viernes, 14 de agosto de 2009

¿Sindicatos o consejos obreros? Mas allá del sindicalismo


A excepción de los consejistas sectarios y de los partidarios del sindicalismo revolucionario, existe entre los revolucionarios marxistas importante acuerdo sobre la transitoriedad de la organización de los proletarios en sindicatos, lo que equivale a decir que cuándo la clase obrera se halle en trance de revolucionarse (¡o de rebelarse!) habrán de pasar por encima de los sindicatos - ¡de todos, hasta de los que se creen revolucionarios, al cabo privatizadores de las luchas, enemigos de la necesaria unidad de la clase! - sin embargo esa tendencia hacia los consejos obreros que los luxemburguistas y consejistas debemos trabajar, es eso justamente, una tendencia, histórica, y no la apuesta por un resorte o mecanismos abracadabrante que nos va a solucionar en clave organizativa la conciencia de derrotas por generaciones del proletariado occidental, el posibilismo, la apatía y el miedo, pero...cuidado: en cada estado existe una legislación laboral que hace mas fácil o difícil la apuesta consejista: se bien que escribiendo así me distancio de ese otro automatismo que sería creer que cuándo la clase se halle en condiciones de emprender luchas sustantivas, anticapitalistas, ya encontrará sus formas organizativas, pensar así es equivalente a abandonar toda lucha - o casi - y esperar a ver el cadáver del capitalismo pasar.

En España existe una larga y acreditada tradición ASAMBLEARIA tanto en el movimiento obrero como en la universidad, que resurge como el guadiana en cada ocasión que reverdecen fuertes luchas - en este momento es en la organización de parados, desempleados en lucha, que vuelve a ponerse en pié - incluso en el ámbito extraempresa, en el nivel provincial en el que se negocian convenios, ha existido grandes concentraciones asamblearias, solo que ya con su soberanía secuestrada, o semisecuestrada, solo de caracter informativo, aúnque no es raro que a los sindicalistas que negocian la gente se le insubordine, los desborde y en ocasiones los agredan.

En mi opinión el camino hacia los consejos obreros es idéntico al camino hacia la Revolución, hacia el empoderamiento del proletariado, y en la actualidad pasa por fortalecer las asambleas de fábricas, impulsar las asambleas en los polígonos industriales, desbordar el ámbito gremial de negociación, exigir participación activa de los trabajadores interesados en la gestión de sus intereses, (¡democracia participativa!) contribuir a la organización asamblearia de trabajadores en lucha y oponer la coordinación de delegados revocables en cada momento a comisiones negociadoras de burócratas sindicales, empero...no estamos hablando de negociación, de formas organizativas abstractas, meramente hablamos de lucha, de combatividad, de creatividad de masas, pues, al cabo, ¿QUE SON LOS CONSEJOS DE DELEGADOS OBREROS SI NO EL RESULTADO DE LA DESTRUCCIÓN NEGADORA DE LOS SINDICATOS SEMINSTITUCIONALES?

La organización NATURAL de los obreros en lucha mientras que no existan sindicatos legales son las ASAMBLEAS, obviamente también tiende a serlo cuándo los sindicatos existen, solo que en este caso al haber privatizado los sindicatos LA INICIATIVA, la respuesta a agresiones patronales o gubernamentales, el colectivo sin demasiada CONCIENCIA DE CLASE, tiende a retraerse, a permanecer a la expectativa.

Pero las asambleas obreras son solo la base, el cimiento, y el paso ulterior a los CONSEJOS OBREROS, implica un estado generalizado de lucha, de huelga de masas, de huelgas salvajes, porque (no lo olvidemos) los Consejos lo son de DELEGADOS OBREROS, que, obligados por elecciones en clave de DEMOCRACIA DIRECTA, deben carecer de mandato mas allá de lo aprobado en asambleas soberanas, y, si no se sienten, los delegados concejiles, en conciencia, participes de las decisiones asamblearias, deben dimitir o ser obligados a hacerlo.

La experiencia española de la lucha contra la dictadura del Movimiento Obrero es la vez del fracaso de los sindicatos clandestinos (UGT, CNT, la OSO del PCE hasta el primer tercio de los 60's) del auge del movimiento asambleario PERO TAMBIÉN DEL CONTROL Y LA SUSTITUCIÓN DE LOS POSIBLES DELEGADOS ASAMBLEARIOS EN COORDINACIÓN ESTRAFABRIL Y EXTRAGREMIAL POR MILITANTES DEL PCE, así pues en relación con lo que pudo llegar a ser consejos obreros, la Comisiones Obreras constituyó una privatización, un copo, ya en su origen, en germen.

Conciencia política y conciencia de clase creo que son al menos en su origen sinónimos, lo asombroso, lo que la pequeña burguesía ultraindividualista - y el leninismo - nunca entenderá es en que manera, los obreros en lucha acceden, se comportan como sí siempre hubiera estado dentro de cada uno la firme convicción de que el compañerismo solo puede realizarse en lucha contra el enemigo de clase, para algunos recién descubierto, para otros reverdecido, de pronto, se juegan la vida si es necesario los mismos que durante años soportaron todo tipo de humillaciones y sevicias. Lo vemos hoy en Corea, en China, en Francia, en España (metal de Pontevedra). Y no he querido, no quiero, citar ahora a ningún clásico, nada más que a mi experiencia.

Lo que a mi juicio debe quedar claro es que el trabajo de los revolucionarios marxistas, luxemburguistas y/o consejistas en los sindicatos debe tener un horizonte practicable de superación de la típica "acción sindical de empresa", esto es equivalente a inaugurar, participar e impulsar LA SOLIDARIDAD ASAMBLEARIA, en primer lugar con las empresas afines, contratas y subcontratas, trabajadores procedentes de ETT'S presentes en los centros de trabajo de que se trate, luego LA SOLIDARIDAD Y APOYO MUTUO ASAMBLEARIO, por razones de vecindad, cercanía, y siempre tratando de poner en común estrategias de luchas combativas con otros trabajadores de cualquier sindicato o partido, tendentes a superar asambleariamente las limitaciones e inhibiciones inherentes a la división gremial o de rama de actividad, y, por supuesto superadora en clave consejista, asamblearia, de la división sindical.

Lo que es necesario es evitar a toda costa, impugnar, la típica división entre "acción social" , concepto falaz común a los sindicatos anarcosindicalistas, cajón de sastre donde cabe cualquier cosa que no sea la "acción sindical" - así llamado el trabajo al interior de las empresas o gremios de tipo reivindicativo, salarial - por donde la lucha de clases se despliega igualmente en los movimientos sociales, barriales, antiglobalización, municipalistas, antimilitaristas, y por ello la permanente conexión entre un ámbito de lucha y otra debe ser el pan de cada día, rompiendo esa separatidad entre lo concerniente y lo exterior a las luchas reivindicativas al interior de las empresas.

La lucha contra la Directiva Bolkestein la asumieron los sindicatos alertados y contagiados del movimiento antiglobalización, sin embargo otras reivindicaciones y denuncias de las practicas neoliberales no han sido aprovechadas igualmente, es claro que la ferrea separatidad entre acción social y acción sindical si bien en su origen funcionó para impedir el acceso al interior de la lucha en los centros de trabajo de aventureros, provocadores, demagogos charlatanes sin frente de lucha conocido, ideólogos principistas del tres al cuarto, con los años ha servido para blindar la formación de burocracias reformistas, "peseteras" y "sindicaleras" de liberados mas o menos a tiempo completo, aunque con demasiada frecuencia solo durante la duración de la jornada laboral.

Inútil asimismo en la mayoría de los casos resulta tratar de desenvolverse en cargos electos de ámbito local o superior, una maraña de comités, secretariados, nos harán perder el tiempo a base de bloqueos, chinas en el zapato, campañas de desprestigio al menor signo de "deslealtad" - y "deslealtad es para esas burocracias poner la lucha de clases unitarias y asamblearias por encima del interés en expandirse, crecer y adquirir "capacidad de convocatoria" la propia "marca" sindical. Finalmente, y a pesar de la configuración confederal de los sindicatos, el propietario de la "marca" puede y con frecuencia lo hace, actuar como el dueño de una franquicia y disolver o desfederar a los sindicatos o secciones sindicales, disidentes o "poco leales".

Aún así en necesario permanecer en los sindicatos mas combativos cuándo no existen expectativas de superación o el atraso o la represión sobre los trabajadores es abrumadora. Y esta situación, lamentablemente, esta demasiado generalizada.

JM (agosto de 2009)

miércoles, 29 de julio de 2009

Objetivo (Paul Mattick)

El capitalismo conduce a crisis cada vez más violentas, que se expresan en un creciente desempleo y en un sacudimiento cada vez más profundo de la economía. A consecuencia de esto se excluye de la producción a millones de obreros que quedan a merced del hambre. A la vez se agudizan las contradicciones de los diversos países capitalistas de manera tal, que la competencia, convertida en guerra económica, tiene que desembocar en una nueva guerra mundial.
El progresivo empobrecimiento y la creciente inseguridad de la misma existencia obligan a la clase obrera a luchar por la forma comunista de la producción. Los grupos de comunistas internacionales exhortan a los obreros en lucha a tomar en sus manos la administración y dirección de la producción y distribución de acuerdo a las reglas sociales generales válidas, para así realizar la “asociación de productores libres e iguales”.
Los GKI ven en el desarrollo de la conciencia de los obreros el progreso esencial del movimiento obrero. Por eso combaten la política de los dirigentes de los partidos parlamentarios y de los sindicatos y plantean como consignas de lucha:

¡TODO EL PODER A LOS CONSEJOS OBREROS!
¡LA PRODUCCIÓN A MANOS DE LAS ORGANIZACIONES DE LAS FÁBRICAS!


(En: Korsch/Mattick/Pannekoek, ¿Derrumbe del capitalismo o sujeto revolucionario?, Cuadernos de Pasado y Presente Nº no me acuerdo).

sábado, 25 de julio de 2009

Keynesianismo neoliberal



Robert Kurz

El regreso a la regulación estatal está generalmente considerado como una medida gestionadora de la crisis. El neoliberalismo ha sido un error histórico, tal como anteriormente decían que lo había sido el socialismo real. Se trata de una posición ideológica hacia donde debe ir, con los ojos cerrados, la conciencia de la opinión pública: es el “eje central” de una moderada nueva regulación keynesiana de la política económica. Sin embargo, en primer lugar, la doctrina neoliberal no es un simple error, sino una reacción a la falta de condiciones reales de revalorización del Capital. Y en segundo lugar, el neoliberalismo de ningún modo funcionaba sin intervención estatal; también la política de privatizaciones y de desregularizaciones era una política estatal. Nada ha cambiado tampoco respeto a la dificultad real de revalorización del Capital, simplemente la crisis la ha puesto en evidencia. De ahí que no puede ser considerada como una vuelta atrás a la política keynesiana de los años 70, de la “época socialdemócrata”.

Esto es lo que se puede leer en la letra pequeña de la nueva euforia de la regulación. El presidente Obama ha anunciado una importante reforma de los mercados financieros que de debe procurar unos controles exhastivos. Pero al mismo tiempo, se han modificado las normas contabilizadoras para que los créditos arriesgados y los títulos sin valor puedan ser mejor escondidos y transferidos. El papel del banco emisor estatizado debe ser reforzado. Pero, al mismo tiempo, este mismo banco debe admitir cada vez más, como “garantía” para el refinanciamiento del sistema bancario, títulos financieros dudosos. El Banco Central Europeo (BCE) se ve obligado también a ir por este camino. El control de la economía de crédito y de las burbujas financieras no ha cambiado su carácter. A ambos lados del Atlántico, el problema no ha sido resuelto, sino simplemente estatizado y aplazado. La nueva regulación keynesiana es más liberal de lo que parece.

En el plano social, una característica esencial de la “revolución” neoliberal fue la mercantilización de todos los aspectos de la vida. Bajo el título de la “gestión de la eficiencia”, todas las relaciones sociales debían ser transformadas en “relaciones entre clientes”, en las escuelas, en las instituciones culturales, e incluso las familias se transformaron en relaciones de empresa. En paralelo, con la “responsabilidad personal” ganaba la esperanza de que cada individuo se asumiera como una empresa bípeda ambulante. También esto fue una tentativa de redefinir de cualquier manera la falta de condiciones reales de revalorización y de pasar por alto el problema. Es una ilusión pensar que puede haber un retorno al Estado Social o a la prestación se servicios públicos, porque apenas el Estado puede asumir de nuevo su propia función de liderazgo. Como la crisis capitalista se agrave, la economización totalitaria proseguirá bajo dirección estatal. En Alemania, puede haber un brusco despertar tras las elecciones federales cuando la administración de la crisis anuncie más atrocidades y, por causa mayor, arremeta contra los nuevos caídos, sin esperanza, “sin responsabilidad personal”.

No es de extrañar que el keynesianismo de crisis se revele como la continuación del liberalismo por otros medios. Ambas doctrinas están unidas incondicionalmente al modo de producción capitalista, como presupuesto inalterable. En ésta crisis histórica, los dos devienen idénticos ya que tanto el Estado como el mercado apenas pueden funcionar, como cuerpo social, bajo los límites de la revalorización del Capital. Dos muertos vivientes de la política económica juntos, no constituyen ningún motor de arranque de la máquina de la revalorización del Capital.

Robert Kurz

Texto original: NEOLIBERALER KEYNESIANISMUS

Publicado en Neues Deutschland 19/06/2009

jueves, 16 de julio de 2009

El Comunismo inédito de Rosa Luxemburgo.

por J.M.


Camaradas y amigos:

Me permito apartarme por un momento de las decisiones del I Encuentro Luxemburguista que hemos tenido en España en el que nos comprometíamos a no sustituir por debates históricos o teoréticos las diferencias que con personas u organizaciones inspiradas en el leninismo pudiéramos tener, que deberían circunscribirse a diferencias surgidas sobre criterios tácticos, de la lucha de clase real, preferiblemente en el contexto de procesos de unidad de acción comunmente compartidos. Asimismo el acuerdo implica también no rehuir ese tipo de debates cuándo sea iniciado desde las mencionadas instancias o medios. El hecho de que no precisaramos la entidad de esas "invitaciones" o su carácter disperso, ni su "oscuridad" me permite con este humilde texto no faltar en demasía al compromiso disciplinario libremente elegido.

Es el caso que algunos luxemburguistas ya habíamos mantenido debates acerca del luxemburguismo con Pepe Gutiérrez Álvarez en las pags de Kaosenlared, también sobre el carácter parcialmente luxemburguista, no bolchevique, de la desaparecido organización Acción Comunista.

Los elogios hacia Rosa Luxemburgo saltan a la vista apenas se teclee su nombre en cualquier motor de búsqueda en la red internet, e inmediatamente nos encontramos con la enumeración somera de sus errores y sobre la anfibológica comparación del vuelo de la revolucionaria con el de una gallina, según la "maldad" de Lenin.

El caso es que tales elogios, interesados, en clave de recuperación tiene su "plantilla" en el artículo de Trotsky:

"Luxemburgo y la IV Internacional":

Actualmente se están haciendo esfuerzos en Francia y en otras partes para construir el llamado luxemburguismo como defensa de los centristas de izquierda contra los bolcheviques-leninistas. Esta cuestión puede adquirir considerable significación. En un futuro cercano, tal vez se vuelva necesario dedicar un artículo más extenso al luxemburguismo real y al pretendido. Aquí sólo voy a referirme a los aspectos esenciales de la cuestión.
Más de una vez hemos asumido la defensa de Rosa Luxemburgo contra las malas interpretaciones insolentes y estúpidas de Stalin y su burocracia. Seguiremos haciéndolo. No lo hacemos movidos por consideraciones sentimentales sino por las exigencias de la crítica materialista histórica. Sin embargo, nuestra defensa de Rosa Luxemburgo no es incondicional. Los aspectos débiles de las enseñanzas de Rosa Luxemburgo han sido desnudados en la teoría y en la práctica. La gente del SAP alemán y otros elementos afines (véanse, por ejemplo, el diletantismo intelectual de la “cultura proletaria” del Spartacus francés, el periódico de los estudiantes socialistas belgas y, a menudo, también el Action Socialiste belga, etc.) sólo hacen uso de los aspectos débiles e inadecuados que de ninguna manera son decisivos en Rosa, generalizan y exageran estas debilidades al máximo y construyen, sobre esa base, un sistema totalmente absurdo.


De esa "plantilla" de Trotsky es muy raro encontrar distancias: la negación de la posibilidad de un luxemburguismo puede encontrarse hasta en los que apenas tienen recuerdo del trotskismo.

Así,el catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona, Alfons Barceló, escribe en un artículo sobre Rosa Luxemburgo al que pertenece el párrafo siguiente:

"El militarisme, la guerra i la pau segons Rosa Luxemburg"
Alfons Barceló

"Ahora bien, hasta qué punto merece ser singularizado el pensamiento de Rosa Luxemburgo? O sea: existe el "luxemburguismo"? No es una cuestión fácil de contestar. Es verdad que se puede hacer un listado de elementos destacados y peculiares dentro de su trayectoria vital como pensadora marxista. Su anticapitalisme radical y su oposición al reformismo bernsteiniàno; la importancia asignada a las huelgas de masas como mecanismo básico de intervención política de carácter revolucionario y democrático; su rechazo al nacionalismo entendido como tendencia desviacionista y empobrecedor si se pretendía un sustancial cambio político, liberado de rumores pequeño-burguesas; su profundo respeto por la democracia y las libertades obreras; su visión del imperialismo, el militarismo y las guerras como fenómenos fuertemente entrelazados e interdependientes; su desconfianza contra las alianzas estratégicas con el campesinado por parte del movimiento obrero industrial. Forman, sin embargo, todas estas piezas una unidad orgánica? O, a pesar de estar estructuradas con cierta armonía, son algunas de ellas separables sin que se derrumbe el edificio conceptual global? Me limitaré a apuntar que a mi ver no existe el luxemburguismo, aunque hay que reconocer que hay unas pocas tesis sobre las que ella puso un énfasis especial: la democracia, la iniciativa de las masas, el rechazo de la "nación" como ámbito dominante para la articulación de las personas humanas en sociedad, el carácter del imperialismo como excrecencia del capitalismo desarrollado, el internacionalismo ( "No hay socialismo al margen de la solidaridad internacional del proletariado y no hay socialismo al margen de la lucha de clases "subrayó más de una vez).



Si se considera la poquedad en que quedan a su juicio "la pocas tesis" en que basar el luxemburguismo, su incomprensión de las tesis sobre el imperialismo, la acumulación de capital, que explica al dia de hoy mas claramente que ninguna otra que es exactamente la Globalización, - como haciéndole justicia ha subrayado Walden Bello - , considerando asimismo en que manera despacha la profunda, definitiva brecha, que habría de derivarse de su critica al uso del "derecho de autodeterminación", mal puede pensarse que el luxemburguismo organizado careciera de sustancia real. Aunque puede que el profesor barcelonés se limite a evocar el luxemburguismo larvado de Acción Comunista, ciertamente mas atento a la concepción de Rosa del partido, de su relación con las masas, de su confianza en la creatividad de las masas en trance de revolucionarse - la famosa y mal entendida "espontaneidad" y a su mensaje ético que a sus tesis económicas, mas relevantes si cabe. Esa horaciana autocontención y fidelidad postrera de Barceló a AC no podemos sostenerla algunos que justamente militando también en esa organización llegamos al luxemburguismo "confeso" precisamente a través de aquella.

Como es sabido su obra quedó prematuramente interrumpida, las simpatías con la revolución rusa - compartida con escritores, publicistas, activistas de todo el arco político de la izquierda en esos años - se hallan fuertemente contrabalanceada por las criticas a lo que ya se evidenciaba como corrupción y envilecimiento de los objetivos socialistas, ¡ella no pudo llegar a saber en que modo el comunismo de la III Internacional habría de convertirse en una suerte de pannacionalismo! aúnque puede que Barceló si haya tomado buena cuenta justamente de lo contrario, de la implicaciones de un luxemburguismo posible a ese respecto.

Michel Lövy, mas cercanos a RL que otros miembros del SU de la IV, tampoco se separa en demasía de El Profeta. Lejos estoy yo de enmendarle la pagina a maestro de la talla de Lowy, de ninguna talla, tengo mis objeciones, eso sí, y aunque Lowÿ llega en este breve texto algo mas lejos que los consabidos e interesados - comprehensivos - elogios trostkistas a RL se queda un poco a mitad de camino, en primer lugar porque si bien reconoce en grado superlativo la coherencia de su internacionalismo y su actualidad, no lo vincula claramente a su aportación teórica - La Acumulación de Capital y también su respuesta que tituló Anticritica , que va con este anexo - sobre la necesidad de la acumulación expansiva sobre espacios NO CAPITALISTAS, comunes, sobre ámbitos donde aún reina el marcantilismo, economias campesinas, de susbsistencia, o procurando la ruina del ámbito ex-soviético y favoreciendo la conversión de la antigua burocracia en burguesía compradora. ¿Estamos refiriendonos a la llamada Globalización ? por supuesto que sí, de ahí la actualidad de su pensamiento económico como ha reconocido claramente Walden Bello entre otros.

En segundo lugar, y aunque bien escribe Löwy:

"Pocos como ella comprendieron el peligro mortal que representa para los trabajadores el nacionalismo, el chovinismo, el racismo, la xenofobia, el militarismo y el expansionismo colonial o imperial. Se puede criticar tal o cual aspecto de su reflexión sobre la cuestión nacional, pero no se puede dudar de la fuerza profética de sus advertencias"


es obvio que no ha comprendido o no comparte las consecuencias para el Socialismo que la real-poliitik de Lenin y epígonos tratando de controlar y vehicular las fuerzas identitarias y nacionalistas. El peligro que señala no da cuenta de las consecuencias de tratar de manipular esas fuerzas supuestamente sanas y progresistas, esas exigencias - o deseos tan solo - que en la práctica supone admitir a "las naciones" o a "los pueblos" como sustitutos del proletariado en tanto que "agente" o sujetos de la historia. De este modo el "antiimperialismo" sustituye al anticapitalismo socialista, la independencia de clase por la soberanía nacional, y lo que es tanto o mas grave: al desvincular la lucha por el Socialismo de la lucha por la Democracia, - integral, directa, participativa y, al cabo, económica - , por su ampliación desde los actuales marcos de la democracia liberal, ¡ha permitido que el discurso liberal conserve la legitimidad de la defensa de la Democracia!.

Actuando el leninismo - en sus dos alas, neoestaliniana y trotskista - de las maneras mas incoherentes, oportunistas, ultraizquierdistas, verbalmente "revolucionaristas", le hace el mas grande favor que hacersele pueda a las burguesías y al imperialismo, y, al mas desvergonzado populismo por otra, aunque, por este lado uno se pregunta si no es exactamente lo que buscan y procuran, en Venezuela, Irán, Cuba, regimenes de capitalismo de estado, sincretismo de populismo pseudocialistas y nacionalismo: recrear la URSS, con los matices que el folclor, el color local, aporte.

Cuándo escuche a algún Löwy escribir que el bolchevismo, contra la advertencia de RL, al actuar como paradigma o modelo del movimiento comunista, no ha hecho mas que arruinar y desacreditar a este a todo lo ancho del mundo, entonces empezaré a creer en las alabanzas a Rosa Luxemburgo.

Valga este fragmento final de La Revolución Rusa para aquilatar la distancia al bolchevismo del pensamiento marxista de Rosa Luxemburgo y la exacta justicia quie el proletariado y movimiento socialista internacional debe hacerle:

Rosa Luxemburgo
La Revolución rusa

Todo lo que sucede en Rusia es comprensible y refleja una sucesión inevitable de causas y efectos, que comienza y termina en la derrota del proletariado en Alemania y la invasión de Rusia por el imperialismo alemán. Seria exigirles algo sobrehumano a Lenin y sus camaradas pretender que en tales circunstancias apliquen la democracia más decantada, la dictadura del proletariado más ejemplar y una floreciente economía socialista. Por su definida posición revolucionaria, su fuerza ejemplar en la acción, su inquebrantable lealtad al socialismo internacional, hicieron todo lo posible en condiciones tan endiabladamente difíciles. El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista. Cuando actúan de esta manera, ocultando su genuino e incuestionable rol histórico bajo la hojarasca de los pasos en falso que la necesidad los obligó a dar, prestan un pobre servicio al socialismo internacional por el cual lucharon y sufrieron. Quieren apuntarse como nuevos descubrimientos todas las distorsiones que prescribieron en Rusia le necesidad y la compulsión, que en última instancia son sólo un producto secundario de la bancarrota del socialismo internacional en la actual guerra mundial.
Que los socialistas gubernamentales alemanes clamen que el gobierno bolchevique de Rusia es una expresión distorsionada de la dictadura del proletariado. Si lo fue o lo es todavía, se debe solamente a la forma de actuar del proletariado alemán, a su vez una expresión distorsionada de la lucha de clases socialista. Todos estamos sujetos a las leyes de la historia, y el ordenamiento socialista de la sociedad sólo podrá instaurarse internacionalmente. Los bolcheviques demostraron ser capaces de dar todo lo que se puede pedir a un partido revolucionario genuino dentro de los límites de las posibilidades históricas. No se espera que hagan milagros. Pues una revolución proletaria modelo en un país aislado, agotado por la guerra mundial, estrangulado por el imperialismo, traicionado por el proletariado mundial, sería un milagro.
Pero hay que distinguir en la política de los bolcheviques lo esencial de lo no esencial, el meollo de las excrecencias accidentales. En el momento actual, cuando nos esperan luchas decisivas en todo el mundo, la cuestión del socialismo fue y sigue siendo el problema más candente de la época. No se trata de tal o cual cuestión táctica secundaria, sino de la capacidad de acción del proletariado, de su fuerza para actuar, de la voluntad de tomar el poder del socialismo como tal. En esto, Lenin, Trotsky y sus amigos fueron los primeros, los que fueron a la cabeza como ejemplo para el proletariado mundial; son todavía los únicos, hasta ahora, que pueden clamar con Hutten: “¡Yo osé!”
Esto es lo esencial y duradero en la política bolchevique. En este sentido, suyo es el inmortal galardón histórico de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político y la ubicación práctica del problema de la realización del socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el capital y el trabajo. En Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía resolverse. Y en este sentido, el futuro en todas partes pertenece al “bolchevismo”.


Mas allá del reconocimiento y la defensa abierta de su inquebrantable fe en el Socialismo, de su valor y la legitimidad de su esfuerzo revolucionario, la advertencia de Rosa a los bolcheviques es clara: "El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias, recomendándolas al proletariado internacional como un modelo de táctica socialista. Cuando actúan de esta manera, (...) prestan un pobre servicio al socialismo internacional por el cual lucharon y sufrieron.
Y eso es justamente lo que sucedió, lo que se arruinó y lo que se desacreditó para millones de proletarios de todo el mundo por mas de una generación.

Sevilla 16 julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

La organización del movimiento Notas provisorias sobre el "partido" en el pensamiento vivo de Rosa Luxemburg Raimundo Viejo Viñas

La organización del movimiento

Notas provisorias sobre el "partido" en el pensamiento vivo de Rosa Luxemburg

Raimundo Viejo Viñas

“La autocrítica sin contemplaciones no sólo es un derecho vital de la clase obrera, es también su más sagrado deber.

Rosa Luxemburg, La crisis de la socialdemocracia (El folleto Junius), 1916.

No hay ninguna calumnia más grosera, ningún insulto más indignante contra los trabajadores que la afirmación de que las discusiones teóricas son solamente cosa de "académicos"

Rosa Luxemburg, ¿Reforma social o revolución?, 1900.

I. Hacia la sociedad del movimiento, un contexto teórico.

A la vista del acontecer político diario de este fin de siglo, todo parece apuntar hacia una idea: si el siglo pasado fue la centuria de la "política de honorables" y el presente abarca cien años de "política de partidos", no cabe duda que el que viene será el de la "política de los movimientos"[i][1]. Ello no significa que cualquiera de estas formas de hacer política no haya estado, esté o vaya a estar presente en cualquiera de los momentos a los que aludimos. Sin embargo, a juzgar por la relevancia que los movimientos sociales están adquiriendo de un tiempo a esta parte, y muy especialmente desde el fin de la Guerra Fría, no parece muy desacertado pensar que la posición central en la configuración de la voluntad colectiva, ocupada hasta ahora por los partidos, se encuentra ampliamente cuestionada, cuando no abiertamente en crisis.

Pero esto no siempre fue así. Muy por el contrario, si alguna forma de organización ha marcado la historia de este siglo esa es, sin duda, el partido político. Desde los gobiernos democráticos hasta los totalitarios, el partido ha ocupado una posición central en la configuración del régimen político (tal vez por esta razón, justo ahora, en el ocaso de dicha centralidad, algunos miembros nostálgicos de esa "clase política de partido" nacida con el siglo apuntan en vano fórmulas del estilo "partido de nuevo tipo" o reclaman, de manera menos ocurrente, una vuelta a los "buenos viejos tiempos"). Así, para quienes participan en el “ideosistema”[ii][2] socialista, en la misma medida en que la bancarrota del "socialismo realmente existente" facilita una relativa universalización de los regímenes pluralistas, este fin de siglo supone también el fin de la doctrina de partido que marcó la vida política de los regímenes del Este: el leninismo. No es de extrañar, por tanto, que quienes ayer más se aferraban a dicha doctrina, hoy proclamen el triunfo del modelo de partido liberal en el cual la historia del presente siglo ha ido inscribiendo a la mayoría de las organizaciones de partido originadas en el movimiento obrero (incluidos los partidos comunistas de la Europa occidental).

No obstante, esta pretendida universalización del modelo liberal difícilmente puede ser llevada a cabo sin verse directamente afectada en sus fundamentos. Después de todo, las instituciones que integran el modelo de régimen político liberal (parlamentos, partidos, etc.) son el resultado de un proceso que ha llevado siglos a aquellas formaciones sociales en las cuales tuvo origen[iii][3]. De hecho, sólo desde la euforia ultraliberal que siguió al derrumbe del Telón de Acero puede resultar comprensible la ingenuidad con que se recetaron muchas de las políticas constitucionales "de diseño" características de las transiciones europeo-orientales[iv][4]. Pero aún es más: en tanto que sostenidas en el marco de un determinado orden internacional, las diversas variantes del modelo liberal podían desarrollar su funcionamiento al amparo de las constricciones coercitivas que imponía el militarismo propio de la Guerra Fría. Con ello, el destino de la democracia de partidos se ligaba al de la guerra misma. Por este motivo, entre 1989 y 1991, al desembocar el fin del conflicto bélico entre superpotencias en la Guerra del Golfo, los movimientos sociales fueron liberados en buena medida de sus antiguas constricciones probando un nuevo carácter transnacional en el que los medios de comunicación jugaron un papel decisivo.

En suma, el final del "corto siglo XX" (1914-1991)[v][5] nos devuelve en cierta manera al punto de partida, esto es, al momento en que el partido político hacía su aparición como forma de organización por excelencia en la catálisis del conflicto social. Hoy, como entonces, se hace válida la regla: "aquellos movimientos que olvidan su historia están obligados a repetirla". Pero la Historia, en su condición de componente fundamental del ideosistema socialista no es un simple depósito de recuerdos o la mera narración de luchas heoricas. Muy al contrario, en la matriz ideológica del Socialismo, en general, y en su tradición marxista occidental más en particular, la Historia no es sino esa "reelaboración consciente" (aufarbeitung) del propio pasado, el proceso deliberativo que permite la reformulación de aquellos elementos inscritos en el sistema de ideas mediante la exclusión, éticamente fundamentada, de aquellas acciones que obstruyen la consecución de los objetivos inicialmente planteados; el debate en suma, que permite "aprender de la Historia". Es, por tanto, en los paralelismos de este nuevo contexto, en el valor histórico de la memoria colectiva, allí donde recuperar críticamente las ideas de Rosa Luxemburg sobre la organización del movimiento se hace más pertinente que nunca.

II. De la "política de élites" a la "política de masas", un contexto histórico.

El siglo que ahora termina comenzó su trayectoria marcado por la irrupción de las masas en la política. A lo largo de la centuria precedente, impulsada por el desarrollo imparable del capitalismo industrial, se había ido gestando una participación cada vez mayor de las masas en los conflictos políticos. Con un “ciclo de protesta”[vi][6] en su punto más bajo, las organizaciones nacidas del movimiento obrero agrupadas en torno a la II Internacional, se enfrentaban al cambio de siglo inmersas en el debate revisionista provocado, en no poca medida, por Bernstein y las circunstancias específicas de la socialdemocracia alemana. Desde esta perspectiva, la revolución de 1905 en Rusia se nos presenta como un aviso premonitorio, el síntoma inequívoco de que un nuevo ciclo de protesta, esta vez de unas dimensiones desconocidas, se encontraba en marcha. En este sentido, la liquidación de la II Internacional fue el fin de una hija del ultimo gran ciclo de protesta decimonónico, del mismo modo en que la III Internacional vino al mundo de la mano del nuevo ciclo de protesta que tuvo su referente en la revolución de 1917.

En efecto, el 4 de agosto de 1914, al pactar la dirección socialdemócrata con el Káiser y el Estado Mayor, la organización más importante del movimiento obrero internacional, el partido socialdemócrata alemán (SPD), liquidaba, de facto, los fundamentos sobre los que se había articulado hasta entonces la II Internacional. Se inauguraba así una nueva era que habría de ser definida, en lo organizativo, por la centralidad del "Estado de partido/-s" (Parteienstaat). Como tal, el Estado de partidos entonces emergente procuraba una solución basada en la "política de élites" frente a la "política de masas", o lo que es lo mismo, en el ejercicio autoritario del gobierno representativo que permitía la "ley de hierro de la oligarquía". Este principio, original del análisis del malogrado Robert Michels[vii][7] sobre los mecanismos subyacentes al funcionamiento interno del SPD durante la época del Imperio, fue puesto a prueba (con éxito aparente) en la votación de los créditos de guerra. De hecho, en su condición de análisis propio de las fases bajas del ciclo de protesta, el estudio de Michels ponía de manifiesto una confianza excesiva en las posibilidades de la "política de élites". Pero integración de élites no significa necesariamente integración de masas. Tal y como demostraría poco después la historia de la República de Weimar, la imposibilidad de asegurar la estabilidad del orden político constituido mediante la ley de hierro, terminó por conducir al déficit de legitimidad que hizo posible el ascenso del nazismo en su conjunción de "política de masas" y autoritarismo extremo.

Por todo ello, aun cuando siempre nos fuese posible coincidir con Michels en que, en efecto, el grado de integración institucional de una parte mayoritaria de las élites socialdemócratas se pudo medir finalmente por la ley de hierro, sería errado pretender la extensión de su teoría a la "política de masas". De hecho, en la misma medida en que eran formuladas desde la dominación como premisa de toda forma de acción política, las teorías finiseculares de la organización concernientes a las élites de los partidos difícilmente podían haber dado cuenta de la nueva dinámica con que la política de masas inauguraba el siglo. Es más: incluso en el dudoso caso de que la lógica de la acción de las masas reconociese, y aun aceptase, las constricciones autoritarias de las estructuras partidísticas, la política de élites se vería final e inevitablemente supeditada al dictado de la competición por el apoyo y sustento de mayorías siempre precarias[viii][8].

Así las cosas, la originalidad del logro teórico capaz de dar cuenta del reto que representa "la política de masas" no corresponde a la tradición de los teóricos de la política de élites cuales Mosca, Pareto o el propio Michels, ni siquiera a ese híbrido que es la teoría leninista de la vanguardia o a los posteriores remedos de ésta, sino a la tradición libertaria del pensamiento político marxiano en general y al de Rosa Luxemburg más en particular. Después de todo, sólo desde el centro neurálgico en que se dirimía a comienzos de siglo la lucha por la emancipación resulta posible recuperar las coordinadas del proceso histórico. Más aún: es desde la incardinación de la reflexión luxemburguiana sobre la organización del movimiento en los contextos histórico y teórico antedichos donde seguir el hilo de sus argumentaciones deviene inevitablemente en una praxis cognitiva fecunda que nos ayuda a resolver el reto intelectual, siempre postergado, de su obra. ¿Cómo iniciar, pues, semejante tarea?

III. La organización como proceso.

De entre todas las obras de Rosa Luxemburg, Problemas de organización de la socialdemocracia rusa (1904) es, sin duda, la primera, y tal vez la más relevante, en recoger de manera concisa sus posiciones acerca la organización del movimiento. Por aquel entonces, el movimiento obrero salía de la fase a la baja del ciclo de protesta que había dado origen a las estrategias institucionales de la II Internacional. Con su crítica radical a las posiciones revisionistas de Bernstein, expuesta en la obra ¿Reforma social o revolución? (1900), Rosa Luxemburg no sólo había logrado para sus ideas una gran resonancia en el conjunto del movimiento obrero alemán, sino que había conseguido también abrir un importante debate sobre la estrategia del movimiento obrero de cara al siglo que entonces comenzaba. En circunstancias bien distintas a las de la socialdemocracia alemana, el movimiento socialdemócrata ruso había iniciado el siglo con un grado de organización mucho menor y una escisión decisiva entre bolcheviques y mencheviques (1903). Poco después, una vez consumada la ruptura del movimiento socialdemócrata ruso, Lenin escribe Un paso adelante, dos pasos atrás, un balance en el que además de explicar sus posiciones, expone su teoría sobre la organización del movimiento: el partido centralista. La crítica de Luxemburg no se hizo esperar y en julio de 1904, Die Neue Zeit e Iskra, las dos publicaciones más relevantes del movimiento obrero alemán y ruso, publican Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, una crítica radical a la noción leninista de centralismo (parte I) desde la que se aborda la relación de éste con el oportunismo (parte II). Sin embargo, considerada en toda su negatividad, la crítica de Luxemburg va mucho más allá de la mera crítica del centralismo según Lenin, conllevando, en sí misma, toda una teoría alternativa: la organización del movimiento.

Al igual que un día hiciera el Marx con escritos como El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Rosa Luxemburg dirigía todos sus esfuerzos intelectuales en Problemas de organización de la socialdemocracia rusa a saldar cuentas con un presente decisivo y de tempo histórico acelerado. Así, en íntimo diálogo con las concepciones marxianas y aun acentuando sus posiciones al compás del momento histórico que le tocó vivir, Rosa Luxemburg se confrontaba con la nueva realidad del siglo entrante desde una óptica bien distinta de aquella otra sostenida por las posiciones mayoritarias en la Socialdemocracia alemana. De manera semejante, su planteamiento respecto a los riesgos del parlamentarismo no podía ser más definitivo: no hay política de élites que no sea una política burguesa, así como no hay política de clases que no sea al tiempo una política de masas. He ahí la razón de ser de la Socialdemocracia: organizar el movimiento, performar discursivamente el marco que defina la posibilidad misma de una acción colectiva; en definitiva, dotar al conflicto social de un significado concreto radicado en su propio centro; de lo que, expresado en términos de la acción, se nos presentaría como “sentido histórico” ("El movimiento socialdemócrata es el primero en la historia de las sociedades de clases que, en todos sus elementos, en toda su evolución, está pensado para la organización y para la acción directa y autónoma de las masas"[ix][9]). Esta centralidad y autonomía de la política de masas frente al Estado y sus élites (incluídas las del SPD) deviene así en el eje de la acción política y sirve a Rosa Luxemburg para abordar el problema organizativo de una manera tan novedosa a sus coetáneos como imbricada en las luchas del movimiento obrero de su tiempo.

En efecto, fruto de la centralidad y la autonomía de la política de masas, en el conjunto de su obra, masas, movimiento y partido terminan siendo partes de un continuo social indivisible, circunscrito a los límites de la clase y dentro del cual se evidencian diferentes grados de consciencia resultantes, a su vez, de las distintas formas de participación en la acción colectiva ("…la Socialdemocracia no está ligada a la organización de la clase obrera, sino que ella misma es el propio movimiento de la clase obrera"[x][10]). Tal es el criterio, en fin, con el que se define al “partido”, esto es, a la “parte litigante” que en la lucha de clases integra aquel núcleo de individuos que, por su mayor grado de consciencia, dispone de la capacidad para organizar el movimiento. En definitiva, la acción desencadena la consciencia y ésta, a su vez, produce la organización ("La táctica de la Socialdemocracia en sus rasgos principales no se 'inventa'; es el resultado de una serie ininterrumpida de grandes actos creadores de la lucha de clases experimental y a menudo elemental. También aquí lo inconsciente precede a lo consciente, la lógica del proceso histórico objetivo va por delante de la lógica subjetiva de sus portadores"[xi][11]); una organización que, por lo demás, sólo puede ser comprendida como proceso ilimitado, absoluto y expansivo, inmersa en un permanente desarrollo que no puede ser sino Comunismo (“el movimiento real que supera el presente estado de las cosas[xii][12]). La política de masas deviene así en la política de la propia emancipación, o lo que es igual, en la disolución misma de las estructuras de autoridad sobre las que se fundamenta la dominación de las élites y por ende de las clases.

No obstante, en la misma medida en que la lucha por la emancipación no responde a la lógica de la autoridad, el “partido”, en su condición de agente catalizador del conflicto tampoco puede sustraerse a la lógica del proceso liberador, de tal manera que, en la organización del movimiento, éste se ve abocado a ser, en sí mismo, precondición de la transformación social que promueve (“Los cambios más importantes y fecundos de la última década no han sido producto de la ‘inventiva’ de ningún dirigente del movimiento y menos aún de algún órgano de dirección; han sido siempre el producto espontáneo del movimiento puesto en acción.[xiii][13]). De lo contrario, y así lo demostraría la trágica historia de la República de Weimar, dicho agente se vería inevitablemente condenado al fracaso y a verse superado por la lógica de los acontecimientos (“La dirección ha fracasado. Pero la dirección puede y debe ser creada de nuevo por las masas y a partir de las masas. Las masas son lo decisivo, ellas son la roca sobre la que se basa la victoria final de la revolucion.[xiv][14]).

IV. Partido y movimiento, una nueva relación.

De nuevo en el presente, quien sabe si en los albores de la sociedad del movimiento, las implicaciones de todo lo visto no pueden ser mayores para la teoría de la organización del “partido”. Tal vez sea por ello que, al visitar de nuevo las ideas de Rosa Luxemburg respecto a la organización del movimiento, volvemos a encontrarnos, una y otra vez, ante la reiterada noción de la organización como perspectiva consciente de lo político, como una voluntad que crea su propio tiempo; un tiempo que es siempre “futuro”, condición temporal del proceso revolucionario ontológicamente comprendido (“La revolución, mañana ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas ¡Fui, soy y seré![xv][15]). Al fin y al cabo, la inevitable emergencia del conflicto, el carácter espontáneo de éste o la innovación permanente del repertorio de la acción colectiva son rasgos, todos ellos, característicos de la política de masas; la organización de ésta, entorno al principio de la acción consciente, el paso al movimiento; y el partido, en fin, no deviene sino en un remanente activo de la lucha, una suerte de comunidad de discurso a un tiempo delimitación pura de la experiencia histórica colectiva y saber hacer revolucionario (“…entre el núcleo del proletariado consciente ya organizado en el firme cuadro del partido y el sector que le rodea, afectado ya por la lucha de clases y en proceso de esclarecimiento en cuanto a su situación de clase, no puede levantarse jamás un muro de absoluta separación[xvi][16]).

Para Rosa Luxemburg, por tanto, la organización no ha de ser considerada como una realidad jurídicamente diferenciada, esto es, como un poder constituido que se define de forma abstracta en su atemporalidad y que integra una minoría, revolucionaria tan sólo por disociada en su fuente de legitimidad del pretendido monopolio estatal. Tal es, después de todo, la diferencia entre la organización de masas y el “grupúsculo golpista de inspiración jacobino-blanquista”: la organización como un proceso histórico concreto que adquiere forma en la participación consciente, en la necesidad de conferir un sentido performador a la acción colectiva ("En el movimiento socialdemócrata tampoco la organización, a diferencia de los intentos anteriores, utópicos, del Socialismo, es un producto artificial de la propaganda, sino un producto histórico de la lucha de clases a la que la Socialdemocracia [el "partido"] solamente aporta consciencia política"[xvii][17]). A diferencia del modo en que opera el planteamiento leninista al inscribir el funcionamiento de la organización en la lógica temporal, siempre pretérita y limitada del poder constituido, la propuesta luxemburguiana entiende la organización como un poder constituyente siempre preterido, el procedimiento absoluto e ilimitado de la democracia como deliberación y participación en lo público ("lo que decide el valor de una forma de organización no es el texto literal del estatuto, sino el espíritu vivo que le confieren los militantes activos"[xviii][18]).

De este modo, una vez superadas las barreras del poder constituido y expresada la política de masas en términos de lucha por una emancipación, se descubre en Rosa Luxemburg una nueva relación entre partido y movimiento por la que el primero sólo adquiere “sentido histórico”, capacidad real para la acción, en función del segundo. A él se debe y sólo en la acción colectiva, en el curso de la organización y resolución del conflicto, deviene el partido en el agente catalizador que reclama “la superación del presente estado de las cosas”. Por lo tanto, un partido sin movimiento como resultante de una inversión de la lógica del poder constituyente por aquella otra del poder constituido no conduce sino a la deslegitimación a la que más tarde seguirá, indefectible, la deserción de las masas (“Pero desde nuestro punto de vista, es equivocado pensar que sea posible sustituir ‘provisionalmente’ el dominio todavía irrealizable de la mayoría de los obreros conscientes en el seno de su organización de partido por un ‘poder absoluto delegado’ de la instancia central del partido y reemplazar el control público de las masas obreras sobre la actividad de los órganos del partido por el control opuesto sobre la actividad del proletariado revolucionario ejercido por un comité central[xix][19]).

En la actualidad, ya ido el “corto siglo XX”, la bancarrota de la doctrina de partido inspirada por el leninismo reclama del ideosistema socialista alternativas a las formas de organización históricamente conocidas (“El ultracentralismo preconizado por Lenin no nos parece impregnado de un espíritu positivo y creador, sino del espíritu estéril del vigilante nocturno. Toda su atención se concentra en el control de la actividad del partido y no en su fecundación, en su restricción antes que en su despliegue, en el recelo y no en la puesta en marcha del movimiento) [xx][20]. Un movimiento del partido y no un partido del movimiento aboca inevitablemente al fracaso exclusivo de la “dirección; y ello con unos costes sociales que sólo la Historia puede cifrar.





[i][1]Vid. TARROW, S. (1997): El poder en movimiento, Alianza Editorial, Madrid; especialmente capítulo 11.

[ii][2] Vid. HAMILTON, M. (1987): “The Elements of the Concept of Ideology”, en Political Studies, 35/1.

[iii][3] En este sentido, véanse las colaboraciones de Claus Offe y David Stark en J, HAUSNER, B. JESSOP y K. NIELSEN (Eds.): Strategic Choice and Path-Dependency in Post-Socialism, Edward Elgar, Aldershot, 1995.

[iv][4] Vid. TAIBO, C. (1998): Las transiciones en la Europa central y oriental, Los libros de la catarata, Madrid.

[v][5] Vid. HOBSBAWM, E. (1994): Age of Extremes. The Short Twentieth Century, Abacus, Londres.

[vi][6] Vid. TARROW, S. (1991): “Ciclos de protesta”, Zona Abierta, 56.

[vii][7] Vid. MICHELS. R. (1911): Zur Soziologie des Parteiwesens in der modernen Demokratie.

[viii][8] Una lectura tal es la que actualmente predomina en los enfoques politológicos que abordan el estudio de la organización de partidos como un problema de las elites.

[ix][9] Vid. LUXEMBURG, R. (1904): Problemas de la socialdemocracia rusa.

[x][10] Ibid.

[xi][11] Ibid.

[xii][12] Vid. MARX, K./ENGELS, F.(1846): La ideología alemana.

[xiii][13] Vid. LUXEMBURG, R., Ibid.

[xiv][14] Vid. LUXEMBURG, R. (1919): El orden reina en Berlin

[xv][15] Ibid.

[xvi][16] Vid. LUXEMBURG, R. (1904): Problemas de la socialdemocracia rusa.

[xvii][17] Ibid.

[xviii][18] Ibid.

[xix][19] Ibid.

[xx][20] Ibid.

jueves, 25 de junio de 2009

Prefacio de Laín Díez a la traducción de "Lenin, filósofo" de Antón Pannekoek, editada en Chile en 1948 por el Grupo de Estudios Materialistas

1. Pocos años antes de caer víctima del hierro asesino, Trotski estampaba su opinión sobre la literatura marxista en los términos siguientes:
“En las condiciones actuales, la etiqueta marxista nos predispone antes al recelo que a la simpatía. Íntimamente ligado a la degeneración del Estado soviético, el marxismo de los últimos quince años ha pasado por un período sin precedentes de decadencia y relajación. De instrumento de análisis y crítica, se ha convertido en instrumento de apologética barata. En vez de analizar los hechos, se preocupa de seleccionar sofismas en interés de clientes encumbrados” (1).
Este juicio, que se refiere a los partidos políticos vinculados al desarrollo de la que un tiempo fue, con razón o sin razón, la “Roma del proletariado”, es sin duda unilateral e incompleto. Lo primero, porque cierra sus ojos al renacimiento del marxismo en los grupos y corrientes ideológicos que se desenvolvieron y lucharon al margen del Estado soviético y en dura oposición contra sus panegiristas interesados. Incompleto, pues data el proceso degenerativo a partir de la consolidación en el poder de la burocracia staliniana. Pero hacer contemporánea la decadencia del marxismo de una fase artificialmente aislada del desarrollo que culmina con el proceso aquél, no es dar pruebas de imparcialidad objetiva ni de esa capacidad, que tanto echa de menos Trotski en sus adversarios, de utilizar el marxismo como instrumento de análisis y de crítica. Mas no interesan por ahora las razones subjetivas que limitaron el horizonte crítico y la libertad de juicio del gran revolucionario e historiador de la Revolución rusa.

2. En su aspecto ideológico, la evolución del fenómeno ruso tiene su origen en dos problemas estrechamente unidos en la práctica de la lucha social: el de la “conducción” del movimiento obrero, que involucra la tesis de la vanguardia necesaria, y el de la conciencia-intelecto en oposición a la conciencia espontánea. El primero es consecuencia del segundo, y ambos fueron tema de las discusiones que pusieron frente a frente a Lenin y a Rosa Luxemburgo en una polémica memorable. De más está decir que los hechos le han dado la razón a esta última y a ... Trotski, que a la sazón polemizaba junto a ella contra Lenin.

3. La relación entre la teoría de la conciencia-intelecto y la teoría de la vanguardia revolucionaria ultracentralizada, tal como se expresan en Qué hacer y en Un paso adelante, dos pasos atrás, de Lenin, ha sido analizada con minuciosa objetividad por Sprenger en su Sociología del bolchevismo, de la cual hemos traducido los capítulos pertinentes no hace mucho (2). Del análisis de Sprenger y otros se desprenden las siguientes conclusiones:
La teoría de la conciencia-intelecto es contradictoria. Por una parte, Lenin adhiere a la concepción mecánica del materialismo que no ve en la conciencia sino el reflejo del mundo exterior, y esto le hace subestimar el papel de la espontaneidad en la historia; por otra parte, en su concepción de la conciencia socialista, ésta no se identifica con el proletariado, sino con el aporte desde el exterior de la ideología de una “élite” intelectual burguesa, cuya misión es precisamente propagar el socialismo en la clase obrera. Las luchas y la experiencia histórica de esta clase no figuran para nada en el esquema leniniano, y la misión del proletariado es dejarse penetrar por esta propaganda y servir de instrumento a un buró político, única autoridad capaz de señalar los métodos y finalidades de la lucha.
La teoría de la conciencia-intelecto es, por lo tanto, fundamentalmente idealista, y su corolario, el partido político, vanguardia de revolucionarios profesionales, sujetos a una disciplina estricta, obedientes a una dirección centralizada, está emparentado ideológicamente y por sus métodos de acción con el jacobinismo. Con tales antecedentes no es de extrañar que el partido de Lenin en el poder se comportara como la versión rusa de una dictadura jacobina.

4. En cambio, la teoría de la conciencia espontánea es materialista. Sus raíces ideológicas ya están en Marx, se perfecciona con Rosa Luxemburgo y encuentra en Paul Mattick una expresión madura (3). Expresa lo que hay de espontáneo en el movimiento de clase obrero, en sus creaciones y método de lucha. Es el reflejo de la conciencia de los luchadores más sagaces y refractarios a la mediación eclesiástica dei partido, del movimiento que se materializa en los soviets y en los consejos obrero. El desarrollo de la teoría, enriquecido por las experiencias dé las luchas sociales de los últimos treinta años, conduce a conclusiones originales en sus aplicaciones inmediatas y en sus proyecciones al futuro, la organización de la sociedad comunista.

5. Tocante al primer punto, los “comunista de consejos” proclaman su oposición al Estado, al parlamentarismo y a todas las organizaciones de masa como los partidos políticos y sindicatos centralizados, en los cuales no ven sino gérmenes de nuevas desviaciones jerarquizantes y autoritarias, incubadoras de privilegios y dictaduras totalitarias. La unidad fundamental es el “consejo de fábrica”, versión occidental del soviet, que tuvo un principio de realización en Alemania, muy luego sofocado por los esfuerzos convergentes de la reacción socialista-militar y de la III Internacional bajo Lenin.

6. En cuanto al segundo punto, cómo es posible organizar la producción en conjunto y la distribución sin recurrir a un poder central, sin Estado, la solución de los comunistas de consejos es ingeniosa y, teóricamente, inobjetable. La forma de operar con el tiempo social medio de trabajo como unidad contable para fijar la participación individual en el consumo, satisface las exigencias igualitarias de la época de transición hacia una economía de abundancia, con un mínimo de trabajo estadístico y sin reconstituir un sistema monetario encubierto (4). La fórmula que condensa el criterio distributivo presenta una estructura que implícitamente reconoce la realidad del organismo social. Refrena en esta forma las tendencias de un individualismo extremo expresadas en las consignas de “la mina, a los mineros”, “el campo, a los campesinos” y otras por el estilo, en que podrían desahogarse los viejos hábitos de apropiación con grave peligro para la existencia misma del principio comunista. Pero esta valla de ninguna manera coarta la iniciativa y la autonomía de las diversas unidades de producción.

7. Se comprende que una organización de la sociedad sin mecanismos políticos compulsivos; sin la acción coercitiva del Estado; compuesta de unidades relativamente pequeñas, los consejos, de gran autonomía, debe presentar en la práctica tendencias centrífugas, por lo menos durante una fase transitoria del desarrollo, que podrían crear dificultades a una acción de conjunto cuando ésta fuese requerida por proyectos de gran envergadura y larga ejecución. Estas tendencias no pueden combatirse por medios mecánicos o externos. Renunciar a ellos es el precio de la libertad dentro de la igualdad. Pero esto impone la urgencia de vigorizar los lazos espirituales entre los miembros de la comunidad de productores. De ahí la importancia de una filosofía coherente que suscite un mismo convencimiento íntimo en las voluntades de todos los asociados en el trabajo creador. Y esta filosofía debe contemplar normas de convivencia, una ética de productores libres, capaz de arraigar en las conciencias el respeto hacia todas las ideas, y en la conducta, la práctica de controversias de un elevado tono social. Es oportuno citar a Dietzgen:
El hombre individual se siente incompleto, inepto y corto bajo muchos aspectos. Precisa de sus semejantes y de la sociedad para complementarse. Por lo tanto, si quiere vivir, debe dejar vivir. Las concesiones mutuas que surgen de tales necesidades relativas, eso es la moralidad. (5).

8. Hemos resumido a grandes rasgos las nociones fundamentales del comunismo de consejos. Considerando los conceptos de acuerdo con su generalidad decreciente, nos encontramos con la siguiente sucesión: materialismo (filosofía); espontaneidad (teoría de la conciencia social); comunismo (teoría económica de la producción); consejos obreros (teoría de la lucha social). Claro está que en su propaganda los comunistas de consejos siguen el camino inverso de lo particular y concreto a lo general y abstracto, conforme a un método de sana comunión social, y porque hay que partir al fin y al cabo de los datos de la realidad inmediata, de la lucha elemental por el pan nuestro de cada día, por condiciones de vida más humanas y por las libertades individuales, hoy tan menoscabadas, hasta llegar a una visión amplia y armónica del mundo, la herramienta emancipadora definitiva.

9. Se comprende ahora por qué ha encontrado un eco simpático el comunismo de consejos en los sectores anarquistas. La oposición al Estado y al parlamentarismo; el rechazo de toda colaboración de clase y el repudio a los partidos políticos; la postura crítica frente a las organizaciones de masa jerarquizadas; todo eso debía inevitablemente provocar un acercamiento. Era un marxismo regenerado, que sabía extraer de Marx lo que la pasión y ceguera políticas de los partidos autoritarios, de índole reformista o jacobina, dejaron olvidado y sin aplicación. Como, por otra parte, se producía una evolución similar en el anarquismo, tras largos años de estagnación ideológica, asistimos hoy al espectáculo de un afán sincero por establecer lazos que auguran una síntesis próxima y la reconciliación definitiva de las dos tendencias de la I Internacional que resumen todas las luchas y esperanzas de la clase obrera y de la humanidad (6).

10. En consecuencia, debemos modificar el juicio crítico de Trotski apuntado más arriba, con este otro de Karl Korsch:
En las discusiones fundamentales referentes a la posición integral del marxismo de hoy, en todos los grandes problemas decisivos, la vieja ortodoxia marxista de Karl Kautsky y la nueva ortodoxia del marxismo ruso o leninista, pese a mezquinas y subalternas controversias pasajeras, estarán solidariamente juntas de un lado, y todas las tendencias críticas y progresivas en la teoría del actual movimiento de la clase obrera estarán del otro. (7).

Laín Díez, Santiago de Chile, 1948.

Notas [indicaciones bibliograficas en la edicion Ayuso, Madrid 1976]
1) Harold R. Isaac, The Tragedy of the Chinese Revolution, Secker & Warburg, Londres, 1938, p. XI.
2) Rodolfo Sprenger, El bolchevismo, Santiago de Chile, 1947.
3) The Inevitability of Communism, Polemic Publishers, Nueva York, 1935.
4) “What is Communism”, Council Correspondence, octubre, 1934, Chicago, 111.
5) Josef Dietzgen: The Nature of Human Brainwork, en The Positive Outcome of Philosophy, Ch. H. Kerr & Co., Chicago, 1928, p. 158. (La edición alemana es de 1969), [versión castellana: El trabajo intelectual humano, Ed. Sígueme. Salamanca].
6). Hay numerosos documentos de ese nuevo estado de espíritu en las revistas Freedom, Le Libertaire, Freie Sozialistische Blätter, Southern Advocate of Council Communism, La Obra (Buenos Aires), etc.
7) Karl Korsch Marxismo y Filosofía, citado por Mattick en su obra precitada, p. 35.

lunes, 15 de junio de 2009

Lecciones de Europa

Guillermo Almeyra

En Francia la abstención llegó a 60 por ciento y en toda Europa superó 53 por ciento, aunque en Italia, donde Berlusconi tiene consenso de masa, no llegó a 40 por ciento, y en Grecia, donde los socialistas del PASOK dirigen una oposición con fuerte influencia entre los trabajadores, ese partido y los comunistas aparecían como alternativa y, por tanto, arrastraron votos. La derecha, asustada por la crisis, cerró filas y fue a votar, pero no ganó sufragios y triunfó simplemente porque es la mayoría de la minoría, no porque haya crecido. Si tiene mayoría es porque los electores de centroizquierda y los de la izquierda se abstuvieron. Eso hace parecer que los votantes apoyaron a los causantes de la crisis y a los que quieren salir de ella a costa de los trabajadores, pero en realidad no hicieron más que mantener su minoría que ni la socialdemocracia ni los partidos de izquierda radical fueron capaces de reducir aún más, pues no dieron ninguna batalla ideológica, programática u organizativa que llevase a salir de la crisis por la izquierda y se encerarron en débiles campañas propagandísticas y electoralistas.

Los capitalistas, sin embargo, no se engañan con su victoria pírrica y no están nada tranquilos ante su amplia mayoría virtual en el Parlamento Europeo –que no tiene ninguna función decisiva. Ellos ven, en cambio, la abstención como una pérdida de consenso del sistema y un repudio a las instituciones por parte de la mayoría de la población europea, la cual no ve una alternativa (y no se sabe si algún día la encontrará), pero en cambio sabe que el capitalismo es causante de la crisis.

Los observadores más lúcidos analizan, es cierto, que la abstención favoreció a los partidos en el poder, pero también que la indignación de las mayorías se condensa en el horizonte como negros nubarrones que preanuncian tormentas sociales y no se orienta hacia las instituciones.

En la izquierda, por ejemplo en Italia, Rifondazione y los Comunistas Italianos Unidos han mantenido a duras penas el voto de un sector militante (con un millón de sufragios, algo menos de 4 por ciento del total), pero no entran al Parlamento Europeo, lo que les creará problemas financieros y de presencia política. No han podido convencer a una izquierda difusa que en el pasado, por ejemplo, con Democrazia Proletaria –una de las tendencias que confluyó en Rifondazione–, siempre obtuvo parlamentarios en Estrasburgo. Ni siquiera han sido capaces, en aras de sus intereses electorales, de lograr un frente electoral ad hoc –que les habría dado 8 por ciento de los votos o más y algunos diputados– con el grupo de derecha recientemente escindido de Rifondazione, el cual ahora marcha de cabeza hacia su disolución en el Partido Democrático.

En cuanto a los franceses de la ex Liga Comunista Revolucionaria (LCR), creyeron sectariamente que con su Nuevo Partido Anticapitalista nuclearían por sí solos la protesta de izquierda y se negaron a construir un frente único electoral con el Partido Comunista y con los socialistas de izquierda escindidos de su partido siguiendo a Melanchon (la llamada Nueva Izquierda) para ir juntos a las urnas sin dejar de discutir las diferencias programáticas. El resultado está a la vista: estos últimos lograron 6 por ciento y los primeros cerca de 5 por ciento. Juntos habrían obtenido casi 15 por ciento y una importante fracción en el Parlamento Europeo, y su desunión llevó en cambio muchos votos al tarro conservador verde representado por Cohn Bendit (el ex radical del 68 que para los menos informados sigue teniendo fama de opositor al sistema cuando de ningún modo lo es). En ese sentido, el estreno electoral del Nuevo Partido Anticapitalista ha sido un fiasco ya que reunió aproximadamente los votos que antes tenía la LCR, que era menos confusa y electoralista que la nueva formación, y dejó de influir en la crisis de los comunistas y en la evolución de los socialistas de izquierda.

Los sectores populares –salvo en Italia, donde Berlusconi y la liga influyen incluso en sectores de los trabajadores– no votaron por una política de derecha pero tampoco lo hicieron por la izquierda radical. No ven cómo enfrentar la crisis y el sistema capitalista, pero no están de acuerdo con éste ni ven solución en las elecciones. Se abre así una transición que estará marcada por luchas, ya que quien no vota puede hacer huelgas o incluso provocar explosiones sociales, como en Grecia o Francia.

Por consiguiente, o la extrema izquierda toma contacto con la izquierda social desorganizada y confusa, o sea, con la gente real, modificando radicalmente sus métodos y su política para construir consenso desde abajo, o la derecha, que en la mayoría de los países no tiene consenso pero posee fuerza económica y política, marchará hacia la construcción de regímenes duros que se dedicarían a destruir aún más los derechos sociales y democráticos. De un modo diverso y sin una izquierda anticapitalista fuerte, Europa vuelve hacia los años treinta.

¿Dejan las elecciones europeas alguna lección para los países, como Argentina o México, que irán a las urnas en breve? La abstención favoreció electoralmente a la peor derecha a costa del centro o de la derecha moderados. Pero el problema reside en que se ha llegado a un punto en que la mayoría está harta de taparse la nariz para votar por el menos peor, porque éste, después, hace la misma política de los peores.

Nos guste o no, la izquierda debe reconquistar credibilidad, despertar esperanzas. Y eso sólo se hace en la vida cotidiana, no en las campañas electorales; organizando las resistencias; desarrollando experiencias locales autogestionarias y alternativas, sin sectarismos; dando una batalla tenaz, cotidiana y gris, en la construcción de ideas-fuerza capaces de orientar en sentido anticapitalista la rabia ciega de las mayorías.

http://www.jornada.unam.mx/2009/06/14/index.php?section=opinion&article=026a1pol