Uno de los problemas inmediatos, a resolver por Zhu Ronghi, era el del campesinado. Las causas del malestar podían reducirse básicamente a dos. Por un lado, la prepotencia de las burocracias locales, que en lugar de pagarle a los campesinos sus cosechas en efectivo, utilizaban ese dinero para invertirlo en las empresas colectivas locales, y a ellos les pagaban con bonos. Además, por si eso fuera poco, habían incrementado los impuestos, y exigían que estos se pagaran en efectivo. El otro problema era el alza de los precios de las semillas y de las maquinarias. Las revueltas campesinas se multiplicaron durante 1992 y 1993. Para poner freno a esa situación, Zhu tomó medidas para defender a los campesinos.
Pero el gobierno tenía que enfrentar, además, otra dificultad: el recalentamiento de la economía, que amenazaba con quedar fuera de control. La inflación volvió a subir en las ciudades. Para resolver la situación, Zhu Ronghi decidió tomar él mismo la dirección del Banco Central de China, y adoptar una serie de medidas como reducir la tasa de interés, devolver zonas que habían sido declaradas abiertas al derecho común y prohibir la concesión de préstamos especulativos. Sin embargo, el pleno del Comité Central que votó tanto esa política como el establecimiento de la economía socialista del mercado, no votó, como era su costumbre, por unanimidad. La economía siguió creciendo pero había y sigue habiendo sombras en el futuro.
[1] Esta Editorial está vinculada a la Revista de Debate y Crítica Marxista Herramienta (http://www.herramienta.com.ar/index.php)
[2] Para una introducción a nuestros planteamientos sobre China, puede verse nuestro artículo China: ¿del capitalismo de estado al capitalismo “normal”? en http://democraciacomunista.blogspot.com/2007/10/china-del-capitalismo-de-estado-al.html
sábado, 12 de enero de 2008
Daniel Campione: Rosa Luxemburgo. Pasado y presente de la articulación entre socialismo y democracia
Publicamos a continuación un artículo, creemos que muy interesante, de D. Campione, que tomamos de su edición en el periódico Rebelión el 20 de Noviembre de 2005. Tenemos que puntualizar que estamos en desacuerdo con, al menos, dos planteamientos del autor, a saber:
Su consideración de que las críticas de R.L. hacia el modelo bolchevique no deben ser consideradas como una impugnación de dicho modelo. Si bien es cierto que R.L. mostró su apoyo al proceso revolucionario ruso iniciado en 1917, no lo es menos que sus críticas a las posiciones leninistas arrancan de mucho antes. Y que R.L. no tuvo tiempo, al ser asesinada, de analizar más en profundidad lo que estaba produciéndose en Rusia. No se trata de hacer predicciones sobre cual hubiera sido la evolución de R.L. (aunque sí puede analizarse la trayectoria de la tendencia “luxemburguista”), pero sí de dejar claro cómo las principales críticas manifestadas en La Revolución Rusa se comprobaron en la propia evolución del proceso revolucionario. Además, que R.L. no lo expresara así no significa que sus planteamientos no fueran incompatibles con los adoptados por el partido bolchevique.
En segundo lugar, el autor afirma que ni R.L. ni Gramsci llegaron a formular que el modelo organizativo bolchevique llevara a la dictadura personal. Ambos autores no lo expresaron explícitamente. Pero (lo que es curioso, dada su evolución posterior) Trotsky sí lo hizo, en Nuestras Tareas Políticas (1904), como respuesta a Lenin. Plantear el stalinismo como ruptura frente al leninismo, como algo desconectado de la propia evolución iniciada por los bolcheviques en 1902, nos parece absolutamente irreal. Una mistificación que desatiende a lo que fue la praxis autoritaria y negadora de toda disidencia (tanto externa como interna) del partido bolchevique en general (y de su máximo dirigente, Lenin, en particular). Una praxis coherente, al fin y al cabo, con las pretensiones leninistas de sustituir a la clase por el partido como sujeto revolucionario, aspecto en el que no sólo se aparta por completo de Marx sino que debe ser especialmente considerado a la hora de evaluar la historia de la URSS.
Su consideración de que las críticas de R.L. hacia el modelo bolchevique no deben ser consideradas como una impugnación de dicho modelo. Si bien es cierto que R.L. mostró su apoyo al proceso revolucionario ruso iniciado en 1917, no lo es menos que sus críticas a las posiciones leninistas arrancan de mucho antes. Y que R.L. no tuvo tiempo, al ser asesinada, de analizar más en profundidad lo que estaba produciéndose en Rusia. No se trata de hacer predicciones sobre cual hubiera sido la evolución de R.L. (aunque sí puede analizarse la trayectoria de la tendencia “luxemburguista”), pero sí de dejar claro cómo las principales críticas manifestadas en La Revolución Rusa se comprobaron en la propia evolución del proceso revolucionario. Además, que R.L. no lo expresara así no significa que sus planteamientos no fueran incompatibles con los adoptados por el partido bolchevique.
En segundo lugar, el autor afirma que ni R.L. ni Gramsci llegaron a formular que el modelo organizativo bolchevique llevara a la dictadura personal. Ambos autores no lo expresaron explícitamente. Pero (lo que es curioso, dada su evolución posterior) Trotsky sí lo hizo, en Nuestras Tareas Políticas (1904), como respuesta a Lenin. Plantear el stalinismo como ruptura frente al leninismo, como algo desconectado de la propia evolución iniciada por los bolcheviques en 1902, nos parece absolutamente irreal. Una mistificación que desatiende a lo que fue la praxis autoritaria y negadora de toda disidencia (tanto externa como interna) del partido bolchevique en general (y de su máximo dirigente, Lenin, en particular). Una praxis coherente, al fin y al cabo, con las pretensiones leninistas de sustituir a la clase por el partido como sujeto revolucionario, aspecto en el que no sólo se aparta por completo de Marx sino que debe ser especialmente considerado a la hora de evaluar la historia de la URSS.
Rosa Luxemburgo. Pasado y presente en la articulación entre socialismo y democracia
Daniel Campione
La relación entre democracia y socialismo ha sido objeto de discusión en los últimos años, en gran medida desde el enfoque de que la propia idea de revolución social y toma del poder por los trabajadores ya es perversa e intrínsecamente antidemocrática. El socialismo sería así inapto para dar lugar a cualquier avance de la democracia. Por el contrario, conduciría necesariamente a su abrogación. Sólo el funcionamiento de las instituciones parlamentarias podría así ser el camino para el surgimiento y consolidación de la vida democrática, a lo que muchos suman la existencia del libre mercado como sustrato económico social imprescindible de la misma. Rosa Luxemburgo, del mismo modo que Gramsci, entre otros, han sido tomados a menudo como ejemplos de reivindicación de las instituciones parlamentarias dentro de la tradición comunista, lo que es insostenible en ambos casos.
El objetivo de este trabajo es indagar en la concepción acerca de la democracia y sus relaciones con el socialismo que se halla contenida en los escritos de Rosa Luxemburgo, sobre todo los referidos a la revolución rusa, a lo que sumaremos una referencia bastante más breve al pensamiento gramsciano sobre el tema, para esbozar luego algunas conclusiones aplicables al presente.
Las posiciones de R.L en torno al proceso soviético no deberían ser presentadas de forma simplificada, como un completo apartamiento y una impugnación en bloque de toda la experiencia bolchevique, y del pensamiento de Lenin en su conjunto. Sin embargo, algunos autores asi lo han sostenido, procurando reivindicar a R.L como pensadora del “socialismo democrático” a partir de una versión a su vez caricaturizada del pensamiento y la acción de Lenin: “...en sus amonestaciones a los militantes alemanes, hay nada menos que un repudio a la concepción leninista de la revolución, según la cual el poder se debe tomar y conservar por todos los medios cuando las circunstancias de la historia lo ofrezcan a una vanguardia, así sea muy pequeña pero bien organizada y convencida de que encarna los intereses de las masas...” [1]
Rosa hace las observaciones al régimen emanado de Octubre, en su momento inicial, en abierta crítica al modo de entender la democracia proletaria por parte de Lenin y Trotsky.
Pero eso no la lleva a renegar del proceso revolucionario, ni a abandonar la idea de la necesidad de una transitoria “dictadura” del proletariado hasta ayer oprimido. La “defensa de la revolución” frente a intervenciones extranjeras, alzamientos armados en el interior y todo tipo de atentados y sabotajes, no es una preocupación menor para la dirigente de Spartacus.
Democracia burguesa, democracia proletaria y crítica de la revolución rusa.
Ella defenderá siempre el objetivo final de la “sociedad sin clases ni estado” como el factor distintivo del socialismo frente a las posiciones democráticas e incluso radicales surgidas en el seno de la burguesía [2], y el inmodificable carácter clasista del Estado en la sociedad capitalista, mas allá de la adopción de políticas que favorecen intereses más amplios que los de la clase dominante:
“El Estado existente es, ante todo, una organización de la clase dominante. Asume funciones que favorecen específicamente el desarrollo de la sociedad porque dichos intereses y el desarrollo de la sociedad coinciden, de manera general, con los intereses de la clase dominante y en la medida en que esto es así. La legislación laboral se promulga tanto para servir a los intereses inmediatos de la clase capitalista como para servir a los intereses de la sociedad en general. Pero esta armonía impera sólo hasta cierto momento del desarrollo capitalista...” [3]
La evolución en sentido democrático, la legitimación por el voto popular de los gobiernos, no modifica esta situación, lo mismo que las formas representativas parlamentarias, que ahondan las contradicciones del capitalismo, sin dejar de “reflejar” la división clasista de la sociedad.
La “burguesía y sus representantes estatales” sólo dejan sobrevivir las formas democráticas hasta el punto en que se tiende a radicalizar eficazmente su contenido democrático, a erigir a las instituciones políticas en una fortaleza de lucha contra la sociedad dividida en clases. Si ese caso se produce, tanto los capitalistas como la dirigencia política no sacrificarán la propiedad privada y sus corolarios, sino las formas democráticas “...apenas la democracia tiende a negar su carácter de clase y transformarse en instrumento de los verdaderos intereses de la población, la burguesía y sus representantes estatales sacrifican las formas democráticas.”[4] Esta afirmación de Rosa se ha visto largamente corroborada a lo largo del siglo XX. Cuando perspectivas anticapitalistas logran superar los “filtros” y “mallas de protección” que coloca el sistema, y arriban en todo o en parte al poder estatal, las clases dominantes no trepidan en desechar las reglas democráticas y desencadenar el derrocamiento violento de quiénes desafían su predominio. Desde la República española al Chile de la Unidad Popular, han sido claros testimonios en ese sentido.
La crítica democrática a la revolución rusa marca la diferenciación de R.L con la tradición leninista en formación. Es insoslayable tener en cuenta que se inserta en un abordaje respetuoso del proceso revolucionario ruso, que lo examina a la luz de una posición de defensa de la puridad de los ideales socialistas, pero defendiendo el proceso revolucionario ruso como una perspectiva globalmente positiva para el movimiento obrero y socialista a escala mundial.
Para R.L queda claro que la democracia no es un valor instrumental desde el punto de vista del socialismo, sólo estimado como una forma de crear mejores condiciones para el advenimiento de un proceso revolucionario de orientación socialista. En esa concepción, las libertades públicas y los derechos individuales serían armas para defender a la acción política proletaria de la persecución de la burguesía y desplegar con más amplitud su propaganda y su capacidad de movilización. Ese valor “táctico” desaparecería, por definición, si fuera el mismo proletariado el que está en el poder, y las libertades “burguesas” tendrían poco que hacer frente al imperio de nuevas libertades, de raíz “proletaria”, definidas sobre todo en el terreno económico y social, y más imprecisas en el campo político. Para R.L, por el contrario, la democracia es un valor sustancial, permanente. Ello no debe entenderse en el sentido general y abstracto propio de la tradición liberal, en el que la universalización de la ciudadanía y el voto basta para constituir una entidad política en “democrática”. Como hemos visto, R.L tiene claro el carácter de clase del Estado, y la función que en relación con ese carácter cumple la democracia parlamentaria.
La crítica de Rosa está configurada como advertencia a los riesgos derivados de una revolución proletaria que, en defensa del proceso revolucionario, suprime derechos y libertades incluso para los miembros de la clase que esa revolución encarna. Dice en relación con la disolución de la Asamblea Constituyente:: “...el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.”[5]
A lo que apunta Rosa es a un verdadero gobierno de las mayorías, imposible de desplegar en coexistencia con una estructura social capitalista, pero que a su vez necesitará de una prolongada y laboriosa construcción en un marco de poder proletario. La “actividad política de las masas trabajadoras” es el presupuesto necesario para que asuman efectivamente la iniciativa política y con ella la construcción de una democracia sustantiva.[6]
La carencia de ámbitos de libre debate, de espacio y facilidades para el surgimiento y consolidación de organizaciones autónomas de las clases subalternas, equivale a negar en la práctica ese “entrenamiento y educación política de toda la masa del pueblo” como elemento vital para ejercer la “dictadura proletaria”. Dictadura proletaria, para R.L es un concepto a aplicar exclusivamente sobre la burguesía supérstite, nunca dictadura del estado-partido sobre el conjunto de la sociedad, incluyendo en primer lugar al propio proletariado. La denuncia de los límites de la igualdad y la libertad formales, de la amplia compatibilidad de la vigencia de las libertades públicas con el reinado de la opresión clasista, no puede equivaler para la socialista polaca a despreciar a aquéllas, por el contrario, exige que el socialismo se proyecte siempre en dirección a su ampliación, tanto en su alcance normativo como en su vigencia social efectiva.
Rosa sitúa así a la amplitud del espacio para la iniciativa popular como piedra de toque para considerar el sentido último de un proceso político. Si no estaríamos ante algo similar a lo que Gramsci denomina “revolución pasiva”, que puede realizar un programa en apariencia muy similar que un proceso revolucionario auténtico, impulsado desde abajo, pero cuyos resultados en términos de iniciativa y autonomía populares son diversos y hasta opuestos. La patética paradoja de la supresión de la organización autónoma de sindicatos obreros, o la prohibición de las huelgas; todo en nombre del “poder proletario” es sólo la más escandalosa de las chirriantes paradojas al que la remisión de las masas a un rol político pasivo puede conducir en un proceso cuyo objetivo proclamado es la emancipación de las masas y el socialismo.
Más en general, R.L está criticando la entronización de una razón instrumental que termina obturando el camino hacia el objetivo en nombre del cual se utilizan medios “realistas” en la mirada de coyuntura, pero descabellados en una perspectiva estratégica. La supresión del debate y la pluralidad no puede llevar a la construcción de un orden libre, el disciplinamiento forzado, y el silenciamiento de las disidencias no pueden ser nunca una escuela política que forme en la libre iniciativa, en la autonomía en la toma de decisiones.
Por eso critica también la posición leninista de la “inversión”: El estado de los trabajadores es el Estado capitalista “puesto cabeza abajo” según Vladimir Ilich.[7] Para Rosa, esto es inadmisible, ya que la construcción de un nuevo poder no se caracteriza por el propósito de oprimir a los restos de la minoría explotadora, sino por la finalidad de autoliberación de la mayoría hasta ayer explotada.
La educación política ocupa un lugar inmenso en la concepción revolucionaria de R.L. a favor de no creer en una conciencia “preconstituida” que arriba a los trabajadores desde intelectuales que han hecho una acabada elaboración previa:
“Bajo la teoría de la dictadura (...) subyace el presupuesto tácito de que (para) la transformación socialista hay una fórmula prefabricada, guardada ya completa en el bolsillo del partido revolucionario, que sólo requiere ser enérgicamente aplicada en la práctica.”[8]
Ocurre que R.L cree que largas décadas de vida de los trabajadores en condiciones de explotación y alienación, requieren para ser superadas en la construcción de un orden nuevo, de una “completa transformación espiritual”.[9]
Por tanto, la posibilidad de disidencia, de debate, de expresión de opiniones divergentes, es la que garantiza que se trate de verdadera educación y no de simple “adoctrinamiento”:
La “libertad para el que piensa diferente” aparece así como sustento de la libertad. Toda restricción no puede ser sino por tiempo muy limitado y reducida a lo imprescindible, pero eso deja abierto el problema de la defensa de la revolución frente a sus enemigos de clase, que tienden a actuar de modo implacable, no sujeto a ningún límite ético, como se ha mostrado una y otra vez en la historia. Rosa no da a la libertad sólo un valor de principio, mucho menos abstracto, sino el concreto y práctico de condición previa, de generación de un ámbito propicio para el crecimiento político y cultural de las masas:
“La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la “justicia”, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la “libertad” se convierte en un privilegio especial.”[10]
Un problema que R.L detecta en el proceso revolucionario ruso, es la tendencia a pintar como virtudes, lo que en realidad son medidas de emergencia tomadas en circunstancias harto difíciles, cuando no desesperadas, de invasiones externas, guerra civil y hambre masivo. Y hacer de ellas, en consecuencia, un modelo de acción revolucionaria para todo tiempo y lugar. Agrega que todo lo que sucede en Rusia es comprensible, dadas las terribles circunstancias reinantes allí, el problema es presentarlo como un ideal, como un “modelo a seguir”.[11]
Las 21 condiciones, “demasiado rusas” al decir del propio Lenin, exportarían poco después el modelo de partido construido en la clandestinidad, en una sociedad carente en gran medida de “sociedad civil” y sin organización parlamentaria ni vigencia del sufragio; en la organización partidaria aplicable en todas las latitudes, incluyendo sociedades con amplio desarrollo de parlamento, sindicatos, partidos y organizaciones culturales como Alemania o Francia.
El estancamiento de la formación política de masas, lleva necesariamente a la consolidación de un estrato minoritario, que asume con carácter permanente la conducción del nuevo aparato estatal, y tiende a formar una élite que se desapega progresivamente de la clase que, en la teoría, titulariza el poder: “El control público es absolutamente necesario. De otra manera el intercambio de experiencias no sale del círculo cerrado de los burócratas del nuevo régimen.”[12]
R.L. piensa que nadie más que Lenin es consciente de la necesidad de una transformación espiritual de las masas, de una formación política en gran escala, pero intenta realizarla por medios equivocados, por la imposición forzada de una disciplina implacable. El mal parte de la propia vida de fábrica, dónde R.L. señala la existencia de un poder dictatorial de la supervisión, proyección de la descaminada concepción que parece presidir la construcción del nuevo estado proletario:
“Los decretos, la fuerza dictatorial del supervisor de fábrica, los castigos draconianos, el dominio por el terror, todas estas cosas son sólo paliativos. El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más ilimitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza.”[13]
¿Cómo debe desenvolverse la vida pública en el socialismo? Rosa es tajante: Elecciones generales, irrestricta libertad de prensa y reunión, libre debate de opiniones... Lo contrario es la muerte de la vida política y la entrega del poder, por omisión, a una burocracia formada por unos pocos dirigentes, con una parte de la clase obrera sometida al rol de “órgano de aclamación”, habilitados únicamente para aprobar por unanimidad las decisiones de los jefes.[14]
El poder predictivo de estas descripciones, que se harían plenamente realidad bajo el predominio omnímodo de Stalin, resulta estremecedor. Lo único que no aparece previsto es la concentración del poder en una sola persona, habilitada en la práctica para manejar, destruir y recomponer a la sociedad toda, e incluso a la burocracia dirigente. Todo el resto es una acertada anticipación de los regímenes basados en el “partido único” marxista leninista, y del soviético en particular.
Bien entendido, todo lo anterior no debe interpretarse como un rechazo conceptual a la idea de dictadura proletaria. Por el contrario, para R.L el proletariado necesita “ejercer una dictadura”, pero mediante mecanismos que extiendan el poder coercitivo al conjunto de la clase “no a un partido o camarilla”. “...esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.”[15]
Dictadura de la clase oprimida sobre las antiguas clases opresoras, pero que para ella misma no puede significar otra cosa que una “democracia sin límites”.[16]
R.L no reivindica en absoluto la democracia burguesa, a la que ve como una forma encubridora del contenido de desigualdad social de las sociedades capitalistas. Pero su punto de vista es que la libertad e igualdad formales no deben ser repudiadas, sino tomadas como base para marchar hacia una conquista del poder político en que se instaura una democracia cualitativamente superior, sin eliminar sino en cierta forma completando la concepción democrática de la era burguesa.[17]
Y esa democracia socialista no es algo que comienza después de construidas las bases de la economía socialista, sino que debe desarrollarse simultáneamente a la construcción del socialismo:
“...la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos...La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.”[18]
En la dicotomía “socialismo o barbarie” se plantea no sólo el rechazo al mundo de mercantilización desenfrenada, egoísmo universal y destrucción del ser humano en aras de la rentabilidad para el capital, sino también a la “brutalización de la vida política” susceptible de ocurrir en una dictadura ejercida, también “sobre el proletariado”, y la consecuente concentración del poder en una camarilla estrecha que expropia a las masas de toda facultad de decisión en nombre de la mejora de su nivel de vida. En fin, de lo que está en contra Rosa, es también de la posibilidad de que la barbarie sea entronizada en nombre del socialismo.
El planteo crítico de Rosa no es “equidistante”. Ella está alineada con los socialistas que apostaron a una revolución socialista en Rusia, y contra aquéllos que enviaron al proletariado a la masacre, en defensa de las burguesías de sus países. Lo que señala son tendencias negativas que podrían constituir la base para frustrar todo el proceso, o conducirlo a un lugar bien distinto de la ruta de liberación social que se ha trazado. Y la indispensable construcción simultánea y en conjunto del reino de la libertad y la igualdad universales y la dirección socialista del proceso económico en base a una propiedad efectivamente colectiva de los medios de producción. Un aspecto no existe sin el otro.
Muy breve excursión gramsciana
Gramsci tiene afinidad con el pensamiento de Rosa, pese a que varias de las referencias explícitas a ella en los Cuadernos tienden a polemizar con la visión de R.L en torno a la relación entre crisis económica y transformación política, que Gramsci visualiza como mucho más mediada. Esto se manifiesta con claridad en la consideración del centralismo democrático y del rol de partido proletario y sus métodos de conducción, que se acerca a los planteos de Rosa, no en el sentido de la crítica desde el inicio a la concepción bolchevique del poder político y el desarrollo socialista, sino en su planteo de no aplicación de esa concepción a “Occidente”, ámbito en el que ya no sería posible el “asalto al poder”, sino la estrategia prolongada y difícil de la “guerra de posiciones”.
En su peculiar lenguaje, al referirse a la dictadura del proletariado, admite la necesidad de un período de “estadolatría”, es decir de iniciativa predominante por parte de los nuevos ocupantes del aparato estatal: “Para algunos grupos sociales, que antes de acceder a la vida estatal autónoma no han tenido un largo período de desarrollo cultural y moral propio e independiente, [...] un período de estadolatría es necesario e incluso oportuno...”[19]
Pero ese rol estatal adquiere sentido en cuanto vía para el fortalecimiento de la “sociedad civil” y la consiguiente elevación política de las masas:
“esta estadolatría no es más que la forma normal de “vida estatal”, de iniciación, al menos, en la vida estatal autónoma y en la creación de una “sociedad civil” que no fue históricamente posible crear antes del acceso a la vida estatal independiente. “[20]
Por tanto, su condición ineludible es la provisoriedad, la limitación en el tiempo, hasta que el impulso al autogobierno cobre el predominio en el interior de la nueva vida estatal:
“...no debe ser abandonada a sí misma, no debe, especialmente, convertirse en fanatismo teórico y ser concebida como “perpetua”; debe ser criticada precisamente para que se desarrolle y produzca nuevas formas de vida estatal, en las que la iniciativa de los individuos y grupos sea “estatal” aunque no se deba al “gobierno de funcionarios” (hacer que la vida estatal se vuelva “espontánea”)[21]
La preocupación por el afianzamiento de un pequeño núcleo que sofoca desde arriba el debate, está presente con frecuencia en los Cuadernos. Su mirada puede ser incluso más precisa que la de R.L, en tanto que G. está asistiendo al comienzo de la instauración del stalinismo. Lo describe como un proceso de distorsión del “centralismo democrático”, que va perdiendo su “continua adecuación al movimiento histórico real”, para ser reemplazado por lo que denomina el “centralismo burocrático”, sistema en el que una pequeña minoría comienza a convertirse no en estímulo y orientación, sino en freno para las iniciativas y el crecimiento político que parten de “abajo”:
“...en los Estados el centralismo burocrático indica que se ha formado un grupo estrechamente privilegiado que tiende a perpetuar sus privilegios regulando e incluso sofocando el nacimiento de fuerzas contrariantes en la base...” lo que indicaría que “...el grupo dirigente está saturado y convirtiéndose en una camarilla estrecha que tiende a perpetuar sus mezquinos privilegios regulando o incluso sofocando el nacimiento de fuerzas contrarias, aunque estas fuerzas sean homogéneas a los intereses dominantes fundamentales. ”[22]
Gramsci no atribuye este proceso, lo mismo que Rosa, a un impulso perverso de la minoría predominante, sino a la falta de capacidad de iniciativa y dirección de las bases: "En todo caso hay que señalar que las manifestaciones morbosas del centralismo burocrático se han producido por deficiencias de iniciativas y responsabilidad en la base, o sea por el primitivismo político de las fuerzas periféricas..."[23]
También Gramsci muestra un poder predictivo notable en cuanto a la evolución posterior del “socialismo real”, al mismo tiempo que delinea una relación ideal entre masas populares, partido y estado proletario, en que es el impulso de “abajo” el que da el tono y carácter a la revolución. También para G. la democracia es un valor intrínseco para la transformación socialista y la elevación a la “vida estatal” de las clases subalternas.
La “revolución pasiva” no parece ser sólo una asunción por la clase dominante de los objetivos de las subalternas, sino el desprendimiento de un núcleo que usurpa mediante la práctica y la doctrina “estadolátrica” la revolución iniciada “desde abajo”.
Explorando América Latina (A modo de breve conclusión)
La discusión sobre democracia y socialismo necesita ser sacada del punto muerto en que por un período la colocó la disolución de la URSS y la evolución en sentido de restauración del capitalismo de lo que fue el antiguo “bloque socialista”. La concepción hegemónica sobre el tema desde entonces podría resumirse en dos creencias: 1) Todo experimento para acabar con el capitalismo y construir una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción y el autogobierno de las masas, ha conducido más temprano que tarde a una dictadura de ribetes totalitarios. 2) Las únicas democracias “realmente existentes” son las construidas sobre la base de las instituciones parlamentarias; por tanto, 3) No hay compatibilidad posible entre democracia política y organización socialista del proceso económico.
Sin embargo, la democracia de consejos y asambleas como alternativa a la democracia parlamentaria, cada vez más mediatizadora y delegativa, ha reaparecido, apuntando con claridad a la conjugación de la vigencia amplia de las libertades civiles, y la pluralidad en el pensamiento, la autonomía en la organización popular y las múltiples modalidades de acción política.
El pensamiento de R.L., formulado al filo del final de la I° Guerra Mundial, constituye una guía para re-pensar, más de ochenta años después, las relaciones entre democracia y socialismo. Ello a partir de su insobornable puesta en primer lugar de la iniciativa política y la capacidad efectiva de decisión que la transición socialista debe conferir a las grandes masas populares, y de la visión de democracia y socialismo como dos caras inescindibles del mismo proceso, no como dos fases sucesivas. Ello apareja la necesidad de garantías contra la entronización de burocracias expropiadoras de la iniciativa popular, o de jefes providenciales que se identificaron con la revolución social y con el curso de la historia, sino existe debate democrático. Las salvaguardas contra la usurpación no se establecen mediante cláusulas formales, sino con el funcionamiento de los mecanismos democráticos entendidos como constitutivos e irrenunciables del nuevo sistema, no subsumidos en el voto periódico, ni en la delegación sin mandato explícito ni revocabilidad posible.
Menos aún consiente en la “despolitización” de la noción de democracia en aras de acentuar sus contenidos sociales, de acuerdo a la cual lo decisivo no es tanto quién toma las decisiones sino que sujeto social resulta beneficiario de las mejoras que el proceso de transformación social proporciona. Para ella, el socialismo equivale a una verdadera “explosión democrática”, incompatible con la delegación de poder a una minoría burocratizada. La transición al socialismo requiere una “dictadura”, pero ésta no tiene otro sujeto que la clase en su conjunto, no la “vanguardia” de la clase ni el partido revolucionario.
Como escribe un autor de los años 30’ glosando el pensamiento de R.L, “...la democracia resulta ser la base indispensable de la organización socialista.”[24]
Tan pronto como a mediados de los 90’ comenzó a percibirse una “puesta al día”, no ya en la discusión teórica, sino en la práctica política, de la relación entre democracia y perspectiva emancipatoria de las clases subalternas, desatada precisamente en América Latina. Fue el alzamiento de los “zapatistas” en Chiapas, y sus posteriores realizaciones en el campo de la deliberación permanente y el “horizontalismo” de la organización comunitaria, los que marcaron el primer hito significativo, y rompieron el clima del imperio de los “fines”, dominado por la omnipresente prédica acerca de que todo cuestionamiento radical al orden social capitalista y a la representación política parlamentaria constituía un irremisible anacronismo.
La degradación de las instituciones democráticas en los diferentes países latinoamericanos iba camino a convertirlas en meras coberturas de un proceso de concentración de la riqueza, disciplinamiento forzado y pérdida de derechos de los trabajadores, unida a la perenne caída del nivel de vida, los servicios sociales y el nivel de ocupación. Lo que décadas antes había parecido la definitiva entronización del “estado de bienestar”, las “políticas sociales universales” y el “tripartismo” en la decisión de las relaciones entre capital y trabajo, concluyó revelándose como un estadio temporario y reversible, inducido más por el miedo a la revolución social y la competencia entre sistemas propias de la “guerra fría”, que por un arraigo profundo de los derechos económicos, sociales y culturales. El supuestamente superado “capitalismo de libre mercado” volvía por sus fueros, y el sistema de la propiedad privada tornaba a parecerse nuevamente a la descripción que de ellos habían hecho los clásicos del pensamiento socialista, incluida R.L. Al mismo tiempo, un poder capitalista mundial que encontró en un difuso “terrorismo internacional” un enemigo maleable a sus propósitos, procedió a acentuar las restricciones de las libertades civiles, del tránsito de las personas, y a entronizar la vigilancia global, en una práctica que retoma, empeoradas, ciertos rasgos del período de auge de la “guerra fría”.
La reacción frente al aumento ininterrumpido de la desigualdad y la injusticia, dio lugar a la aparición de nuevas organizaciones populares, preocupadas a su vez por lograr un funcionamiento sustancialmente democrático, reacio a cualquier “delegación”. Ellas eran reacias a confiar en cualquier dirección externa al propio movimiento. El deseo de no repetir la experiencia del “socialismo real”, con su dramática realización de las peores previsiones de Rosa Luxemburgo o Gramsci, forman parte de la “partida de nacimiento”, de esas nuevas organizaciones. El cauce tomado por el descontento crecientemente movilizado terminó, en países como Ecuador, Bolivia, Perú y Paraguay, en rebeliones populares que dieron por tierra con gobiernos sólo atentos a los dictados del gran capital, y protagonizaron (y protagonizan) fuertes demandas de una radical renovación de la vida democrática, pero sin por ello impedir que se “suturara” las crisis por los mecanismos institucionales tradicionales. En un proceso histórico de distinta trayectoria y características, la derrota por vía de la movilización popular de masas de un intento de golpe militar en Venezuela, dio lugar a una progresiva radicalización en que tanto el gobierno democrático tomó nota de la inmensa deuda contraída con las aspiraciones mayoritarias, como las organizaciones populares incrementaron su reclamo de autonomía y construcción de un poder social y político diferente.
Paralelamente, las democracias latinoamericanas “realmente existentes” les franquean las vías de acceso al gobierno a aquellos partidos y coaliciones que, aunque de origen socialista, han dejado de constituir una amenaza, como en el caso del PT brasileño y el Frente Amplio uruguayo. Se vuelve a plantear así la impotencia práctica para producir transformaciones decisivas desde la institucionalidad existente, a la vez que la subsistente capacidad de las clases dominantes para hacer funcionales a sus fines fuerzas políticas que antes se le oponían.
El escenario queda abierto a experiencias novedosas de distinto signo, y el debate y la disputa práctica sobre la articulación de “forma” y “contenido”, institucionalidad formal y efectivo poder de decisión, continúa en curso como una de las incógnitas fundamentales a develar, en América Latina y en el mundo.
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[1] F. Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, FCE, 1995, p. 103.
[2] “...el objetivo final del socialismo es el único factor decisivo que distingue al movimiento socialdemócrata de la democracia y el radicalismo burgueses, el único factor que transforma la movilización obrera de conjunto de vano esfuerzo por reformar el orden capitalista en lucha de clases contra ese orden para suprimir ese orden...” Rosa Luxemburgo, Obras Escogidas, Buenos Aires, Pluma, 1976. Tomo I, p. 49.
[3] Ïdem, p. 69
[4] Idem, p. 72.
[5] Rosa Luxemburgo, Obras...II, p. 192.
[6] “...la destrucción de las garantías democráticas más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, derechos de asociación y reunión, que les son negados a los adversarios del régimen soviético. En lo que hace a estos ataques (a los derechos democráticos) los argumentos de Trotsky ... distan mucho de ser satisfactorios. Por otra parte, es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión.” (p. 195)
[7] “Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase trabajadora, el Estado socialista de opresión a la burguesía. En cierta medida, dice, es solamente el Estado capitalista puesto cabeza abajo. Esta concepción simplista deja de lado el punto esencial: el gobierno de la clase burguesa no necesita del entrenamiento y la educación política de toda la masa del pueblo, por lo menos no más allá de determinados límites estrechos. Pero para la dictadura proletaria ése es el elemento vital, el aire sin el cual no puede existir.” Idem,...p.. 195
[8] Idem. II, p. 196.
[9] “La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los egoístas, la iniciativa de las masas en lugar de la inercia, el idealismo que supera todo sufrimiento, etcétera.” Idem, p. 197.
[10] Ibidem.
[11] ”El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista.” ... “...una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado mundial, sería un milagro.” Idem, p. 202.
[12] La verdadera emancipación obrera exige un poder político y un partido lanzados a una vida política plena, dirigida todo el tiempo a la elevación política de las masas.[12]
[13] Idem...II, 198.
[14] “Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas...una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del gobierno de los jacobinos... esas condiciones deben causar inevitablmente una brutalización de la vida pública: intentos de asesinato, caza de rehenes, etcétera.” Idem, (p. 198.
[15] Idem..., p. 201.
[16] “Dictadura de la clase significa, en el sentido más amplio del término, la participación más activa e ilimitada posible de la masa popular, la democracia sin límites.” Idem, p. 200.
[17] “...siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales. Y no lo hicimos para repudiar a éstas sino para impulsar a la clase obrera a no contentarse con la cobertura sino a conquistar el poder político, para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia burguesa, no para eliminar la democracia.” Idem, p. 201.
[18] Ibidem.
[19] A. Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, México, Era- Universidad Autónoma de Puebla , tomo III, p. 282
[20] Ibidem
[21] Ibidem.
[22] Cuadernos V, p. 78.
[24] Lucien Laurat “Un máximo de democracia” en Prefacio a la primera edición de Marxisme contre Dictadure, 1934, transcripto en D. Guerin, Rosa Luxemburg o la espontaneidad revolucionaria, Buenos Aires, 2003, p. 124.
El objetivo de este trabajo es indagar en la concepción acerca de la democracia y sus relaciones con el socialismo que se halla contenida en los escritos de Rosa Luxemburgo, sobre todo los referidos a la revolución rusa, a lo que sumaremos una referencia bastante más breve al pensamiento gramsciano sobre el tema, para esbozar luego algunas conclusiones aplicables al presente.
Las posiciones de R.L en torno al proceso soviético no deberían ser presentadas de forma simplificada, como un completo apartamiento y una impugnación en bloque de toda la experiencia bolchevique, y del pensamiento de Lenin en su conjunto. Sin embargo, algunos autores asi lo han sostenido, procurando reivindicar a R.L como pensadora del “socialismo democrático” a partir de una versión a su vez caricaturizada del pensamiento y la acción de Lenin: “...en sus amonestaciones a los militantes alemanes, hay nada menos que un repudio a la concepción leninista de la revolución, según la cual el poder se debe tomar y conservar por todos los medios cuando las circunstancias de la historia lo ofrezcan a una vanguardia, así sea muy pequeña pero bien organizada y convencida de que encarna los intereses de las masas...” [1]
Rosa hace las observaciones al régimen emanado de Octubre, en su momento inicial, en abierta crítica al modo de entender la democracia proletaria por parte de Lenin y Trotsky.
Pero eso no la lleva a renegar del proceso revolucionario, ni a abandonar la idea de la necesidad de una transitoria “dictadura” del proletariado hasta ayer oprimido. La “defensa de la revolución” frente a intervenciones extranjeras, alzamientos armados en el interior y todo tipo de atentados y sabotajes, no es una preocupación menor para la dirigente de Spartacus.
Democracia burguesa, democracia proletaria y crítica de la revolución rusa.
Ella defenderá siempre el objetivo final de la “sociedad sin clases ni estado” como el factor distintivo del socialismo frente a las posiciones democráticas e incluso radicales surgidas en el seno de la burguesía [2], y el inmodificable carácter clasista del Estado en la sociedad capitalista, mas allá de la adopción de políticas que favorecen intereses más amplios que los de la clase dominante:
“El Estado existente es, ante todo, una organización de la clase dominante. Asume funciones que favorecen específicamente el desarrollo de la sociedad porque dichos intereses y el desarrollo de la sociedad coinciden, de manera general, con los intereses de la clase dominante y en la medida en que esto es así. La legislación laboral se promulga tanto para servir a los intereses inmediatos de la clase capitalista como para servir a los intereses de la sociedad en general. Pero esta armonía impera sólo hasta cierto momento del desarrollo capitalista...” [3]
La evolución en sentido democrático, la legitimación por el voto popular de los gobiernos, no modifica esta situación, lo mismo que las formas representativas parlamentarias, que ahondan las contradicciones del capitalismo, sin dejar de “reflejar” la división clasista de la sociedad.
La “burguesía y sus representantes estatales” sólo dejan sobrevivir las formas democráticas hasta el punto en que se tiende a radicalizar eficazmente su contenido democrático, a erigir a las instituciones políticas en una fortaleza de lucha contra la sociedad dividida en clases. Si ese caso se produce, tanto los capitalistas como la dirigencia política no sacrificarán la propiedad privada y sus corolarios, sino las formas democráticas “...apenas la democracia tiende a negar su carácter de clase y transformarse en instrumento de los verdaderos intereses de la población, la burguesía y sus representantes estatales sacrifican las formas democráticas.”[4] Esta afirmación de Rosa se ha visto largamente corroborada a lo largo del siglo XX. Cuando perspectivas anticapitalistas logran superar los “filtros” y “mallas de protección” que coloca el sistema, y arriban en todo o en parte al poder estatal, las clases dominantes no trepidan en desechar las reglas democráticas y desencadenar el derrocamiento violento de quiénes desafían su predominio. Desde la República española al Chile de la Unidad Popular, han sido claros testimonios en ese sentido.
La crítica democrática a la revolución rusa marca la diferenciación de R.L con la tradición leninista en formación. Es insoslayable tener en cuenta que se inserta en un abordaje respetuoso del proceso revolucionario ruso, que lo examina a la luz de una posición de defensa de la puridad de los ideales socialistas, pero defendiendo el proceso revolucionario ruso como una perspectiva globalmente positiva para el movimiento obrero y socialista a escala mundial.
Para R.L queda claro que la democracia no es un valor instrumental desde el punto de vista del socialismo, sólo estimado como una forma de crear mejores condiciones para el advenimiento de un proceso revolucionario de orientación socialista. En esa concepción, las libertades públicas y los derechos individuales serían armas para defender a la acción política proletaria de la persecución de la burguesía y desplegar con más amplitud su propaganda y su capacidad de movilización. Ese valor “táctico” desaparecería, por definición, si fuera el mismo proletariado el que está en el poder, y las libertades “burguesas” tendrían poco que hacer frente al imperio de nuevas libertades, de raíz “proletaria”, definidas sobre todo en el terreno económico y social, y más imprecisas en el campo político. Para R.L, por el contrario, la democracia es un valor sustancial, permanente. Ello no debe entenderse en el sentido general y abstracto propio de la tradición liberal, en el que la universalización de la ciudadanía y el voto basta para constituir una entidad política en “democrática”. Como hemos visto, R.L tiene claro el carácter de clase del Estado, y la función que en relación con ese carácter cumple la democracia parlamentaria.
La crítica de Rosa está configurada como advertencia a los riesgos derivados de una revolución proletaria que, en defensa del proceso revolucionario, suprime derechos y libertades incluso para los miembros de la clase que esa revolución encarna. Dice en relación con la disolución de la Asamblea Constituyente:: “...el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.”[5]
A lo que apunta Rosa es a un verdadero gobierno de las mayorías, imposible de desplegar en coexistencia con una estructura social capitalista, pero que a su vez necesitará de una prolongada y laboriosa construcción en un marco de poder proletario. La “actividad política de las masas trabajadoras” es el presupuesto necesario para que asuman efectivamente la iniciativa política y con ella la construcción de una democracia sustantiva.[6]
La carencia de ámbitos de libre debate, de espacio y facilidades para el surgimiento y consolidación de organizaciones autónomas de las clases subalternas, equivale a negar en la práctica ese “entrenamiento y educación política de toda la masa del pueblo” como elemento vital para ejercer la “dictadura proletaria”. Dictadura proletaria, para R.L es un concepto a aplicar exclusivamente sobre la burguesía supérstite, nunca dictadura del estado-partido sobre el conjunto de la sociedad, incluyendo en primer lugar al propio proletariado. La denuncia de los límites de la igualdad y la libertad formales, de la amplia compatibilidad de la vigencia de las libertades públicas con el reinado de la opresión clasista, no puede equivaler para la socialista polaca a despreciar a aquéllas, por el contrario, exige que el socialismo se proyecte siempre en dirección a su ampliación, tanto en su alcance normativo como en su vigencia social efectiva.
Rosa sitúa así a la amplitud del espacio para la iniciativa popular como piedra de toque para considerar el sentido último de un proceso político. Si no estaríamos ante algo similar a lo que Gramsci denomina “revolución pasiva”, que puede realizar un programa en apariencia muy similar que un proceso revolucionario auténtico, impulsado desde abajo, pero cuyos resultados en términos de iniciativa y autonomía populares son diversos y hasta opuestos. La patética paradoja de la supresión de la organización autónoma de sindicatos obreros, o la prohibición de las huelgas; todo en nombre del “poder proletario” es sólo la más escandalosa de las chirriantes paradojas al que la remisión de las masas a un rol político pasivo puede conducir en un proceso cuyo objetivo proclamado es la emancipación de las masas y el socialismo.
Más en general, R.L está criticando la entronización de una razón instrumental que termina obturando el camino hacia el objetivo en nombre del cual se utilizan medios “realistas” en la mirada de coyuntura, pero descabellados en una perspectiva estratégica. La supresión del debate y la pluralidad no puede llevar a la construcción de un orden libre, el disciplinamiento forzado, y el silenciamiento de las disidencias no pueden ser nunca una escuela política que forme en la libre iniciativa, en la autonomía en la toma de decisiones.
Por eso critica también la posición leninista de la “inversión”: El estado de los trabajadores es el Estado capitalista “puesto cabeza abajo” según Vladimir Ilich.[7] Para Rosa, esto es inadmisible, ya que la construcción de un nuevo poder no se caracteriza por el propósito de oprimir a los restos de la minoría explotadora, sino por la finalidad de autoliberación de la mayoría hasta ayer explotada.
La educación política ocupa un lugar inmenso en la concepción revolucionaria de R.L. a favor de no creer en una conciencia “preconstituida” que arriba a los trabajadores desde intelectuales que han hecho una acabada elaboración previa:
“Bajo la teoría de la dictadura (...) subyace el presupuesto tácito de que (para) la transformación socialista hay una fórmula prefabricada, guardada ya completa en el bolsillo del partido revolucionario, que sólo requiere ser enérgicamente aplicada en la práctica.”[8]
Ocurre que R.L cree que largas décadas de vida de los trabajadores en condiciones de explotación y alienación, requieren para ser superadas en la construcción de un orden nuevo, de una “completa transformación espiritual”.[9]
Por tanto, la posibilidad de disidencia, de debate, de expresión de opiniones divergentes, es la que garantiza que se trate de verdadera educación y no de simple “adoctrinamiento”:
La “libertad para el que piensa diferente” aparece así como sustento de la libertad. Toda restricción no puede ser sino por tiempo muy limitado y reducida a lo imprescindible, pero eso deja abierto el problema de la defensa de la revolución frente a sus enemigos de clase, que tienden a actuar de modo implacable, no sujeto a ningún límite ético, como se ha mostrado una y otra vez en la historia. Rosa no da a la libertad sólo un valor de principio, mucho menos abstracto, sino el concreto y práctico de condición previa, de generación de un ámbito propicio para el crecimiento político y cultural de las masas:
“La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la “justicia”, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la “libertad” se convierte en un privilegio especial.”[10]
Un problema que R.L detecta en el proceso revolucionario ruso, es la tendencia a pintar como virtudes, lo que en realidad son medidas de emergencia tomadas en circunstancias harto difíciles, cuando no desesperadas, de invasiones externas, guerra civil y hambre masivo. Y hacer de ellas, en consecuencia, un modelo de acción revolucionaria para todo tiempo y lugar. Agrega que todo lo que sucede en Rusia es comprensible, dadas las terribles circunstancias reinantes allí, el problema es presentarlo como un ideal, como un “modelo a seguir”.[11]
Las 21 condiciones, “demasiado rusas” al decir del propio Lenin, exportarían poco después el modelo de partido construido en la clandestinidad, en una sociedad carente en gran medida de “sociedad civil” y sin organización parlamentaria ni vigencia del sufragio; en la organización partidaria aplicable en todas las latitudes, incluyendo sociedades con amplio desarrollo de parlamento, sindicatos, partidos y organizaciones culturales como Alemania o Francia.
El estancamiento de la formación política de masas, lleva necesariamente a la consolidación de un estrato minoritario, que asume con carácter permanente la conducción del nuevo aparato estatal, y tiende a formar una élite que se desapega progresivamente de la clase que, en la teoría, titulariza el poder: “El control público es absolutamente necesario. De otra manera el intercambio de experiencias no sale del círculo cerrado de los burócratas del nuevo régimen.”[12]
R.L. piensa que nadie más que Lenin es consciente de la necesidad de una transformación espiritual de las masas, de una formación política en gran escala, pero intenta realizarla por medios equivocados, por la imposición forzada de una disciplina implacable. El mal parte de la propia vida de fábrica, dónde R.L. señala la existencia de un poder dictatorial de la supervisión, proyección de la descaminada concepción que parece presidir la construcción del nuevo estado proletario:
“Los decretos, la fuerza dictatorial del supervisor de fábrica, los castigos draconianos, el dominio por el terror, todas estas cosas son sólo paliativos. El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más ilimitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza.”[13]
¿Cómo debe desenvolverse la vida pública en el socialismo? Rosa es tajante: Elecciones generales, irrestricta libertad de prensa y reunión, libre debate de opiniones... Lo contrario es la muerte de la vida política y la entrega del poder, por omisión, a una burocracia formada por unos pocos dirigentes, con una parte de la clase obrera sometida al rol de “órgano de aclamación”, habilitados únicamente para aprobar por unanimidad las decisiones de los jefes.[14]
El poder predictivo de estas descripciones, que se harían plenamente realidad bajo el predominio omnímodo de Stalin, resulta estremecedor. Lo único que no aparece previsto es la concentración del poder en una sola persona, habilitada en la práctica para manejar, destruir y recomponer a la sociedad toda, e incluso a la burocracia dirigente. Todo el resto es una acertada anticipación de los regímenes basados en el “partido único” marxista leninista, y del soviético en particular.
Bien entendido, todo lo anterior no debe interpretarse como un rechazo conceptual a la idea de dictadura proletaria. Por el contrario, para R.L el proletariado necesita “ejercer una dictadura”, pero mediante mecanismos que extiendan el poder coercitivo al conjunto de la clase “no a un partido o camarilla”. “...esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.”[15]
Dictadura de la clase oprimida sobre las antiguas clases opresoras, pero que para ella misma no puede significar otra cosa que una “democracia sin límites”.[16]
R.L no reivindica en absoluto la democracia burguesa, a la que ve como una forma encubridora del contenido de desigualdad social de las sociedades capitalistas. Pero su punto de vista es que la libertad e igualdad formales no deben ser repudiadas, sino tomadas como base para marchar hacia una conquista del poder político en que se instaura una democracia cualitativamente superior, sin eliminar sino en cierta forma completando la concepción democrática de la era burguesa.[17]
Y esa democracia socialista no es algo que comienza después de construidas las bases de la economía socialista, sino que debe desarrollarse simultáneamente a la construcción del socialismo:
“...la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos...La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.”[18]
En la dicotomía “socialismo o barbarie” se plantea no sólo el rechazo al mundo de mercantilización desenfrenada, egoísmo universal y destrucción del ser humano en aras de la rentabilidad para el capital, sino también a la “brutalización de la vida política” susceptible de ocurrir en una dictadura ejercida, también “sobre el proletariado”, y la consecuente concentración del poder en una camarilla estrecha que expropia a las masas de toda facultad de decisión en nombre de la mejora de su nivel de vida. En fin, de lo que está en contra Rosa, es también de la posibilidad de que la barbarie sea entronizada en nombre del socialismo.
El planteo crítico de Rosa no es “equidistante”. Ella está alineada con los socialistas que apostaron a una revolución socialista en Rusia, y contra aquéllos que enviaron al proletariado a la masacre, en defensa de las burguesías de sus países. Lo que señala son tendencias negativas que podrían constituir la base para frustrar todo el proceso, o conducirlo a un lugar bien distinto de la ruta de liberación social que se ha trazado. Y la indispensable construcción simultánea y en conjunto del reino de la libertad y la igualdad universales y la dirección socialista del proceso económico en base a una propiedad efectivamente colectiva de los medios de producción. Un aspecto no existe sin el otro.
Muy breve excursión gramsciana
Gramsci tiene afinidad con el pensamiento de Rosa, pese a que varias de las referencias explícitas a ella en los Cuadernos tienden a polemizar con la visión de R.L en torno a la relación entre crisis económica y transformación política, que Gramsci visualiza como mucho más mediada. Esto se manifiesta con claridad en la consideración del centralismo democrático y del rol de partido proletario y sus métodos de conducción, que se acerca a los planteos de Rosa, no en el sentido de la crítica desde el inicio a la concepción bolchevique del poder político y el desarrollo socialista, sino en su planteo de no aplicación de esa concepción a “Occidente”, ámbito en el que ya no sería posible el “asalto al poder”, sino la estrategia prolongada y difícil de la “guerra de posiciones”.
En su peculiar lenguaje, al referirse a la dictadura del proletariado, admite la necesidad de un período de “estadolatría”, es decir de iniciativa predominante por parte de los nuevos ocupantes del aparato estatal: “Para algunos grupos sociales, que antes de acceder a la vida estatal autónoma no han tenido un largo período de desarrollo cultural y moral propio e independiente, [...] un período de estadolatría es necesario e incluso oportuno...”[19]
Pero ese rol estatal adquiere sentido en cuanto vía para el fortalecimiento de la “sociedad civil” y la consiguiente elevación política de las masas:
“esta estadolatría no es más que la forma normal de “vida estatal”, de iniciación, al menos, en la vida estatal autónoma y en la creación de una “sociedad civil” que no fue históricamente posible crear antes del acceso a la vida estatal independiente. “[20]
Por tanto, su condición ineludible es la provisoriedad, la limitación en el tiempo, hasta que el impulso al autogobierno cobre el predominio en el interior de la nueva vida estatal:
“...no debe ser abandonada a sí misma, no debe, especialmente, convertirse en fanatismo teórico y ser concebida como “perpetua”; debe ser criticada precisamente para que se desarrolle y produzca nuevas formas de vida estatal, en las que la iniciativa de los individuos y grupos sea “estatal” aunque no se deba al “gobierno de funcionarios” (hacer que la vida estatal se vuelva “espontánea”)[21]
La preocupación por el afianzamiento de un pequeño núcleo que sofoca desde arriba el debate, está presente con frecuencia en los Cuadernos. Su mirada puede ser incluso más precisa que la de R.L, en tanto que G. está asistiendo al comienzo de la instauración del stalinismo. Lo describe como un proceso de distorsión del “centralismo democrático”, que va perdiendo su “continua adecuación al movimiento histórico real”, para ser reemplazado por lo que denomina el “centralismo burocrático”, sistema en el que una pequeña minoría comienza a convertirse no en estímulo y orientación, sino en freno para las iniciativas y el crecimiento político que parten de “abajo”:
“...en los Estados el centralismo burocrático indica que se ha formado un grupo estrechamente privilegiado que tiende a perpetuar sus privilegios regulando e incluso sofocando el nacimiento de fuerzas contrariantes en la base...” lo que indicaría que “...el grupo dirigente está saturado y convirtiéndose en una camarilla estrecha que tiende a perpetuar sus mezquinos privilegios regulando o incluso sofocando el nacimiento de fuerzas contrarias, aunque estas fuerzas sean homogéneas a los intereses dominantes fundamentales. ”[22]
Gramsci no atribuye este proceso, lo mismo que Rosa, a un impulso perverso de la minoría predominante, sino a la falta de capacidad de iniciativa y dirección de las bases: "En todo caso hay que señalar que las manifestaciones morbosas del centralismo burocrático se han producido por deficiencias de iniciativas y responsabilidad en la base, o sea por el primitivismo político de las fuerzas periféricas..."[23]
También Gramsci muestra un poder predictivo notable en cuanto a la evolución posterior del “socialismo real”, al mismo tiempo que delinea una relación ideal entre masas populares, partido y estado proletario, en que es el impulso de “abajo” el que da el tono y carácter a la revolución. También para G. la democracia es un valor intrínseco para la transformación socialista y la elevación a la “vida estatal” de las clases subalternas.
La “revolución pasiva” no parece ser sólo una asunción por la clase dominante de los objetivos de las subalternas, sino el desprendimiento de un núcleo que usurpa mediante la práctica y la doctrina “estadolátrica” la revolución iniciada “desde abajo”.
Explorando América Latina (A modo de breve conclusión)
La discusión sobre democracia y socialismo necesita ser sacada del punto muerto en que por un período la colocó la disolución de la URSS y la evolución en sentido de restauración del capitalismo de lo que fue el antiguo “bloque socialista”. La concepción hegemónica sobre el tema desde entonces podría resumirse en dos creencias: 1) Todo experimento para acabar con el capitalismo y construir una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción y el autogobierno de las masas, ha conducido más temprano que tarde a una dictadura de ribetes totalitarios. 2) Las únicas democracias “realmente existentes” son las construidas sobre la base de las instituciones parlamentarias; por tanto, 3) No hay compatibilidad posible entre democracia política y organización socialista del proceso económico.
Sin embargo, la democracia de consejos y asambleas como alternativa a la democracia parlamentaria, cada vez más mediatizadora y delegativa, ha reaparecido, apuntando con claridad a la conjugación de la vigencia amplia de las libertades civiles, y la pluralidad en el pensamiento, la autonomía en la organización popular y las múltiples modalidades de acción política.
El pensamiento de R.L., formulado al filo del final de la I° Guerra Mundial, constituye una guía para re-pensar, más de ochenta años después, las relaciones entre democracia y socialismo. Ello a partir de su insobornable puesta en primer lugar de la iniciativa política y la capacidad efectiva de decisión que la transición socialista debe conferir a las grandes masas populares, y de la visión de democracia y socialismo como dos caras inescindibles del mismo proceso, no como dos fases sucesivas. Ello apareja la necesidad de garantías contra la entronización de burocracias expropiadoras de la iniciativa popular, o de jefes providenciales que se identificaron con la revolución social y con el curso de la historia, sino existe debate democrático. Las salvaguardas contra la usurpación no se establecen mediante cláusulas formales, sino con el funcionamiento de los mecanismos democráticos entendidos como constitutivos e irrenunciables del nuevo sistema, no subsumidos en el voto periódico, ni en la delegación sin mandato explícito ni revocabilidad posible.
Menos aún consiente en la “despolitización” de la noción de democracia en aras de acentuar sus contenidos sociales, de acuerdo a la cual lo decisivo no es tanto quién toma las decisiones sino que sujeto social resulta beneficiario de las mejoras que el proceso de transformación social proporciona. Para ella, el socialismo equivale a una verdadera “explosión democrática”, incompatible con la delegación de poder a una minoría burocratizada. La transición al socialismo requiere una “dictadura”, pero ésta no tiene otro sujeto que la clase en su conjunto, no la “vanguardia” de la clase ni el partido revolucionario.
Como escribe un autor de los años 30’ glosando el pensamiento de R.L, “...la democracia resulta ser la base indispensable de la organización socialista.”[24]
Tan pronto como a mediados de los 90’ comenzó a percibirse una “puesta al día”, no ya en la discusión teórica, sino en la práctica política, de la relación entre democracia y perspectiva emancipatoria de las clases subalternas, desatada precisamente en América Latina. Fue el alzamiento de los “zapatistas” en Chiapas, y sus posteriores realizaciones en el campo de la deliberación permanente y el “horizontalismo” de la organización comunitaria, los que marcaron el primer hito significativo, y rompieron el clima del imperio de los “fines”, dominado por la omnipresente prédica acerca de que todo cuestionamiento radical al orden social capitalista y a la representación política parlamentaria constituía un irremisible anacronismo.
La degradación de las instituciones democráticas en los diferentes países latinoamericanos iba camino a convertirlas en meras coberturas de un proceso de concentración de la riqueza, disciplinamiento forzado y pérdida de derechos de los trabajadores, unida a la perenne caída del nivel de vida, los servicios sociales y el nivel de ocupación. Lo que décadas antes había parecido la definitiva entronización del “estado de bienestar”, las “políticas sociales universales” y el “tripartismo” en la decisión de las relaciones entre capital y trabajo, concluyó revelándose como un estadio temporario y reversible, inducido más por el miedo a la revolución social y la competencia entre sistemas propias de la “guerra fría”, que por un arraigo profundo de los derechos económicos, sociales y culturales. El supuestamente superado “capitalismo de libre mercado” volvía por sus fueros, y el sistema de la propiedad privada tornaba a parecerse nuevamente a la descripción que de ellos habían hecho los clásicos del pensamiento socialista, incluida R.L. Al mismo tiempo, un poder capitalista mundial que encontró en un difuso “terrorismo internacional” un enemigo maleable a sus propósitos, procedió a acentuar las restricciones de las libertades civiles, del tránsito de las personas, y a entronizar la vigilancia global, en una práctica que retoma, empeoradas, ciertos rasgos del período de auge de la “guerra fría”.
La reacción frente al aumento ininterrumpido de la desigualdad y la injusticia, dio lugar a la aparición de nuevas organizaciones populares, preocupadas a su vez por lograr un funcionamiento sustancialmente democrático, reacio a cualquier “delegación”. Ellas eran reacias a confiar en cualquier dirección externa al propio movimiento. El deseo de no repetir la experiencia del “socialismo real”, con su dramática realización de las peores previsiones de Rosa Luxemburgo o Gramsci, forman parte de la “partida de nacimiento”, de esas nuevas organizaciones. El cauce tomado por el descontento crecientemente movilizado terminó, en países como Ecuador, Bolivia, Perú y Paraguay, en rebeliones populares que dieron por tierra con gobiernos sólo atentos a los dictados del gran capital, y protagonizaron (y protagonizan) fuertes demandas de una radical renovación de la vida democrática, pero sin por ello impedir que se “suturara” las crisis por los mecanismos institucionales tradicionales. En un proceso histórico de distinta trayectoria y características, la derrota por vía de la movilización popular de masas de un intento de golpe militar en Venezuela, dio lugar a una progresiva radicalización en que tanto el gobierno democrático tomó nota de la inmensa deuda contraída con las aspiraciones mayoritarias, como las organizaciones populares incrementaron su reclamo de autonomía y construcción de un poder social y político diferente.
Paralelamente, las democracias latinoamericanas “realmente existentes” les franquean las vías de acceso al gobierno a aquellos partidos y coaliciones que, aunque de origen socialista, han dejado de constituir una amenaza, como en el caso del PT brasileño y el Frente Amplio uruguayo. Se vuelve a plantear así la impotencia práctica para producir transformaciones decisivas desde la institucionalidad existente, a la vez que la subsistente capacidad de las clases dominantes para hacer funcionales a sus fines fuerzas políticas que antes se le oponían.
El escenario queda abierto a experiencias novedosas de distinto signo, y el debate y la disputa práctica sobre la articulación de “forma” y “contenido”, institucionalidad formal y efectivo poder de decisión, continúa en curso como una de las incógnitas fundamentales a develar, en América Latina y en el mundo.
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[1] F. Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, FCE, 1995, p. 103.
[2] “...el objetivo final del socialismo es el único factor decisivo que distingue al movimiento socialdemócrata de la democracia y el radicalismo burgueses, el único factor que transforma la movilización obrera de conjunto de vano esfuerzo por reformar el orden capitalista en lucha de clases contra ese orden para suprimir ese orden...” Rosa Luxemburgo, Obras Escogidas, Buenos Aires, Pluma, 1976. Tomo I, p. 49.
[3] Ïdem, p. 69
[4] Idem, p. 72.
[5] Rosa Luxemburgo, Obras...II, p. 192.
[6] “...la destrucción de las garantías democráticas más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, derechos de asociación y reunión, que les son negados a los adversarios del régimen soviético. En lo que hace a estos ataques (a los derechos democráticos) los argumentos de Trotsky ... distan mucho de ser satisfactorios. Por otra parte, es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión.” (p. 195)
[7] “Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase trabajadora, el Estado socialista de opresión a la burguesía. En cierta medida, dice, es solamente el Estado capitalista puesto cabeza abajo. Esta concepción simplista deja de lado el punto esencial: el gobierno de la clase burguesa no necesita del entrenamiento y la educación política de toda la masa del pueblo, por lo menos no más allá de determinados límites estrechos. Pero para la dictadura proletaria ése es el elemento vital, el aire sin el cual no puede existir.” Idem,...p.. 195
[8] Idem. II, p. 196.
[9] “La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los egoístas, la iniciativa de las masas en lugar de la inercia, el idealismo que supera todo sufrimiento, etcétera.” Idem, p. 197.
[10] Ibidem.
[11] ”El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista.” ... “...una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado mundial, sería un milagro.” Idem, p. 202.
[12] La verdadera emancipación obrera exige un poder político y un partido lanzados a una vida política plena, dirigida todo el tiempo a la elevación política de las masas.[12]
[13] Idem...II, 198.
[14] “Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas de dirigentes partidarios de energía inagotable y experiencia ilimitada. Entre ellos, en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas...una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del gobierno de los jacobinos... esas condiciones deben causar inevitablmente una brutalización de la vida pública: intentos de asesinato, caza de rehenes, etcétera.” Idem, (p. 198.
[15] Idem..., p. 201.
[16] “Dictadura de la clase significa, en el sentido más amplio del término, la participación más activa e ilimitada posible de la masa popular, la democracia sin límites.” Idem, p. 200.
[17] “...siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales. Y no lo hicimos para repudiar a éstas sino para impulsar a la clase obrera a no contentarse con la cobertura sino a conquistar el poder político, para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia burguesa, no para eliminar la democracia.” Idem, p. 201.
[18] Ibidem.
[19] A. Gramsci, Cuadernos de la Cárcel, México, Era- Universidad Autónoma de Puebla , tomo III, p. 282
[20] Ibidem
[21] Ibidem.
[22] Cuadernos V, p. 78.
[24] Lucien Laurat “Un máximo de democracia” en Prefacio a la primera edición de Marxisme contre Dictadure, 1934, transcripto en D. Guerin, Rosa Luxemburg o la espontaneidad revolucionaria, Buenos Aires, 2003, p. 124.
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