viernes, 3 de octubre de 2008

LA LUCHA DE CLASES EN LA EDUCACIÓN

LA COMPRENSIVIDAD COMO ESTRATAGEMA
(LA LUCHA DE CLASES EN LA EDUCACIÓN)

Salustiano MARTÍN

1. Comprensividad: todos los conocimientos para todos en un sistema único.

Como todas las palabras que hacen referencia a la realidad social, "comprensividad" es una forma lingüística que identifica un significado denotativo básico, aquel que se hace jugar en el debate ideológico con la intención, no confesada, de camuflar su verdadero significado práctico. El término se refiere a lo que se supone que sucede en el espacio educativo cuando se ha hecho extensiva la educación básica a toda la población: todos los conocimientos que antes recibía una minoría, ahora, se supone (eso parece denotar la palabra), se encuentran al alcance de todos los ciudadanos en un sistema educativo que, también se supone (dentro de la presunta denotación del término), debería ser único para cumplir con ese cometido universal e igualitario. Si se utiliza el término para identificar lo que sucede en un espacio educativo en que cualquiera de esas presuposiciones está ausente, entonces, simplemente se comete un fraude ideológico, se miente con intención de engañar. Resumiendo: si el sistema educativo no es único (por ejemplo, si se trata de dos redes escolares distintas), la universalidad en la escolarización podrá ser cierta, pero no lo será la igualdad, puesto que cada subsistema educativo tenderá a producir un cierto tipo de currículo, un cierto tipo de relación educativa en el seno de los establecimientos escolares y un cierto tipo de ser humano; así, los conocimientos que se pretenda que obtenga toda la población no serán los mismos conocimientos, y sucederá que, según el origen social y las expectativas culturales, unos (los que han de ser preparados para trabajar y obedecer al servicio y según el interés de los otros) alcanzarán un pálido y fragmentado reflejo de lo que conseguirán los otros (aquellos que deben prepararse para ser la autoridad, los conformadores de la opinión, los estrategas de la causa burguesa, los empresarios de los trabajadores). Así, si el sistema no es estrictamente único, habrá una parte muy importante de la población que no conseguirá todos los conocimientos (incluso si considerados sólo los básicos), y habrá, también, quienes apenas alcancen ningún conocimiento académico serio.

2. Hacia la comprensividad: historia de un camuflaje.

La idea de la extensión universal de la educación ha sido generalmente puesta en práctica (aunque siempre con ciertos límites, más o menos sutiles o groseros) por las fuerzas políticas progresistas (casi siempre, sin embargo, inscritas en el espacio social y cultural de las clases dominantes) y ha encontrado resistencias obvias en los conservadores (el grueso de aquellas clases), nada interesados en extender la instrucción/educación a los "desharrapados". Tal extensión no se ha producido de golpe, sino que (como la lenta construcción paralela de la democracia, lógicamente relacionada con ella) ha ido siendo conseguida, no sin luchas y retrocesos, progresivamente. Mientras se ha tratado, simplemente, de proporcionar cierta educación a las clases "laboriosas", ésta se ha limitado a las edades tempranas y a un barniz cultural que estuviera de acuerdo con el tipo de lugar social al que se destinaba a esas capas de la población y con los trabajos a que, de antemano, se las veía destinadas. En todos estos casos, el destino reservado a estas clases no lo era por alguna fatalidad de su naturaleza, sino por los poderes fácticos dominantes en la sociedad (de nuevo, en paralelo con los modos de desarrollarse la evolución hacia la democracia: cuanta más democracia sustancial -que no formal o demagógica- más educación, y viceversa).

En este desarrollo (es decir, en esta lucha por empujar el desarrollo hacia un aumento de los años de escolarización y hacia el crecimiento en la instrucción de los niños de las clases subalternas) tuvo el movimiento obrero un lugar fundamental. Antes que nada, para que los niños pudieran estudiar se hacía preceptivo que dejaran de trabajar, que era lo que se veían obligados a hacer desde los cuatro o los cinco años, por ejemplo, en las primeras décadas de la revolución industrial inglesa (como documenta el estudio de Engels sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra a mediados del siglo XIX). Las horas de trabajo fueron, primero (es decir, cuando el clamor contra la repugnante explotación -y degradación física, psicológica y moral- de los niños se hizo preocupante para la burguesía dominante), malamente compartidas con la horas de escuela y, luego, progresivamente eliminadas en edades que iban siendo poco a poco crecientes. Repito: la clase obrera (sus organizaciones, sus órganos de prensa) lidiaron una permanente batalla en ese sentido. Puesto que se trataba de la necesidad de educación para todos los niños de la clase obrera, era francamente inviable que esa educación, si había de ser adecuada a las necesidades culturales de la clase obrera en lucha por su hegemonía, fuera proporcionada por las propias organizaciones de los trabajadores (por las casas del pueblo, por ejemplo, o por las escasas escuelas anarquistas).

En el transcurso de las décadas que contemplaron esa lucha, se llegó a la conformación, primero, de dos sistemas, el que enseñaba "lo básico" (y ya se sabe quién identificaba lo básico, y para qué) a los hijos de los trabajadores y que no llevaba a ninguna parte (es decir, lo que podría haberse llamado sin dificultad "educación para la vida": la de los trabajadores, claro) y el que representaba el camino de los niños burgueses hacia el logro de los conocimientos que debían hacerles convertirse en intelectuales orgánicos de su clase (productores -y reproductores- de ideologías, de instituciones o de leyes) o en eficaces gestionadores de sus empresas. Andando el tiempo, los intereses inmediatos de los trabajadores y las necesidades del desarrollo capitalista hicieron más aconsejable el establecimiento de cierto tipo de continuidad a partir del primer sistema: la enseñanza laboral o profesional; y la diversificación del otro sistema hacia los estudios más técnicos y científicos (física, química, matemáticas, economía, ...), en relación con las nuevas necesidades tecnológicas de la industria y de la gestión empresarial. Los partidos obreros, por su parte, acabaron por reivindicar (por ejemplo, en España) la unificación de las respectivas primeras etapas en lo que ellos dieron en llamar "escuela única", a la que se suponía que deberían asistir todos los niños y niñas para adquirir todos los conocimientos necesarios (quedaba la ardua tarea de identificar para qué deberían ser necesarios y cuáles lo serían) dentro de un único sistema educativo. Tal reivindicación era, sin duda, coherente con las necesidades estratégicas de la lucha de la clase obrera por el logro de su hegemonía. Los partidos obreros y los sindicatos eran conscientes de la necesidad de conocimiento personal y colectivo por parte de los trabajadores. En todo caso, la idea de la "escuela única" (para todos) nunca se llevó a efecto en la práctica.

Sin embargo, hubo un momento de la historia de la educación en Europa en que pareció que sería posible. Después de 1945, la fuerza del movimiento obrero y la perentoria necesidad de contrarrestar la imagen de los países del (mal) llamado socialismo real (que podía ser atractiva para unos trabajadores no integrados en el consenso hegemónico del Estado capitalista), llevó a la burguesía a una relativa claudicación en este terreno. Poco a poco, aunque sin desmontar los sistemas que ya existían, la universalidad educativa se fue convirtiendo en un hecho. El término de "comprensividad" (es decir, la estratagema) hizo entonces su aparición. La teoría hablaba (aunque no siempre) de lo que la palabra significaba en su denotación; la práctica (siempre) derivaba hacia otros derroteros. La lucha ideológica en este terreno era un ir y venir de inconsecuencias y, en ese espacio absurdo, los que parecían saber mejor lo que estaban haciendo eran los que seguían sin querer saber nada del aprendizaje de (demasiados) conocimientos por parte de los trabajadores. En todo caso, en los muchos países en que no se trataba de un sistema único, la idea se había de degradar (y se degradó) hasta extremos grotescos: el propio funcionamiento de la enseñanza comprensiva, tal como los gobiernos decidieron que debía ser, proporcionó el mejor instrumento para lograr el deterioro de la enseñanza pública y la imposibilidad de rebasar (sino todo lo contrario) la existencia, nunca puesta en entredicho, de una alternativa para las élites dominantes. La comprensividad se entendió como la simplificación de los contenidos conceptuales para que los cortos hijos de los trabajadores no tuvieran problemas con su estudio, las cuestiones más estrechamente relacionadas con las disciplinas académicas se obviaron (porque para qué habían de necesitarlas los hijos de los trabajadores), la relación educativa se centró en el niño (aunque, sin duda, no en sus intereses verdaderos) y ello llevó a los autores del desaguisado a entronizar en el aula el juego y la actividad lúdica. Puesto que había que socializar a los niños, se hizo mucho hincapié en la educación en valores, aunque -alejada la instrucción seria, la autodisciplina y la voluntad de estudio, y olvidada por las madres y padres la educación coherente de sus hijos- los presuntos valores siguieron permaneciendo fuera de las aulas (la vida real), sin una posible encarnación en los conocimientos (de la sociedad y de la naturaleza) de los niños.

Por lo demás, la izquierda parecía no enterarse (sino todo lo contrario) de lo que pedía la ocasión. Tantos años esperando a que llegara el momento en que los trabajadores pudieran conquistar los conocimientos necesarios para el logro de su hegemonía cultural y política, y ahora, que se aumentaba el número de años de escolaridad de todos los niños y empezaba a hacerse posible su llegada en masa a los estudios superiores, los pedagogos y sociólogos de la izquierda parecían no querer saber nada de esos conocimientos (y de ese nuevo destino) y alababan como el no va más de la sabiduría lo que ellos llamaban "cultura popular", "lenguaje popular", "moral popular" (en fin, el folclore), lo que los trabajadores, presumiblemente, siempre habían tenido en sus manos sin saberlo y no les había servido para nada (a falta de un bagaje conceptual y reflexivo adecuado con que poder producir su propia cultura superior). Quienes decían esto provenían de la clase burguesa y habían hecho lo que la mayoría de los trabajadores nunca habían podido hacer y, a ese paso, nunca harían: estudiar a fondo las disciplinas humanísticas, sociales y científicas. Lo que ellos habían hecho era natural en ellos, pero no parecía serlo en los trabajadores. Por supuesto, buenos burgueses caritativos, querían evitar a los niños de las clases subalternas el sufrimiento del esfuerzo escolar, del disciplinamiento, del trabajo intelectual, de la lucha por la construcción de una voluntad al servicio de sus intereses. Por eso, la directividad se convirtió en la bicha horrible de la relación educativa y se escribieron majaderías monumentales al respecto (incluso en la pluma de prohombres de la sociología crítica de la educación, como Berstein); en fin, instruir en sentido fuerte y educar para la emancipación intelectual fueron acciones desalojadas de las aulas. De la idea de que la clase obrera tuviera que luchar intelectual y moralmente por el logro de su hegemonía cultural, estos burgueses hipercríticos parecían no saber nada. De repente, dejaron de considerar a las disciplinas escolares tradicionales como algo que los hijos e hijas de los trabajadores tuvieran que aprender, y las denostaron con su mejor insulto: se trataba de conocimientos académicos, inservibles, por tanto (?), para los hijos de los trabajadores, quienes en el futuro no sabrían qué hacer con ellos. En su lugar, debía enseñarse una mixtura de enseñanzas prácticas y valores sociales con que podrían salir adelante en su destino (la palabra volvía a aparecer, ahora en los discursos de los sociólogos y los pedagogos presuntamente críticos) de trabajadores. Esta fue la hora gloriosa del negocio (económico e ideológico) de la enseñanza privada financiada por el Estado.

3. La burguesía y la comprensividad: componendas y arreglos.

El sistema educativo comprensivo, por definición, debe ser único; en un marco escolar con una doble red financiada por el Estado, el sistema comprensivo, simplemente, no existe. Así, podemos decir que, en las condiciones actuales de la correlación de fuerzas en la lucha de clases, es imposible la existencia de un sistema educativo comprensivo. Lo mismo (y por la misma razón) que ha habido durante muchas décadas dos sistemas, uno para los hijos de los trabajadores y otro para los de la burguesía, hay ahora dos redes. Ambos espacios educativos, ahora como antes, cumplen las mismas finalidades: cada clase social requiere, según parece, un tipo de educación determinado. ¿Cómo pudo construir un partido presuntamente socialista una estructura escolar de este tipo? Sencillamente: primero, porque lo heredó en muy buena medida; segundo, porque el origen (y el arraigo) burgués de la mayor parte de sus dirigentes no hubiera hecho posible otra forma de actuar.

En todo caso, así están las cosas: existiendo dos redes, la burguesía puede hacer que los trabajadores vayan al redil comprensivo (es decir, el que comprende a la mayor parte de los hijos de los trabajadores) de la enseñanza pública (y que esa enseñanza pública se hunda en la confusión y el desprecio del conocimiento), y, asimismo, puede hacer que sus hijos disfruten de la existencia, no manchada por la miseria cultural, de una (más o menos buena) enseñanza privada concertada (y hacer que esta enseñanza mejore en su calidad a expensas del propio deterioro de la pública). Si hubiera un sistema único, entonces, los estratos superiores de la clase trabajadora, y la pequeña y mediana burguesía, tendrían que acceder al mismo sistema que los hijos de los trabajadores manuales, o bien, sencillamente, tendrían que pagarse una enseñanza privada cada vez más cara. Pero, no nos engañemos, el problema de la burguesía no sería, entonces, conseguir una enseñanza de calidad para sus hijos, codo con codo con los de la clase trabajadora: nada más sencillo que lograr esa enseñanza de calidad. Su problema sería, precisamente, que, entonces, los trabajadores la alcanzarían también. No es más caro o más barato un sistema que el otro; no es el problema una cuestión de dinero. El problema es una cuestión de intereses políticos, ideológicos, estratégicos: una cuestión de hegemonía.

¿Cómo se han desarrollado las cosas en aquellos países en que no existía de antemano una fuerte red educativa privada? Exactamente en la dirección estratégica adecuada a los intereses de la burguesía: allí donde no existía con pujanza, se ha creado y multiplicado; allí donde el Estado no financiaba la enseñanza privada, ha empezado decididamente a financiarla, y, así, esa enseñanza se ha desarrollado, arrollando a la enseñanza pública (el ejemplo paradigmático puede ser Australia). ¿Cómo ha podido suceder esto? Curiosamente, esto ha podido suceder merced a una doble estrategia llevada a cabo por las dos alas de la burguesía implicadas en la operación: la burguesía conservadora y los ideólogos radicales pequeño-burgueses de la comprensividad antiacadémica. Ambas (¿cómo podríamos extrañarnos?) han trabajado, mientras se enzarzaban en una incruenta batalla, en la misma dirección. Dado el desprecio de las disciplinas académicas y del aprendizaje cultural libresco, los unos han empujado el trabajo escolar hacia el "aprendizaje para la vida", que, en los países en que sucedía este proceso, tenía que ver con la ideologización máxima de la relación educativa y con la máxima ausencia de contenidos disciplinares: con el doctrinarismo de las actividades y el desprecio de la teoría (la estirpe de Dewey, siempre funcional a los intereses estratégicos de la burguesía); así, han ido vaciando de fuerza académica los aprendizajes y sustituyéndolos por iniciaciones, más o menos sesgadas, a la vida cívica: esas prácticas, sin duda, están muy bien, pero el menosprecio por lo académico ha acabado cansando a los padres y madres, que han tirado el agua sucia de la bañera con el niño dentro; es decir, han presionado a las autoridades, han conseguido cambiar los gobiernos y han ido dejando la enseñanza pública en favor de la privada, ahora ya financiada con los impuestos estatales o regionales. Porque, en efecto, la inepcia de los unos ha sido aprovechada por los otros para hacer bien su trabajo: nunca como ahora la burguesía ha mantenido una hegemonía tan evidente en el terreno de las conciencias, sometidas (sobre todo, las de la clase trabajadora y la pequeña burguesía) a la ignorancia atrevida y al fraude consumista. Así, la enseñanza se ha fragmentado, la comprensividad ha desaparecido por completo y las diferencias sociales y culturales se han acentuado radicalmente. Nunca ha estado la clase obrera tan lejos de su hegemonía en los países en que esta historia se ha desarrollado.

4. Hegemonía burguesa y disidencia contrahegemónica.

La burguesía mantiene, aquí y ahora, una muy fuerte hegemonía ideológica (intelectual y moral) que le permite un dominio político y económico en el que apenas tiene que echar mano de la coacción física. Para que esa hegemonía llegara a ser incontestable, la burguesía ha debido impedir que la clase trabajadora pudiera disputarle el predominio en el terreno cultural y moral: una clase trabajadora sin pulso cultural y desmoralizada es un reo inerte de la hegemonía burguesa. Es cierto que la penuria moral y la precariedad socioeconómica pueden provocar estallidos de ira y de violencia incontroladas, como en Francia, pero lo cierto es, también, que las fracciones dominantes de la burguesía en Europa (y en España) han actuado como si esa eventualidad no se fuera a producir; así, probablemente han sembrado los vientos de las futuras tempestades. En todo caso, las dos alternativas negativas para la burguesía desde el punto de vista de la (re)producción de su hegemonía, la contestación dentro del espacio político de la legalidad institucional y la contestación violenta extramuros del sistema, se han producido en el curso del mismo año. El no al impresentable proyecto constitucional (que es un no al proyecto de Europa tal como lo han diseñado los ideólogos orgánicos de la burguesía de los negocios) procede del (en términos de los intereses de la burguesía) todavía excesivo número de disidentes culturalmente preparados para el pensamiento y la acción; el brote de violencia se debe al creciente número de marginados sin futuro que el propio sistema capitalista actual produce estructuralmente. Entre ambos polos de la contestación se mueve la defensa de su hegemonía que la burguesía practica. Puesto que es más fácil de controlar y destruir, por medios físicos y legales, la contestación violenta (puesto que ésta no tiene una teoría política detrás que la ayude a disputar a la clase hegemónica el dominio en el espacio ideológico), la burguesía proseguirá en su labor de desmantelamiento del sistema educativo público y, cada vez más, negará a los hijos de los trabajadores los conocimientos necesarios para la lucha contrahegemónica, los conocimientos que le están destinados, precisamente, a los hijos de la burguesía. Para eso, debe asestar (y asesta) la comprensividad, como un arma de destrucción masiva, sobre la línea de flotación de la enseñanza pública, mientras conserva libre de asechanzas el sistema educativo para su clase: la enseñanza privada concertada. Hace tiempo escribió José Antonio Marina que lo que no arreglara la educación lo arreglaría la policía: he aquí que la alternativa se ha hecho carne mortal. Así, el Estado-policía puede acabar siendo el complemento estructural de la comprensividad asestada contra la enseñanza pública en un sistema de doble red.

Por eso, lo primero que deben hacer los trabajadores para luchar por su propia hegemonía en la sociedad civil y en la sociedad política (es decir, para construir su reforma intelectual y moral al mismo tiempo que tratan de destruir la hegemonía de la clase dominante) es, precisamente, contemplar siquiera, no ya la posibilidad, sino la necesidad de hacerlo. Si la clase trabajadora no se plantea cuáles son sus intereses en el terreno de la lucha de clases estratégica, no podrá dar un solo paso hacia su propia hegemonía cultural. Pensar desde la clase se hace, así, fundamental: ¿Para qué debe servir el sistema educativo público desde el punto de vista de nuestros intereses? Respuesta: para adquirir todos y cada uno de los conocimientos que la burguesía adquiere (y necesita adquirir) para la (re)producción y el desempeño de su propia hegemonía, porque de esa manera podremos disputarle el predominio en la sociedad civil con la elaboración y difusión de nuestros propios planteamientos culturales y morales. Si eso es así, es a la clase trabajadora a la que le interesa ejemplarmente el trabajo en la escuela: el aprendizaje de conocimientos, el logro de la (auto)disciplina, la capacidad para el desempeño del esfuerzo y el desarrollo de una voluntad intelectual y moral autosuficiente. Si es así, la comprensividad, es decir, todos los conocimientos para todos los ciudadanos en un único sistema educativo debería ser su interés máximo.

Por el contrario, si, como sucede aquí y ahora, el espacio en que la comprensividad se establece es sólo el de la enseñanza pública dentro de un sistema educativo de doble red (es decir, si la comprensividad es una simple estratagema de la burguesía para seguir impidiendo a la clase trabajadora la consecución de los mismos conocimientos que ella maneja), entonces, la lucha debe producirse en dos frentes: por un lado, contra todas las autoridades institucionales (Estado, Comunidades Autónomas) que se empeñen en bajar los niveles, en la enseñanza pública, para disimular la situación; en esconder el fracaso escolar, en las escuelas e institutos de los barrios obreros, detrás de las presiones a los profesores para universalizar los aprobados; en hacer desaparecer las disciplinas académicas detrás del juego y el coleguismo, hurtando así a los hijos de los trabajadores el desarrollo de su memoria, de su autodisciplina, de su capacidad para el esfuerzo, de su voluntad para el desarrollo intelectual. Por otro lado, contra la existencia misma de la doble red, es decir, contra las leyes de la burguesía que nos someten a los intereses económicos e ideológicos de la Iglesia, que financian con el dinero de todos los trabajadores la educación de la burguesía, que destruyen la enseñanza pública a mayor gloria de la enseñanza privada, que buscan con medidas arteras la destrucción intelectual y moral de los trabajadores.

En resumen: contra la burguesía (neoliberal) de los negocios, que construye, en la práctica, guetos de miseria cultural para que los hijos de los trabajadores pierdan el tiempo mientras llega el momento del trabajo basura. Contra los pedagogos y sociólogos de la pseudoizquierda burguesa que piensan que los hijos de los trabajadores sólo pueden vivir la escuela como un encierro insoportable, como domesticación o como ahormamiento para el trabajo y la sumisión. Contra los partidos y los sindicatos de la pseudoizquierda beata que razonan contra los intereses de los trabajadores, recetándoles un aprendizaje para la vida, el aprendizaje de unos valores que no son nada si no son sostenidos por el conocimiento y la voluntad críticos, ignorando (tal vez, en el mejor de los casos, porque la ideología burguesa los ciega y engaña) que el interés de los trabajadores (como clase emancipada de la esclavitud de la ignorancia) no puede ser otro que el logro (tendencial) de todos los conocimientos: de los de las Ciencias Naturales, de los de las Ciencias Sociales, de los de las Humanidades y de los de las Letras (es decir, de todas las disciplinas académicas que aprenden los hijos de la burguesía). Porque sólo así los trabajadores podrán estar en camino hacia su propia hegemonía intelectual y moral en la sociedad en la que viven, trabajan, piensan y actúan.

15 noviembre 2005

miércoles, 24 de septiembre de 2008

PENSANDO EN LA AUTODETERMINACIÓN (Por Ulli Diemer)


Publicamos este agudo artículo, que no por el paso de los años pierde actualidad. El autor, Socialista Libertario e Internacionalista, es de origen canadiense y publica una página web electrónica (Radical Disgressions)

La publicación Canadian Dimension acertó completamente al mencionar en su edición de Octubre-Noviembre que la Izquierda necesita pensar mucho sobre la "auto-determinación".
Un buen lugar para empezar sería preguntarse si el familiar principio de la Izquierda, "el derecho de auto-determinación" realmente significa algo o si es otro eslogan vacío cuyo principal uso es que la Izquierda lo puede repetir como mantra y así salvarse de tener que pensar de manera crítica.

La posición izquierdista tradicional fue bien representada por la respuesta de Leo Panitch al editoria de CD. La posición de Panitch se centra en tres puntos:1. Debemos apoyar el derecho de Québec de auto-determinación.2. La única vía aceptable para que Québec ejerza el derecho de auto-determinación es la secesión y los arreglos para una nación-estado independiente.3. El rol de la Izquierda Inglesa-Canadiense es apoyar la independencia de Québec y no hacer preguntas embarazosas.

La postura de Panitch, ampliamente sostenida en la Izquierda, apelará a aquellas personas que prefieren respuestas simples a preguntas complicadas. Lo que en realidad está diciendo Panitch es que la Izquierda no tiene nada que aportar al debate.

No hay el más leve indicio de análisis socialista aquí, nada con lo que los transmisores de la agenda corporativa neo-conservadora como el rompe-sindicatos Jacques Parizeau o el anterior talador de Mulroney, Lucien Bouchard estarían en desacuerdo. La auto-determinación está aparentemente exenta de análisis de clase y evidentemente no tiene nada que hacer con el cambio de quien ejerce el poder económico y político, nada que ver con la democracia y nada que hacer con la lucha por el socialismo.

Lo que Panitch y sus colaboradores intelectuales quieren decir con "auto-determinción" es una sola cosa: secesión. Lo que le están diciendo a Québec es: "Tienen el derecho de irse, apúrense y váyanse."

Eso no le sucede a los residentes de Québec que podrían desear una opción diferente a la secesión. Panitch insiste "debemos trabajar por la separación más amigable y la relación más cercana… si el derecho de auto-determinación es ejercido a través de un referéndum."

¿No es concebible que si "el derecho de auto-determinación es ejercido a través de un referéndum", los residentes de Québec bien podrían votar por quedarse en Canadá? ¿Québec no puede tener el derecho de NO secesión? Aparentemente no. Panitch insiste en que los Ingleses-Canadienses de izquierda deben inequívocamente abogar por un Québec independiente, a pesar que él debe saber que la mayoría de los residentes de Québec NO quieren un Québec independiente. El hecho de que las encuestas de opinión en Québec muestren un apoyo del 30 por ciento para la independencia es tan irrelevante para estos defensores de la "auto-determinación" como el inconveniente hecho que los residentes de Québec ya han ejercido su derecho de "auto-determinación" a través de un referéndum.En aquel referéndum de 1980 el gobierno de PQ confeccionó una pregunta deliberadamente erizada designada par maximizar el voto hacia el Sí para hacer parecer que una "asociación soberana" era posible sin la separación de Canadá. A pesar de este truco, el 60 por ciento de los votantes ejercitó su derecho de "auto-determinación" votando No. Y a pesar de esa clara elección de parte de los residentes de Québec, los Ingleses-Canadienses de izquierda han seguido apoyando por mucho la independencia, obviamente que esto como contradice su reclamo de apoyo a la "auto-determinación".

Si "auto-determinación" para Québec significa secesión de Canadá aun cuando la mayoría de los habitantes se oponen a esto, para los nativos, la secesión de Canadá es considerada inaceptable sin importar que tan nativos quieran llegar a ser. Negar que el Cree del norte de Québec tiene el derecho de permanecer como parte de Canadá en el caso de que Québec entrara en secesión, Panitch elimina los deseos de los nativos tachándolos de incautos del "federalismo". Por buena medida, nos quiere mantener callados sobre el hecho que algunos nacionalistas de Québec son racistas en sus actitudes hacia la gente nativa, mientras espera indudablemente que nosotros denunciemos al racismo en cualquier parte de Canadá y claro, en cualquier otra parte del mundo.
El "derecho de auto-determinación" como lo promulga Panitch y mucha de la Izquierda está en el hecho que no es nada más que porras sin sentido para el nacionalismo burgués. En contraste, socialistas como Karl Marx y Rosa Luxemburg argumentaron que era necesario analizar el contenido político, económico y de clases de los movimientos nacionalistas en sus méritos individuales y apoyarlos sólo si eran progresistas.

Luxemburg argumentaba que "la posición de los socialistas con respecto a los problemas de nacionalidad dependen primeramente de las circunstancias concretas de cada caso, las cuales difieren significativamente entre los países, y también cambian con el paso del tiempo en cada país." Sin embargo, ella dijo, "la cuestión de la nacionalidad… no puede ser establecida por el uso de un cliché, ni siquiera aquella fórmula de agradable sonido como 'el derecho de todas las naciones a la auto-determinación'. Porque esa fórmula no expresa nada, por lo que es una frase vacía, sin contenido o de otra manera expresa el deber incondicional del socialismo de apoyar las aspiraciones de todas las naciones, en cuyo caso es simplemente falso."

El tipo de análisis político serio recomendado por Marx y Luxemburg - el cual puede requerir un esfuerzo intelectual - se ha vuelvo decididamente impopular en la Izquierda, para ser sustituido por la aceptación sin crítica de conceptos burgueses de nacionalidad y estado-nación, faltos de clase o contenido socialista.

El dogma aceptado ahora parece ser que cada nacionalidad y las necesidades de cada etnia y grupo lingüístico están como marcados para su propia nación-estado. En el mundo real, sin embargo, es raramente posible trazar fronteras políticas que correspondan con nacionalidad. Rara vez cada nación-estado y aspirante a nación-estado contiene a sus minorías nacionales y los reclamos nacionalistas conflictivos en el mismo territorio. Estos grupos nacionales son por lo general integrados y pulverizados, compartiendo el mismo territorio físico, las mismas ciudades y pueblos, las mismas calles y las mismas camas…

Como resultado - salvo en aquellas raras instancias donde un grupo nacional constituye una sociedad homogénea unida en su deseo por una independencia nacional entre fronteras en pugna - la "auto-determinación" cuenta a menudo para la mayoría, negando a las minorías su "derecho de auto-determinación". Estas minorías son entonces, en consecuencia, confrontadas con la elección de perder sus derechos nacionales y lingüísticos o abandonar sus hogares ancestrales en esas tragedias humanas, eufenímicamente conocidas como "transferencias de población". No es de sorprender que la violencia es la regla, más que la excepción en estas situaciones.

En Québec el deseo de una independencia nacional ha sido y sigue siendo el objetivo de una minoría. No hay manera de obtener el apoyo de una mayoría abrumadora en un referéndum. Se supone, sin embargo, que en un referéndum futuro el 51% de la población, o incluso el 55%, apoye la independencia. ¿Esto significa que más del 49%, o del 45%, que desean mantener su nacionalidad canadiense deben de ser legítimamente privados de su "derecho de auto-determinación"? Si la gente de Townships en el Este, históricamente de habla inglesa, quieren que su región permanezca como parte de Canadá, ¿cuál es la justificación para negarles este derecho? ¿De qué se trata esta teoría de "auto-determinación" que evita que Montreal se separe de Québec, si la mayoría de su población así lo desea?

Confrontados con estos cuestionamientos, quienes apoyan la "auto-determinación" prefieren la evasión. ¿"Están preparados para llevar el reto a las fronteras de Québec"? Panitch preguntó retóricamente, como si meramente haciendo esta pregunta fuera suficiente para minimizar esto como un absurdo. Aparentemente, el "derecho de auto-determinación" funciona únicamente dentro de Canadá, no dentro de Québec, ahora porque pasa esto él no lo explica. Como un dogma religioso el "derecho de auto-determinación" no está sujeto al embarazoso escrutinio del análisis lógico.

Como un ejercito enviado, sufriendo por las derrotas en años recientes, muchos partidarios de la Izquierda parecen estar una retirada a gran escala, abandonando indiscriminadamente no sólo los dogmas inútiles del Leninismo y la democracia social, pero los principios y las herramientas analíticas que necesitarán para reagruparse en el futuro.

Los resultados son deprimentes. El una vez sólido socialista independiente Leo Panitch ahora pide a CD que por favor explique "por qué las clases consideran a la nación como un valor" y apoya el Acuerdo Charlottetown de Mulroney, designado para dar a la burguesía una constitución política irreversiblemente desviada a los requerimientos de los corporativos transnacionales.

Las energías de muchas de las personas de Izquierda están enfocadas en generar reclamos al estado capitalista para resolver nuestros problemas, o para encontrar maneras para resolver el Estado que parece de alguna manera accidental haber perdido el camino. La Izquierda siempre ha sido atraída al Estado de la misma manera que una mariposa a la luz, entre más oscuro se vuelve, mayor es la atracción a las ilusiones nacionalistas y de Estado.

La Izquieda en Québec ha virtualmente abandonado la agenda socialista en su fijación nacionalista y es de sorprender que se ha vuelto tan impotente e irrelevante como su contra parte Inglesa-Canadiense. En ambos, Québec y Canadá inglés la izquierda apoya son crítica la independencia de Québec a pesar que de es impresionantemente obvio que el resultado incrementará el control de las corporaciones transnacionales y el imperialismo Estadounidense sobre ambas, Québec y el resto de Canadá, Québec convirtiéndose en una neo-colonia de Estados Unidos de habla francesa con menos control sobre su destino del que tiene hoy.
La Izquierda continuará sumiéndose en el pantano mientras siga encumbrando la aceptación sin crítica del eslogan "el derecho de auto-determinación".

El significado oculto, la esencia real del eslogan, es que no es posible ni deseable para dos o más grupos étnicos o lingüísticos vivir juntos en un país. No puedo imaginar un punto de vista más pesimista y menos socialista.

Yo recomendaría una perspectiva diferente de la Izquierda, basada en los siguientes puntos:

1. Los residentes de Québec de habla francesa constituyen una nacionalidad distintiva en Canadá. Québec no es una nación oprimida, bajo ninguna definición de opresión.

2. Los socialistas Ingleses Canadienses deberían apoyar los derechos de Québec dentro de Canadá, incluyendo especialmente el control sobre su propio lenguaje, cultura, educación y desarrollo social.

3. Los socialistas Ingleses Canadienses se deberían de oponer y combatir todas las manifestaciones chovinistas anti-Québec, por parte de los Ingleses Canadienses.

4. La ruptura de Canadá sería contraria a los intereses de los trabajadores en ambas partes, Ingleses Canadienses y Québec y se deberían de oponer a esto.

Publicado en la edición de diciembre 1994 - enero 1995 del Canadian Dimension.

martes, 23 de septiembre de 2008

Preambulo de las I.W.W. (1908)



La clase trabajadora y la clase patronal no tiene nada en común. No puede haber paz, meintras el hambre y la necesidad se encuentre entre millones de trabajadores en tanto que unos pocos, que componen la clase patronal, disfruten todas las delicias de la vida.

Entre estas dos clases habrá lucha hasta que los trabajadores del mundo se organicen como clase, tomen posesión de la tierra y la maquinaria de producción y anulan el sistema de salarios.

Encontramos que la centralización del manejo de las industrias imposibilita a los sindicatos de oficios los incapacita para luchar ventajosamente contra el creciente poder de la clase patronal. Porque los sindicatos de oficios han creado una situación tal que hace que un grupo de trabajadores luche contra otro grupo de trabajadores en la misma industria, ayudando asi a ser derrotados en las luchas del salario. Más todavía esas agrupaciones ayudan la clase patronal engañando a los trabajadores haciéndoles creer a los trabajadores que sus intereses son los mismos que los de sus patrones.

Estas condiciones pueden ser cambiadas y el interés de la clase trabajadora sostenerse solamente por una organización formada de tal manera que todos sus miembros en una industria o en todas las industrias, si es necesario, gocen de trabajar, en todo tiempo que haya huelga o cierre en un departamento, haciendo así que un daño a uno es un daño a todos.

En lugar del lema conservador de "Un buen salario por un buen día de trabajo," debemos inscribir en nuestra estandarte la divisa revolucionaria, "Abolición del sistema de salarios."

Es la misión histórica de la clase trabajadora hacer desaparecer el capitalismo. El ejército de la producción debe ser organizado, no solamente para la lucha diaria contra el capitalismo, pero también para llevar a cabo la producción y distribución cuando el capitalismo haya sido derrocado. Organizándonos industrialmente estamos formando la estructura de la nueva sociedad dentro de la cascarón de la vieja.

Industrial Workers of the World. (Trabajadores Industriales del Mundo)

domingo, 7 de septiembre de 2008

LA UNION SOVIETICA VERSUS EL SOCIALISMO


NOTA de REDACCIÓN: Somos conscientes de que Chomsky es un autor un tanto controvertido, heterodoxo nato y que quizá algunas de sus declaraciones y posiciones públicas pueden caer en la extravagancia intelectual. No obstante, dada su innegable influencia y autoridad entre muchas personas que se adscriben a la izquierda antisistema, es de gran interés la inapelable sentencia que establece sobre el régimen "soviético".

Noam Chomsky

Cuando los dos mayores sistemas de propaganda del mundo concuerdan sobre alguna doctrina, se requiere algún esfuerzo intelectual para evitar sus cadenas. Una doctrina semejante es que la sociedad creada por Lenin y Trotsky, y moldeada ulteriormente por Stalin y sus sucesores, tiene alguna relación con el socialismo, en algún sentido significativa e históricamente preciso de este concepto. De hecho, si hay una relación, es la relación de contradicción.

Está suficientemente claro porqué los mayores sistemas de propaganda insisten sobre esta fantasía. Desde sus orígenes, el Estado Soviético ha intentado arrear las energías de su propia población y pueblo oprimido en el servicio de los hombres que se aprovechan del fermento popular en Rusia en 1917, para apoderarse del poder del Estado. Un arma ideológica principal empleada para este fin ha sido la pretensión que los administradores del Estado están liderando a su propia sociedad y al mundo hacia el ideal socialista; una imposibilidad, como cualquier socialista –seguramente cualquier Marxista serio- debería haber entendido inmediatamente (algunos lo hicieron), y una mentira de proporciones gigantescas como la historia ha revelado desde los primeros días del régimen Bolchevique. Los dirigentes han intentado ganar legitimidad y sostén explotando el arma de ideales socialistas y el respeto que les corresponde genuinamente, para ocultar su propia práctica ritual mientras ellos destruían todo vestigio de socialismo.

En cuanto al segundo mayor sistema de propaganda del mundo, la asociación del socialismo con la Unión Soviética y sus clientes sirve como una arma ideológicamente poderosa para reforzar la conformidad y la obediencia a las instituciones capitalistas del Estado, para asegurar que la necesidad de alquilarse a uno mismo a los propietarios y administradores de esas instituciones será observado virtualmente como una ley natural, la única alternativa al calabozo ‘socialista’.

Así la dirigencia soviética se retrata a sí misma como socialista para proteger su derecho a manejar el club, y los ideólogos Occidentales adoptan el mismo pretexto para prevenir la amenaza de una sociedad más libre y más justa. Este ataque conjunto sobre el socialismo ha sido altamente efectivo en socavarlo en la era moderna.

Se puede tomar nota de otro recurso usado efectivamente por los ideólogos del Estado capitalista en su servicio del poder y privilegio existentes. La denuncia virtual de los así llamados Estados ‘socialistas’ está repleta de distorsiones y frecuentemente mentiras directas. Nada es más fácil que denunciar al enemigo oficial y atribuirle cualquier crimen: no es necesario estar agobiado por las demandas de evidencia o lógica cuando se marcha en el desfile. Los críticos de la violencia y atrocidades Occidentales frecuentemente tratan de señalar la crónica exacta, reconociendo las atrocidades y represiones criminales que existen, mientras exponen los relatos que son inventados al servicio de la violencia Occidental. Con regularidad predecible estos pasos son inmediatamente interpretados como apologéticos para el imperio del mal. Así se preserva el crucial Derecho a la Mentira al Servicio del Estado, y se socava la crítica a las atrocidades y violencia del Estado.

También es importante notar la gran apelación de la doctrina leninista a la inteligencia moderna en períodos de conflicto y cataclismo. La doctrina proporciona a los ‘intelectuales radicales’ el derecho a sostener el poder del Estado e imponer la áspera regla de la ‘Burocracia Roja’, la ‘nueva clase’ en los términos del análisis de Bakunin hace un siglo. Como en el Estado Bonapártico denunciado por Marx, ellos se convierten en los ‘sacerdotes del Estado’ y ‘excrecencias parásitas sobre la sociedad civil’ que la regulan con mano de hierro.

En períodos en los que hay un pequeño desafío a las instituciones del Estado capitalista, los mismos compromisos fundamentales guían a la ‘nueva clase’ a servir como administradores e ideólogos del Estado, ‘golpeando al pueblo con el palo del pueblo’, en las palabras de Bakunin. Es un pequeño portento que los intelectuales encuentren la transición desde el ‘Comunismo revolucionario’ a la ‘celebración del Oeste’ como algo fácil, representando un manuscrito que ha evolucionado desde la tragedia a la farsa en la última mitad de siglo. En esencia, todo lo que ha cambiado es la evaluación de donde radica el poder. El dicho de Lenin que ‘el socialismo no es nada, pero el monopolio del estado capitalista produce beneficios al pueblo entero’, quien debe por supuesto confiar en la benevolencia de sus líderes, expresa la perversión del ‘socialismo’ a las necesidades de los sacerdotes del Estado, y nos permite comprender la rápida transición entre posiciones que superficialmente parecen diametralmente opuestas, pero de hecho están bastante cercanas.

La terminología del discurso político y social es vaga e imprecisa, y constantemente rebajada por las contribuciones de los ideólogos de una u otra clase. No obstante estos términos tienen al menos algún residuo de significado. Desde sus orígenes, el socialismo ha significado la liberación del pueblo trabajador de la explotación. Como el teórico Marxista Antón Pannekoek observaba, “este objetivo no se logra y no puede ser logrado por una nueva clase dirigente y gobernante sustituida a sí misma por la burguesía”, pero puede únicamente ser “realizado por los mismos trabajadores siendo amos sobre la producción”. El dominio sobre la producción de los productores es la esencia del socialismo, y los medios para lograr este fin han sido regularmente ideados en los períodos de lucha revolucionaria, contra la oposición encarnizada de las clases gobernantes tradicionales y los ‘intelectuales revolucionarios’ guiados por los principios generales del leninismo y el gobierno Occidental, según las circunstancias cambiantes. Pero el elemento esencial del ideal socialista permanece: convertir los medios de producción en la propiedad de productores libremente asociados y así la propiedad social del pueblo quien se ha liberado a sí mismo de la explotación por su destreza, como un paso fundamental hacia un reino pleno de libertad humana.

La inteligencia leninista tiene una agenda diferente. Ellos adaptan la descripción de Marx de los ‘conspiradores’ quienes “prevacían el desarrollo del proceso revolucionario” y lo distorsionan según sus fines de dominación; “ de ahí su desprecio más profundo por la más teórica iluminación de los trabajadores acerca de sus intereses de clase”, los cuales incluyen el derrocamiento de la Burocracia Roja y la creación de mecanismos de control democrático sobre la producción y la vida social. Para los leninistas las masas deben ser estrictamente disciplinadas, mientras el socialista luchará para alcanzar el orden social en el cual la disciplina “se tornará superflua” cuando los productos libremente asociados ‘trabajan para su propio acuerdo’ (Marx). El socialismo libertario, además, no limita sus objetivos al control democrático de los productores sobre la producción, sino que procura abolir todas las formas de dominación y jerarquía en todo aspecto de vida personal y social, una lucha sin fin, ya que el progreso en alcanzar una sociedad más justa conducirá a un nuevo conocimiento y comprensión de formas de opresión que pueden estar encubiertas en la práctica y conciencia tradicionales.

El antagonismo leninista a las características más esenciales del socialismo fue evidente desde el principio. En la revolución Rusa, el Soviet y los comités fabriles se desarrollan como instrumentos de lucha y liberación, con varios defectos, pero con un rico potencial. Lenin y Trotsky, asumiendo el poder, inmediatamente devotos a ellos mismos destruyeron el potencial liberador de esos instrumentos estableciendo el mando del Partido, en práctica su Comité Central y sus Máximos líderes, exactamente como Trotsky había predicho años antes, como Rosa Luxemburgo y otros Marxistas advirtieron al mismo tiempo, y como los anarquistas siempre habían entendido. No únicamente las masas, sino también el Partido deben ser sujetos a ‘vigilante control desde arriba’, así Trotsky realizó la transición desde intelectual revolucionario a Sacerdote del Estado. Antes de apoderarse del poder del Estado los líderes Bolcheviques adoptaron la mayoría de la retórica del pueblo que fue comprometido en la lucha revolucionaria desde abajo, pero sus verdaderos compromisos fueron bastante diferentes. Esto fue evidente antes y se tornó claro como el cristal cuando asumieron el poder del Estado en Octubre de 1917.
Un historiador afín a los Bolcheviques, E. H. Carr, escribe que “la inclinación espontánea de los trabajadores a organizar comités fabriles y a intervenir en el manejo de las fábricas fue inevitablemente fomentada por una revolución que permita a los trabajadores creer que la maquinaria productiva del país les pertenece y podría ser manejada por ellos a su propio juicio y su propio provecho (mi énfasis). Para los trabajadores, como dijo un delegado anarquista, “los comités fabriles fueron células del futuro... Ellas, no el Estado, deberían ahora administrar...”

Pero los sacerdotes del Estado conocían mejor, y se movieron inmediatamente para destruir los comités fabriles y reducir al Soviet a organizarse según su régimen. El 3 de Noviembre Lenin anunció en un “Proyecto de Decreto sobre el Control de los Trabajadores” que los delegados elegidos para ejercer tal control tenían que “responder al Estado por el mantenimiento del orden y la disciplina más estrictos y por la protección de la propiedad”. Cuando terminó el año, Lenin notó que “nosotros pasamos desde el control de los trabajadores a la creación del Consejo Supremo de Economía Nacional”, el cual fue para “reemplazar, absorber e invalidar la maquinaria del control de los trabajadores”, se lamentó un gremialista mercantil Menchevique; el líder Bolchevique expresó la misma queja en acción, demoliendo la verdadera idea del socialismo.

Pronto Lenin decretó que el líder debe asumir “poderes dictatoriales” sobre los trabajadores, quienes deben aceptar “sumisión incuestionada a una única voluntad” y “en el interés del socialismo” debe “obedecer incuestionablemente la única voluntad de los líderes del proceso laboral”. Como Lenin y Trostsky procedieron con la militarización del trabajo, la transformación de una sociedad en un ejército laboral sometido a una única voluntad, Lenin explicó que la subordinación del trabajador a la “autoridad individual” es “el sistema que más que ningún otro asegura la mejor utilización de los recursos humanos”, o como Robert McNamara expresó la misma idea, “tomar una decisión vital...debe permanecer en la cima...la amenaza real a la democracia no llega desde el sobremanejo, sino desde el submanejo”, “ sin no hay razón que guía al hombre, entonces el hombre desaprovecha su potencial” y el gobierno no es otra cosa que la regla de la razón que nos mantiene libres. Al mismo tiempo, el “faccionalismo” –por ejemplo cualquier modismo de libre expresión y organización- fue destruido “en el interés del socialismo”, así el término fue redefinido para sus propósitos por Lenin y Trotsky, quienes procedieron a crear las estructuras pro-fascistas convertidas por Stalin en uno de los horrores de la era moderna.1

El fracaso en entender la intensa hostilidad al socialismo por parte de la inteligencia leninista (con raíces en Marx, sin dudas), y el correspondiente malentendido del modelo leninista, ha tenido un impacto devastador sobre la lucha por una sociedad más decente y un mundo habitable en el Oeste, y no únicamente ahí. Es necesario encontrar una manera de salvar el ideal socialista de sus enemigos en ambos centros mayoritarios del mundo, de quienes siempre aspirarán a ser sacerdotes del Estado y dirigentes sociales, destruyendo la libertad en el nombre de la liberación.

1Sobre la primera destrucción del socialismo por Lenin y Trotsky, ver Maurice Brinton, The Bolsheviks and Workers’ Control, Montreal: Black Rose Books, 1978, y Peter Raschleff, Radical America, Nov. 1974, entre otros muchos trabajo

Traducido por Silvia Porro

sábado, 6 de septiembre de 2008

J. Biardeau R.: Marx, Socialismo y Democracia Radical

En medio de las clásicas polarizaciones políticas que han fracturado al país, es importante plantear que existen “modelos de democracia” y no un único “canon democrático” claramente asentado como concepto normativo, no sometido a las articulaciones hegemónicas de la política. En el siglo XIX, el liberalismo político y la democracia encontraron una articulación política contingente que se estabilizó gradualmente, dando lugar al “liberalismo democrático”. ¿Pero implica esto que toda democracia es una “democracia liberal”? Si se analiza en profundidad la historia de la idea de la democracia, la respuesta es no. Inversamente, no hay “necesidad histórica” alguna para que todo liberalismo sea democrático. Esto abre un extraordinario campo de estudios e interpretaciones con consecuencias en la acción política, para comprender las tensiones entre liberalismo, democracia y socialismo. En las tradiciones socialistas, fue Lenin el que más insistió en demarcar claramente lo que denominó la “democracia burguesa” de la “democracia proletaria”. Este linaje fue de la tesis de la democracia proletaria a la tristemente célebre “democracia popular” del campo soviético, hasta llegar incluso en el famoso “bloque de cuatro clases” de extracción estalinista (y de aplicación maoísta), para hablar de la “nueva democracia”. La famosa frase de “liberales adocenados” de Lenin quedó sellada tanto para Kautsky como para Bernstein. “Liberal adocenado” es la fórmula elegante que utilizan los seguidores de la revolución bolchevique para descalificar las “desviaciones liberales”, el “oportunismo de derecha”. Desde allí comenzó una larga cadena de descalificaciones a la “revolución pacífica”, a la “legalidad burguesa”, a los “métodos democráticos”, y si no faltara poco, a la “representación política” y al “sufragio universal”. En pocas palabras, para el leninismo consecuente, no hay posibilidad alguna de revoluciones pacíficas, democráticas y electorales hacia el socialismo, y quedarían canceladas la vía chilena o venezolana (o el eurocomunismo), ya que la contrarrevolución violenta bloquearía el tránsito revolucionario y el “pacifismo” impediría construir una dictadura del proletariado (la violencia revolucionaria o contrarrevolucionaria son las parteras de la historia). Sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quién le colocó el cascabel al gato a la revolución rusa en sus encrucijadas democráticas, y analizó como el desvarío autoritario se apoderó desde la cuna de la dirigencia bolchevique. No quiere decir esto que Luxemburgo subestimara el papel de la violencia política (fue victima de ella, por cierto), sino que alertó sobre cómo la acción política bolchevique ponía en riesgo el vínculo indisoluble entre democracia y socialismo. La semilla autoritaria venía directamente inscrita en los intentos de dirección y control político de la democracia de consejos (Soviets) ¿Es posible controlar desde un centro de dirección política, desde un núcleo de decisión política, la democracia de consejos? Allí comenzó el verdadero drama de la revolución bolchevique. Y es que desde finales del siglo XIX, el movimiento socialista europeo se aglutinaba alrededor de la “socialdemocracia revolucionaria”: un término realmente extraviado de la memoria socialista, que es el auténtico legado político de la revolución teórica inconclusa de Marx; e incluso, de la primera codificación marxista en manos de Engels. Escuchemos bien: “socialdemocracia revolucionaria”, o lo que es lo mismo, movimiento político donde quedan articuladas indisolublemente la revolución democrática y la revolución socialista. Nada que ver entonces con la revisión reformista de la socialdemocracia, fruto de Bernstein, por una parte, y de los graves errores del partido socialdemócrata alemán de incorporarse a la llamada Primera Guerra. Pero tampoco, nada que ver con la revisión jacobina-blanquista de Lenin del legado de Marx y Engels sobre la democracia. La indigencia teórica ha llevado a descuidar las importantes contribuciones de Arthur Rosenberg y de Lelio Basso para analizar en profundidad las articulaciones históricas indisolubles entre la democracia de multitudes y el socialismo revolucionario en la obra abierta de Marx. El culto extremo a las tesis leninistas en las izquierdas revolucionarias, las incapacitaron para encontrar, lo que Adam Shaff ha denominado las trans-literalizaciones abusivas de Lenin sobre los textos de Marx y Engels cuando escribió “El Estado y la Revolución”: evangelio político de una supuesta “teoría del estado y la revolución marxista”. Lamentablemente, hay malas noticias para los burócratas de partido-aparato, el leninismo no es ni la continuación-profundización de Marx ni la aplicación creadora de los principios teóricos de Marx a la situación concreta de Rusia. Entre Marx y Lenin hay significativos cortocircuitos teóricos y políticos. Es plausible comprender las razones por las que una cultura de aparato ha pretendido silenciar estos cortocircuitos. Mas preocupados por las funciones prácticas de la doctrina en la consolidación de la enajenación política y del cemento ideológico en el partido-aparato, han creado toda una mitología marxista-leninista que no tiene justificación teórica ni histórica alguna. Por eso, no sería extraño a Marx plantear aquella frase: “Yo no soy marxista”… y mucho menos “Marxista-Leninista”. En fin, contra el dogmatismo de izquierda: Marx, Socialismo y democracia radical.

jueves, 4 de septiembre de 2008

RECORDANDO LA COMUNA de KRONSTADT




Presentada por el bolchevismo oficial como una "insurrección contrarrevolucionaria" o en el mejor de los casos su represión como "una trágica necesidad"; en la actualidad un serio análisis nos la revela como la última tentativa de proletariado ruso de reenderezar la Revolución, recuperando el original programa de "democracia soviética de base", en oposición a la dictadura del "Partido Único" autoproclamado "vanguardia del proletariado.







Aunque la propaganda capitalista la presente como una revolución "liberal" y "anticomunista", convendría leer los manifiestos de los revolucionarios de Kronstadt para comprender esta falsedad.



Para indagar en el tema:



-En Ediciones Espartacus, hay un extenso monográfico de más de 100 páginas de todos los acontecimientos.



- En la Biblioteca Virtual Revolucionaria tenéis un artículo de Ante Ciliga (en portugués) más resumido con las principales reivindicaciones de los "communards".



Prometo publicar los vínculos próximamente.

miércoles, 3 de septiembre de 2008